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Trastorno adaptativo: cómo no confundirlo con depresión

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

Una persona lleva tres semanas durmiendo mal, sin ganas y sin ver a ninguna persona, después de perder el trabajo. Llega a consulta y sale con dos posibles etiquetas, según quién la escuche: trastorno adaptativo o episodio depresivo. Las dos se pueden defender con el mismo relato. La diferencia no está en cómo se siente. Está en qué manual se usa, cuánto tiempo pasó y si los síntomas cruzaron un umbral. Este texto entra por esa frontera.

El trastorno adaptativo se diagnostica mucho y se estudia poco. Zelviene y Kazlauskas (2018) lo muestran con un número que vale para el parcial: en diez años, PubMed devolvió cerca de 140.000 trabajos con la palabra depresión y 401 con «adjustment disorder». Esa desproporción explica por qué el diagnóstico se usa en la clínica y se responde mal en el examen.

Lo que vas a poder responder

  • Qué exige el DSM-5 y en qué se separa de la CIE-11.
  • Por qué se confunde con la depresión y qué los distingue.
  • Qué cuestan los criterios cuando el diagnóstico queda como categoría residual.
  • Con qué más se confunde: duelo, estrés agudo, ansiedad.
  • Qué no puede afirmar un texto educativo sobre el tratamiento.

Definición corta

El trastorno adaptativo es una respuesta desproporcionada, o que deteriora la vida, frente a un estresor identificable, con un límite de tiempo. En el DSM-5 es una categoría residual, sin síntomas propios. En la CIE-11 es un síndrome con umbral, que pide preocupación por el estresor y deterioro. Las dos descripciones llevan el mismo nombre y no describen lo mismo.

Palabras clave: estresor, umbral, categoría residual, preocupación, deterioro, diagnóstico diferencial.

1. Qué exige el diagnóstico

En el DSM-5, el trastorno adaptativo pide síntomas emocionales o de conducta que aparecen dentro de los tres meses siguientes a un estresor identificable. Esos síntomas tienen que ser desproporcionados respecto de lo esperable, o producir un deterioro importante. No deben cumplir los criterios de otro trastorno, no deben ser un duelo normal, y tienden a ceder dentro de los seis meses después de que el estresor termina. Zelviene y Kazlauskas (2018) resumen esos cinco criterios y recuerdan los subtipos: con ánimo depresivo, con ansiedad, mixto, con alteración de la conducta y mixto de emociones y conducta.

La CIE-11 movió varias piezas. O’Donnell, Agathos, Metcalf, Gibson y Bryant (2019) comparan los dos sistemas y marcan las diferencias que importan. La CIE-11 pide que los síntomas empiecen dentro del mes, no de los tres. Exige deterioro del funcionamiento, mientras el DSM-5 acepta deterioro o malestar desproporcionado. Y pide un síntoma propio: la preocupación por el estresor, en forma de rumiación, preocupación excesiva o pensamientos recurrentes. El DSM-5 no dice qué síntomas cuentan como malestar.

Esa última diferencia cambia el estatus del diagnóstico. Bachem y Casey (2018) lo formulan así: en la CIE-11 el trastorno adaptativo es un trastorno con umbral propio, y en el DSM-5 sigue siendo una categoría que solo se diagnostica cuando no se llega al umbral de otra. Las dos descripciones llevan el mismo nombre y no describen lo mismo.

Para el examen, el orden importa. Primero el estresor, que tiene que ser identificable. Después el tiempo: tres meses en el DSM-5, un mes en la CIE-11. Después la desproporción o el deterioro. Después la exclusión de otro trastorno. Y al final el cese, dentro de los seis meses de que el estresor termina. Si respondes los cinco en ese orden, la mayoría de las preguntas quedan cubiertas.

Conviene detenerse en la palabra desproporcionado, porque es la más resbalosa. Desproporcionado respecto de qué. El DSM-5 dice que se juzga según el contexto cultural y social, y no da una métrica. Eso deja la decisión en quien evalúa, y dos clínicos pueden ver el mismo caso y divergir. Zelviene y Kazlauskas (2018) recogen esa crítica: los criterios son amplios, y esa amplitud facilita el uso y dificulta la investigación. Una categoría fácil de aplicar y difícil de estudiar produce exactamente la desproporción de publicaciones con la que abre este texto.

La misma palabra cambia de contenido según dónde se juzgue. Una reacción de llanto y retraimiento durante un mes después de una pérdida puede leerse como desproporcionada en un contexto donde se espera volver rápido al trabajo, y como esperable en otro donde el duelo tiene su tiempo y su forma. El manual no resuelve esa diferencia. La deja en manos de quien evalúa, y por eso dos diagnósticos distintos sobre el mismo relato no son en cada ocasión un error: a veces son dos lecturas de lo que cuenta como proporcionado. Decir eso en un examen no es evadir la respuesta. Es mostrar que se entendió dónde está el juicio.

2. Por qué se confunde con la depresión

La confusión tiene una causa de criterio, no de descuido. El DSM-5 dice que no se diagnostica trastorno adaptativo si los síntomas alcanzan los de otro trastorno. Como la depresión mayor se alcanza con cinco síntomas durante dos semanas, una persona que lleva tres semanas con ánimo bajo, insomnio, pérdida de interés y fatiga después de un despido cruza el umbral y sale del adaptativo, aunque el estresor esté a la vista.

Bachem y Casey (2018) señalan lo incómodo de ese corte. Dos semanas es poco tiempo clínico para decidir que una reacción a un estresor ya es otra cosa. Y el resultado práctico es el que describen: el adaptativo queda eclipsado por la depresión mayor, no porque haya cambiado su frecuencia, sino porque cambió la cultura del diagnóstico y de la prescripción.

Casey (2009) lo había dicho con números de la clínica. En atención primaria, la prevalencia del adaptativo va del 11 % al 18 %. En psiquiatría de enlace, del 10 % al 35 %. Son cifras altas para un diagnóstico que la investigación trata como menor. La discrepancia entre lo que se ve en consulta y lo que se publica es parte del problema, no un detalle.

La diferencia que sí se puede sostener está en el curso y en el vínculo con el estresor. El adaptativo se ata a un estresor identificable, empieza cerca de él y cede cuando el estresor termina o cuando la persona alcanza otro equilibrio. La depresión mayor no necesita ese estresor, y no se define por ceder con él. O’Donnell y colegas (2019) citan un estudio longitudinal con personas que sobrevivieron a una lesión grave: quienes recibieron diagnóstico de adaptativo salían por debajo de quienes no tenían diagnóstico, y por encima de quienes tenían otro diagnóstico. Eso lo ubica en un punto intermedio, no en una versión leve de la depresión.

El adaptativo se distingue de la depresión por el estresor, el tiempo y el umbral, no por una lista de síntomas propia en el DSM-5. Quien busque esa lista en el DSM-5 no la va a encontrar, porque el manual no la da.

Hay una escena de examen que muestra la trampa. Te describen a una persona con ánimo bajo, insomnio y fatiga durante doce días después de una ruptura, y te preguntan el diagnóstico. Si cuentas síntomas y te detienes, no llegas a cinco ni a dos semanas, y la respuesta es adaptativo, si el malestar es desproporcionado o deteriora. Si alargas el caso a tres semanas y agregas un síntoma, la misma persona cruza a depresión mayor. El caso no cambió de naturaleza. Cambió de umbral. Esa es la diferencia que el examen quiere.

3. Lo que dicen los números

Los números del adaptativo son difíciles de leer, y conviene saber por qué antes de citarlos.

Carta, Balestrieri, Murru y Hardoy (2009) revisaron la epidemiología, el diagnóstico y el tratamiento, y su conclusión es cauta: el adaptativo es un diagnóstico muy común en la práctica y faltan datos sobre su entidad clínica. La causa que señalan es de método. Una categoría definida por un evento estresante, cuyo impacto es subjetivo, se resiste a los métodos descriptivos que funcionan con otros trastornos. Lo que se puede contar depende de cómo se defina el estresor, y el estresor no tiene una definición cerrada.

Casey y Doherty (2012) comentan el estudio de Fernández y colegas, que encontró una prevalencia de 2,94 % en atención primaria. La cifra sorprende porque el DSM describe el trastorno como común. La explicación que dan es de instrumento: la entrevista estructurada que se usó solo llega al adaptativo después de descartar todo lo demás, así que la prevalencia sale baja porque la pregunta llega tarde. El estudio ODIN, que citan, encontró entre 1 % y 1,9 % en población general, con el mismo problema.

Perkonigg, Lorenz y Maercker (2018) midieron la prevalencia con los criterios propuestos para la CIE-11, en una muestra de personas que habían perdido el trabajo, y usaron una entrevista diagnóstica estandarizada. El cambio de criterios cambia el número, porque la CIE-11 pide síntomas nucleares y deterioro, no una exclusión. Comparar una prevalencia del DSM-5 con una de la CIE-11 sin decir qué sistema se usó es comparar dos cosas distintas.

La consecuencia para quien estudia es directa. Antes de citar una prevalencia, di con qué criterios se midió y con qué instrumento. Un número sin esas dos piezas no se puede interpretar, y en el examen esa pregunta aparece.

Hay un ejercicio que ordena esto. Toma tres cifras de este texto: el 2,94 % de atención primaria, el rango de 11 % a 18 % que da Casey para el mismo nivel de atención, y la prevalencia que mide Perkonigg en personas que perdieron el trabajo. Las tres hablan del adaptativo y no se pueden promediar. La primera sale de una entrevista que pregunta tarde. La segunda recoge lo que se ve en consulta. La tercera usa los criterios de la CIE-11 en una muestra expuesta a un estresor concreto. Si en un parcial te piden «la» prevalencia, la respuesta honesta es que no hay una sola, y que cualquiera que cites tiene que venir con su método. Esa respuesta suma más que un número memorizado.

4. El costo de ser una categoría residual

Tratarlo como residual tiene consecuencias medibles. Bachem y Casey (2018) recuerdan que varias entrevistas estructuradas solo llegan al adaptativo después de descartar todo lo demás, y que algunas directamente no lo incluyen. El resultado es una prevalencia que parece baja porque el instrumento no pregunta.

Zelviene y Kazlauskas (2018) agregan el dato clínico: en una muestra de 2.155 psicólogos de 23 países, cerca del 40 % veía al menos un caso por semana, y aun así calificaban el criterio de la CIE-10 como difícil de usar. Se diagnostica mucho y se define mal. Esa combinación es la que produce el uso como cajón: cuando no se sabe qué poner, se pone adaptativo.

La salida que proponen Bachem y Casey (2018) es cambiarle el estatus, de categoría residual a síndrome con síntomas propios. La CIE-11 dio ese paso. El DSM-5 no lo dio, y el comité lo dijo con claridad: no había investigación suficiente para cambiar los criterios. Las dos decisiones son coherentes con lo que cada sistema tenía delante. No son intercambiables en una respuesta de examen.

Kazlauskas y colegas (2018) revisaron la investigación hecha con los criterios de la CIE-11 y encontraron diez estudios con el mismo instrumento, el Adjustment Disorder New Module. El campo es chico y depende de una sola medida. Eso no lo invalida. Dice que las conclusiones hay que tomarlas con la muestra que tienen, y que hace falta más de un instrumento antes de dar por cerrado el perfil de síntomas.

Una categoría que se diagnostica semana tras semana y se estudia en diez artículos no está bien conocida. Está bien usada. La diferencia importa cuando alguien pregunta qué dice la evidencia.

5. Con qué más se confunde

Con el duelo. El DSM-5 excluye el duelo normal del adaptativo. La CIE-11 no hace esa exclusión explícita. O’Donnell y colegas (2019) lo marcan como una de las diferencias, y conviene decirlo así: un duelo esperable dentro de la cultura de la persona no se diagnostica como adaptativo en el DSM-5, aunque duela mucho. En la práctica latinoamericana, donde el duelo tiene formas propias y tiempos propios, esa exclusión pide conocer la cultura de quien consulta antes de decidir que la reacción es desproporcionada.

Con el estrés agudo y con el trastorno de estrés postraumático. Esos dos piden un estresor de cierta magnitud y un conjunto de síntomas propio: reexperimentación, evitación, alerta. El adaptativo acepta estresores que no son traumáticos, como un conflicto, un despido o una enfermedad, y no pide ese conjunto. Meterlo en el mismo capítulo, como hizo el DSM-5, no los vuelve el mismo trastorno.

Con la ansiedad generalizada. La ansiedad generalizada no necesita un estresor identificable y no cede cuando una situación termina. Si la preocupación tiene un objeto concreto y reciente, la pregunta por el adaptativo va primero.

Y con la tristeza esperable. La diferencia entre depresión y tristeza ayuda aquí por analogía: no todo malestar después de un golpe es un trastorno. El adaptativo empieza cuando el malestar es desproporcionado o deteriora la vida, no cuando la persona está triste. La depresión pide síntomas propios y una duración que el adaptativo no exige. La distimia es el tercer punto de la comparación: dura años y no necesita un estresor fechado. Los trastornos de ansiedad cierran el diferencial cuando la preocupación no se ancla a un golpe reciente.

El orden en que se descartan importa tanto como lo que se descarta. Primero se mira si el estresor es de la magnitud que piden el estrés agudo o el postraumático. Si lo es y hay reexperimentación, evitación y alerta, el camino va por ahí. Si el estresor es cotidiano, se mira el tiempo y el número de síntomas para ver si se cruzó a depresión mayor. Si no se cruzó, y el malestar es desproporcionado o deteriora, queda el adaptativo. Y si el malestar es el esperable para esa cultura y esa pérdida, no queda ningún diagnóstico. Recorrer ese orden en voz alta, aunque la respuesta sea la última casilla, muestra que se consideraron las otras. Saltar directo a la etiqueta es lo que produce el uso como cajón.

6. Qué se sabe del tratamiento

Carta y colegas (2009) son claros en este punto, y conviene citarlos sin suavizar. El uso de antidepresivos en el adaptativo con ánimo ansioso o depresivo no está bien apoyado y debería evitarse. El apoyo a las psicoterapias es más sólido, aunque los estudios son pocos. Su pedido es el habitual cuando falta evidencia: ensayos controlados, también para el uso combinado, sobre todo en las formas que no ceden.

Casey (2009) coincide. El tratamiento consiste sobre todo en intervenciones breves, y la farmacoterapia se limita al manejo sintomático de la ansiedad o el insomnio. No hay estudios robustos que muestren beneficio de los antidepresivos. Las dos revisiones dicen lo mismo con seis años de diferencia, lo que sugiere que el hueco no se cerró rápido.

Bachem y Casey (2018) agregan una advertencia que cambia el tono. El adaptativo aparece con frecuencia en los estudios de conducta suicida, y un estudio de autopsia psicológica lo encontró como el diagnóstico más común. Tratarlo como la versión leve puede llevar a subestimar el riesgo. La levedad relativa en medidas de discapacidad no dice nada sobre el riesgo suicida, y confundir las dos cosas es un error clínico, no solo de examen.

La escena donde esto se juega es concreta. Alguien llega a urgencias después de un intento, el estresor es reciente, los síntomas no alcanzan los de una depresión mayor, y el diagnóstico que queda es adaptativo. Si quien recibe el caso lee «adaptativo» como «menor» y baja la guardia, está leyendo la etiqueta al revés. Bachem y Casey (2018) advierten justo contra esa lectura. El diagnóstico dice que no se cruzó el umbral de otro trastorno. No dice que el riesgo sea bajo. Las dos frases se parecen y significan cosas distintas, y separarlas es parte de saber usar la categoría.

Por eso, en un examen, cuando pregunten si el adaptativo es grave, la respuesta no es sí ni no. Es que depende de qué medida mires. En discapacidad, queda por debajo de otros diagnósticos. En conducta suicida, aparece entre los más frecuentes. Citar las dos y no elegir la que conviene es la respuesta que muestra que se leyó, no que se memorizó.

Decir que el adaptativo es leve porque queda por debajo de otros diagnósticos en discapacidad es mirar una sola medida. En conducta suicida, los estudios lo encuentran entre los diagnósticos más frecuentes.

7. Qué no puede afirmar este texto

Esto es educativo. No dice si una persona tiene o no el trastorno, y no reemplaza una evaluación. La diferencia entre los dos manuales es suficiente para que un mismo caso reciba etiquetas distintas, así que una etiqueta sin decir qué manual se usó dice poco.

Tampoco se puede afirmar que un tratamiento sea el indicado. La investigación de intervenciones es escasa, en proporción con lo poco que se ha estudiado el diagnóstico. Decir que se trata igual que la depresión repite el eclipse que Bachem y Casey (2018) describen, y no sale de los estudios. Lo que sí se puede decir es lo que las revisiones repiten: intervenciones breves, cautela con los antidepresivos, y atención al riesgo suicida aunque el cuadro parezca menor.

Y no se puede afirmar una prevalencia sola. Los números cambian con el manual, con el instrumento y con la población. Carta y colegas (2009) y Casey y Doherty (2012) muestran que la misma categoría da cifras muy distintas según cómo se pregunte. Citar una sin decir cómo se obtuvo es citar mal.

El límite más importante es el de la persona que lee esto buscando saber si lo que le pasa tiene nombre. Este texto no puede decírselo. Puede decirle qué pregunta hacerle a quien la evalúe: qué manual está usando, qué estresor identifica, cuánto tiempo pasó y si consideró otros diagnósticos antes de quedarse con este. Esas cuatro preguntas valen más que una etiqueta tomada de un artículo, porque obligan a que el diagnóstico se razone en vez de aplicarse. Si sales de aquí con esas preguntas, el texto hizo su trabajo.

8. Dos tablas para el parcial

Criterio DSM-5 CIE-11
Inicio Dentro de tres meses Dentro de un mes
Umbral Malestar o deterioro Deterioro exigido
Síntoma propio No lo especifica Preocupación por el estresor
Estatus Residual Síndrome con umbral
Subtipos Seis Ninguno
Se confunde con La diferencia que se sostiene Dónde se apoya
Depresión mayor Estresor, tiempo y umbral Bachem y Casey, 2018
Duelo El DSM-5 excluye el duelo normal O’Donnell et al., 2019
Estrés agudo y TEPT Esos piden otro estresor y otros síntomas Zelviene y Kazlauskas, 2018
Tristeza esperable Pide desproporción o deterioro Casey, 2009

9. Cómo se estudia

Aprende los cinco criterios del DSM-5 en orden: estresor, tiempo, desproporción o deterioro, exclusión de otro trastorno, cese. Después aprende las tres diferencias con la CIE-11: el mes, el deterioro obligatorio y la preocupación como síntoma. Con eso se responde la mayoría de las preguntas.

Para la diferencia con la depresión, usa un caso corto y mueve una sola pieza. Una persona lleva diez días con ánimo bajo, duerme mal y dejó de ver a sus amigos después de una ruptura. No llega a cinco síntomas ni a dos semanas: en el DSM-5 cabe el adaptativo si el malestar es desproporcionado o deteriora. Agrega un síntoma y alarga el tiempo, y la misma persona cruza a depresión mayor. El caso muestra que la frontera es de umbral, no de naturaleza.

Y cuando cites un número, di de dónde sale. Una prevalencia de atención primaria medida con una entrevista que pregunta tarde no se compara con una medida con los criterios de la CIE-11 en personas que perdieron el trabajo. Las dos pueden ser correctas y no dicen lo mismo. Esa cautela es la que separa una respuesta que repite cifras de una que las entiende.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia al trastorno adaptativo de la depresión mayor?

El estresor, el tiempo y el umbral. El adaptativo se ata a un estresor identificable y cede cuando ese estresor termina. La depresión mayor no necesita estresor y no se define por ceder con él. En el DSM-5, además, el adaptativo solo se diagnostica si no se alcanzan los criterios de otro trastorno, así que cruzar cinco síntomas durante dos semanas saca el caso del adaptativo.

¿En qué se separan el DSM-5 y la CIE-11?

En tres piezas. La CIE-11 pide que los síntomas empiecen dentro del mes, exige deterioro y pide un síntoma propio, la preocupación por el estresor. El DSM-5 da tres meses, acepta malestar o deterioro, y no especifica síntomas. Bachem y Casey (2018) resumen la consecuencia: en la CIE-11 es un síndrome con umbral, y en el DSM-5 sigue siendo residual.

¿Por qué hay tan pocos estudios si se diagnostica tanto?

Porque los criterios amplios y el estatus residual lo dejan fuera de muchos instrumentos. Casey y Doherty (2012) muestran que las entrevistas estructuradas solo llegan al adaptativo después de descartar todo lo demás, así que la prevalencia medida sale baja. Zelviene y Kazlauskas (2018) encontraron 401 trabajos en diez años, contra cerca de 140.000 sobre depresión.

¿Se trata con antidepresivos?

Las revisiones no lo apoyan. Carta y colegas (2009) dicen que el uso de antidepresivos no está bien sustentado y debería evitarse. Casey (2009) limita la farmacoterapia al manejo de la ansiedad o el insomnio. Lo que tiene más apoyo son las intervenciones breves, y aun eso con pocos estudios.

¿El trastorno adaptativo es leve?

En medidas de discapacidad queda por debajo de otros diagnósticos, según el estudio que citan O’Donnell y colegas (2019). En conducta suicida, no: Bachem y Casey (2018) recuerdan que aparece entre los diagnósticos más frecuentes en esos estudios. Llamarlo leve mirando una sola medida esconde la otra.

¿El duelo es un trastorno adaptativo?

En el DSM-5, no: el duelo normal queda excluido. En la CIE-11 esa exclusión no es explícita. O’Donnell y colegas (2019) lo marcan como una diferencia entre los dos sistemas. Decidir que una reacción de duelo es desproporcionada pide conocer la cultura de quien consulta, no solo contar síntomas.

Una idea para llevarte

El trastorno adaptativo se define por su vínculo con un estresor y por un límite de tiempo, y se confunde con la depresión porque el DSM-5 lo deja sin síntomas propios. Saber qué sistema estás usando cambia la respuesta, y saber de dónde sale un número cambia lo que puedes afirmar con él. Si vas a responder un caso, di el manual antes de decir el diagnóstico. Y di también de dónde sale el número que uses: un 1 % y un 30 % no se citan en la misma frase como si midieran lo mismo. Esa sola precisión cambia lo que el lector puede hacer con tu respuesta.

Referencias

Bachem, R. y Casey, P. (2018). Adjustment disorder: A diagnosis whose time has come. Journal of Affective Disorders, 227, 243-253. 10.1016/j.jad.2017.10.034

Carta, M. G., Balestrieri, M., Murru, A. y Hardoy, M. C. (2009). Adjustment disorder: Epidemiology, diagnosis and treatment. Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 5, 15. 10.1186/1745-0179-5-15

Casey, P. (2009). Adjustment disorder: Epidemiology, diagnosis and treatment. CNS Drugs, 23(11), 927-938. 10.2165/11311000-000000000-00000

Casey, P. y Doherty, A. (2012). Adjustment disorder: Implications for ICD-11 and DSM-5. The British Journal of Psychiatry, 201(2), 90-92. 10.1192/bjp.bp.112.110494

Kazlauskas, E., Zelviene, P., Lorenz, L., Quero, S. y Maercker, A. (2018). A scoping review of ICD-11 adjustment disorder research. European Journal of Psychotraumatology, 8(sup7), 1421819. 10.1080/20008198.2017.1421819

O’Donnell, M. L., Agathos, J. A., Metcalf, O., Gibson, K. y Bryant, R. A. (2019). Adjustment disorder: Current developments and future directions. International Journal of Environmental Research and Public Health, 16(14), 2537. 10.3390/ijerph16142537

Perkonigg, A., Lorenz, L. y Maercker, A. (2018). Prevalence and correlates of ICD-11 adjustment disorder: Findings from the Zurich Adjustment Disorder Study. International Journal of Clinical and Health Psychology, 18(3), 209-217. 10.1016/j.ijchp.2018.05.001

Zelviene, P. y Kazlauskas, E. (2018). Adjustment disorder: Current perspectives. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 14, 375-381. 10.2147/ndt.s121072

Sobre la autoría
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