
El corazón se dispara a 150 latidos por minuto. No puede respirar. Siente que se muere. Va a urgencias convencido de que es un infarto, pero el electrocardiograma sale perfecto. Le dicen “es ansiedad” y lo mandan a casa. Dos semanas después, vuelve. Y así puede pasar años sin que nadie le explique qué le pasa y cómo se trata.
Introducción
El trastorno de pánico es una de las condiciones ansiosas más incapacitantes y, paradójicamente, una de las más tratables. Afecta entre el 2% y el 4% de la población general, con mayor prevalencia en mujeres y con pico de inicio entre los 20 y los 30 años. Se caracteriza por ataques de pánico recurrentes e inesperados, seguidos de preocupación persistente sobre nuevos ataques o cambios conductuales significativos para evitarlos. Comprender su neurobiología permite al clínico explicar al paciente qué le ocurre y por qué, lo cual es en sí mismo terapéutico.
Neurobiología del ataque de pánico
El ataque de pánico involucra una activación desregulada del sistema de miedo. Los componentes clave son:
Amígdala: genera la respuesta de alarma ante una señal de peligro. En el trastorno de pánico, esta estructura se activa ante estímulos internos (sensaciones corporales normales) interpretándolos como amenaza.
Locus coeruleus: principal fuente de noradrenalina del cerebro. Su hiperactividad produce los síntomas autonómicos del ataque: taquicardia, sudoración, temblor, hiperventilación.
Córtex prefrontal: encargado de regular la respuesta emocional. En el trastorno de pánico, la conectividad entre la corteza prefrontal y la amígdala está alterada, lo que dificulta la modulación de la alarma.
Ínsula anterior: procesa la interocepción (percepción de señales corporales internas). Los pacientes con pánico muestran hiperactividad insular, lo que amplifica sensaciones corporales normales y las convierte en fuente de terror.
A nivel neuroquímico, el sistema serotoninérgico y el sistema GABAérgico están implicados, lo que ayuda a entender por qué algunas intervenciones farmacológicas pueden modificar síntomas en determinados casos. Esto no equivale a una indicación individual.
El ciclo del pánico
El modelo cognitivo de Clark (1986) explica el mantenimiento del trastorno mediante un ciclo que se autoperpetúa: una sensación corporal normal (latido fuerte, mareo leve) es interpretada catastróficamente (“me está dando un infarto”), lo que genera ansiedad, que produce más síntomas físicos, que confirman la interpretación catastrófica. El ataque de pánico es el resultado de este ciclo acelerado hasta su punto máximo.
Después del primer ataque, el paciente desarrolla ansiedad anticipatoria (“¿cuándo será el próximo?”) y conductas de evitación que pueden escalar hasta una agorafobia franca.
Manejo en sesión
Psicoeducación: explicar la neurobiología del pánico es el primer paso terapéutico. Cuando el paciente entiende que su amígdala está generando una falsa alarma y que los síntomas, aunque aterradores, no son peligrosos, comienza a romperse el ciclo.
Reestructuración cognitiva: identificar y cuestionar las interpretaciones catastróficas de las sensaciones corporales. “Mi corazón late rápido” no es igual a “me voy a morir”.
Exposición interoceptiva: provocar deliberadamente las sensaciones temidas (girar en una silla para producir mareo, hiperventilar para producir hormigueo) en un contexto seguro. Esto demuestra que las sensaciones son tolerables y no peligrosas.
Respiración diafragmática: técnica complementaria útil para manejar la hiperventilación, aunque no debe usarse como conducta de seguridad.
Farmacoterapia: puede considerarse en algunos casos bajo evaluación médica. Las benzodiazepinas requieren especial cautela por riesgo de dependencia y porque pueden interferir con procesos de exposición si se usan sin seguimiento adecuado.
Errores frecuentes
Los errores más comunes en el manejo del trastorno de pánico incluyen: usar solo relajación sin exposición (puede aliviar, pero no resuelve por sí sola el mantenimiento del problema), tranquilizar excesivamente al paciente (refuerza la necesidad de reaseguramiento), depender de benzodiazepinas sin un plan profesional integral, y no abordar la evitación agorafóbica que frecuentemente acompaña al cuadro.
Referencias
- Clark, D. M. (1986). A cognitive approach to panic. Behaviour Research and Therapy, 24(4), 461-470.
- Gorman, J. M., et al. (2000). Neuroanatomical hypothesis of panic disorder, revised. American Journal of Psychiatry, 157(4), 493-505.
- Craske, M. G. y Barlow, D. H. (2014). Panic disorder and agoraphobia. En D. H. Barlow (Ed.), Clinical handbook of psychological disorders (5a ed.). Guilford Press.
- American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5a ed.).
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