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Tipos de memoria: sensorial, corto y largo plazo

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

Los tres almacenes de la memoria: sensorial, corto plazo y largo plazo

Atkinson y Shiffrin propusieron en 1968 tres almacenes con funciones distintas. Lo que retiene cada uno, lo que se pierde dentro de él y por qué el modelo recibió críticas que siguen abiertas.

Hay una escena que casi todas las personas han vivido. En una reunión te presentan a alguien, oyes un nombre y una provincia, y veinte segundos después no recuerdas ni una sílaba. A la mañana siguiente, en cambio, puedes narrar con detalle una cena de hace diez años, con quién hablaste y qué se sirvió. Esa asimetría no es un defecto de la memoria, sino el objeto de estudio.

En 1968, Richard Atkinson y Richard Shiffrin publicaron un capítulo en el segundo volumen de The psychology of learning and motivation que ordenó ese campo durante décadas. La propuesta era que la memoria no es una sola cosa, sino un sistema con tres almacenes de características distintas, conectados por procesos de control que la persona ejecuta. El modelo se volvió el punto de partida de casi la investigación posterior sobre memoria y el blanco de buena parte de la crítica de la primera mitad de la década de 1970.

Lo que sigue describe ese sistema con sus tres piezas, muestra qué retiene cada una con ejemplos cotidianos, expone las tres objeciones que recibió y termina con lo que la investigación posterior confirmó, corrigió o dejó abierto. Para ubicarse en el marco más amplio de la memoria hay una explicación general de la memoria en psicología, y el modelo que sustituyó parte del almacén de corto plazo está en el artículo sobre memoria de trabajo de Baddeley. Aquí no se repite ese material: el foco está en los almacenes tal como Atkinson y Shiffrin los propusieron.

Un modelo de 1968 que sigue organizando la conversación

El punto de partida del capítulo no es una intuición clínica sino una decisión de diseño. Atkinson y Shiffrin distinguieron dos cosas que la literatura mezclaba: la estructura del sistema de memoria, con sus componentes relativamente fijos, y los procesos de control, las operaciones que la persona ejecuta sobre la información y que cambian de tarea. Codificar, repasar y buscar son procesos de control. Los almacenes son estructura.

Para explicar la diferencia, los autores recurrieron a una analogía computacional. El sistema de memoria se parece a un equipo de cómputo dirigido por un programador en una terminal remota: el hardware y los programas que ese programador no puede modificar se corresponden con la estructura, y las secuencias de instrucciones que escribe se corresponden con los procesos de control. En la lectura que hacen Baddeley, Hitch y Allen, esa separación es el aspecto del modelo que más aguantó el paso del tiempo.

Sobre esa base, el capítulo propone tres componentes: el registro sensorial, el almacén de corto plazo y el almacén de largo plazo. La información entra por el registro sensorial, pasa al almacén de corto plazo mediante un barrido selectivo, y de ahí puede ser copiada al de largo plazo. La transferencia, aclaran los autores, no es un traslado: la información permanece en el almacén de origen mientras se copia en el destino.

El capítulo también fue generoso con lo que no sabía. Los autores escribieron que el modelo de tres almacenes había estimulado medio siglo de investigación y que su utilidad radicaba en la capacidad de generar preguntas. Esa autocrítica anticipada forma parte del valor histórico del texto: el modelo se presentó como un mapa de trabajo, no como un veredicto. El nombre con el que se le conoce, modelo modal, fue acuñado por Murdock en 1967, según recuento de Baddeley, Hitch y Allen (2018).

El registro sensorial: la puerta de entrada que dura milisegundos

El primer componente es el registro sensorial. Recibe la información que entra por los sentidos y la mantiene en su dimensión original: lo que se ve se registra como visual, lo que se oye como auditivo. Su característica central es la brevedad.

“La información que entra en el registro sensorial permanece allí durante un periodo muy breve, del orden de unos cientos de milisegundos, y luego decae y se pierde” (Atkinson y Shiffrin, 1968, traducción del texto original).

Ese comportamiento no fue una intuición. La evidencia central vino de George Sperling, que en 1960 estudió destellos de caracteres presentados durante fracciones de segundo. Sperling mostró que en una presentación visual muy breve había más información disponible de la que el sujeto alcanzaba a reportar, y que esa se desvanecía con rapidez. El experimento usaba un procedimiento de reporte parcial: el sujeto recibía una señal que indicaba una de varias posiciones de la pantalla y debía decir el carácter que había aparecido ahí. Cuando la señal se daba de inmediato, el acierto era alto; cuando se retrasaba, caía. Ese patrón se interpretó como la huella de un almacén que retiene el material de forma breve, previo a procesarlo.

En la práctica cotidiana, este componente explica un fenómeno sencillo: cuando sigues con la vista un cartel y después parpadeas, la imagen persiste un instante. También explica por qué un nombre oído en una sala llena puede seguir sonando un momento después aunque no lo hayas procesado. Y explica un detalle de la lectura: cuando vuelves a la primera palabra de una línea, hay un instante de desorientación, como si no estuviera del todo disponible.

Lo característico del registro sensorial es que no depende de la atención. La persona no decide retenerlo: llega, se registra y se va. En ese sentido se parece a un proceso perceptual más que a un archivo, y esa fue una crítica recurrente: si el registro sensorial es un proceso y no una estructura, el sistema de tres piezas pierde su simetría. Atkinson y Shiffrin respondieron con una distinción más fina: el registro sensorial carece de contenido verbal, y por eso se lo trata aparte del almacén de corto plazo verbal.

El almacén de corto plazo: la mesa de trabajo de unos segundos

El segundo componente es el almacén de corto plazo, que en el modelo se describe sobre todo en su modo auditivo-verbal-lingüístico. Lo que lo caracteriza es una duración de decaimiento acotada, entre quince y treinta segundos según los autores, y una capacidad limitada que se mantiene mientras se ejecuta la operación de repasar. La estimación procedía de un experimento clásico de Peterson y Peterson (1959): los participantes veían una serie de cifras y, para evitar el repaso, contaban hacia atrás en voz alta desde un número alto. Con esa interferencia, la retención de series se desplomaba a un puñado de elementos, y la diferencia con la condición de repaso fue nítida: cuando se podía repetir en voz alta la secuencia, la retención era mayor.

Sobre la capacidad, el modelo heredó la discusión clásica de George Miller (1956) sobre el número siete, más o menos dos, como límite de ítems procesables a la vez, y la evidencia posterior se movió hacia rangos más bajos en tareas de memoria breve. Lo que interesa aquí no es la cifra exacta, que depende de la tarea, sino el modo en que el modelo explica el fenómeno: la capacidad del almacén de corto plazo no es fija, sino el resultado de cuánto se puede mantener activo mientras se atiende otra cosa.

Los ejemplos cotidianos de este almacén son numerosos. Consultar un número de teléfono y marcarlo de inmediato. Escuchar una dirección y repetirla mentalmente durante el trayecto. Dar la razón de una persona que acaba de hablar con alguien ausente. En cada caso hay un contenido verbal activo durante unos segundos, disponible para el uso inmediato, y que se desvanece si no se usa.

Un matiz que el modelo introduce con claridad: la información puede estar disponible y, aun así, no ser accesible. Tulving y Pearlstone (1966) distinguieron entre disponibilidad y accesibilidad, usando la diferencia entre producir un dato y saber que está ahí. La distinción se vuelve clave al analizar el olvido: una cosa es que la huella se desvanezca y otra que siga presente pero quede fuera del alcance de la búsqueda.

El almacén de largo plazo: el archivo que se reescribe sin avisar

El tercer componente es el almacén de largo plazo, el repositorio relativamente permanente de la información codificada. Lo que se copia hacia él no desaparece del almacén de origen, y lo que se recupera desde él puede volver al de corto plazo para ser trabajado, como ocurre al resolver un problema o pensar.

La diferencia con el almacén de corto plazo no es solo de duración. En el corto plazo, lo que se pierde se pierde por decaimiento y por el desplazamiento que impone la actividad posterior. En el largo plazo, la información no decae de igual manera, aunque puede modificarse o quedar irrecuperable por la interferencia.

Los ejemplos de este tercer almacén cubren lo aprendido y lo vivido: la dirección de la casa donde creciste, la letra de una canción que escuchaste hace décadas, el gesto que se hace sin pensarlo al saludar, el vocabulario que permite nombrar un color sin nombre en tu idioma. La diferencia con los ejemplos del almacén corto no está en la cantidad de información, sino en su organización: en el largo plazo, los elementos se relacionan entre sí y con lo ya aprendido, y esa red permite recuperarlos por caminos distintos.

Atkinson y Shiffrin fueron prudentes con el contenido de este almacén. Alrededor de la mitad de los experimentos de la época lo usaban en modo verbal, y los autores reconocían que hay memoria de largo plazo en cada modalidad sensorial, y también información que no se clasifica por modalidad. Esa prudencia tiene un correlato posterior: Tulving (1985) propuso distinguir sistemas de memoria a partir de criterios como la conciencia y la expresión, y Squire (2004) describió el caso en que la información se conserva sin experiencia consciente del recuerdo. El almacén de largo plazo del modelo de 1968, leído con esos datos, resulta más un contenedor de preguntas que un mueble lleno.

Los tres almacenes lado a lado: qué retiene cada uno

La comparación siguiente resume la estructura del modelo con las estimaciones de los propios autores y los ajustes de la literatura. Sirve para responder la pregunta práctica que suele aparecer: cuando algo se nos olvida, ¿en qué almacén se perdió?

Almacén Qué retiene Duración estimada Cómo se pierde Ejemplo cotidiano
Registro sensorial Información en su dimensión original, sin codificar Centenas de milisegundos Decaimiento rápido, sin intervención de la persona La imagen que persiste un instante al parpadear
Almacén de corto plazo Contenido verbal y auditivo activo, en uso inmediato Entre 15 y 30 segundos sin repaso Decaimiento, desplazamiento por actividad posterior e interferencia Un número de teléfono consultado y marcado de inmediato
Almacén de largo plazo Información codificada, relacionada y consultable Relativamente permanente Interferencia y pérdida de accesibilidad, más que decaimiento La dirección de la casa donde creciste

Las tres filas se leen en horizontal. Lo que separa a la primera de la segunda es la codificación: en el registro sensorial el material conserva su forma sensorial, y en el corto plazo aparece en formato verbal. Lo que separa a la segunda de la tercera es la organización: en el corto plazo los elementos coexisten en un mismo nivel, y en el largo plazo se conectan con el conocimiento previo. Cada salto entre filas supone una transformación, y por eso el modelo insiste en los procesos de control: la pregunta relevante no es solo qué hay en cada almacén, sino qué hace la persona para que la información cambie de fila.

El flujo de la información: codificar, repasar, buscar

Los procesos de control son la parte menos conocida del modelo y la que más se ha discutido. Atkinson y Shiffrin describen un flujo en el que la información del registro sensorial es barrida de manera selectiva, el almacén de corto plazo mantiene lo seleccionado mediante repaso, y el paso al largo plazo ocurre mientras la información reside allí, con la forma y la cantidad transferidas controladas por la codificación.

Dos matices del texto original suelen perderse en las versiones resumidas. El primero: la transferencia copia y no mueve, de modo que un dato puede estar presente en dos almacenes a la vez. El segundo: los autores dejaron dibujada en su diagrama una línea punteada que conectaba el registro sensorial con el almacén de largo plazo, y escribieron con franqueza que no sabían si esa transferencia directa ocurría. Esa honestidad tiene un valor que las revisiones posteriores rara vez conservaron: el modelo admitía que las partes no se sostenían por igual.

En la práctica cotidiana, los procesos de control se reconocen con facilidad. Codificar es preguntar por qué algo importa: por qué una cifra resulta significativa, por qué un nombre queda asociado a una persona. Repasar es mantener el material verbal activo mientras se hace otra cosa, como cuando uno repite en voz baja la ruta que va a tomar. Buscar es recorrer lo que ya se sabe, guiado por pistas, y a veces la pista funciona y a veces no. La evidencia revisada sugiere que la recuperación se asocia con el tipo de pista disponible y no con el simple paso del tiempo.

La primera crítica: un almacén para tareas muy distintas

La primera objeción de peso se dirigió a la suposición de que exista un solo almacén de corto plazo, capaz a la vez de mantener información y de procesar otras tareas cognitivas. La evidencia que la sostenía venía de dos lados. Por un lado, un paciente con daño cerebral en la región frontal izquierda mostraba capacidad de memoria breve muy reducida pero conservaba el aprendizaje de listas y la comprensión de textos. Por otro lado, los experimentos de tarea doble de Baddeley y Hitch, en los que una carga de memoria verbal no destruía el razonamiento verbal concurrente, algo que el modelo modal predecía con efectos mucho más catastróficos.

La respuesta fue el modelo multicomponente de la memoria de trabajo, con un sistema central de control y varios sistemas subordinados que manejan almacenamiento y procesamiento. Ese modelo, que el lector puede conocer en el artículo ya publicado sobre memoria de trabajo, desplazó el foco de los almacenes hacia la estructura de recursos. Baddeley, Hitch y Allen (2018) reconocen el desplazamiento y sostienen que la separación entre almacenamiento y procesamiento sigue siendo razonable, con la diferencia de que la neuroimagen ha fraccionado el almacén de largo plazo en sistemas semánticos, episódicos, implícitos y explícitos.

La objeción tiene un alcance que conviene precisar. No demuestra que un almacén breve no pueda sostener dos tareas, sino que el modelo de 1968 predecía un daño recíproco mayor del que se observó. En eso se apoya la reevaluación de Plancher y Barrouillet (2019), que sostiene que la crítica fue más concluyente de lo que la evidencia permite y que un sistema compartido por almacenamiento y procesamiento sigue siendo plausible.

La segunda crítica: el repaso como la vía de entrada

La segunda objeción apuntaba al corazón de la explicación del paso al largo plazo. Si el repaso verbal mantiene viva la información en el corto plazo y es también la vía por la que la información se consolida, entonces la consolidación queda atada a una sola operación, repetitiva y superficial. Esa operación, se argumentaba, no es un buen mecanismo para aprender.

La alternativa llegó desde el marco de los niveles de procesamiento, formulación que se desarrolla en el artículo ya publicado sobre niveles de procesamiento de Craik y Lockhart. La idea central sostiene que lo que determina la retención posterior no es la duración de la permanencia del material en el almacén breve, sino la profundidad del tratamiento mental que recibe: preguntar por el significado de un término produce un recuerdo posterior más sólido que repetirlo mecánicamente, y en el laboratorio la permanencia prolongada en el almacén corto no aumenta el recuerdo por sí sola.

Conviene decir con precisión qué se discutía: no se negaba que el repaso mantenga información activa en el corto plazo, sino que se cuestionaba que fuera la vía hacia el aprendizaje. Los propios autores de 1968 lo adelantaban, al señalar que una operación sobre una huella en el almacén corto, incluida la codificación, cabía bajo el nombre de repaso. Esa terminología flexible fue leída como una defensa del modelo y también como una ambigüedad. La evidencia sugiere que la codificación elaborada y la asociación con el conocimiento previo se asocian con una consolidación más sólida que la repetición mecánica.

La tercera crítica: olvidar por decaimiento o por interferencia

La tercera objeción es la que ha sobrevivido con más vida, y sigue siendo una pregunta abierta. La versión original sostenía que la información del almacén de corto plazo se pierde porque su traza decae con el paso del tiempo, y que el repaso detiene ese decaimiento. La alternativa, defendida por Waugh y Norman (1965), desplazó el foco: lo que se olvida en el almacén breve no se olvida por el paso de los minutos, sino porque la actividad posterior interfiere con las huellas anteriores y las desplaza. Su argumento se apoyaba en un dato de contraste: si el olvido dependiera del tiempo transcurrido, un intervalo de espera debería producir una pérdida similar a la de un intervalo lleno de tareas.

La discusión se alargó durante décadas y sigue abierta. Melton (1970) mostró que la distribución de los repasos dentro de una lista modifica el rendimiento en formas que el modelo simple no predecía con facilidad. Crowder (1993) resumió el estado de la cuestión: ni la técnica de distractor de Brown y Peterson ni el efecto de recencia en el recuerdo se ajustan bien a la posición clásica. Y la revisión que Plancher y Barrouillet (2019) citan señala que el decaimiento temporal de las huellas en la memoria de trabajo sigue en debate, con modelos que lo aceptan y modelos que explican el olvido solo por interferencia.

Lo que la evidencia disponible sugiere es que ambos mecanismos operan y que su peso relativo depende de las condiciones de la tarea. Esa es la clase de afirmación que este tipo de textos debe cuidar: el modelo ofrece un marco para formular la pregunta, y los datos que lo evalúan se han movido sin resolverla.

Lo que el modelo acertó y lo que se reescribió después

Conviene cerrar con un balance. Lo que resistió fue la intuición estructural: la separación entre registro sensorial, almacén de corto plazo y almacén de largo plazo, con características de duración y de contenido distintas, siguió siendo una descripción razonable. Baddeley, Hitch y Allen (2018) sostienen que la neuroimagen apoya esa separación, con la salvedad de que ha fraccionado el tercer componente en varios sistemas. Lo que se reescribió fue la explicación del interior: el almacén de corto plazo pasó a describirse como un sistema de recursos con componentes múltiples, y el paso al largo plazo dejó de atribuirse al repaso.

Postulado del modelo de 1968 Objeción recibida Estado posterior de la evidencia
Existe un solo almacén de corto plazo, que a la vez almacena y procesa Baddeley y Hitch (1974) observaron efectos recíprocos menores de lo previsto en tarea doble El modelo multicomponente separa almacenamiento y procesamiento; la crítica no se cierra del todo
El repaso verbal mantiene la información y permite su paso al largo plazo Craik y Lockhart (1972) mostraron que la profundidad del tratamiento explica la retención posterior La codificación jerárquica y el procesamiento profundo se aceptan; el repaso deja de ser la vía decisiva
La información del almacén breve se pierde por decaimiento en el tiempo Waugh y Norman (1965) propusieron que la pérdida se explica por interferencia La discusión sigue abierta: ambos mecanismos se consideran activos según la tarea
El almacén de largo plazo es un repositorio relativamente permanente Tulving (1985) y Squire (2004) propusieron varios sistemas con criterios distintos La neuroimagen apoya una organización en varios sistemas de memoria

“El modelo propuesto por Atkinson y Shiffrin en 1968 puede estar lejos de estar obsoleto y seguir ofreciendo un marco inspirador para el estudio de la memoria” (Plancher y Barrouillet, 2019, traducción del texto original).

Hay dos señales de que el texto sigue vivo. La primera es editorial: el capítulo de 1968 fue republicado en el Journal of Memory and Language (Atkinson y Shiffrin, 2024), y el propio autor escribió un comentario de seguimiento (Shiffrin, 1977). La segunda es el tono de la comunidad: la revisión de Healy y McNamara (1996) se preguntaba en su título si el modelo modal seguía funcionando, y la respuesta que el campo ha ido dando es que funciona como andamiaje, no como una explicación íntegra.

Ese matiz final importa para la lectura clínica y para la lectura cotidiana. Cuando alguien dice que no recuerda un nombre, el modelo modal no permite afirmar nada sobre su memoria como sistema: permite preguntar qué proceso de control faltó, en qué momento falló la codificación y qué interferencia pudo ocurrir. Ese cambio de pregunta es la herencia más duradera del capítulo de 1968, más que la lista de almacenes. Para el contexto de los componentes sueltos del modelo, el artículo sobre memoria, estructura y modelos ofrece la comparación con los marcos posteriores.

Cómo usar el modelo sin convertirlo en un veredicto sobre uno mismo

El mayor riesgo de leer un modelo de almacenes es tomarlo como un inventario de capacidades individuales: “mi memoria de corto plazo es mala”, “mi memoria de largo plazo es fuerte”. El modelo no sostiene esas afirmaciones. Sus tres almacenes describen operaciones del sistema, no rasgos de la persona, y los procesos de control que mueven la información entre ellos dependen de la tarea, del sueño, de la atención y del contexto.

En la práctica cotidiana, el modelo ofrece tres lecturas útiles. Ante un olvido inmediato, conviene sospechar de una falla de codificación antes que de almacenamiento: si el número de teléfono se consultó y se marcó sin una codificación que lo conectara con algo conocido, su destino natural era el almacén de corto plazo. Ante un olvido de un episodio antiguo, conviene pensar en accesibilidad: la información puede estar en el archivo y no aparecer por la vía de búsqueda que se usa. Y ante un material que no se consolida, conviene revisar el tipo de procesamiento y no solo el tiempo de estudio.

El conjunto de procesos de codificación, almacenamiento y recuperación, la otra forma de ordenar el mismo fenómeno, está desarrollado en el artículo sobre memoria, codificación, almacén y recuperación. Y las diferencias entre olvidar y deformar un recuerdo, que el modelo de 1968 no abordó, se tratan en el trabajo sobre olvido y distorsiones de la memoria.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto dura la memoria de corto plazo si no se repasa?

Entre quince y treinta segundos según la estimación de los propios autores en 1968, y con una caída muy rápida de la retención en las primeras tareas experimentales. El número no es una constante: depende de la tarea, de la cantidad de elementos y de lo que la persona hace durante el intervalo. La cifra que se repite como si fuera fija, la de siete elementos más o menos dos, pertenece a otro debate, el de la capacidad de procesamiento, y la evidencia posterior situó los rangos de memoria breve en valores más bajos.

¿El registro sensorial es un almacén o un proceso?

Las dos cosas, y esa ambigüedad fue una de las críticas al modelo. Lo que se sabe con solidez es que registra información en su dimensión sensorial original durante un tiempo muy breve, sin que la persona decida retenerla. La crítica consistía en que, si ese componente se describe como proceso perceptual, la simetría de tres almacenes se debilita. Atkinson y Shiffrin respondieron señalando que el registro sensorial carece de contenido verbal, y por eso no se lo podía fusionar con el almacén de corto plazo verbal.

¿Qué diferencia hay entre el almacén de corto plazo y la memoria de trabajo de Baddeley?

El almacén de corto plazo del modelo de 1968 describe un componente estructural con una duración de decaimiento acotada y un contenido verbal activo. La memoria de trabajo de Baddeley describe un sistema con recursos limitados que administra a la vez el almacenamiento y el procesamiento, con componentes separados para el material verbal y el visual. La relación entre ambos está más cerca de una continuidad de problemas que de una sustitución simple: el modelo multicomponente nació, en parte, de una crítica al modelo modal, y su versión actual conserva mecanismos de decaimiento parecidos a los de 1968.

¿El modelo de Atkinson y Shiffrin quedó obsoleto?

No de la forma que suele contarse en la historia de la psicología. Sus tres almacenes siguen siendo una descripción razonable, y el texto se republicó en 2024. Lo que quedó obsoleto fue la explicación del interior del almacén de corto plazo y la idea de que el repaso verbal resuelve la consolidación. La formulación más precisa, con la evidencia más reciente, es que el modelo funciona como andamiaje: la estructura se sostiene, los mecanismos se reescribieron.

¿Las críticas refutan el modelo o lo obligan a precisar sus límites?

Lo segundo. Las tres objeciones que se han detallado aquí no muestran que el sistema de almacenes sea falso. Muestran que un almacén de ese tipo no explica por sí solo la doble tarea, que el repaso no puede ser la vía decisiva de consolidación, y que el decaimiento y la interferencia siguen siendo una disputa abierta. La respuesta del campo fue ampliar el modelo, y la reevaluación reciente de Plancher y Barrouillet sostiene que varias de las críticas iniciales fueron más concluyentes de lo que la evidencia permite.

¿Qué cambia en la vida diaria si se entiende cómo funciona cada almacén?

Cambia la forma de interpretar los olvidos y, con ella, la de estudiar y de diseñar entornos. La memoria breve explica por qué un número consultado sin una codificación se pierde, y por eso los contactos importantes se repiten con una frase que los ancla. La memoria de largo plazo explica por qué el conocimiento conectado con lo ya aprendido se recupera con más facilidad, y por eso las estrategias de estudio que piden reflexión rinden menos que las que piden repetir. Y la distinción entre disponibilidad y accesibilidad explica por qué una persona sabe que el dato existe y aun así no lo encuentra. Ninguna de estas lecturas exime de las condiciones del sueño, la ansiedad o el estrés que afectan la memoria.

Referencias

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