
Un terremoto destruye un barrio entero. Miles de personas lo perdieron todo en minutos. Entre los escombros, no solo hay edificios caídos: hay familias rotas, niños en shock y adultos que no pueden dejar de temblar horas después de que la tierra dejó de moverse. ¿Qué hace un psicólogo ahí? No lo que la mayoría imagina.
Introducción
América Latina es una de las regiones geográficas más expuestas y vulnerables ante eventos catastróficos, fenómenos de origen socionatural y crisis humanitarias complejas. Terremotos de gran magnitud en el cinturón de fuego del Pacífico (Chile, México, Perú, Ecuador), huracanes devastadores en el Caribe y Centroamérica, deslizamientos e inundaciones torrenciales en los Andes, erupciones volcánicas y décadas de violencia sociopolítica y desplazamiento forzado han configurado el tejido psicosocial de nuestras poblaciones. La psicología de emergencias y desastres, enmarcada en las directrices internacionales de Salud Mental y Apoyo Psicosocial en Emergencias (SMAPS / MHPSS del IASC), constituye una disciplina crítica e insustituible cuya capacitación rigurosa promovemos activamente en la Escuela PsiqueAcadémica.
Qué es la psicología de emergencias y cómo se diferencia de la clínica clásica
La psicología de emergencias es la rama aplicada que integra el conocimiento conductual, afectivo y comunitario a las fases de preparación, respuesta inmediata y reconstrucción psicosocial tras situaciones críticas de alto impacto. No equivale a trasladar el sillón de la psicoterapia tradicional al barro o a un albergue temporal: opera en escenarios de conmoción aguda, caos logístico, destrucción de infraestructura y con personas que no acuden como “pacientes”, sino como sobrevivientes en estado de hiperreactividad fisiológica y desorientación.
El encuadre clínico convencional de la consulta privada queda suspendido. Es sustituido por principios de intervención en crisis de primer orden, triaje psicológico en zonas de impacto y acciones focalizadas de estabilización emocional, donde la prioridad no radica en indagar conflictos biográficos pasados, sino en reestablecer la sensación inmediata de seguridad y control.
Fases protocolizadas de la respuesta psicosocial en desastres
La intervención técnica ante desastres se organiza cronológicamente en fases operativas bien diferenciadas:
Fase de impacto agudo (primeras 72 horas): el imperativo técnico no es realizar intervenciones psicoterapéuticas profundas, sino garantizar la supervivencia física, facilitar la reunificación familiar, proveer información verídica para desactivar rumores y cubrir necesidades de agua, alimento y abrigo. Las reacciones neurovegetativas (taquicardia, temblor, llanto convulsivo, confusión) en esta fase corresponden a reacciones normales frente a situaciones anormales; patologizarlas de forma precipitada constituye una mala praxis.
Primeros Auxilios Psicológicos (PAP / PFA): representan la intervención estandarizada de primera línea universalmente validada por la OMS y la OPS. Su diseño modular permite su aplicación no solo por psicólogos, sino por cualquier interviniente entrenado (rescatistas, bomberos, personal sanitario). Su metodología se articula en tres acciones operativas cardinales:
- Observar: evaluar los riesgos de seguridad del entorno físico, identificar a personas con necesidades básicas inmediatas y detectar a quienes manifiestan reacciones de angustia severa (estupor, desorientación, agitación).
- Escuchar: acercarse con respeto, presentarse con claridad, indagar qué necesita la persona sin forzar jamás la narración forzada de los hechos traumáticos y validar empáticamente su estado afectivo.
- Conectar: ayudar a los afectados a resolver necesidades primarias, conectarlos con sus redes de afecto (familiares, vecinos) y vincularlos con los servicios de asistencia social, médica y legal establecidos en el centro de mando unificado.
Los cinco principios esenciales de Hobfoll para la intervención masiva
El consenso científico internacional liderado por Stevan Hobfoll (2007) establece que toda intervención psicosocial en emergencias debe salvaguardar cinco pilares empíricos fundamentales:
- Promover la seguridad: alejar a las personas del peligro percibido y real para reducir la activación del eje simpático-adrenomedular.
- Promover la calma: facilitar técnicas de regulación respiratoria, grounding sensorial y contención no invasiva para modular el desbordamiento afectivo.
- Promover la autoeficacia individual y comunitaria: involucrar activamente a los sobrevivientes en tareas concretas de organización y ayuda mutua, restituyendo la sensación de agencia personal frente a la indefensión.
- Promover la conexión social: el soporte interpersonal es el amortiguador biológico más potente contra la cronificación del trauma. Mantener unidas a las familias y comunidades es una prioridad médica.
- Promover la esperanza: infundir una perspectiva realista de reconstrucción y recuperación, transmitiendo que el dolor agudo no será permanente.
Fase intermedia o poscrítica (semanas a meses): se monitorea la evolución sintomática para diferenciar el malestar reactivo normal del Trastorno de Estrés Agudo (TEA). Se ofrecen grupos psicoeducativos de soporte y se fortalecen los liderazgos comunitarios endógenos.
Fase de recuperación a largo plazo (meses a años): dirigida al porcentaje de la población que consolida cuadros clínicos como Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), depresión mayor o duelo traumático prolongado. En esta etapa sí se aplican intervenciones psicoterapéuticas especializadas con respaldo de guías clínicas (Terapia Cognitivo-Conductual Focalizada en el Trauma – TF-CBT y Terapia de Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares – EMDR).
Realidad y complejidades estructurales de América Latina
La intervención psicosocial en nuestra región exige decodificar dinámicas geopolíticas y sociales singulares:
- Pobreza estructural y segregación territorial: los desastres no son neutrales; golpean con violencia desproporcionada a asentamientos informales ubicados en laderas inestables o cuencas inundables, donde la precariedad habitacional agrava el impacto psicológico.
- La riqueza del capital social comunitario: paradójicamente, las comunidades latinoamericanas conservan potentes mecanismos ancestrales y barriales de solidaridad (ollas comunitarias, mingas, redes eclesiales de base) que actúan como factores protectores determinantes frente a la fragmentación social.
- Superposición con violencia social y conflicto armado: en países como Colombia, Guatemala o México, la psicología de emergencias ante catástrofes naturales opera sobre poblaciones que ya cargan con el peso del desplazamiento forzado, pérdidas violentas y revictimización histórica.
- Crisis migratorias transfronterizas: la atención humanitaria en rutas migratorias complejas (el tapón del Darién, el corredor mesoamericano) demanda protocolos flexibles de apoyo psicosocial móvil y adaptabilidad lingüística y cultural.
Errores críticos y contraindicaciones: el peligro de la iatrogenia
La investigación en desastres ha desterrado prácticas que en el pasado se aplicaban por inercia pero que resultan lesivas:
- Debriefing psicológico indiscriminado o forzado (CISD): revisiones sistemáticas de la Colaboración Cochrane han demostrado que obligar a todos los sobrevivientes a revivir detalladamente la experiencia traumática en las primeras 48 a 72 horas puede interferir con los mecanismos naturales de autorregulación del cerebro e incrementar el riesgo de desarrollar TEPT. El debriefing obligatorio es una práctica desaconsejada; los PAP son la alternativa no intrusiva recomendada.
- Patologización precoz: emitir diagnósticos psiquiátricos formales en medio de los escombros desconoce la normalidad de la reacción de estrés ante una amenaza abrumadora.
- “Turismo humanitario” no coordinado: profesionales o voluntarios que se desplazan de forma independiente a la zona de impacto sin coordinar con el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo entorpecen la logística y pueden generar revictimización secundaria.
Cuidado del interviniente: fatiga por compasión y trauma vicario
Los equipos de respuesta psicológica y sanitaria no son inmunes a la exposición al dolor humano extremo. La inmersión continuada en escenarios de devastación genera desgaste acumulativo: burnout, fatiga por compasión y traumatización vicaria (aparición de pesadillas e hipervigilancia en el propio profesional). La gestión técnica de emergencias exige implementar protocolos de descompresión emocional breve (defusing), relevos de turnos obligatorios, monitoreo entre pares y espacios de ventilación emocional supervisada.
Referencias
- Hobfoll, S. E., Watson, P., Bell, C. C., Bryant, R. A., Brymer, M. J., Friedman, M. J., … y Ursano, R. J. (2007). Five essential elements of immediate and mid-term mass trauma intervention: empirical evidence. Psychiatry, 70(4), 283-315.
- Inter-Agency Standing Committee (IASC). (2007). IASC Guidelines on Mental Health and Psychosocial Support in Emergency Settings. IASC.
- Organización Mundial de la Salud, War Trauma Foundation y Visión Mundial Internacional. (2012). Primera ayuda psicológica: Guía para trabajadores de campo. OMS.
- Organización Panamericana de la Salud. (2010). Protección de la salud mental en situaciones de desastres y emergencias. OPS.
- Rose, S., Bisson, J., Churchill, R. y Wessely, S. (2002). Psychological debriefing for preventing post traumatic stress disorder (PTSD). Cochrane Database of Systematic Reviews, (2), CD000560.
Siguiente paso: estudia este tema en ruta
Este artículo forma parte de la Ruta de aprendizaje: psicología clínica base, una guía para estudiar el tema con orden, conceptos clave y ejercicios.