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Nathan Ackerman: el puente entre el psicoanálisis y la familia

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

Nathan Ackerman no inventó la terapia familiar: la abrió. Venía del psicoanálisis, y esa procedencia explica tanto lo que aportó como los límites de su modelo. Lo que hizo fue cambiar la unidad de trabajo, del paciente aislado a la familia reunida, sin renunciar al aparato conceptual que había aprendido: la transferencia, las defensas, el conflicto inconsciente repartido entre varios cuerpos. La sala con más de una silla no es una metáfora de su estilo, es su hipótesis clínica: el malestar de una persona se sostiene en un proceso compartido, y ese proceso solo se observa cuando los miembros de la familia están en la misma habitación y pueden tratarse entre ellos.

Nathan Ackerman: del psicoanálisis a la familia como unidad de tratamiento, el diagnóstico de 1950, la ruptura de 1962 y qué queda de ese modelo en la clínica de hoy

Hay una pregunta que aparece cuando se lee a Ackerman por primera vez: por qué un psicoanalista formado decide meter a la familia en el consultorio. La respuesta breve es que el consultorio individual se le quedó corto. Ackerman había pasado por la clínica de orientación infantil de Menninger, había visto a niños que se recuperaban dentro del hospital y reaparecían con los mismos síntomas al volver a sus casas, y había advertido algo que el psicoanálisis clásico no tenía lugar para formular: si el entorno interviene en el curso del cuadro, forma parte del objeto de estudio.

Su respuesta no fue abandonar el psicoanálisis, sino ampliar su alcance. Ackerman siguió pensando en defensas, en transferencia y en conflicto inconsciente, y puso a hablar a esos conceptos dentro de un grupo. Ese gesto, que hoy damos por sentado, fue en su momento una ruptura metodológica: el síntoma de un hijo podía leerse como la expresión de un conflicto familiar.

El cuaderno de principios históricos de la terapia familiar ya publicado sitúa a Ackerman en el arco del campo, y el catálogo de aportantes y enfoques reparte los créditos. Lo que sigue se detiene en la figura.

Ackerman: del diván a la sala con más de una silla

Nathan Ward Ackerman nació el 22 de noviembre de 1908 en Bessarabia, en el Imperio Ruso, en una familia judía que emigró a Nueva York en 1912. Obtuvo el doctorado en medicina en la Columbia University en 1933, hizo rotación en el Montefiore Hospital y se formó en el Menninger Clinic de Topeka, Kansas, entre 1935 y 1936. En 1937 era psiquiatra jefe de la clínica de orientación infantil de Menninger. Ese es el punto de partida: un lugar pensado para atender a niños, donde se atendía a las madres y con poca frecuencia a la familia, porque el servicio estaba construido para separar al niño de su entorno.

De ahí viene su doble oficio. Ackerman era psiquiatra y psicoanalista formado, con un instrumento refinado para leer la vida interna de una persona: la historia, la defensa, la transferencia. Y al mismo tiempo era el primer clínico de un espacio donde se veía el síntoma aparecer y desaparecer según quién estuviera en la sala. La mayoría de sus colegas trataban el primer oficio y descontaban el segundo. Ackerman se concentró en el segundo para revisar el primero.

Eso explica por qué su modelo no suele encajar en la taxonomía del campo: es el punto donde el psicoanálisis aprende a hablar en plural. Lo que hizo fue una sola operación, repetida durante veinte años: la unidad de evaluación pasó de la persona al grupo, y el resto se reorganizó en consecuencia.

La trayectoria: tres tramos que explican el método

El recorrido de Ackerman tiene tres tramos con lógicas distintas, y conviene separarlos porque cada uno explica una parte distinta de su obra.

El primero es el tramo hospitalario, de 1935 a 1937. En Menninger, Ackerman aprendió algo que la clínica privada no enseña: que los cuadros clínicos cambian cuando cambia el entorno. Un niño que mejoraba dentro del hospital podía recaer al volver con los suyos. Esa observación, banal para quien la vive, era una amenaza seria para el marco individual: metía en el centro una variable que la unidad individual no absorbía.

El segundo tramo es el de la clínica de orientación infantil, que Ackerman dirigió desde finales de los años cuarenta. Ahí aprendió el enfoque de lo que más tarde se llamaría el paciente identificado, y ahí también el punto ciego: se atendía al niño y a su madre por separado, y el padre casi no aparecía en el expediente. Para Ackerman ese procedimiento era una falsa tranquilización. Si la madre llora cada vez que el niño entra, eso no son dos casos: es un caso con dos personas.

El tercer tramo es el de su práctica privada y de sus instituciones en Nueva York, desde 1957. En ese año fundó la Family Mental Health Clinic, del Jewish Family Service, y en 1960 el Family Institute, que tras su muerte en 1971 pasó a llamarse Ackerman Institute for the Family. La clínica y el instituto son la materialización de su idea: si la familia es la unidad, el lugar donde se atiende a las familias tiene que ser un centro de trabajo con ellas.

El diagnóstico familiar: la primera ruptura con la clínica del caso individual

El texto que abre esa etapa es el artículo que Ackerman firmó con Raymond Sobel en 1950 sobre el diagnóstico familiar con el preescolar. Lo importante no es la técnica diagnóstica que propone, sino una frase que se convertiría en la tesis del movimiento: el tratamiento del niño pequeño debería empezar por el grupo familiar.

La misma frase lleva escrita su propia dificultad. En 1950 no existían criterios para describir las perturbaciones familiares como perturbaciones de un grupo, y Ackerman lo dice sin rodeos: hasta que no se puedan formular esos criterios, no hay marco de referencia para tratar a las familias como grupos, aunque las clínicas de orientación infantil ya se orientaran en esa dirección. Es una combinación poco común en la historia de una especialidad: una propuesta audaz y, en la misma página, el reconocimiento de que le faltan las herramientas para sostenerla.

Esta honestidad explica por qué Ackerman pasó años publicando antes de consolidar su modelo. En 1945 preguntó qué compone una psicoterapia intensiva dentro de una clínica infantil (Ackerman, 1945). En 1956 publicó los principios psicoanalíticos que orientaban su trabajo con el preescolar y su familia, y ese mismo año, con Mary Behrens, presentó un estudio sobre diagnóstico familiar. Tres textos, una misma línea: ampliar el objeto sin abandonar el método.

Lo que se produce en ese desplazamiento es un cambio de foco que conviene nombrar con precisión. El síntoma deja de ser un fenómeno individual y pasa a ser la expresión visible de un reparto de conflictos y de defensas dentro del grupo. El niño no deja de estar enfermo: pasa a ser el lugar donde se ve algo que ocurre entre varias personas, y el trabajo clínico consiste en leer ese reparto y actuar sobre él.

1958: el libro y el programa de terapia integradora

El texto que la historia suele marcar es The Psychodynamics of Family Life, publicado por Basic Books en 1958. El libro reúne el material de más de una década y le da una tesis: la familia es la unidad de experiencia de la que el individuo forma parte, y el diagnóstico y el tratamiento deben organizarse alrededor de ella. En el mismo año, en el American Journal of Psychiatry, Ackerman publicó el artículo que contiene la formulación más compacta de su programa, con cinco piezas: una evaluación psicosocial de la familia como conjunto; la aplicación de niveles pertinentes de apoyo social y orientación educativa; un abordaje psicoterapéutico de las relaciones familiares en conflicto; psicoterapia individual para miembros seleccionados, orientada a las relaciones dinámicas de rol dentro de la familia; y visitas a domicilio, con el registro cuidadoso de la interacción familiar en su entorno natural.

La parte que más se olvida es la última. Ackerman no veía la sesión de consulta como el lugar donde ocurre la familia, sino como una ventana desde donde se la observa. La visita a domicilio no era un extra: era la comprobación de que lo que se ve en la sala no es un informe de la familia, sino una representación de ella.

El artículo contiene la frase que resume el método con la mayor economía:

“Requisite to this goal is an expansion of diagnostic thinking so as to make the unit of evaluation the individual within his family group, rather than an individual assessed in isolation” (Ackerman, 1958). En lectura libre: para llegar a esa meta hace falta ampliar el pensamiento diagnóstico, de modo que la unidad de evaluación sea el individuo dentro de su grupo familiar, y no un individuo evaluado por separado.

La formulación tiene una ventaja sobre las que la acompañaban: no dice que el individuo deje de importar. Dice que el individuo se evalúa dentro de un marco, y ese cambio de marco es el que después llevó el nombre de la terapia familiar. Ackerman reconocía en el mismo texto que la familia es la unidad básica de la experiencia humana, una idea de una audacia notable en aquel momento.

Las defensas de la familia: del conflicto individual al conflicto compartido

El elemento del modelo de Ackerman que ha sobrevivido con más fuerza a medio siglo es la noción de defensas familiares. Su argumento es que el grupo tiene un modo propio de defenderse ante el conflicto, y que ese modo no se reduce a la suma de las defensas individuales.

En su artículo de 1962, Ackerman ordena las formas típicas de esa defensa grupal: la búsqueda compartida de una solución concreta al conflicto; la evitación o negación compartida de un conflicto determinado; la formación de un compromiso, con su variante emocional, que incluye la fragmentación del grupo y el aislamiento del conflicto, y su variante racional, con la sustitución y el desplazamiento; el chivo expiatorio, con la compensación que lo acompaña; y la fuga por el consumo, el alcohol o las vacaciones.

Lo que hace esta enumeración más útil que una taxonomía es el punto clínico que hay debajo. Cada forma de defensa cumple una función en el equilibrio del grupo, y el síntoma del miembro identificado es a menudo la expresión más visible de esa función. La derivación no revela solo quién está mal: revela qué equilibrio sostiene el consultorio.

De ahí sale la herramienta que Ackerman puso en el centro y que la clínica contemporánea conserva, a veces con otro nombre: el chivo expiatorio. En su formulación, la persona a la que se recurre primero para pedir ayuda psiquiátrica no es necesariamente la más enferma, sino la que ocupa un lugar útil en el equilibrio del grupo, como chivo expiatorio o como sustituto de un miembro más grave. Tratar solo a esa persona puede desordenar el reparto que sostenía su síntoma. El chivo expiatorio en la familia desarrolla el concepto y su relación con el paciente identificado.

El segundo elemento que sobrevive es la atención a las tres generaciones. Ackerman insiste en que un conflicto patológico y sus defensas se transmiten de una generación a la siguiente, y que en la familia observada hoy es posible rastrear los elementos del conflicto que contribuyó a la aparición del trastorno. La clínica relacional posterior, con la noción de triangulación y de procesos transmitidos, retoma esta línea. El proceso emocional de la familia nuclear de Bowen es su formulación más conocida.

1962: la diferencia explícita con el psicoanálisis

El texto que define a Ackerman dentro de la historia del campo es su artículo de 1962 en Family Process, el número inaugural de la revista, publicado inmediatamente después del de Haley. Ahí el autor hace lo que un buen clínico hace con su propio linaje: lo compara con su linaje sin destruirlo.

El eje del artículo es una comparación entre dos modelos de proceso psicoterapéutico. En el primero, el proceso se concibe como un fenómeno de una sola persona, no social, influido por un agente externo que es el analista. En el segundo, como un fenómeno social de dos o más personas, con encuentro directo e intercambio real. La diferencia no es de técnica sino de modelo:

“Psychoanalysis moves mainly from inside-outward, whereas family therapy approaches the relevant processes partly from outside-inward” (Ackerman, 1962). En lectura libre: el psicoanálisis se mueve de adentro hacia afuera, mientras que la terapia familiar aborda los procesos pertinentes en parte de afuera hacia adentro.

El resto del artículo desarrolla la asimetría. En el modelo psicoanalítico el analista es una figura sin rostro, que refleja lo que se le muestra y se abstiene del intercambio social; en el modelo familiar hay presencia, hay personas que se contradicen y se sostienen la mirada. Ackerman describe el psicoanálisis como biologista, mecánico y genético, y afirma que aísla al paciente de su familia.

Dimensión Terapia psicoanalítica Terapia familiar según Ackerman
Unidad de trabajo La persona aislada El grupo que vive bajo un mismo techo
Movimiento del terapeuta De adentro hacia afuera De afuera hacia adentro
Qué es el síntoma Manifestación interna a corregir Patrón de interacción que hay que transformar
Rol del terapeuta Figura sin rostro, espejo Participante con rostro en la relación
Origen del conflicto Foco intrapsíquico Reparto del conflicto en el grupo y entre generaciones
Relación con el otro Interpretación sobre un texto Respuesta real entre personas presentes

Conviene registrar lo que Ackerman concede, porque su artículo es más útil por lo que admite que por lo que critica. En el mismo texto escribe que el psicoanálisis logra un acceso particular a las perturbaciones que provienen de la vida mental inconsciente, algo que la terapia familiar no ofrece con la misma precisión, y sostiene que la relación entre los dos oficios no es de sustitución sino de complementariedad. La terapia familiar puede ser el método indicado en algunos casos, puede ser el de elección, puede ser la preparación emocional previa para una intervención individual, o puede operar en paralelo.

La técnica: observación, película y el trabajo en sala compartida

Un artículo sobre Ackerman corre el riesgo de quedarse en la teoría. Vale la pena bajar al detalle operativo, porque ahí está buena parte de la razón por la que su modelo se sostuvo.

Lo primero es la técnica de la sesión. Ackerman no era un terapeuta neutral ni un observador del proceso: participaba, confrontaba, usaba la interpretación sobre los conflictos compartidos y trabajaba con metáforas. En 1965, con Murray Sherman, Sanford Sherman y Celia Mitchell, publicó en Family Process un trabajo sobre las señales no verbales y la recreación del conflicto en la terapia familiar, y ahí se ve su interés por el material que se produce cuando las personas se contradicen en vivo: no solo lo que se dice, sino lo que el cuerpo hace mientras lo dice. La atención al cuerpo y al tono no fue un adorno de su técnica, fue una razón de peso para que su modelo se apoyara en la presencia.

Lo segundo es la observación fuera de la consulta, de la que ya se habló: la visita a domicilio y el registro del proceso en su entorno natural. Ackerman quería el proceso, no el informe del proceso. En una época en que la anamnesis se apoyaba en el relato de la familia, exigir que el terapeuta viera la familia en su casa era una forma de poner a prueba el propio relato.

Lo tercero es el método audiovisual, y es la aportación menos citada y más persistente. Ackerman publicaba, enseñaba y proyectaba películas que mostraban su método, y ese gesto fundó la tradición de documentación audiovisual del trabajo clínico, uno de los pilares de la formación en terapia familiar. La observación de las sesiones por otros terapeutas, con la posibilidad de detener la imagen y discutir lo que acaba de pasar, sigue en uso. Es un detalle menor en una biografía y un detalle central para entender el oficio que Ackerman quiso construir: un oficio que se enseña mirando, no leyendo.

Ackerman, Jackson y Haley: una escuela con revista propia

Ackerman no fue un fundador aislado, y conviene decirlo porque la historia del campo se ha contado a veces como un álbum de nombres. Su peso vino de dos construcciones institucionales, menos conocidas que su obra clínica.

La primera es el Ackerman Institute, fundado en 1960 y todavía en marcha. Hoy mantiene una clínica con licencia del Estado de Nueva York, programas de formación, líneas de investigación y una red de proyectos clínicos orientados a poblaciones específicas. Amorin-Woods e Imber-Black (2024) publicaron una conversación de seis décadas de historia institucional, y el detalle que más dice no es de método sino de composición: la formación de terapeutas racializados y la cobertura financiera de la atención son problemas que en 1960 no estaban sobre la mesa y hoy son parte central de su identidad. Allí se cuenta también cómo la pandemia suspendió el trabajo con espejo unidireccional.

La segunda es editorial. En 1962, Ackerman se unió con Don Jackson y Jay Haley para crear Family Process, la primera revista dedicada específicamente a la actividad académica en terapia familiar, que sigue siendo la publicación de referencia del área. Su primer número es, en la práctica, el acta fundacional del campo: el artículo de Ackerman sobre la diferencia con el psicoanálisis, el de Haley sobre hacia dónde va la terapia familiar y los trabajos sobre la base común.

El punto que conviene evitar es el del inventor solitario. Ackerman aportó la lectura psicodinámica de la familia, el diagnóstico familiar y la psicoterapia del grupo. Palo Alto aportó el contexto y la lectura comunicacional. Jackson formuló la homeostasis. Minuchin construyó el mapa estructural.

Minuchin y las ramas: qué se conserva de Ackerman

A mitad de carrera, Ackerman ya no era el clínico más activo en el trabajo con familias, y su modelo encontró derivas. Salvador Minuchin se formó como psiquiatra infantil bajo la supervisión de Ackerman en Nueva York y desarrolló luego, en el Wiltwyck School y en la Philadelphia Child Guidance Clinic, un modelo distinto: el estructural, que organiza el mapa de la familia en subsistemas, límites, jerarquías, alianzas y coaliciones, y que informa el apunte de terapia familiar estructural.

La diferencia no es de afinidad sino de foco. Ackerman pregunta qué conflictos y defensas se comparten y cómo se reparten; Minuchin pregunta cómo está organizada la jerarquía y dónde están los límites que hay que mover. Se parecen en el gesto de fondo, el terapeuta dentro de la sala y no en el pasillo, y se separan en el instrumento de lectura. La alianza terapéutica en terapia familiar es el punto donde ambas se tocan sin fundirse.

Ackerman fue también puente hacia Palo Alto: el ambiente de las clínicas de orientación infantil de Nueva York y el de Menninger tuvieron contactos cruzados, y el grupo de Jackson y Bateson pasó por las mismas fronteras. Pero las dos ramas no se mezclaron. La terapia de Palo Alto leía mensajes y secuencias; la de Ackerman leía conflictos y defensas. La primera se organizó como investigación de la comunicación; la segunda, como psicoterapia. Esa diferencia de oficio explica lo que vino después: en los años setenta, cuando el campo se dividió entre líneas, la genealogía de Ackerman quedó del lado de la clínica. Ackerman (1971) describió ese momento como el borde en crecimiento de la terapia familiar (the growing edge).

Qué queda hoy: del modelo a la práctica

La pregunta práctica de este artículo es qué sobrevive de un modelo de los años cincuenta. La respuesta, con las reservas que el propio campo exige, tiene cuatro partes.

La primera es la más nítida: la familia como unidad de evaluación ya no es una propuesta, es el supuesto de trabajo de buena parte de la clínica. La práctica con trastornos de la alimentación en adolescentes es el ejemplo más legible, porque el tratamiento basado en la familia coloca a los padres como agentes terapéuticos activos y organiza su arquitectura sobre el principio de que el síntoma del adolescente es una cuestión de la familia. Rienecke y Le Grange (2022) resumieron los cinco principios de ese enfoque, y el de trabajar con los padres es la herencia de Ackerman: el terapeuta pasa a tratar la estructura de decisiones, no solo el síntoma.

La segunda es el marco de la evidencia. La psicoterapia sistémica dejó de ser una corriente con apariencia clínica y pasó a ser un cuerpo de conocimiento con apoyo empírico acumulado. Carr (2019) sostiene que las intervenciones sistémicas funcionan, solas o como parte de programas multimodales, para el malestar relacional, los problemas psicosexuales, la violencia en la pareja, los trastornos de ansiedad y del ánimo, el alcohol, la psicosis y el ajuste a enfermedades físicas crónicas, y su revisión sobre problemas centrados en la infancia añade conducta, problemas emocionales, trastornos alimentarios y psicosis de primer episodio. Von Sydow y colaboradores (2010) llegaron a una conclusión parecida con un metaanálisis de 38 ensayos controlados. Tratar a la familia se asocia, en suma, con resultados que la literatura sostiene.

La tercera es la formación. El Ackerman Institute mantiene su clínica y sus programas, y su enfoque relacional sigue siendo el marco que ofrece. La conversación institucional de 2024 recuerda también que la práctica del espejo unidireccional no es una curiosidad: se suspendió con la pandemia y puso al descubierto cuánta de la formación dependía de ese formato.

La cuarta es más incómoda, y conviene no disfrazarla. Lo que sobrevive de Ackerman como técnica específica, la psicoterapia familiar psicodinámica confrontativa tal como él la practicaba, ocupa hoy un lugar menor que el de su gesto fundacional. El campo se fue por donde se fue: estructural, estratégico, sistémico, narrativo, construccionista, después centrado en la evidencia y en la integración. Ackerman abrió la puerta por la que entró la mayoría: eso le da un lugar en la historia, no una técnica vigente.

Herencia de Ackerman Dónde se observa hoy Qué se puede afirmar
La familia como unidad de evaluación Evaluación familiar y derivaciones por grupo Es el supuesto de trabajo del campo
Chivo expiatorio y paciente identificado Diagnóstico relacional, lectura de la triangulación Útil mientras se devuelva al equilibrio del grupo
Defensa familiar como función propia Trabajo con patrones de interacción repetidos Encuadre con respaldo en la clínica relacional
Sesión con más de una silla Formatos de grupo, pareja y familia La práctica se asocia con resultados en un abanico amplio de problemas
Observación y registro del proceso Visita a domicilio, sesión grabada Es la aportación formativa con más permanencia

Lo que la evidencia permite decir y lo que deja abierto

Conviene separar tres niveles, porque confundirlos es el error más común al leer a los clásicos del campo.

En el primer nivel, lo que la evidencia sostiene con solidez: el enfoque sistémico tiene eficacia para un número amplio de problemas, y esa solidez se apoya en metaanálisis y revisiones sistemáticas que se actualizan de manera periódica. Eso no dice que Ackerman tuviera razón en 1958, pero sí que la dirección que él abrió sigue siendo la que la evidencia acompaña.

En el segundo nivel, lo que se asocia sin que pueda afirmarse: el modelo concreto de Ackerman, su técnica confrontativa de psicodinámica de grupo, no se ha estudiado en ensayos que permitan atribuirle una eficacia propia. La literatura evalúa familias, sistemas e intervenciones sistémicas; difícilmente puede evaluar la técnica de un analista de los años sesenta.

En el tercer nivel, lo que sigue abierto: cómo se articula la intervención cuando el sujeto del tratamiento no es la familia, sino la familia dentro de su entorno social, con las condiciones estructurales que empujan el síntoma. Ackerman señalaba la influencia de los cambios sociales de largo plazo sobre la vida de la familia, y esa línea quedó menos trabajada en su obra que la del conflicto interno. Es una limitación compartida por la generación entera de la terapia familiar.

La segunda pregunta abierta es de método. La formulación del chivo expiatorio se sostiene con una fuerza que las taxonomías recientes han perdido un poco, porque el término se ha desgastado y a veces se usa para nombrar a quien no puede con su parte de la responsabilidad. Vuelve a ser útil cuando se lo devuelve al funcionamiento del grupo: no es el culpable, es el lugar donde el conflicto se hace visible. Y la tercera tiene que ver con las familias que no caben en el modelo: las adoptivas, las reconstituidas, las que incluyen a una persona trans, las que tienen un miembro con daño neurológico, las que viven en contextos de violencia. El trabajo de campo contemporáneo no puede dar por sentado que la familia es una unidad nuclear de roles fijos.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama a Ackerman puente entre el psicoanálisis y la terapia familiar?

Porque no llegó a la terapia familiar desde la teoría de sistemas, sino desde la práctica psicoanalítica. Su propuesta conserva el lenguaje de las defensas, la transferencia y el conflicto inconsciente, y lo aplica a un grupo. Eso lo distingue de Palo Alto, que llegó por la antropología y la comunicación, y de Minuchin, que llegó por la clínica de orientación infantil. Ackerman hizo el puente porque conocía el psicoanálisis a fondo y se encontró con que el paciente individual no agotaba el caso.

¿Ackerman inventó la terapia familiar?

No. La historia del campo tiene sedes simultáneas en Nueva York, en Menninger, en Palo Alto, en Londres y en las clínicas de orientación infantil. Lo que hizo Ackerman fue una de las aperturas más influyentes, y probablemente la más temprana desde el terreno del psicoanálisis: en 1950, con Sobel, ya sostenía que el tratamiento del niño debía empezar por el grupo familiar. Su obra cuenta la historia de una puerta abierta, no la de un inventor.

¿Cuál es la diferencia entre su modelo y el de Minuchin?

El foco. Ackerman pregunta por el conflicto y las defensas compartidas, y los lee en la historia de la familia; Minuchin pregunta por la organización del grupo en subsistemas, límites, coaliciones y jerarquía. Ambos detectaron que la familia en la sala funciona como sistema, y ambos hicieron del terapeuta un participante activo. La diferencia está en el instrumento de lectura, y por eso pueden convivir sin mezclarse.

¿Su modelo tiene respaldo empírico?

De manera indirecta, y vale la pena ser exacto. La evidencia evalúa intervenciones sistémicas, familias y programas, no a Ackerman en particular. Hay metaanálisis y revisiones que respaldan la eficacia del enfoque sistémico en un abanico amplio de problemas. Lo que no puede hacerse es atribuirle a su modelo de 1962 una eficacia medida, porque no se ha evaluado así.

¿Qué queda de su legado institucional?

El Ackerman Institute for the Family, que él fundó en 1960 y que sigue operando en Nueva York con clínica, formación e investigación, y la revista Family Process, que impulsó en 1962 con Jackson y Haley. También queda el método de formación que inventó sin nombrarlo: sesiones grabadas y observadas, terapeutas que miran el trabajo de otro terapeuta y lo discuten después.

¿Qué se suele malinterpretar de su obra?

Dos cosas. La primera, que el chivo expiatorio es una culpa: es un lugar funcional dentro de un equilibrio de grupo, y reducirlo a culpable confunde el concepto. La segunda, que Ackerman propuso reemplazar la psicoterapia individual por la familiar: hizo lo contrario, la subordinó, y en 1962 escribió que las dos son métodos distintos y complementarios. Ese matiz hace de su texto un documento todavía útil.

Referencias

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Sobre la autoría
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