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Nathan Ackerman: el conflicto en la sala familiar

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

Un chico de catorce años entra al consultorio acompañado por su madre. Ella explica que el niño mejoró en el hospital: dormía, comía, la conducta disruptiva había bajado. Al volver a casa, las crisis volvían a empezar. La terapeuta hace lo que se ha hecho durante décadas: atiende al niño, con la madre en la puerta y el padre al teléfono desde la sala contigua.

En la octava sesión el chico dice algo que no había dicho en las siete anteriores: que en su casa no se le pregunta cómo amaneció. Lo dice como dato, no como queja, y se calla.

Esa frase no pertenece al síntoma del niño. Es un dato sobre el reparto. Y ahí aparece la dificultad que él pasó dos décadas intentando resolver: el consultorio individual no tiene dónde colocar una pregunta así. El aparato del psicoanálisis individual, con sus defensas, su transferencia y su conflicto inconsciente, sirve para leer la vida interna de una persona y funciona bien. Lo que no tiene es un modo de registrar que la vida interna de ese chico se organiza en relación con otras dos personas que están ahí, respirando, respondiendo, esperando que algo cambie.

Ackerman cambió la unidad de trabajo, no el método. En lugar de leer el conflicto intrapsíquico de un sujeto sentado frente a él, pasó a leer el conflicto intrapsíquico de un sujeto en una sala donde ese conflicto se reparte entre varias personas y se juega entre ellas. Eso es lo que sigue aquí: el mecanismo clínico de ese traslado, el lugar que ocupa el terapeuta cuando el paciente es una familia, y qué queda de ese aprendizaje cuando alguien se forma en la disciplina. La biografía y el recorrido de Ackerman ya están contados con detalle en su página en PsiqueAcadémica; este texto entra por la puerta del método.

La pregunta que el consultorio individual no tenía dónde colocar

El arranque de la historia de Ackerman fue un resultado que le resultaba incómodo. En los servicios donde había trabajado, los niños mejoraban dentro de la institución y recaerían al volver a casa. La mejoría institucional era real: habían adelgazado, dormían, la conducta disruptiva había bajado. Y la recaída era igual de real. Ninguna de las dos afirmaciones podía convivir con una clínica que entendía el cuadro como algo alojado dentro del niño.

El servicio donde se había formado reforzaba esa ceguera por diseño. Una clínica de orientación infantil atendía al niño y atendía a su madre, pero los trataban por separado, y el padre casi no aparecía en el expediente. Para él ese procedimiento era una falsa tranquilización: si la madre llora cada vez que el niño entra, aquello forma un caso solo, y la división de la ficha clínica escondía justo lo que había que ver.

La salida que Ackerman exploró fue conceptual antes que técnica. Si el entorno interviene en el curso del cuadro, el entorno forma parte del objeto de estudio: no del contexto social ni de la biografía del paciente, sino del objeto mismo. De ahí se sigue casi todo lo demás. Si el grupo participa en el curso del cuadro, entra en la clínica con su estructura, sus lealtades, sus defensas y la distribución de responsabilidades que sostiene el síntoma.

El movimiento quedó registrado en su texto de 1967, donde explica que el descubrimiento llegó por etapas, con una entrevista de profundidad a la familia entera. Su figura queda ubicada en el arco del campo en el cuaderno de principios históricos de la terapia familiar. Lo que sigue se queda en la mecánica del traslado y en lo que exige de quien se forma.

Un solo sujeto, varias personas: la mudanza del objeto

El salto de Ackerman conserva el aparato psicoanalítico y le cambia el objeto. Conviene ver la operación pieza por pieza, porque es donde el puente se construye y donde también se puede desarmar sin darse cuenta.

En el consultorio individual, el conflicto intrapsíquico es interno: un deseo contra una defensa, una pulsión contra una prohibición, dentro de una misma persona. Ackerman no discutió ese conflicto, lo situó en un espacio compartido. Cuando la familia está en la sala, el deseo reprimido de uno aparece sostenido por otro, la defensa de uno encuentra sitio en los demás, y la prohibición que opera en un miembro encuentra apoyo. El conflicto sigue siendo intrapsíquico, pero deja de ser privado: se vuelve un fenómeno interpersonal con correlato corporal.

Esa mudanza explica por qué Ackerman sostenía que la presencia de los hijos en la sesión era una cuestión técnica y no ética. En su texto sobre participación infantil en terapia familiar, de 1970, el problema que se plantea es el del terapeuta: la participación de los niños, sobre todo de los más pequeños, supone un desafío personal y profesional para quien los atiende, porque por sus propias necesidades puede preferir involucrarse con una generación antes que con la familia entera de tres generaciones.

La observación parece una advertencia ética. Sin embargo, en el marco de su modelo era también un problema técnico de lectura. Un niño que se esconde en la sesión habla del niño, y sobre todo de cómo se organiza el grupo cuando hay una sola persona en el foco. La escena informativa es la que lo muestra callado y a los demás llenando ese silencio, no la que muestra al niño hablando bien.

El paciente identificado, en esta lectura, es quien ocupa la función de estar enfermo para que el grupo se organice en torno a él, no el miembro enfermo del grupo. En 1962 Ackerman lo formuló casi en estos términos al defender que los problemas adolescentes son un síntoma de un desorden del grupo familiar y no un asunto individual. De ahí se sigue una de las afirmaciones más útiles y más incómodas del modelo: el síntoma del niño puede ser el elemento que sostiene el equilibrio del resto.

Dimensión Modelo intrapsíquico (individual) Modelo relacional (sala familiar)
Unidad de trabajo La persona El grupo que se encuentra en la sala
Material del conflicto Deseo, defensa, prohibición, culpa Los mismos elementos, repartidos y en juego entre varias personas
Papel del síntoma Expresión del conflicto interno Patrón de interacción que cumple una función en el grupo
Herramienta del terapeuta Interpretación, transferencia, resistencia Interpretación más observación de la interacción en vivo
Error a evitar Confundir silencio con resistencia Confundir el síntoma individual con el caso íntegro

La última fila es la bisagra donde la lectura intrapsíquica y la lectura relacional se separan de manera operativa: un chico callado en la sala habla del chico y, sobre todo, de cómo se organiza el grupo cuando hay una sola persona en el foco. La mirada sistémica del chivo expiatorio desarrolla esa diferencia: el paciente identificado es a quien el grupo entrega el cuadro; el chivo expiatorio es a quien se le pide que cargue con el conflicto.

La familia como sistema de defensas

La segunda pieza del mecanismo conecta con el cuerpo. Ackerman venía de la medicina y del campo de la medicina psicosomática, y esa línea tiene consecuencias para la formación que hoy se pierden con facilidad.

Su apuesta era que ciertos cuadros que se presentan como somáticos solo se sostienen como síntomas si el grupo les da un lugar. El razonamiento es más sencillo de lo que suele decirse. Una cefalea recurrente, un dolor abdominal sin hallazgos, una crisis de pánico, un patrón de cansancio sin explicación: son razones de estado. El cuerpo produce el síntoma porque el grupo necesita un sitio donde depositar una tensión que no se puede decir por otra vía. Si se retira el síntoma sin retirar la función que cumple, aparece otro. La clínica lo había observado con los pacientes que no terminaban de corresponder, y Ackerman le dio una explicación de grupo.

Lo relevante para la formación es la hipótesis sobre el reparto de la responsabilidad por estar mal, no una teoría de la guerra interior. En la sesión familiar, esa responsabilidad suele estar distribuida de un modo que ninguno de los miembros reconoce en voz alta. Quien trabaja de más y no llega a la cena no se queja: cubre. Quien controla la medicina del hijo no hace un favor: protege algo. El hijo que no habla no se enfrenta a nada: sostiene el lugar de la enfermedad.

Ackerman distinguió con claridad la defensa individual contra la ansiedad de la defensa de grupo, y las dos funcionan en registros distintos. La siguiente tabla ordena esa distinción con sus palabras.

Defensa individual Defensa de grupo Efecto clínico
Ansiedad y culpa propias Evitación o negación compartida de un conflicto El conflicto no se nombra, se evita
Formación de compromiso Escisión del grupo en facciones Cada facción sostiene una parte del problema
Desplazamiento y condensación Chivo expiatorio y curación compensatoria Un miembro cae y otro ocupa el lugar de sanador
acting out individual acting out compartido El síntoma se repite en más de una persona
Rigidificación defensiva Reorganización de roles y jerarquías El grupo se equilibra sobre una forma rígida

Una advertencia que el propio modelo contiene: el conflicto no desaparece cuando se lo nombra, se desplaza. Ackerman señala que, al intervenir sobre una familia en el aquí y el ahora, el foco de la perturbación más intensa puede mudarse de una parte del grupo a otra. Por eso un cambio de portador indica que el material se mueve y hay que volver a mirar el mapa.

Hay además una consecuencia operativa en la sala que su texto describe con una frase literal: la resistencia tiene dos caras. Una es la resistencia de las personas: el padre que no viene, la madre que cambia de tema cuando se habla del abuelo, el hermano que resuelve las peleas de los otros. La otra es la resistencia del síntoma: el cuadro no se mueve aunque la conversación haya cambiado. La resistencia del síntoma corresponde a la resistencia del grupo a perder su equilibrio, antes que a la del niño ante el cambio. Cuando el cuadro no se mueve, la pregunta clínica deja de ser si el paciente se resiste y pasa a ser qué función cumple el cuadro dentro del grupo.

El terapeuta como catalizador

Si el paciente es el grupo, la posición del profesional cambia de raíz. No concibió a quien atiende como un intérprete sentado frente a la familia, sino como alguien que interviene en el sistema para que el sistema pueda hacer lo que no sabía hacer.

La metáfora del catalizador describe bien esa posición, y conviene tomarla en serio porque implica tres cosas concretas.

La primera es que el catalizador acelera una reacción ya en marcha: no inicia el cambio ni decide su dirección. No hay un plan de intervención que se ejecute sobre la familia, hay una facilitación de algo que el grupo ya tenía en marcha y no lograba llevar a término. Eso separa al catalizador de quien dirige la dinámica.

La segunda es que el catalizador no queda limpio en el asunto. Un terapeuta que se mantiene al margen puede analizar con más frialdad, pero ve menos. Ackerman se implicaba: una observación lanzada sin encuadre cuenta como una intervención del sistema, no como un movimiento propio del profesional. La implicación del terapeuta es parte de los datos, y el trabajo consiste en usarla. La consecuencia formativa es dura: el terapeuta de familia no puede mantener la distancia de observador que la formación psicoanalítica individual suele instalar como ideal.

La tercera es que la función del catalizador es química, no autoritaria. Ackerman describe su tarea con una imagen precisa que define el alcance de las intervenciones.

"In this role, his influence may be likened to that of a catalyst, a chemical reagent, a re-synthesizer." Ackerman, 1962, Family Process, 1, pp. 30-43, https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1962.00030.x > En lectura libre: en ese papel, su influencia se parece a la de un catalizador, un reactivo químico, un resintetizador.

La palabra "reactivo" es la que conviene retener. Un catalizador participa en la reacción, acelera su curso y sale del proceso con su composición intacta. Un terapeuta que se gasta, que se opone al grupo, que se convierte en parte del problema, deja de catalyzar. Y al revés: un terapeuta que se mantiene tan cuidadoso que no deja entrar nada suyo tampoco produce cambio. Ackerman completaba la figura con una advertencia sobre el lugar del cuerpo del profesional: la presencia tranquila de quien atiende es lo que sostiene el paso por la zona estrecha entre la evitación rígida de la cercanía y la explosión del conflicto, que lleva al pánico y a la desorganización del grupo.

Contra esta posición hay una objeción clínica legítima: la neutralidad. ¿Cómo se sostiene una intervención que usa la implicación del terapeuta sin convertirse en el yo más fuerte de la sala? La historia del campo respondió con herramientas que él no tenía, como la alianza terapéutica en terapia familiar, que consiste en acercarse lo bastante para que la conversación ocurra sin tomar partido por ninguna parte. No resolvió el problema, lo dejó abierto, y esa deuda forma parte de su legado.

Qué ocurre en la sala: cinco movimientos

Una familia llega a consulta con un problema conductual en el más pequeño. La primera sesión es un caos: la madre explica, el padre corrige, el hermano habla del colegio, la hermana mayor interrumpe para defender al menor y termina llorando. Al final de la hora, el terapeuta no tiene un problema conductual: tiene a una madre que reproduce con el hijo el mismo diálogo de descalificación que sostiene con su marido, y a un padre que lleva veinte años en el papel de observador que no interviene.

Lo que el terapeuta hizo ahí fue un reposicionamiento del foco, no un acto técnico: en lugar de trabajar el síntoma del niño, se ocupa de la relación de la madre con el niño, que es donde el síntoma se formaba cada día. Ackerman describía el mecanismo con una frase que conviene tener presente cuando la sesión se vuelve ruidosa: el terapeuta no busca la verdad del caso, busca la localización del conflicto.

Y esa localización tiene un efecto que se ve en el cuerpo. Cuando el conflicto se nombra y se ubica en la relación, el cuerpo del síntoma cambia: una cefalea que venía a diario tres veces por semana se va a tres por mes, no porque se haya curado, sino porque dejó de ser el sitio donde cabía decir lo que en otro lado no se decía. Ackerman insistía en que ese cambio era un dato sobre el estado del grupo, y no una meta del tratamiento.

El orden en que la familia entra en la sesión también es un dato clínico. Ackerman describe la apertura con una precisión que no es decorativa: observa el orden de entrada y la manera espontánea en que los miembros se acomodan. Quién se sienta junto a quién, quién se separa de quién, si se miran, si se escuchan, si hablan, cuál es el ánimo dominante: miedo, odio, indiferencia. En una lógica circular, el lugar de cada uno en la sala informa sobre el sistema tanto como el discurso, y por eso ese detalle tiene peso:

De ahí se derivan cinco movimientos que un terapeuta puede usar:

El primero es la ampliación de la escena: preguntar quién vive en la casa, quién aparece y quién no, cómo se reparten las tareas, qué se hace los domingos. Tiene el formato de cartografía de la estructura, no de anamnesis social.

El segundo es el mapeo de los roles: preguntar a cada uno qué hace en esta familia y qué hace el resto, con la frecuencia necesaria para que la distribución del trabajo emocional se vuelva explícita. Lo que emerge tiene un formato reconocible: un hijo que hace de adulto, una madre que sostiene dos matrimonios.

El tercero es poner el conflicto en el centro sin arbitrarlo: la pregunta por la discrepancia, la observación del desacuerdo, la pregunta de qué se hace con él cuando no hay mirada. Ackerman insistía en que el terapeuta no debiera ocupar el lugar de quien arbitra. El patrón se nombra y se discute, en lugar de representarse dentro de la sesión como hace el enactment estructural.

El cuarto es el trabajo con la transferencia en plural: sostener la relación con cada uno, tolerar las alianzas que se forman en la puerta y revisar qué se lleva cada quien a su casa.

El quinto es el trabajo con el cuerpo: la pregunta por el síntoma somático como la del lugar del conflicto en el grupo.

"The discovery of the potentials of a depth interview with the entire family group came by stages. First child and mother, then child and both parents, finally, the therapeutic interview with the whole family." Ackerman, 1967, Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 4, pp. 125-129, https://doi.org/10.1037/h0087980 > En lectura libre: el descubrimiento de los potenciales de una entrevista de profundidad con el grupo familiar entero llegó por etapas. Primero el niño y la madre, luego el niño con ambos padres, y por fin la entrevista terapéutica con toda la familia.

Esa secuencia tiene una lectura formativa que suele pasarse por alto. Empezó por la díada, no por el grupo: por el niño con su madre, porque era la díada que el servicio atendía. La ampliación hacia el grupo entero fue una decisión clínica, discutida y discutible, porque cada vez que se incorpora a alguien a la sala cambia el sistema, y el rumbo del cambio puede ser otro.

Lo que queda del puente en la formación de hoy

Ese puente no sobrevivió como modelo con nombre propio. Lo que sobrevive son cuatro cosas que se pueden enseñar, y que un estudiante de cuarto año puede usar la semana siguiente.

La primera es la lectura en dos niveles. Ante un síntoma hay que producir una hipótesis intrapsíquica, sobre qué organiza a esa persona, y una hipótesis relacional, sobre qué mantiene el grupo, y sostener ambas. El error típico del principiante es casarse con una: la primera semana cree que todo es individual, y en la segunda, cuando llega a una clínica de terapia familiar, todo le parece relacional.

La segunda es la tolerancia a no ser el aliado. Quien se alía con el paciente identificado reproduce la estructura que sostiene el cuadro. Lo que más cuesta aprender es sostener la sesión sin convertirse en el abogado de una parte. Esa tensión no se resuelve con técnica, porque el consultorio individual funciona como el aliado más firme de la homeostasis que el paciente necesita para seguir igual.

La tercera es el manejo de la contratransferencia en plural. Halperin, en 1991, describió el problema con precisión para quien se forma: el terapeuta de familia experimenta contratransferencia no solo con el paciente identificado, sino con el grupo y con la presión que la familia le hace para que se ponga de su lado. La formación tiene que habilitar para trabajar con eso, no para suprimirlo. La familia de origen del terapeuta aparece aquí con toda su fuerza: quien no ha mirado su propio reparto de lealtades lo repetirá en la sala sin notarlo.

La cuarta es la lectura del cuerpo como mensaje. Preguntar por el síntoma físico en términos de grupo, y no solo de organismo, es una técnica que se enseña en un rato y que cambia la calidad de la anamnesis.

– Lectura en dos niveles. Exige sostener a la vez una hipótesis intrapsíquica y una interaccional. La señal de que se aprendió: se anuncia una hipótesis del grupo, no solo del individuo. – No aliarse. Exige sostener la sesión sin tomar el lugar de quien arbitra. La señal: el terapeuta no recibe en privado lo que el grupo no dice. – Contratransferencia en plural. Exige nombrar la presión de la familia hacia el terapeuta. La señal: se distingue lo que el terapeuta quiere del grupo de lo que el grupo quiere. – Cuerpo como mensaje. Exige preguntar por el síntoma somático en términos relacionales. La señal: el cuerpo aparece en la anamnesis como elemento de la familia.

Lo que no queda es la opción de tomar su modelo como manual. Dejó una forma de pensar, no un protocolo. Quien busque en su obra una técnica lista para aplicar va a encontrar promesas, porque su trabajo se apoyó en la idea de construir el modelo sobre la marcha, con la clínica y con la investigación, y no al revés.

Tres límites que conviene mirar de frente

Un texto de historia del campo sirve si también marca los puntos donde el modelo no daba la talla. Ackerman escribió en una época que después cambió de manera radical, y hay tres zonas donde su herencia exige una corrección.

La primera es el tratamiento de la violencia y el abuso. Su obra se organiza alrededor de la psicopatología de la dinámica familiar y del conflicto entre sus miembros, no alrededor del daño ejercido por un miembro sobre otro. Durante las décadas siguientes, la clínica de la violencia intrafamiliar desarrolló un cuerpo conceptual propio, con una mirada sistémica que evita repartir la culpa individual, y la noción de reparto de responsabilidad que usó en el plano del síntoma choca con esa posición: hay responsabilidades que no se reparten.

La segunda es la metáfora del catalizador. Funciona como descripción de una posición clínica, y es una descripción útil. Pero quien atiende familias en la clínica real no es un reactivo neutral en un sistema acotado: cobra, decide a quién atiende primero, tiene acuerdos con el servicio, escribe informes y a veces tiene que interrumpir una escalada. En su modelo el profesional tiene una neutralidad casi química; en la clínica real tiene una neutralidad que no se sostiene y unas responsabilidades que la neutralidad no cubre.

La tercera es el riesgo de leer el síntoma como equivalente del sistema. Cuando se afirma que el síntoma del niño cumple una función en el grupo, esa frase puede servir para explicar el cuadro y retirarle al niño su condición de víctima y de sujeto. El modelo, en su versión más fina, protege al niño de esa trampa; una versión simplificada hace daño, y la lectura sobre el paciente identificado funciona como antídoto.

La evidencia: qué muestra y qué deja abierto

Conviene decir con precisión qué se sabe y qué no, porque el mito del fundador ha hecho daño en esto. La evidencia evalúa a la terapia familiar como familia de tratamientos, no su método en particular.

Shadish y colaboradores publicaron en 1995 una revisión de meta-análisis de múltiples proyectos sobre terapia matrimonial y familiar, con 163 ensayos aleatorizados. El hallazgo central fue que los efectos son moderados, estadísticamente significativos y a menudo clínicamente significativos; y también que ninguna orientación se había demostrado superior a otra, ni la terapia familiar superior a la individual.

El hallazgo central, en lectura libre, es este: a lo largo de 163 ensayos aleatorizados, la terapia matrimonial y familiar muestra efectos moderados, estadísticamente significativos y a menudo clínicamente significativos, y ninguna orientación se había demostrado superior a otra, ni la terapia familiar superior a la individual. El dato viene de Shadish, Ragsdale, Glaser y Montgomery (1995), Journal of Marital and Family Therapy, 21, pp. 345-360, https://doi.org/10.1111/j.1752-0606.1995.tb00170.x

Pinquart, Oslejsek y Teubert repasaron los ensayos controlados aleatorizados sobre terapia sistémica en adultos con trastornos psiquiátricos. El resultado fue una eficacia superior a la de los controles sin tratamiento alternativo en el corto y en el largo plazo, con efectos a corto plazo mayores que los de tratamientos activos comparados, efectos similares a los de otras psicoterapias con buen respaldo y tasas de deserción menores.

Lo que esto deja abierto es el corazón de la pregunta. La evidencia dice que el trabajo con familias funciona en términos generales; no dice que su modelo, con el aparato psicoanalítico, sea superior a las alternativas que vinieron después. Y no es esperable que lo diga, porque la investigación comparó orientaciones completas, no los componentes del método uno por uno. Dare, que en 1998 se ocupan del encuentro entre psicoanálisis y sistemas familiares, covarió algo que sigue vigente: las dos disciplinas se ejercían como oficios vecinos, con solapamiento conceptual, y se mantenían desasociadas en lo organizativo y en lo conceptual.

Una segunda línea de evidencia, menos conocida y más incómoda, es la de Gurman y Kniskern, que en 1978 revisaron el empeoramiento de los pacientes durante la terapia matrimonial y familiar. Su conclusión tiene dos partes: la frecuencia de deterioro no parecía exceder la hallada en psicoterapia individual, y la evidencia sobre efectos negativos resultaba más aceptable en el trabajo con sistemas. La segunda parte pesa cuando se discute su modelo en un seminario: invita a vigilar el curso del tratamiento con un rigor que el campo garantizó menos de lo habitual.

Para llevar a la clínica: preguntas frecuentes

¿Renunció al psicoanálisis cuando se encontró con la familia?

Conservó el aparato conceptual y le cambió el objeto: el conflicto intrapsíquico pasó de atributo de una persona a fenómeno distribuido en un grupo. En su texto de 1962 sobre las implicaciones de la diferencia entre psicoterapia familiar y psicoanálisis, el argumento es que se trata de técnicas con objetos distintos, no de que una haya sido superada por la otra. La ruptura que suele contarse es menos exacta que esa.

¿Qué diferencia hay entre el terapeuta catalizador y un terapeuta neutral?

El catalizador se implica y usa esa implicación como material de la sesión; el neutral se abstiene de tomar partido para no perturbar la dinámica. La historia posterior del campo construyó herramientas para ese segundo problema, como la neutralidad de Cecchin y la parcialidad multidireccional, que él dejó abierto.

¿Qué es el análisis del como si?

Es la descripción que propuso para pacientes somáticos que funcionan en su vida cotidiana como si estuvieran bien mientras su cuerpo carga con lo que la situación no permite elaborar. Aparece en The Psychodynamics of Family Life (1958) y es la vía por la que su trabajo toca la medicina psicossomática.

¿Qué le pasa al chivo expiatorio cuando la familia entra junta en la sesión?

Deja de ser invisible. Su función se vuelve discutible en voz alta, y eso puede ser el trabajo central de un proceso: hacer visible el reparto de la culpa para que pueda modificarse.

¿Sirve el método en la clínica de hoy?

Lo que tiene respaldo empírico es el trabajo con familias como familia de tratamientos, con efectos moderados y buen promedio. Lo que no tiene respaldo comparativo específico es su modelo: la investigación ha comparado orientaciones completas, no los componentes de su modelo uno por uno.

¿Qué debería saber alguien en formación para trabajar así?

Formular en dos niveles a la vez, sostener la sesión sin aliarse con el paciente identificado, reconocer la presión que la familia le hace para que tome partido y leer el cuerpo como un mensaje del grupo. Las dos primeras se aprenden con supervisión; las dos últimas, con el trabajo personal.

"It is suggested that distinguishing between the intrapsychic and interpsychic frames of reference may help therapists in the field of family therapy, whether their choice of metaphor is narrative or otherwise, to observe and describe with even greater acuity." Phipps y Vorster, 2011, Journal of Family Psychotherapy, 22, pp. 128-147, https://doi.org/10.1080/08975353.2011.578036 > En lectura libre: se sugiere que distinguir entre el marco intrapsíquico y el interpsíquico puede ayudar a los terapeutas de familia, elijan la metáfora que elijan, a observar y describir con mayor agudeza.

Esa última formulación, de 2011, es la síntesis más precisa de lo que queda del puente en la formación de hoy. La pregunta que Ackerman se planteó con este modelo vuelve a aparecer en la clínica contemporánea, y no con la respuesta de su época: no se trata de elegir entre leer a la persona y leer al grupo, sino de sostener las dos lecturas a la vez y afinar el criterio para distinguirlas. Quien se forma no hereda un protocolo, hereda una disciplina de la mirada.

Referencias

Ackerman, N. W. (1962). Family Psychotherapy and Psychoanalysis: The Implications of Difference. Family Process, 1, 30-43. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1962.00030.x

Ackerman, N. W. (1962). Adolescent Problems: A Symptom of Family Disorder. Family Process, 1, 202-213. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1962.00202.x

Ackerman, N. W. (1967). The emergence of family diagnosis and treatment: A personal view. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 4, 125-129. https://doi.org/10.1037/h0087980

Ackerman, N. W. (1970). Child Participation in Family Therapy. Family Process, 9, 403-410. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1970.00403.x

Dare, C. (1998). Psychoanalysis and Family Systems Revisited: the Old, Old Story? Journal of Family Therapy, 20, 165-176. https://doi.org/10.1111/1467-6427.00077

Gurman, A. S., y Kniskern, D. P. (1978). Deterioration in Marital and Family Therapy: Empirical, Clinical, and Conceptual Issues. Family Process, 17, 3-20. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1978.00003.x

Halperin, S. M. (1991). Countertransference and the developing family therapist: Treatment and supervision issues. Contemporary Family Therapy, 13, 127-141. https://doi.org/10.1007/bf00890871

Phipps, W. D., y Vorster, C. (2011). Narrative Therapy: A Return to the Intrapsychic Perspective? Journal of Family Psychotherapy, 22, 128-147. https://doi.org/10.1080/08975353.2011.578036

Pinquart, M., Oslejsek, B., y Teubert, D. (2016; en línea 2014). Efficacy of systemic therapy on adults with mental disorders: A meta-analysis. Psychotherapy Research, 26, 241-257. https://doi.org/10.1080/10503307.2014.935830

Shadish, W. R., Ragsdale, K., Glaser, R. R., y Montgomery, L. M. (1995). The efficacy and effectiveness of marital and family therapy: A perspective from meta-analysis. Journal of Marital and Family Therapy, 21, 345-360. https://doi.org/10.1111/j.1752-0606.1995.tb00170.x

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