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Consideración positiva incondicional de Rogers: qué es y qué no es

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

La consideración positiva incondicional es la frase que más se cita de la psicología humanista y la que con más facilidad se deforma en la clínica. Se suele escuchar como si significara “aceptar lo que hace el paciente”, cuando su sentido técnico es más preciso: sostener el valor de la persona sin ponerlo en juego con su conducta. Un terapeuta que la aplica no aprueba la mentira, no deja de confrontar el daño y no renuncia a los límites. Separa a la persona de lo que hizo y se queda con la primera mientras trabaja la segunda.

La consideración positiva incondicional de Carl Rogers: qué sostiene en la clínica, qué confunde y por qué no es lo que la mayoría cree

El artículo sobre la terapia centrada en la persona ya publicado en el sitio recorre la biografía de Rogers y la arquitectura de su modelo, y los apuntes sobre las actitudes del terapeuta nombran en una línea las condiciones que él propuso en 1957. Este texto baja a una sola: la que más se confunde en la clínica.

La pregunta que ordena lo que sigue no es qué dice la teoría. Es más incómoda: cuando un paciente cuenta algo que a ti te parece una falta, ¿qué parte de ti sigue disponible? La respuesta de Rogers no es un gesto de bondad. Es una decisión técnica sobre en qué lugar se coloca el valor, con efectos que se observan en la sesión.

Consideración positiva incondicional: la definición que resiste el uso cotidiano

Rogers formuló en 1957 seis condiciones para que haya cambio terapéutico, y tres de ellas describen lo que hace el terapeuta: la empatía, la congruencia y la consideración positiva incondicional. Las otras tres se refieren al contacto entre ambos, a la incongruencia que trae el cliente y a que el cliente perciba, al menos de forma mínima, las dos condiciones anteriores.

La definición técnica contiene tres piezas que conviene separar. La primera es aceptación de la persona: el valor del cliente como ser humano no depende de nada que él haya hecho. La segunda es ausencia de condiciones de valor: el terapeuta no convierte su aceptación en un premio. La tercera es la ausencia de juicio sobre la conducta: puede y debe disentir de lo que el cliente hace, sin que ese disenso retire su valor.

Sobre esa base se construye una consecuencia clínica concreta. Cuando una persona es aceptada sin condiciones, deja de necesitar defender su valor a costa de su conducta, y puede mirar lo que la conducta tapaba. Rogers lo describía en términos de incongruencia entre el yo experiencial y el yo ideal, y su modelo de la persona plenamente funcional (1963) pone el acento en el proceso.

La escena que lo muestra con más claridad no es dramática. Una paciente de treinta y un años llega a su tercera sesión y dice, sin que se lo pregunten, que “es un desastre como madre”. La terapeuta no contesta “no lo eres”, porque sería una afirmación que la paciente puede desmentir cuando quiera. Tampoco responde “sí lo eres”, porque sería darle la razón al juicio. Responde algo más difícil: “eso que acaba de decirme lo cuenta como parte de lo que usted está viviendo, y no como la definición de quién es usted”.

De dónde viene el término: las condiciones de valor del yo

Para entender por qué Rogers insiste en esta condición conviene ir al origen de su modelo, no a las condiciones de 1957 sino a la teoría de la personalidad que estaba detrás, con el yo, la experiencia organísmica y el yo ideal. En ella aparece un mecanismo central: las condiciones de valor, que él ya había descrito en Rogers (1951).

La idea es precisa y dura. Durante el desarrollo, el niño recibe mensajes del entorno sobre qué partes de su experiencia son aceptables y cuáles no. No hace falta que sean frases explícitas: bastan patrones como “estás bien cuando no te quejas” o “me gustas cuando traes buenas notas”. El niño aprende que hay partes de lo que siente que debe negar para no arriesgar el afecto.

Lo que Rogers propone con esta condición es una inversión de ese aprendizaje, en dirección contraria a lo que se suele creer. El terapeuta sí tiene condiciones, pero son del encuadre y las declara: el horario, la política de cancelación y la confidencialidad. Lo que cambia es que el valor del cliente no dependa de su desempeño ante el terapeuta.

Esto explica algo que incomoda a quien viene de una formación rígida: el marco no se relaja. Sostener esta condición exige más del encuadre, porque cuando la relación se vuelve firme aparece material que antes no se decía, y ese material pide estructura. La visión del cambio como proceso (Rogers, 1958; Rogers, 1961) conecta esta pieza con una posición más amplia sobre la persona, que los apuntes de introducción al modelo existencial-humanista sitúan en su marco.

Lo que sí es: cuatro rasgos que la distinguen

Después de tanta deformación conviene enumerar lo que esta condición sí sostiene, con palabras precisas. Son cuatro rasgos, y cada uno tiene una trampa propia que lo deformará si no se tiene presente. Tudor (2011) propone leerlos en clave relacional, no como atributos de un profesional aislado.

Es una posición del terapeuta, no un método. No es una técnica que se aplica en un momento concreto ni un protocolo. Es la disposición de fondo con la que el terapeuta sostiene su presencia, y se comunica por la vía en que se comunican las cosas que importan: el tono, la ausencia de juicio anticipado, lo que no pregunta.

Se comunica, no se declara. Ningún terapeuta anuncia que la está practicando. El cliente la percibe o no la percibe en el modo en que el terapeuta responde a lo que trae. Cuando se declara, se convierte en una promesa comprobable en cinco minutos; cuando se comunica, es el clima de la sesión.

Es firme. Esta es la parte que más se olvida y la que sostiene el resto. Una aceptación incondicional que se desarma ante la primera conducta difícil no es aceptación: es deferencia, y la deferencia tiene un costo alto, porque el cliente aprende que el vínculo se sostiene mientras él se comporte de un modo tolerable.

Separa a la persona de la conducta y, con ello, permite la crítica. Solo se puede decir “esto que hiciste hizo daño a tu hermana” si el valor de la persona no está en juego. Donde la aceptación es condicional, esa frase se vuelve una amenaza y el terapeuta se ve obligado a guardarla. Donde el valor no depende de la conducta, puede decirse con claridad y sin crueldad.

Rasgo Qué significa en la sesión Trampa habitual
Posición del terapeuta, no método Disposición de fondo sostenida en la sesión Convertirla en técnica de un momento dado
Se comunica, no se declara El cliente la percibe en el tono y en lo que no se pregunta Anunciarla como promesa o parte del guion
Firme La aceptación no se desarma ante la conducta difícil Confundir firmeza con dureza y con falta de acuerdo
Separa persona y conducta Permite decir con claridad que algo hizo daño Leer la separación como “aquí no hay nada que juzgar”

Lo que no es: seis confusiones que llegan a la consulta

La deformación más común de este concepto no viene de la teoría, viene del uso. Estas seis confusiones aparecen en la práctica, y cada una produce un error distinto.

No es aprobación de la conducta. Es la confusión más extendida y la más costosa, porque un terapeuta que confunde aceptación con aprobación se ve obligado a suavizar, y un terapeuta que suaviza solo tiene compañía para ofrecer. Es también el error que empuja hacia la puerta a los pacientes con conducta disruptiva: si el vínculo depende de que el paciente se porte bien, no hay forma de trabajarla sin arriesgarlo.

No es simpatía, ni complacencia, ni amabilidad. La simpatía es una respuesta afectiva del terapeuta que puede ser favorable al cliente; esta condición es una decisión sobre dónde se coloca el valor. Un terapeuta que no siente simpatía puede sostener la aceptación incondicional; lo que no puede es simular que la siente, porque la simulación no sostiene nada con el tiempo.

No es neutralidad afectiva. La neutralidad es el gesto de no mostrar nada: no juzgar, no responder desde lo que a uno le pasó. La aceptación incondicional no neutraliza la relación, la vuelve más densa. El terapeuta que la sostiene se permite tener una reacción y sostener el valor de la persona; el que neutraliza se esconde tras el rol.

No es ausencia de encuadre ni de límites. La relación no puede sostenerse sin estructura: horario, honorarios, política de cancelación, confidencialidad, y un margen claro de lo que el terapeuta no puede aceptar. El material sobre los tres factores del psicoterapeuta y la ficha de ética y límites profesionales sitúan el marco como condición del trabajo.

No es permiso para que la persona haga lo que quiera. La aceptación es del cliente, no de sus conductas. La distinción se sostiene sola cuando se enuncia y se cae cuando se olvida: el terapeuta que ha aceptado a la persona no ha aceptado el daño que causó a terceros, ni la obligación de trabajar ese daño.

No es un sustituto del criterio clínico. No reemplaza el diagnóstico, la evaluación de riesgo, la derivación cuando corresponde, ni la indicación de un tratamiento específico cuando el caso lo pide. Un terapeuta que la usa para aplazar decisiones clínicas usa una postura relacional como si fuera una técnica.

No es aprobación de la conducta: la distinción que sostiene el trabajo

Esta confusión merece más tiempo, porque separa una relación con sentido de una relación sin tensión clínica. Vale un ejemplo.

Un paciente de cuarenta y dos años cuenta, con una calma que incomoda, que hace dos años viene saboteando el trabajo de un compañero para que lo despidan. Lo cuenta como un hecho consumado y pide ayuda para “dejar de sentir culpa”. Un terapeuta que confunde aceptación con aprobación responde que quizá el sabotaje era su forma de expresar lo que no lograba decir, y lo deja con un consuelo.

Un terapeuta que sostiene la aceptación incondicional hace otra cosa. No dice que el sabotaje esté bien. Dice: “lo que me cuenta de su compañero es grave y no voy a minimizarlo. También es cierto que usted me lo está contando, y para que eso sea posible, esta sesión tiene que ser un lugar donde esa información no se use en su contra”.

Esa distinción tiene un correlato técnico. Cuando el terapeuta acepta a la persona sin condiciones, el cliente puede decir cosas que lo avergüenzan sin que el vínculo se convierta en un juicio. Eso reduce las defensas y pone en circulación material que antes se ocultaba. Cuando el terapeuta pone condiciones a su aceptación, el cliente aprende a entregar material limpio y a retener el resto.

Por eso la aceptación incondicional suele ser experimentada como incómoda por el cliente al principio. Una persona que creció con amor condicional no confía de entrada en un vínculo donde su valor no depende de su conducta. La desconfianza inicial no es evidencia contra el concepto: es la marca de la condición, y pide trabajo explícito en la sesión para que el cliente pueda dudar en voz alta.

“Therapy is not one person ‘doing to’ another. Clients are creative self-healing agents. Therapy is a process co-created by clients and therapists together.” (Bohart, 2025)

En lectura libre: la terapia no es una persona haciéndole algo a otra. El cliente es un agente creativo de autocuración, y la terapia es un proceso que ambos co-crean. Lo que un terapeuta que sostiene esta condición ofrece no es una técnica aplicada sobre el cliente, sino condiciones para que ese proceso ocurra.

No es simpatía, ni complacencia, ni neutralidad

La simpatía es del terapeuta hacia el cliente. Esta condición es una estructura de la relación, no un estado de ánimo del profesional. Por eso la falta de simpatía no impide la condición: lo que la rompe es fingir una simpatía que no se siente. En las sesiones difíciles la simpatía baja y la aceptación se mantiene.

La complacencia es la concesión. Es la forma en que la deformación de la aceptación suele aparecer en la práctica: el terapeuta que no quiere perder al cliente termina avalando lo que el cliente quiere oír, o evitando la conversación difícil para que la sesión termine bien. La aceptación incondicional pide que el terapeuta pueda decir “esto no lo voy a acompañar”.

La neutralidad afectiva es el gesto contrario, y a primera vista parece más profesional. Se ve en el terapeuta que mide, no reacciona y separa. El cliente no percibe la indiferencia como una forma superior de respeto: percibe que su material no le hizo nada al terapeuta, y ahí no hay nada que explorar. La empatía en psicoterapia y la alianza terapéutica son el terreno donde esto se decide.

Kim y Kim (2013) compararon, en un experimento con estudiantes universitarios expuestos a exclusión social, el efecto de dos respuestas verbales empáticas: el reflejo y la validación. Ambas se asociaron con un aumento del sentido de pertenencia, pero la validación elevó más la autoestima y redujo con mayor eficacia el estado de ánimo negativo y la agresividad hacia quienes habían ejecutado la exclusión. El dato sirve como brújula, no como argumento clínico.

No es un sustituto del criterio clínico: la zona donde la condición tiene límites

Una aceptación incondicional sin criterio es una forma de deferencia, y la deferencia tiene su propio daño. Hay situaciones en que no puede sostenerse sin reducirla, y conviene saber cuáles.

La primera es la de riesgo. Cuando hay indicios de violencia, de autolesión inminente o de riesgo para terceros, la aceptación incondicional se combina con la acción que el marco y la ley exigen. El paciente no pierde su valor por eso; lo que pierde es la idea de que el vínculo se negocia.

La segunda es la del daño no reparable. Un terapeuta que acepta incondicionalmente a alguien que le hizo un daño grave a otra persona enfrenta un conflicto sin salida limpia: la aceptación no puede volverse absolución. Lo que sí puede hacer es sostener la distinción entre la persona y el hecho, en voz alta y delante del cliente, para que el cliente no tenga que hacer solo esa separación.

La tercera es la de la competencia. La condición es una postura dentro de una relación clínica, no un sustituto de las intervenciones que un cuadro pide. Un caso con componente biológico marcado requiere, junto con la relación, lo que el cuadro requiere.

La cuarta es la de los marcos que no son los del terapeuta. Tudor y Rodgers (2023) señalan que las consideraciones culturales no son un añadido al trabajo de ayuda, sino una parte de él. En contextos donde la persona vive inmersa en una red de obligaciones, jerarquías y dependencias, la pregunta sobre dónde se coloca el valor tiene otra respuesta.

Lo que muestra la evidencia y qué deja abierto

Aquí conviene ser cuidadoso, porque es la parte donde la divulgación suele deformar más, y hay deformación en dos direcciones: hay quienes leen la evidencia como un aval y quienes la leen como una refutación.

Lo primero: la literatura sobre condiciones rogerianas no se puede presentar como el mismo cuerpo de evidencia que la de la empatía. Truax, Wargo, Frank e Imber (1966) ya habían mostrado que la empatía, la sinceridad y la calidez del terapeuta se asociaban con el resultado del paciente. El meta-análisis de Elliott, Bohart, Watson y Murphy (2018) revisó 82 muestras independientes y 6.138 clientes, y halló una correlación ponderada media de r = .28 entre la empatía del terapeuta y el resultado del cliente: un tamaño mediano que se asocia a alrededor del 9% de la varianza en el resultado. Wampold (2015) sostiene que factores comunes como la alianza, la empatía y las expectativas pesan en el resultado más que los ingredientes específicos de cada tratamiento, y Peluso y Freund (2018) hallaron asociaciones medianas entre la expresión emocional y el resultado, sin poder establecer causalidad.

Lo segundo: los estudios que evalúan esta condición de forma aislada son más escasos y más conceptuales. Las reacciones a Rogers (1957) en el número especial de 2007 de la revista Psychotherapy dibujan ese estado. Hill (2007) concluye que las seis condiciones pueden facilitar el cambio terapéutico pero no son ni necesarias ni suficientes, y propone reformularlas incorporando los límites. Samstag (2007) va en dirección parecida: no son refutaciones, son correcciones de alcance.

Y hay un dato que la clínica suele pasar por alto. Stiles, Barkham, Twigg, Mellor-Clark y Cooper (2006) compararon 1.309 pacientes atendidos en 58 centros del servicio público de salud británico con terapia cognitivo-conductual, centrada en la persona y psicodinámica. Los seis grupos mejoraron de forma marcada (tamaño del efecto pre-post de 1.36), y el enfoque empleado se asociaba a una porción ínfima de la varianza: 1% el enfoque y 0.5% el grado de pureza.

Afirmación que circula Qué sostiene la evidencia Qué no permite afirmar
La condición por sí sola produce buenos resultados La evidencia más sólida se apoya en la empatía y la expresión emocional Que esta condición por sí sola explique el resultado terapéutico
Es una técnica que se enseña y se aplica El entrenamiento en empatía muestra efectos medianos (18 ensayos aleatorizados, 1.018 participantes) Que un curso de técnicas sustituya la relación clínica
Aceptar al cliente equivale a aprobar su conducta La literatura distingue la aceptación de la persona de la aprobación de la conducta Que la aceptación excluya la crítica, la confrontación o el encuadre
Las condiciones de 1957 bastan para el cambio La revisión de la literatura las describe como facilitadoras, no necesarias ni suficientes Que la evidencia respalde la formulación original tal como fue enunciada

La sesión: qué se ve cuando la condición funciona

Esta condición se evalúa en el comportamiento observable, no en la intención. Cuatro marcas distinguen a quien la sostiene de quien la predica.

La primera es lo que el terapeuta no pregunta. Un terapeuta que busca material para confirmar su hipótesis pregunta. Uno que acepta sin condiciones tolera más tiempo en silencio y deja que aparezca lo que no estaba en el plan.

La segunda es la reacción a la discrepancia. Cuando el cliente atribuye al terapeuta algo que no dijo, o corrige la interpretación que el terapeuta acaba de hacer, un terapeuta que sostiene la aceptación no defiende su versión: la agradece y sigue. Lietaer y Gundrum (2018) analizaron de forma cuantitativa los modos verbales de Rogers a lo largo de su carrera, y ese archivo muestra que la pregunta por cómo responde el terapeuta informa más que una declaración de principios.

La tercera es la tolerancia al material incómodo. Un terapeuta que acepta sin condiciones no cambia de tema cuando el cliente trae algo que lo incomoda; no evita la mirada ni apura la sesión. Eso no significa que la sesión tenga que resultar soportable: significa que la incomodidad del profesional es información, no un motivo para redirigir.

La cuarta es la coherencia entre lo que el terapeuta dice y lo que hace con el marco. Si sostiene la aceptación y respeta el horario, la confidencialidad y el aviso de vacaciones, el cliente recibe una imagen coherente: hay un lugar estable para decir lo que sea, y un lugar para las consecuencias. La coherencia entre vínculo y encuadre permite que la persona afloje sin que la relación se desarme.

La formación: por qué cuesta aprenderla

La dificultad no está en comprenderla, sino en sostenerla cuando el cliente trae algo que el terapeuta juzga. Tres razones lo explican.

La primera es la formación. En buena parte de los programas de psicología se enseña a intervenir, a estructurar, a diagnosticar, y rara vez se enseña a sostener el valor de alguien cuyo relato incomoda. La competencia se entrena con casos en los que el terapeuta rara vez discrepa del cliente.

La segunda es la ambigüedad del propio rol. El terapeuta que ha aprendido a ser útil se incomoda cuando no hay nada que hacer, porque el silencio se parece a la incompetencia. La aceptación incondicional pide ese vacío: una sesión sin objetivos, o con un objetivo que no es el del terapeuta.

La tercera tiene que ver con las condiciones de trabajo. En una clínica con agenda apretada, cupos limitados y derivación permanente, la tentación de resolver rápido prima sobre la de acompañar bien. La aceptación incondicional pide lo contrario: tiempo para que el material del cliente llegue.

Wampold (2012) propone que los rasgos que humanizan la psicoterapia se sostienen en características evolutivas compartidas por las personas, entre ellas dar sentido al mundo, influir mediante recursos sociales y la conexión. La formación no consiste entonces en agregar una técnica nueva al repertorio, sino en sostener capacidades que el rol profesional tiende a atrofiar. Bohart (2025) describe ese movimiento desde la experiencia de enseñar el modelo a terapeutas que vienen de otras orientaciones: se aprende a hablar poco y a escuchar con una precisión que no está en los manuales. Teding van Berkhout y Malouff (2016) revisaron 18 ensayos aleatorizados con 1.018 participantes y hallaron un efecto mediano en el entrenamiento en empatía.

Críticas, límites y la posición de la literatura

Un texto sobre esta condición que no incluya las críticas queda incompleto, y hay varias que valen la pena.

La primera es de alcance conceptual: se cuestiona que una postura relacional pueda describirse con la precisión de una variable. Bohart, O’Hara y Leitner (1998) argumentaron, en la crítica a los criterios de tratamientos empíricamente validados, que la manualización de las terapias humanistas deforma la práctica y que los resultados de proceso que esas terapias postulan quedan fuera de la evaluación. No critican esta condición, sino cómo se miden las orientaciones relacionales.

La segunda crítica es la de la equivalencia. La comparación de Stiles y colegas, descrita más arriba, muestra que el enfoque explica una porción muy pequeña de la variación en los resultados cuando se comparan orientaciones en la práctica de rutina. La consecuencia es incómoda: si tres orientaciones tan distintas producen mejoras parecidas, el marco conceptual no explica el cambio.

La tercera crítica tiene que ver con el propio Rogers y con lo que escribió después. En “El concepto de la persona plenamente funcional” (1963) y en “Hacia una ciencia de la persona” (1963), el foco se desplaza de las condiciones a la persona: el cambio deja de ser el efecto de un mecanismo y pasa a ser algo que ocurre en un proceso que el terapeuta facilita y no controla. Ese desplazamiento es la base de las lecturas experienciales posteriores y de las críticas internas al modelo.

La cuarta es la cultural. La noción de una persona con tendencia actualizante y la aceptación de su experiencia se formuló a finales de los años cincuenta en Estados Unidos. Hett (2013) describió cuatro casos de uso del enfoque centrado en la persona en un contexto sirio no occidental, y las diferencias que encontró recuerdan que una condición no se traslada sin traducción.

Y hay una quinta observación, que no es crítica sino límite de uso: la condición no tiene contraindicaciones enumeradas en la literatura, y eso es una deficiencia. Decidir en un caso concreto cuándo una respuesta acepta a la persona y cuándo deja pasar un daño requiere juicio clínico, y ese juicio no está en un manual.

“The issue here is not that the therapist is perfectly contactful, congruent, acceptant and empathic, but that s/he is aware when s/he is not, or the degree to which s/he is not, and is able to reflect on and use this.” (Tudor, 2011)

En lectura libre: el asunto no es que el terapeuta reúna las condiciones en grado sumo, sino que sea consciente de cuándo no las reúne, de cuánto no las reúne, y capaz de usar esa conciencia en el trabajo.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre la consideración positiva incondicional y la aprobación de la conducta?

La aprobación de la conducta es un juicio favorable sobre lo que alguien hizo. La condición sostiene el valor de la persona con independencia de lo que hizo. La diferencia se ve en el consultorio: el terapeuta que acepta puede decir con claridad que una conducta hizo daño, porque esa frase no amenaza el vínculo. El terapeuta que aprueba no tiene nada que decir.

¿Se puede sostener la aceptación incondicional con alguien que ha causado un daño grave?

Sí, y es uno de los casos donde la condición tiene más sentido. La aceptación no es absolución ni exime de reparar: el terapeuta puede sostener que la persona tiene valor y, al mismo tiempo, trabajar el daño y sostener las consecuencias. Lo que no puede es evitarlo.

¿Es lo mismo que la simpatía o que la amabilidad del terapeuta?

No. La simpatía es una reacción afectiva del terapeuta, que puede ser favorable o no. La condición es una decisión sobre dónde se coloca el valor, y se sostiene incluso en las sesiones en que la simpatía desaparece, que son las que más la ponen a prueba.

¿El cliente puede usar la aceptación incondicional como excusa para no cambiar?

Puede intentarlo, y a veces lo hace: “usted me acepta, entonces no tengo que hacer nada”. Esa maniobra suele ser un test de la relación, y la respuesta no es retirarle la aceptación sino nombrar lo que no cubre: el cambio sigue siendo tarea del cliente.

¿Cómo se puede evaluar si el terapeuta está sosteniendo la condición y no solo predicándola?

Por el material de sesión: qué hace cuando el cliente discrepa, qué no pregunta, cómo sostiene el encuadre cuando la relación se tensa, y qué ocurre con la información que el cliente entrega. Los estudios con grabación de sesiones ofrecen un patrón de referencia, aunque se concentran más en la empatía.

¿Qué muestra la evidencia sobre el resultado terapéutico?

Muestra una relación moderada entre las variables del proceso relacional y el resultado, con la evidencia más sólida en la empatía y la expresión emocional, y una base más limitada cuando se intenta aislar esta condición. También muestra algo que la clínica suele olvidar: que el enfoque explica una fracción pequeña de la variación en los resultados.

Referencias

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Sobre la autoría
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