
Marta llega a la tercera sesión con una frase ensayada en el auto: por fuera todo va bien, por dentro no. Tiene cuarenta y un años, un trabajo que le gusta y una agenda que deja poco espacio. Lo que la trae a consulta no cabe en un episodio puntual ni en un síntoma que entre en una escala. Lo que la trae es una distancia entre cómo vive y cómo supone que debería ser.
En consulta ese espacio toma formas distintas. Una paciente cuenta que su vida funciona y, al mismo tiempo, siente que la está interpretando mal. Otra se avergüenza de lo que le pide el trabajo que sostiene. Una tercera dice que su familia no la conoce de verdad. Detrás late la misma pregunta: cuánto de lo que soy coincide con lo que debería ser.
Esa pregunta tiene un nombre técnico en el marco de Carl Rogers: la incongruencia del yo, y vale la pena saber de dónde viene cada uno. El término suele llegar a los estudios con dos equívocos: tratarlo como un rasgo fijo de personalidad, o convertirlo en una explicación moral de los problemas, como si la persona estuviera mal por no aceptarse.
Cuando esta pregunta llega a la consulta, lo primero que hago es preguntarte qué se supone que debería estar ocurriendo en tu vida para que esto no estuviera ocurriendo. La respuesta suele llegar como escena: una cena, un mensaje, una puerta que se cierra. Y en esa escena aparece un tercero que exige algo: la madre, el jefe, la pareja. Ese tercero es la voz que instaló el yo ideal, y reconocerlo cambia la pregunta clínica.
Este texto entra por la distancia entre el yo real y el yo ideal. Parte de la estructura del yo en Rogers, sigue la traducción que Higgins hizo de esa estructura, expone lo que muestra la evidencia sobre la distancia y su vínculo con la sintomatología, describe cinco movimientos clínicos para trabajarla en consulta y cierra con las trampas de los exámenes de la carrera.
En este artículo vas a encontrar:
- Qué significan yo real, yo ideal y condiciones de valor en el modelo de Rogers.
- Por qué la separación entre ambos genera ansiedad y por qué orienta el crecimiento.
- Cómo Edward Higgins tradujo la intuición rogersiana a un modelo medible.
- Qué muestra la evidencia agregada sobre discrepancia, síntomas y autoestima.
- Qué cambia en terapia cuando el trabajo se dirige a esa separación.
- Las trampas de parcial más frecuentes y cómo responderlas.
TL;DR — lo esencial en cinco minutos
- Rogers describe el yo como una estructura organizada, con un yo real y un yo ideal que discrepan con frecuencia.
- El yo real es lo que la experiencia ofrece ahora; el yo ideal, la imagen de lo que la persona cree que debería ser.
- Las condiciones de valor aprendidas instalan ese yo ideal y lo vuelven un criterio exigente.
- Una separación amplia entre ambos genera tensión, y esa tensión desvía la atención hacia la información amenazante.
- Cuando el ideal es alcanzable, la misma separación orienta la conducta hacia el crecimiento.
- Higgins amplía la estructura del yo con tres componentes, real, ideal y deber ser, y con tres tipos de discrepancia.
- La evidencia agregada vincula esa distancia con síntomas depresivos, ansiosos y alimentarios.
- La diferencia aporta a la autoestima más allá de lo que explica la valoración del yo real.
- En terapia individual, reducirla acompaña la reducción de la ansiedad y la depresión.
- La empatía cumple una función formativa: permite usar la experiencia propia para decidir.
AIO — mapa rápido para estudiar o exponer
1. La estructura del yo en Rogers y el lugar de las condiciones de valor. 2. Qué separa al yo real del yo ideal, y por qué esa distancia pesa en consulta. 3. El yo ideal como criterio de decisión: guía, déficit y riesgo de exigencia. 4. La lectura de Higgins: tres componentes del yo y tres tipos de discrepancia. 5. La evidencia: qué se asocia con la distancia, con la sintomatología y con la autoestima. 6. La congruencia como condición técnica del proceso terapéutico. 7. Los cinco movimientos clínicos que usa el trabajo en sesión. 8. Cuatro distinciones que conviene no confundir con la incongruencia. 9. Las trampas de parcial más frecuentes y cómo responderlas. 10. La pregunta del estudiante: cómo se responde en consulta y en el examen.
1. Dos componentes del yo y una separación
Para entender el concepto conviene empezar por la estructura del yo que Rogers propone, y no por el repertorio de técnicas de su terapia. En su formulación más madura, el yo es una estructura organizada: experiencias, relaciones con los demás y respuestas corporales integradas en un orden que se mueve hacia lo que el organismo valora.
Dentro de esa estructura hay dos componentes que conviene distinguir con cuidado. El yo real es el modo de ser que la experiencia ofrece: cómo se presenta alguien en la sala, en el trabajo, en el cuerpo, en la manera de relacionarse. El yo ideal es la imagen de lo que la persona cree que debería ser, con la forma de trato que le permitiría ser querible.
El espacio entre ambos es el significado operativo de la incongruencia. Es una construcción relacional e histórica: el yo real es lo que ocurrió, y el yo ideal es lo que alguien dijo que sería recompensado o querido.
Ahí entran las condiciones de valor. La niña crece dentro de un campo de mensajes sobre qué merece aceptación: el esfuerzo que se aplaude, la conducta que se corrige, la fragilidad que se protege y luego se esconde. Esos mensajes no quedan guardados como instrucciones: se instalan como imagen de sí, y esa imagen es el yo ideal.
Un yo ideal tiene poco de proyecto de vida. Se parece al retrato que quedó guardado en el lugar donde alguien guardaba su valor, y ese retrato se copió de las caras de los demás.
De esa descripción se sigue el mecanismo. Cuando el yo real y el yo ideal aparecen separados, quien consulta vive la diferencia como tensión, y la tensión empuja la percepción: la atención se estrecha sobre la información que confirma la amenaza y se aparta de la que pediría reorganizar la imagen de sí. Ante condiciones insatisfechas, el organismo distorsiona la experiencia.
Esa distorsión tiene un costo en el aquí y ahora: criticarse con dureza, evitar una tarea que le importa o construir un argumento minucioso sobre la imposibilidad de alcanzar el ideal.
Dos consecuencias suelen perderse en los resúmenes. La primera: el yo ideal cumple una función orientadora, porque cuando la separación es moderada y las condiciones de valor son flexibles organiza el crecimiento. La segunda: cumple una función distinta de la autoestima. Quien carece de él carece también de dirección.
El concepto describe una tensión entre dos cosas que se construyeron en momentos distintos y ante audiencias distintas.
2. Qué significa la incongruencia en el marco de Rogers
La distancia entre el yo real y el yo ideal se vuelve clínicamente relevante en cuanto se la nombra como distancia y no como falla moral del sujeto.
El error más frecuente con este concepto en el material de estudio consiste en confundirlo con la aprobación y la aprobación con la aceptación. El texto sobre el error de examen con la consideración positiva de Rogers desarrolla esa distinción en profundidad, con la tabla que separa las tres piezas de la condición y la pregunta tipo que suele despistarse. Ese material conserva su desarrollo: aquí se entra por la estructura del yo.
De la formulación de 1957 sobre las condiciones del cambio terapéutico se sigue algo relevante, porque la congruencia aparece en esa lista entre las condiciones que conciernen a la persona profesional. La congruencia significa que lo que el profesional comunica en la sesión corresponde a lo que realmente experimenta, y con un cliente incongruente esa congruencia vuelve la diferencia material manipulable.
Cuando el profesional es congruente, el mecanismo del cliente deja de ser una falta moral y pasa a ser material de trabajo dentro de la sesión.
Dos precisiones mantienen el concepto en su sitio. La primera: el concepto no equivale al malestar, que puede venir del duelo, del miedo, del cansancio, de un conflicto de pareja o de un cuerpo que duele. La incongruencia es una fuente posible entre otras, y su rasgo identificador es relacional.
La segunda: el mecanismo no funciona como veredicto moral. El yo ideal puede ser punitivo. Cuando se construyó con amor condicional, el sujeto persigue una versión de sí que solo sería aceptable bajo condiciones que no puede cumplir. La tarea clínica es examinar las condiciones que moldearon ese ideal y aflojarlas.
Cuando el yo ideal se construyó con amor condicional, el trabajo clínico no consiste en alcanzar una meta más alta, sino en revisar quién puso las condiciones y en qué momento de la vida.
Para quien estudie este material, el modelo de la terapia centrada en la persona ofrece el mapa de la sesión, mientras que la teoría de la incongruencia explica lo que ocurre cuando ese mapa no encuentra a la persona.
3. El yo ideal como criterio de decisión y de regulación
El yo ideal suele tratarse con desconfianza, como si una imagen aspiracional de sí fuera autoengaño. La investigación sobre foco regulatorio le asigna, en cambio, una tarea concreta, conviene tenerla presente antes de leer los estudios que siguen.
Cuando el yo ideal es alcanzable, funciona como criterio de guía: organiza la atención, permite reconocer qué opciones acercan a quien quiere ser y cuáles no, y reduce las decisiones que hay que tomar desde cero. El trabajo de Higgins (1996) sobre el resumen del yo sostiene una tesis afín: el conocimiento de sí al que se puede acceder se convierte en el estándar con que se orienta la conducta.
Un ideal alcanzable funciona como criterio de decisión que evita tener que decidir desde cero en cada momento.
El yo ideal tiene además una firma emocional. Cuando el yo real se acerca al ideal aparece afecto positivo, junto a una tendencia conductual: el movimiento hacia la meta. Ese es el mecanismo detrás de la tendencia actualizante. Exige un ideal que atraiga lo suficiente y que se pueda alcanzar.
El yo del deber ser trabaja en dirección contraria, y esa diferencia tiene valor clínico. Organiza la evitación: moviliza la vigilancia sobre lo que hay que hacer, lo que hay que evitar y lo que no debe verse. Su eficacia a corto plazo mantiene cumplidas muchas obligaciones, y su costo aparece cuando chocan entre sí o con los valores.
La diferencia entre un ideal y una obligación se nota en la dirección: el ideal aproxima, la obligación aleja.
En esto reside la utilidad diagnóstica de esa diferencia: alguien puede cumplir con sus propios valores, sentir orgullo de ello y seguir agotado, porque los estándares con los que se mide fueron instalados desde afuera.
4. La lectura de Higgins: tres componentes y tres discrepancias
Durante mucho tiempo, la formulación rogersiana fue una descripción clínica sin posibilidad de medición. El programa que cambió eso es el que Edward Higgins desarrolló desde mediados de los años ochenta.
Higgins toma la estructura del yo y la amplía en tres componentes. El yo real, también llamado actual, es lo que se cree ser. El yo ideal es lo que le gustaría ser. El yo del deber ser, incorporado después, es lo que se cree que debe ser, con una obligación que viene de las normas ajenas.
Los tres componentes de Higgins responden a tres preguntas distintas: qué soy, qué me gustaría ser y qué se supone que debo ser.
De esos tres componentes salen tres tipos de discrepancia. La real-ideal separa lo que soy de lo que me gustaría ser. La real-deber separa lo que soy de lo que creo que debo ser. La ideal-deber separa lo que me gustaría ser de lo que creo que debo ser, y puede estar presente aun cuando la persona vive conforme a sus valores.
| Tipo de discrepancia | Distancia entre | Afecto esperado | Riesgo clínico |
|---|---|---|---|
| Real-ideal | Lo que soy y lo que me gustaría ser | Afecto positivo al aproximarse | Meta inalcanzable que mantiene la tensión abierta |
| Real-deber | Lo que soy y lo que creo que debo ser | Sensación de logro con ansiedad de fondo | Dependencia de condiciones externas para la aprobación |
| Ideal-deber | Lo que me gustaría ser y lo que creo que debo ser | Conflicto interno sin alivio | Agotamiento de quien cumple con sus propios valores |
Higgins vincula cada tipo de discrepancia con una firma emocional. Cerca del ideal aparece afecto positivo y el sujeto se mueve hacia metas que valora. Cerca del deber ser, sensación de logro con ansiedad de fondo. Fuera de alcance, afecto depresivo.
El tipo de discrepancia importa más que su tamaño. La misma separación entre lo que soy y lo que quiero ser produce resultados emocionales distintos según cuál sea el tercer componente implicado.
La distinción entre ideal y deber ser resulta útil en consulta: un paciente puede sentirse auténtico y, al mismo tiempo, estar mal. La queja no se refiere a sus valores, sino a una obligación que no eligió.
La aportación de Higgins dio a la intuición rogersiana una forma medible y convirtió el yo ideal en una hipótesis sobre regulación, no en una exigencia moral.
Conviene enunciar la relación entre esta línea de investigación y la formulación rogersiana, porque las preguntas de examen mezclan los dos planos. Rogers aporta el fenómeno clínico y su sentido; Higgins (1987) aporta la operacionalización y las relaciones empíricas. La teoría del yo social de George Herbert Mead es otra puerta clásica al mismo territorio.
5. Qué muestra la evidencia: la distancia, los síntomas y la autoestima
La evidencia central procede de la literatura agregada sobre discrepancia, y el trabajo de referencia en ese terreno es un meta-análisis. Mason y colaboradores (2019) publicaron ese meta-análisis, que sitúa la teoría de la discrepancia en una perspectiva transdiagnóstica y examina las asociaciones entre los tres tipos de distancia y una gama amplia de síntomas. Los hallazgos respaldan la teoría en la depresión y la ansiedad y muestran que la discrepancia opera como factor presente en varios diagnósticos.
La evidencia reunida sostiene una afirmación acotada: la discrepancia entre los componentes del yo se asocia con síntomas, y la asociación aparece en varios diagnósticos.
La palabra transdiagnóstica importa para el trabajo clínico. Significa que la distancia aparece en varios diagnósticos, de modo que el foco del trabajo es el mecanismo, no la etiqueta.
Una segunda línea de evidencia se ocupa de la autoestima. Moretti y Higgins (1990) mostraron que esa distancia contribuye a la autoestima más allá de lo que explican las valoraciones del yo real: medir la autoestima sola da una imagen incompleta.
La autoestima no se lee sola. Dos personas con la misma autoestima pueden estar a distancias muy distintas de lo que quieren ser.
Una tercera línea concierne el cambio terapéutico. Watson, Bryan y Thrash (2014) examinaron cómo se mueven la distancia, la ansiedad y la depresión durante la terapia individual: la reducción de la discrepancia acompaña la reducción de los síntomas, lo que respalda la idea de que es un objetivo de trabajo y no un acompañante del progreso.
Lo que la evidencia sostiene conviene separarlo de lo que queda abierto. La relación entre discrepancia y síntomas aparece de forma consistente en los estudios. Queda abierto cuánto de esa relación es causal: quien nota alivio en sus síntomas puede vivir menos discrepancia, y quien trabaja sobre ella puede sentir alivio.
6. La congruencia como condición técnica del proceso
El lado procesal de esta evidencia viene de otra literatura. Bohart (1991) argumenta que en el marco centrado en la persona la empatía cumple una función formativa: el cliente aprende a apoyarse en su experiencia propia para decidir.
De ahí se sigue una pregunta de proceso. Si el concepto tiene dos componentes, y uno es la separación entre el yo vivido y el yo exigido, conviene preguntar dónde opera el otro. El profesional también puede vivir su distancia entre lo que dice y lo que experimenta.
Esa es la razón técnica de la congruencia en las condiciones de 1957: un profesional congruente en su relación con el yo permite que el cliente vea la misma posibilidad en su propio material.
La congruencia funciona como condición técnica que permite trabajar la distancia ajena sin duplicarla, y no como una virtud personal del terapeuta.
La calidad de la relación no acompaña el proceso de cambio como factor secundario: forma parte del proceso. Un trabajo técnico de nivel alto aplicado sobre alguien a quien no se encuentra deja intacta la condición central.
7. En la sesión: cinco movimientos clínicos
El trabajo clínico tiene una secuencia reconocible, de cinco movimientos que conviene tener separados porque en la sesión se mezclan.
El primer movimiento consiste en volver explícitas las dos versiones en lenguaje. Una pregunta útil es qué se cree que debería ser en una situación concreta, seguida de qué ocurrió la última vez en una parecida. La separación suele volverse audible y menor de lo que se temía. Lo que parecía un rasgo de carácter termina siendo condiciones concretas.
La pregunta que abre el trabajo no busca una definición del yo. Busca la escena donde conviven las dos versiones: qué se suponía en aquella casa, qué se suponía en aquel trabajo, qué se esperaba en aquella relación.
El segundo movimiento examina las condiciones de valor en sí mismas. Qué mensaje instala un rasgo como mereced el cariño. Cuál hizo necesaria cierta ejecución para recibir aceptación. El paso es delicado, porque el sujeto suele defender su yo ideal con cariño genuino por quien lo instaló. Una madre que exigía excelencia no lo hacía por maldad, y el hallazgo llega con duelo.
El tercer movimiento diferencia el ideal de la obligación, que es donde el trabajo diagnóstico sobre el yo del deber ser rinde: cuáles de los estándares que se aplican fueron elegidos por el sujeto y cuáles se heredaron de un guion familiar o de una expectativa de género. La autoeficacia y la creencia inflada es un tema aparte: una estimación inflada de lo que uno ha logrado y una exigencia inalcanzable piden dos intervenciones distintas.
El cuarto movimiento trabaja con esa separación en el aquí y ahora de la sala. La empatía en psicoterapia es el vehículo: lo que el cliente dice sobre lo que debería ser y la manera en que está mientras lo dice son dos datos que la sesión puede sostener a la vez. En la práctica, cada quien nota el tono con el que habla de su vida.
El trabajo ocurre en el aquí y ahora: en la distancia entre lo que se dice que debería ser y el modo en que se está mientras se dice.
El quinto movimiento amplía el mapa del yo. La ventana de Johari ofrece una imagen útil: lo que la persona sabe de sí, lo que cree que los demás saben, lo que esconde y lo que no ve en sí. Quien ha construido un yo ideal suele tener una zona ciega.
Dos advertencias corresponden aquí. El trabajo no consiste en bajar el yo ideal hasta que el malestar desaparezca, porque quien se queda sin ideal se queda sin dirección. Y lleva tiempo: cambiar la imagen de sí es el cambio más lento que existe, así que conviene no te impongas una fecha.
Lo que se repite en la sala es una frase del paciente con palabras distintas: debería ser más así. El contenido importa menos que el sujeto de la frase, porque el condicional arrastra a un agente. En cuanto el paciente puede decir quién exige (mi padre decía que un profesional tiene que estar disponible a toda hora), el ideal deja de ser un rasgo y pasa a ser un mandato, y el trabajo deja de consistir en bajar el listón.
8. Cuatro distinciones que conviene no confundir
Junto a los movimientos hay una segunda tarea, de diagnóstico: separar los fenómenos que el mismo nombre agrupa.
El concepto se parece a la disonancia cognitiva en cuanto ambas tienen una estructura relacional: dos representaciones que no encajan y un procesamiento que se desvía hacia la información que confirma el problema. La diferencia es que la disonancia cognitiva usa representaciones de la conducta propia, mientras que la discrepancia del yo usa dos versiones de sí.
Se parece al narcisismo cuando los dos casos giran en torno a una imagen propia idealizada que no resiste la comprobación. La diferencia es que el narcisismo hincha el ideal y protege su imagen a costa de los vínculos, mientras que la incongruencia suele consistir en un ideal exigente sostenido en secreto y con vergüenza.
Se parece a la vulnerabilidad ante el juicio cuando el sujeto se queda desorganizado frente a la mirada de otro. Ahí el eje es relacional y no estructural: la estructura del yo sigue estable, lo que se mueve es la percepción de la mirada ajena.
Y se parece a la expectativa de otros cuando lo que se exige no lo trae la historia personal del sujeto, sino el entorno inmediato: el grupo, la pareja, el trabajo. Ahí el trabajo consiste en distinguir la voz del entorno de la voz propia.
9. Errores frecuentes en exámenes y cómo evitarlos
| Error frecuente | Por qué aparece | Cómo responderlo en el parcial |
|---|---|---|
| Confundir la incongruencia con la aceptación de la persona | Se mezclan el clima de la sesión y la estructura del yo | La aceptación se refiere al valor de la persona; la incongruencia, a la distancia entre el yo vivido y el yo exigido |
| Tratar la incongruencia como un rasgo fijo del sujeto | El lenguaje cotidiano la describe como un defecto de carácter | Es una relación entre dos componentes del yo, y por eso algo que puede modificarse |
| Suponer que el yo ideal se alcanza con facilidad | Se lee el ideal como meta de superación permanente | Un ideal fuera de alcance sostiene el malestar; el trabajo clínico pasa por revisar sus condiciones |
| Olvidar el yo del deber ser | Se recuerda solo el par real-ideal de la versión clásica | Higgins añade el yo del deber ser, y la diferencia entre ideal y deber ser explica el agotamiento de quien cumple con sus propios valores |
| Atribuir a Rogers una teoría de la discrepancia que es de Higgins | Ambas aparecen juntas en el mismo manual | Rogers describe el fenómeno clínico; Higgins lo operacionaliza y lo somete a estudio empírico |
| Usar la incongruencia para explicar el malestar en general | Sirve de comodín cuando falta información del caso | Es una fuente posible entre otras y se confirma preguntando por las dos versiones del yo en una situación concreta |
Dos de estas trampas merecen nota adicional para el parcial. La primera es la confusión entre el yo ideal y el yo del deber ser, que aparece como la pregunta sobre cuál de los dos produce la ansiedad. La respuesta esperada es el yo del deber ser, y la razón está en su dirección regulatoria: el ideal moviliza aproximación y el deber ser moviliza evitación.
La segunda es la pregunta clásica sobre qué ocurre cuando el yo ideal y el yo real se hallan separados. La respuesta esperada nombra la tensión, la distorsión perceptiva que organiza y el costo clínico de sostener la separación. Con eso, en un examen vas bien.
Una respuesta de parcial que solo dice que el paciente se siente mal queda corta. La respuesta íntegra nombra la tensión, la distorsión perceptiva que organiza y el costo clínico de sostener la separación.
10. La pregunta del estudiante
La pregunta que más se repite en la consulta formativa es cómo se trabaja con esa distancia sin que el yo ideal se convierta en una nueva fuente de presión.
La respuesta clínica es que el trabajo no apunta a eliminar esa separación. Apunta a tres movimientos, que pueden ocurrir en distinto orden: hacer explícitas las dos versiones para poder discutirlas, examinar las condiciones que produjeron la versión ideal y aflojar las obligaciones que no se eligieron.
Si te sirve para el parcial, la respuesta breve cabe en una frase, y conviene que la tengas lista. La incongruencia es lo que el yo ideal organiza, es lo que hace perceptible la tensión entre los dos componentes del yo y es lo que permite trabajar hacia una congruencia mayor sin renunciar a los estándares que dan dirección a la conducta.
La incongruencia cumple una función paradojica: orienta el crecimiento mientras mantiene el estándar que lo orienta, y se vuelve un problema cuando ese estándar queda fuera de alcance o se convierte en una obligación impuesta.
Ese marco enlaza además este material con el resto de la clínica. Quien trabaja sobre la separación entre quien es y quien cree que debería ser termina, con el tiempo, con otro problema clínico: nota con más claridad qué le piden sus relaciones y qué está dispuesto a dar. La homeostasis familiar y la resistencia al cambio es la versión sistémica.
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Preguntas frecuentes
¿El yo ideal de Rogers coincide con el yo real?
Cumplen funciones distintas. El yo real describe lo que la experiencia ofrece ahora, con lo que se vive y se reconoce. El yo ideal describe la imagen de lo que debería ser, y se construyó a partir de las condiciones de valor aprendidas.
¿Cuándo la incongruencia resulta problemática?
Depende de la dirección. Cuando el ideal es alcanzable y flexible, organiza el crecimiento y funciona como criterio de decisión. El problema aparece cuando la separación se mantiene, cuando el ideal queda fuera de alcance o cuando las condiciones que lo instalaron fueron restrictivas.
¿Qué diferencia hay entre el yo ideal y el yo del deber ser?
El yo ideal se asocia con el movimiento hacia metas propias y con emociones positivas cuando el sujeto se acerca a él. El yo del deber ser se asocia con el cumplimiento, con la vigilancia y con la ansiedad de fondo. Uno aproxima y el otro aleja.
¿La discrepancia produce depresión y ansiedad?
La evidencia agregada encuentra asociaciones consistentes entre los tipos de discrepancia y una gama amplia de síntomas, en dominios como la depresión, la ansiedad y los trastornos alimentarios. La dirección causal exacta sigue en discusión, y conviene no presentar la relación como una explicación que da cuenta del cuadro.
¿La incongruencia tiene relación con la autoestima?
Tiene relación, aunque no se reduce a ella. La investigación muestra que la discrepancia aporta a la autoestima más allá de lo que explican las valoraciones del yo real. Dos personas con la misma autoestima pueden estar a distancias muy distintas de lo que quieren ser.
Una idea para llevarte
La incongruencia entre el yo real y el yo ideal es, en el marco de Rogers, la forma que adopta el conflicto entre lo que la vida ofrece y lo que la vida exigía. Reconocerla en consulta cambia lo que se hace: la pregunta deja de ser por qué esta persona no es como debería y pasa a ser qué condiciones instalaron esa exigencia y qué parte de ella sigue siendo útil.
Referencias
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- Bohart, A. C. (1991). Empathy in client-centered therapy. Journal of Humanistic Psychology, 31(1), 34-48. 10.1177/0022167891311003
- Higgins, E. T., Klein, R., & Strauman, T. (1985). Self-concept discrepancy theory: A psychological model for distinguishing among different aspects of depression and anxiety. Social Cognition, 3(1), 51-76. 10.1521/soco.1985.3.1.51
- Higgins, E. T. (1987). Self-discrepancy: A theory relating self and affect. Psychological Review, 94(3), 319-340. 10.1037/0033-295x.94.3.319
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- Higgins, E. T. (1996). The self digest: Self-knowledge serving self-regulatory functions. Journal of Personality and Social Psychology, 71(6), 1062-1083. 10.1037/0022-3514.71.6.1062
- Moretti, M. M., & Higgins, E. T. (1990). Relating self-discrepancy to self-esteem: The contribution of discrepancy beyond actual-self ratings. Journal of Experimental Social Psychology, 26(2), 108-123. 10.1016/0022-1031(90)90071-s
- Mason, T. B., Smith, K. E., Engwall, A., Lass, A., Mead, M., Sorby, M., Bjorlie, K., Strauman, T. J., & Wonderlich, S. (2019). Self-discrepancy theory as a transdiagnostic framework: A meta-analysis of self-discrepancy and psychopathology. Psychological Bulletin, 145(4), 372-389. 10.1037/bul0000186
- Watson, N., Bryan, B. C., & Thrash, T. M. (2014). Change in self-discrepancy, anxiety, and depression in individual therapy. Psychotherapy, 51(4), 525-534. 10.1037/a0035242