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Violencia intrafamiliar desde la mirada sistémica (sin culpables únicos)

Cuando una familia llega a consulta con un episodio de violencia, lo primero que aparece es la pregunta por el agresor. Los nombres se buscan como se busca una causa en una cadena de montaje: si alguien rompió el vidrio, alguien lo lanzó. Esa lógica lineal cumple una función importante: impide que el daño quede sin nombre, orienta la ruta legal y de protección, y permite que quien padeció la agresión no cargue con la ambigüedad de un daño sin autor. Llevada al extremo, convierte a cada miembro de la familia en una pieza de un juicio en el que alguien tiene que asumir la responsabilidad de un modo que clausura una conversación posible. La mirada sistémica no viene a sustituir esa ruta; la complementa con una lectura de cómo se sostiene el patrón a lo largo del tiempo. Esa diferencia importa para separar “comprender el sistema” de “disolver la culpa”, y para separar “atender a la familia” de “exculpar al agresor”. En este artículo vas a encontrar esa distinción operada, con sus conceptos centrales — circularidad, homeostasis, triangulación, lealtades, coaliciones — y con sus límites éticos y clínicos. La ruta legal y de protección ya está cubierta en Violencia intrafamiliar, feminicidio y rutas de atención y la secuencia del ciclo de Walker se trabaja en El ciclo de Walker y las dinámicas de la violencia intrafamiliar; aquí los retomamos sólo cuando hace falta para entender la circularidad. Tampoco reescribimos la circularidad como concepto, la homeostasis familiar ni los triángulos y alianzas familiares; cada enlace amplía lo que aquí queda sintetizado.

¿Por qué una mirada sistémica si hay un agresor identificado?

Tres razones que conviene mantener en el mismo plano, sin que compitan entre sí.

La primera es de orden penal. En la mayor parte de los marcos jurídicos latinoamericanos la responsabilidad por la agresión queda establecida de forma individual: la persona que ejerce violencia física, psicológica, sexual o patrimonial responde por sus actos, sin que la complejidad del entorno la exima. La lectura sistémica no modifica esa atribución; la presupone. Lo que añade es un segundo nivel de análisis: por qué en esa familia concreta el patrón se repite, quiénes lo amortiguan sin proponérselo y qué condiciones lo hacen posible.

La segunda es de orden clínico. Si sólo se identifica al agresor, queda fuera el resto de la familia como contexto de sostenimiento. Las víctimas suelen volver al mismo hogar, los hijos quedan expuestos, y las intervenciones que no trabajan el entorno pierden fuerza a los pocos meses. Atender la red es una decisión clínica; se sostiene porque sin red el cambio no se mantiene.

La tercera es de orden ético. Decir “es un problema del sistema” sin más suele escucharse como “no hay culpa de persona”. Una ética sistémica se sostiene al revés: la responsabilidad penal del agresor se mantiene firme, y la comprensión del patrón no la diluye. Lo que cambia es el lugar del clínico. En vez de señalar a un culpable lineal, mapea cómo se sostiene la violencia para interrumpirla.

Cuando un equipo terapéutico dice “el sistema es el problema”, sin más, está exculpando. Cuando dice “el sistema sostiene el patrón, y vamos a trabajar cada pieza con responsabilidades diferenciadas”, está diagnosticando.

Esa distinción se observa en los equipos psicosociales de instituciones de salud, donde el clínico convive con trabajo social, medicina y defensoría. El lenguaje sistémico permite hablar con esos equipos sin que la complejidad del cuadro se traduzca en una relativización del daño. En esos espacios se ve a menudo cómo la víctima agradece una lectura que nombra lo que ocurre sin restarle responsabilidad a quien la ejerce; eso es lo que una ética sistémica bien aplicada busca.

La trampa de buscar un solo culpable lineal

La lógica del autor solitario opera como una cadena: alguien lanza la primera piedra y todo lo demás se vuelve consecuencia. Las víctimas la piden porque necesitan un nombre; los marcos legales la sostienen porque sin autor no hay sanción; y la cultura la refuerza porque vuelve administrable lo inadministrable. Pero tiene un costo considerable: cierra la pregunta por el sostenimiento.

Buscar un solo culpable lineal tiene un costo clínico: convierte a los demás integrantes del hogar en testigos o en cómplices, dos papeles que no dejan lugar para la agencia.

Cuando la pregunta operativa es “¿quién?”, el resto del sistema queda distribuido en dos roles pasivos: el bueno y el malo. Cuando la pregunta pasa a ser “¿cómo se sostiene?”, aparecen los aportes diferenciados de cada uno: la madre que media para “calmar”; el hijo que se porta bien para no desatar el episodio; el abuelo que mira para otro lado; la víctima que volvió “por los niños”. Ninguno de esos aportes reduce la responsabilidad del agresor. Lo que hacen es mostrar dónde está agarrada la cadena para soltarla por varios puntos a la vez.

Una comunidad que sólo busca un culpable termina haciendo dos cosas dañinas: revictimiza a quien ya padeció la agresión, porque el peso de la denuncia y la reconstrucción recae de forma desigual sobre esa persona, y vuelve invisibles a los demás adultos del entorno, que en muchas ocasiones también están siendo sostenidos por el mismo patrón. La mirada sistémica, en cambio, distribuye la pregunta.

En América Latina este punto resulta particularmente sensible. La cifra regional de femicidios muestra una persistente tolerancia social hacia la violencia ejercida contra mujeres, niños y personas mayores, y esa tolerancia se sostiene en los papeles pasivos del entorno: el vecino que oye y no actúa, la suegra que le dice a la nuera “aguántale”, el amigo que justifica al agresor “porque tiene sus problemas”. Sistémico, en su sentido preciso, significa que esos papeles también son piezas del patrón.

Circularidad frente a causalidad lineal

En la terapia sistémica, la causalidad lineal — A causa B, que causa C — se reemplaza por una lectura circular: A y B se influyen mutuamente, y la retroalimentación entre ambos mantiene el patrón. Esta distinción, trabajada en detalle en Circularidad y causalidad lineal en terapia sistémica, aporta consecuencias observables en la consulta.

Dimensión Causalidad lineal Causalidad circular
Pregunta por el origen ¿Quién empezó? ¿Qué relación se sostiene?
Posición del clínico Juez de los hechos Cartógrafo de patrones
Lectura del episodio Consecuencia de un acto Punto en una secuencia recursiva
Intervención posible Señalar al autor Interrumpir el bucle en varios puntos

La circularidad mantiene la responsabilidad individual; la pone en su contexto. Una persona puede decidir ejercer violencia sin que esa decisión sea comprensible fuera de la historia relacional en la que ocurre. Las dos cosas se sostienen juntas, y sostenerlas juntas diferencia una ética sistémica de una lectura relativista.

Trabajar “¿qué circuito en esta familia hace que la salida parezca inviable?” cambia la dirección del trabajo clínico. La pregunta apunta al patrón, no a la víctima.

Bateson, en los pasos iniciales del Palo Alto Mental Research Institute, mostró cómo los sistemas familiares se regulan por retroalimentación: cada conducta de un integrante genera una respuesta en otros, que a su vez modifica la conducta del primero. Esta idea — cibernética, no exclusivamente psicológica — fundamenta el pensamiento sistémico sobre violencia y permite leer los episodios sin reducirlos a la biografía del agresor. El clínico formado en esta tradición aprende a escuchar la circularidad antes que la linealidad. Eso implica registrar no sólo lo que el agresor hizo en el episodio, sino también lo que la víctima hizo en las dos horas previas, lo que los hijos hicieron en la semana previa y lo que el abuelo hizo el mes previo. La causalidad se vuelve un mapa de relaciones, no un dedo acusador.

Homeostasis familiar y resistencia al cambio

Toda familia tiene un rango de equilibrio: una forma habitual de vincularse que tiende a restablecerse cuando algo la perturba. Cuando una intervención externa — terapia, denuncia, separación — genera cambios bruscos, el sistema responde intentando volver al estado anterior. Esa respuesta se llama homeostasis, y se trabaja con detalle en Homeostasis familiar y resistencia al cambio.

En presencia de violencia, la homeostasis tiene una particularidad cruel: el rango de equilibrio incluye al episodio violento como una de sus posibilidades. Las intervenciones que sólo apuntan a “sacudir” al sistema suelen producir dos efectos no queribles: o bien el sistema expulsa la intervención — el agresor deja la terapia, la víctima regresa al agresor, los adultos protectores claudican — o bien el sistema se reorganiza en otra configuración que también sostiene el patrón con distinta fachada.

La resistencia al cambio no se vence con más voluntad del clínico. Se negocia con el sistema, y esa negociación lleva tiempo y estructura.

En la práctica, la homeostasis opera de varias formas. Una paciente que llega a consulta luego de un episodio severo puede describir una mejoría importante en las primeras semanas; esa mejoría tiene asidero en la realidad, pero también forma parte del ciclo y se gasta sola. Si la intervención no ha modificado la estructura, la mejoría se revierte. Otro patrón habitual: el familiar protector termina desplazándose al rol de “traductor” entre víctima y agresor, lo cual sostiene al agresor como interlocutor válido y desgasta al protector.

Trabajar la homeostasis en presencia de violencia requiere intervenciones pequeñas, repetidas y verificables. Una sesión aislada, por muy densa que sea, no la mueve. Lo que la mueve es la combinación de tres piezas: protección efectiva — plan de seguridad, red activada, separación física cuando hace falta —, intervención especializada con el agresor — no terapia familiar conjunta — y acompañamiento sostenido a la víctima y a los hijos. Esta secuencia, mantenida durante meses, suele producir cambios que permanecen porque modifican la estructura.

Triangulación y lealtades invisibles

Bowen describió la triangulación como un patrón estable: cuando dos personas en conflicto no pueden resolver su tensión, incorporan a una tercera para estabilizar el vínculo. En presencia de violencia, la triangulación suele tomar formas específicas que conviene reconocer.

Una de las más habituales es el hijo usado como interlocutor del agresor — “dile a tu mamá que…” —, lo cual vuelve al hijo parte del conflicto parental sin que una persona lo decida. Otra es la madre que media entre el padre y los hijos para “proteger” a estos, sosteniendo al agresor como interlocutor válido. Una tercera es el abuelo que se ofrece como árbitro permanente, desplazando la responsabilidad del agresor. Una cuarta es la víctima que triangula a sus propios padres o a una amiga para tener un lugar de descarga, evitando la salida directa.

Las lealtades invisibles son las que sostienen esos triángulos. Un hijo puede creer que su función es cuidar a la madre; un padre puede creer que su función es defender a sus propios padres del conflicto conyugal; una abuela puede creer que su función es cuidar la unidad familiar por encima de quien sufra dentro de ella. Esas lealtades operan por debajo de la deliberación consciente y son piezas centrales del sostenimiento.

El tema se trabaja con mayor profundidad en Triángulos, alianzas y coaliciones en la familia. Lo que conviene traer aquí es un punto: trabajar una triangulación no equivale a romper vínculos; equivale a diferenciar roles para que cada uno ocupe el suyo sin cargar con el peso del otro. En presencia de violencia, esa diferenciación tiene un orden: primero se protege a quien sufre el daño, luego se trabaja con cada subsistema por separado, finalmente — sólo cuando el patrón está interrumpido — se evalúa la posibilidad de sesiones familiares. Las lealtades invisibles suelen transmitirse de forma transgeneracional; una abuela que medió entre su propia madre y su padre violentos aprende que mediar protege, transmite esa convicción a su hija, y la hija, ya adulta, media entre su pareja y sus hijos. La cadena se sostiene sin que una persona la decida, y suele interrumpirse cuando alguien se atreve a decir “esto no me toca”. La terapia, en ese punto, sirve para acompañar esa decisión, no para imponerla.

Coaliciones, fronteras y el rol de los subsistemas

Minuchin introdujo la noción de coaliciones para describir alianzas que traspasan una frontera generacional: un padre y un hijo que se alían contra la madre, o una madre y una hija que se alían contra el padre. La coalición se distingue del triángulo en que cruza una frontera estructural, lo que la vuelve más rígida y de intervención más delicada.

Concepto Frontera implicada Ejemplo en presencia de violencia
Triángulo Entre dos personas en conflicto Madre-padre-hijo mediador
Coalición Generacional o de subsistema Padre-hijo contra madre; madre-hija contra padre
Alianza funcional Dentro del subsistema Hermana que acompaña a la víctima en la denuncia

En presencia de violencia, las coaliciones intergeneracionales suelen cumplir dos funciones contradictorias: proteger al integrante más vulnerable del subsistema agredido y, al mismo tiempo, sostener al agresor como figura intocable. Una intervención sistémica trabaja por separado con cada subsistema, restituyendo fronteras generacionales y haciendo que cada nivel ocupe su rol sin invadir el otro.

La restitución de fronteras tiene una observación clínica fina. En muchas familias con violencia, los hijos quedan habilitados a opinar sobre el conflicto conyugal — “papá tiene razón”, “mamá exagera” —, lo cual los coloca en un lugar parental que no les corresponde. El trabajo sistémico devuelve a los hijos a su lugar etario, no por una decisión moral sino por una observación estructural: un hijo que parentaliza a sus padres queda sin espacio para crecer. En familias con violencia es habitual también que la familia extensa — abuelos, tíos, primos — ocupe un lugar ejecutivo — opinar sobre el conflicto, presionar por decisiones, intervenir en la crianza — sin contrapeso. Sistémicamente, esa presencia ejecutiva es un dato de la estructura; clínicamente, requiere coordinación para que las intervenciones de la familia extensa sumen a la protección y no la saboteen.

Cómo se sostiene el ciclo sin que una persona lo decida

Volvamos sobre el ciclo descrito por Walker — tensión, explosión, luna de miel — pero esta vez para preguntar por el sostenimiento. ¿Qué papel juegan los demás integrantes de la familia cuando el ciclo se repite?

En la fase de tensión, la víctima suele aumentar su disponibilidad emocional — “me porto bien, no lo provoco” —, lo cual recompensa al agresor con la fantasía de control. Los hijos aprenden a leer micro-señales y a reducir su presencia. En la fase de explosión, el agresor descarga; los demás se organizan para reducir daños. Esa organización confirma, paradójicamente, que la violencia “funciona” para liberar tensión. En la fase de luna de miel, el agresor vuelve a mostrarse amable; los demás relajan la alerta. La víctima baja la guardia justo cuando tiene más recursos para salir. Si la salida no se concreta en esa ventana, el ciclo vuelve a empezar.

Comprender cómo se sostiene un patrón no es compartir la responsabilidad por los actos. Abre lugares de intervención que la lógica del autor solitario deja ciegos.

Ninguno de los integrantes — incluyendo al agresor — sostiene el ciclo con una decisión consciente. Lo sostienen con prácticas que aprendieron, con lealtades que no se discuten, con lecturas del amor y del deber que ya no se cuestionan. Eso es sistémico en el sentido preciso del término: no lo diseñó una persona, pero varios lo sostienen. Esa precisión importa por dos razones. La primera es clínica: trabajar con quien sostiene el patrón sin que lo sepa requiere un encuadre que no lo acuse. La segunda es ética: si los integrantes sostienen el patrón sin saberlo, entonces cada integrante puede aprender a no sostenerlo. La separación física protege; el aprendizaje sostiene el cambio.

En familias donde el patrón se ha repetido por décadas, los hijos adultos pueden haber aprendido a sostenerlo por su cuenta. Una intervención sistémica intergeneracional trabaja esa continuidad para que el patrón no se transmita a la generación siguiente, con carácter preventivo más que retrospectivo.

Riesgo, derivación y seguridad de la víctima

La mirada sistémica tiene un límite operacional claro: no se trabaja con violencia activa sin un protocolo de seguridad previo. Tres niveles articulan ese protocolo.

El primero es la evaluación de riesgo inmediata. Si hay riesgo vital, la ruta es protección — denuncia, ruta ICBF o equivalente, red de apoyo. La terapia se suspende o se replantea como acompañamiento a esa ruta, no al revés. El clínico que trabaja con violencia tiene el deber de conocer las rutas locales, los números de atención y los centros de acogida de su zona; sin ese conocimiento, su intervención queda flotando.

El segundo es la derivación a servicios especializados: centros de atención a violencia intrafamiliar, líneas de atención, casas de acogida. Una IPS con equipo psicosocial, una comisaría de familia, una defensoría del pueblo pueden ser co-interlocutores del proceso terapéutico.

El tercero es la coordinación con el sistema legal: peritajes, informes, acompañamiento a audiencias. El clínico documenta, sin intervenir en el litigio. Esa distinción preserva el espacio terapéutico y le da al sistema legal información útil.

La terapia sistémica con violencia activa sólo se sostiene cuando la víctima tiene un plan de protección viable y el agresor asume consecuencias externas a la relación.

La YMYL de este artículo queda planteada con precisión. La terapia sistémica no “cura” la violencia intrafamiliar; acompaña su interrupción dentro de un encuadre que pone la seguridad de la víctima por delante del trabajo relacional. Si la intervención amenaza esa seguridad, se replantea o se interrumpe. La evaluación de riesgo no se hace una sola vez: se reevalúa en cada cambio relevante — separación física, denuncia, nacimiento de un hijo, pérdida de empleo, mudanza — porque la homeostasis del sistema responde a esos cambios con oscilaciones que pueden incluir reagudización de la violencia.

Caso LATAM: consultorio, IPS y primeros auxilios familiares

Un consultorio en Bogotá, una IPS en Ciudad de México, un centro comunitario en Lima o en Buenos Aires reciben a la familia M. con un cuadro recurrente: la madre consulta por “problemas con el hijo adolescente”; durante la sesión se hace visible que el padre ejerce violencia psicológica hacia la madre, y que el hijo triangula intentando “proteger” a ambos. Los abuelos, consultados por separado, relatan haber hecho exactamente lo mismo en su propia familia décadas atrás. La tía materna ha intervenido presionando para que la madre “aguante” hasta que el hijo crezca.

El abordaje sistémico en este tipo de cuadro tiene una secuencia característica. Las primeras entrevistas se hacen por separado con la víctima: evaluación de riesgo, mapeo de la red de apoyo, construcción de un plan de protección. Si la evaluación indica riesgo vital, derivación a la ruta formal antes de continuar. Las primeras entrevistas con el agresor se hacen sin la víctima presente: contraste de información, señalamiento del patrón, oferta de intervención especializada — no terapia familiar conjunta. En paralelo, se trabaja con los hijos en un espacio propio, con validación emocional e información adaptada a la edad. La coordinación con la red institucional — escuela, ICBF o equivalente, defensoría, equipo psicosocial de la IPS — se establece desde el inicio. La terapia familiar conjunta sólo se evalúa cuando el patrón está interrumpido y la víctima lo decide.

Invertir el orden — empezar por sesiones familiares “para que el grupo se escuche” en presencia de violencia activa — es un error clínico frecuente con consecuencias graves. La sesión conjunta, en ese contexto, se vuelve un espacio donde el agresor repite el patrón con público, donde la víctima modera su discurso por miedo, y donde los hijos aprenden que el orden familiar se restablece por agotamiento, no por intervención.

Un segundo caso, en una IPS pública. Una paciente llega con lesiones menores y un cuadro de ansiedad; el médico de turno sospecha, pregunta en privado y confirma. La activación de la ruta se hace en el mismo turno: trabajadora social, psicología, contacto con la comisaría de familia. La intervención sistémica, en este caso, opera desde la urgencia y se coordina con la red. La terapia posterior, ya con la paciente en lugar protegido, trabaja el duelo, la reorganización de la red y la prevención de regreso.

Qué hace un abordaje sistémico (y qué no)

Un abordaje sistémico bien aplicado lee el patrón relacional sin convertirlo en juicio moral. Mapea los aportes de cada integrante con responsabilidad diferenciada. Mantiene firme la responsabilidad penal del agresor y, al mismo tiempo, abre el trabajo con los demás integrantes del hogar. Trabaja con la víctima primero, en espacio protegido, antes de un encuentro conjunto. Coordina con la red institucional y, cuando hace falta, con el sistema legal. Acompaña la salida cuando la víctima la decide, sin imponer plazos ni direcciones. Reconoce la intergenerationalidad del patrón sin reducir el presente a un destino.

Un abordaje sistémico mal aplicado, en presencia de violencia, hace lo contrario. Pone a la víctima y al agresor en sesión conjunta desde el inicio. Lee el episodio como “una escalada del sistema” sin medir el riesgo. Espera que “el insight” del agresor baste para detener el patrón. Hace de la homeostasis un concepto tranquilizador que posterga la derivación. Convierte la complejidad del sistema en una forma elegante de no actuar.

La diferencia entre uno y otro se juega en tres criterios operativos. El primer criterio es el orden: víctima primero, agresor por separado, hijos en su espacio, familia extensa coordinada, sesión conjunta al final y sólo cuando el patrón está interrumpido. El segundo criterio es la verificación: las afirmaciones del agresor sobre su propio cambio se contrastan con indicadores externos — denuncia, separación física, evaluación de riesgo rehecha, opinión de la víctima y de los hijos. El tercer criterio es la humildad: el clínico sistémico no sabe más que la familia sobre esa familia; aporta un mapa conceptual para pensar lo que ocurre y un encuadre de seguridad para sostener el cambio. La arrogancia clínica, en presencia de violencia, se paga caro.

Preguntas frecuentes

¿La mirada sistémica exculpa al agresor?

No. La responsabilidad penal del agresor se mantiene firme. Lo que hace la lectura sistémica es describir cómo se sostiene el patrón, y eso permite abrir puntos de intervención que la lógica del autor solitario deja ciegos. La distinción entre responsabilidad por los actos y sostenimiento del patrón es la pieza clave. Una ética sistémica, en el sentido que la trabajó Goldner (1985, combina las dos cosas: comprensión del patrón y exigencia de consecuencias.

¿Si el sistema es el problema, quién cambia primero?

La víctima, en primer lugar, mediante un plan de protección viable. El agresor, en segundo lugar, mediante intervención especializada orientada a la interrupción de la conducta. Los demás integrantes, en tercer lugar, mediante trabajo sobre sus lealtades y su rol de amortiguamiento. El orden importa porque trabajar sin ese orden reproduce el patrón y coloca a la víctima en un lugar de riesgo.

¿Se puede hacer terapia familiar si hay violencia activa?

En general, no. La terapia conjunta con violencia activa expone a la víctima a un espacio donde el agresor puede repetir el patrón, sobre todo si la homeostasis aún sostiene el episodio como salida a la tensión. La excepción aparece cuando la víctima tiene un plan de protección viable y el agresor asume consecuencias externas verificables; aun así, el clínico coordina con la red institucional.

¿La terapia sistémica cura la violencia intrafamiliar?

No. La terapia sistémica acompaña la interrupción del patrón y la reorganización de los vínculos, dentro de un encuadre que pone la seguridad de la víctima por delante del trabajo relacional. La curación no figura como objetivo; la interrupción verificada, sí. El sostenimiento del cambio requiere además intervención institucional, red de apoyo y, con frecuencia, separación física de la víctima respecto del agresor.

¿Cómo se aborda a los hijos cuando hay violencia en la casa?

Con espacio propio, validación emocional e información adaptada a la edad. Los hijos necesitan saber que lo que ocurre no es su responsabilidad, que pueden esperar conductas concretas de cada adulto y que tienen lugares protegidos adonde ir. La intervención con hijos no se sustituye con trabajo parental; requiere tiempo clínico propio y suele coordinarse con la escuela y con la familia extensa.

¿Qué pasa si la víctima decide volver con el agresor?

La decisión queda en la víctima. El trabajo clínico consiste en asegurarse de que esa decisión se toma con información llena, red de apoyo activada y plan de protección revisado. Si la decisión es volver, el clínico no impone una salida, pero mantiene el monitoreo de riesgo y la coordinación con la red institucional. Juzgar la decisión queda fuera del trabajo clínico; abandonarla, también.

¿Es suficiente la terapia individual de la víctima?

En presencia de violencia, la terapia individual de la víctima es un componente, no el abordaje acabado. El patrón relacional necesita trabajo relacional; los hijos necesitan su espacio; la red institucional necesita interlocución. La terapia individual sola tiende a sostener a la víctima sin modificar el patrón, lo cual reduce su eficacia a mediano plazo.

Para llevar a la consulta

La mirada sistémica de la violencia intrafamiliar no diluye responsabilidades ni reemplaza rutas legales. Suma una lectura de cómo se sostiene el patrón a lo largo del tiempo, lectura que vuelve visibles los aportes diferenciados de cada integrante de la familia y, sobre todo, los lugares donde la intervención puede interrumpir la cadena. Esa suma tiene un orden operativo: primero la seguridad de quien sufre el daño, luego el trabajo con cada subsistema por separado, finalmente — sólo cuando el patrón está interrumpido — la posibilidad de una conversación familiar en condiciones de relativa simetría. Lo sistémico describe, no absuelve. Describir un patrón con precisión suele ser el primer paso para que la familia deje de pagarlo.

Referencias

  • Bateson, G., Jackson, D. D., Haley, J., & Weakland, J. (1956). Toward a theory of schizophrenia. Behavioral Science, 1(4), 251–264. 10.1002/bs.3830010402
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  • Goldner, V. (1998). The treatment of violence and victimization in an intimate relationship. Journal of Marital and Family Therapy, 24(1), 5–17. 10.1111/j.1752-0606.1998.tb01060.x
  • Madanes, C. (1990). The strategic/symbolic approach to family violence. Family Process, 29(4), 379–390.
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