Conocimiento y sociedad de la información
La información dejó de ser un recurso técnico para convertirse en un hecho social: modela cómo trabajan las personas, cómo se organizan las instituciones y cómo se distribuye el poder. Tres lecturas ayudan a entender ese desplazamiento, Manuel Castells, Fritz Machlup y Peter Drucker, cada una desde un ángulo distinto.
- Información como hecho social
- Producción de conocimiento
- Trabajador del conocimiento
- Información frente a conocimiento
- Dimensiones del cambio
- Matices y críticas
La información como hecho social
Antes de la década de 1970, "información" era una categoría técnica asociada a la ingeniería, la comunicación y la estadística. Claude Shannon la había definido como reducción de incertidumbre en su artículo fundacional de 1948; Norbert Wiener la había incorporado al lenguaje común en Cibernética unos años antes. La noción servía para describir canales, mensajes y señales, no para describir la sociedad.
Manuel Castells cambió ese registro con su trilogía La era de la información, publicada entre 1996 y 1998. Castells no presenta la información como una herramienta: la presenta como infraestructura. Así como el agua y la electricidad estructuran la vida urbana del siglo XX, las redes digitales estructuran la vida económica, política y afectiva del siglo XXI. A esa configuración la llama "sociedad red".
Esta conversión importa porque altera lo que se entiende por "organización". Una empresa, una universidad, un sindicato o un hospital son, en la sociedad red, nodos que intercambian flujos de información. Su pervivencia depende menos del tamaño físico y más de la capacidad para mantenerse conectados y procesables. El aprendizaje organizacional, por tanto, no puede reducirse a cursos internos: implica rediseñar la arquitectura de flujos.
Castells insiste en tres rasgos que ordenan el resto del apunte: la información es a la vez materia prima, producto y proceso; las redes son morfología dominante; la cultura se reordena bajo la lógica de los flujos. Estos tres rasgos reaparecen, con acentos distintos, en Machlup y en Drucker.
Un detalle que conviene no perder: Castells escribe desde la observación empírica. Su trilogía recoge estudios de caso en Silicon Valley, Silicon Alley, Hong Kong, Bangalore, Barcelona y São Paulo. La sociedad red describe un orden social concreto, no una teoría abstracta de cómo se reorganiza el mundo cuando las telecomunicaciones se vuelven omnipresentes.
Machlup: medir la producción de conocimiento
Fritz Machlup publicó en 1962 The Production and Distribution of Knowledge in the United States. La pregunta era cuantitativa: qué proporción del producto interno bruto depende del conocimiento. Su respuesta, cerca de la mitad, incomodó a los lectores entrenados en la economía industrial, que asociaban la riqueza con la fábrica y la máquina.
Machlup distingue cinco tipos de actividades dentro del sector del conocimiento: educación, investigación y desarrollo, medios de comunicación, servicios informativos (jurídicos, contables, financieros, técnicos) y otras actividades informativas como el diseño o la consultoría. Al sumarlas, obtiene un sector cuyo peso justifica hablar de "industria del conocimiento" antes de que internet existiera como producto masivo.
El aporte metodológico es tan importante como el dato. Machlup obligó a medir lo intangible: horas dedicadas a aprender, dinero gastado en libros y revistas, patentes generadas, artículos producidos, servicios profesionales facturados. Sin esa métrica, el conocimiento queda fuera del análisis económico y se vuelve metáfora. La economía puede entonces nombrarlo pero no gestionarlo.
El enfoque de Machlup hereda de la economía política de la educación, pero rompe con la idea de que el conocimiento es un "bien público" sin coste. Producir conocimiento cuesta, lleva tiempo y se distribuye de manera desigual. Por eso su estadística es también una crítica social: si casi la mitad del valor agregado depende del saber, entonces las políticas educativas, científicas y culturales son asuntos de primer orden, no capítulos opcionales del gasto público.
Lecturas posteriores, como las de Marc Porat para la economía de la información en 1977 o las de la OCDE en los años noventa, amplían el método de Machlup. Aquí importa el giro original: medir lo intangible cambió la conversación sobre qué produce riqueza.
Drucker: el trabajador del conocimiento
Peter Drucker introdujo la expresión "trabajador del conocimiento" (knowledge worker) en Landmarks of Tomorrow, publicado en 1959, y la desarrolló a lo largo de cuatro décadas. La categoría describe a quien produce valor con la cabeza más que con las manos: programadores, diseñadores, analistas, docentes, investigadores, gestores, profesionales de la salud.
La categoría tiene consecuencias directas de gestión. Si la persona que piensa no es sustituible por una persona que ejecuta, entonces el aprendizaje permanente deja de ser un beneficio opcional y se vuelve condición de empleo. Drucker lo escribió en los años setenta, cuando la noción parecía lejana; hoy forma parte del lenguaje cotidiano de Recursos Humanos.
Drucker añade un matiz a menudo olvidado: el trabajador del conocimiento no puede ser supervisado del mismo modo que el obrero de cadena. Su trabajo no se ve; se evalúa por resultados, no por horas presenciales. Esta observación anticipa debates actuales sobre el teletrabajo, la gestión por objetivos y el agotamiento laboral ligado a la hiperconectividad.
El término knowledge worker se popularizó tanto que perdió precisión. Drucker lo recuperó en sus últimos libros para recordar que no toda persona que trabaja en una oficina es trabajadora del conocimiento: lo es quien toma decisiones informadas por saber especializado, no quien rellena formularios ni mueve archivos sin criterio.
Este matiz importa al mirar una organización. Preguntar quién produce conocimiento y quién solo procesa información permite entender dónde se genera valor y dónde se ejecuta rutinariamente. La diferencia cambia el diseño de carrera, el sistema retributivo y la inversión en formación.
Información y conocimiento no son sinónimos
Una confusión frecuente equipara información con conocimiento. Castells, Machlup y Drucker ayudaron a separarlos. La información es un dato procesado, almacenado y transmisible; el conocimiento es la capacidad de actuar e interpretar a partir de ese dato dentro de un contexto. Los datos son la materia prima; la información es el dato con significado explícito; el conocimiento es la información incorporada por una persona o una organización.
| Dimensión | Información | Conocimiento |
|---|---|---|
| Naturaleza | Dato procesado, codificable, transmisible. | Capacidad interpretada, situada, inseparable de quien la sostiene. |
| Soporte habitual | Archivos, bases de datos, mensajes, señales. | Personas, rutinas, cultura, instituciones, prácticas. |
| Transferencia | Copiable, repetible, sin pérdida material. | Se enseña, se demuestra, requiere tiempo y confianza. |
| Medición posible | Bits, transacciones, consultas, descargas. | Resultados, decisiones acertadas, errores evitados. |
| Coste de producir | Bajo cuando se automatiza, alto si se verifica. | Alto: atención, práctica deliberada, mentoría. |
La tabla resume una distinción operativa. Una organización puede inundarse de información sin ganar conocimiento, y puede almacenar conocimiento tácito sin convertirlo en información digital. Por eso invertir en tecnología no equivale a invertir en aprendizaje.
La diferencia se complementa con dos categorías posteriores: el conocimiento tácito y el conocimiento explícito, popularizadas por Michael Polanyi en 1966 y por Nonaka y Takeuchi en 1995. El primero se muestra al actuar y rara vez se documenta; el segundo se escribe en manuales y se enseña paso a paso. Convertir uno en otro, y también recuperar lo tácito antes de que se pierda, es el corazón del aprendizaje organizacional.
Dimensiones del cambio
Leer a Castells, Machlup y Drucker en paralelo revela cinco dimensiones donde la información se vuelve hecho social. Conviene trabajarlas como una lista ordenada, porque unas dependen de otras.
- Técnica. Las redes digitales abaratan el coste de copiar, transmitir y buscar información. Quien controla la infraestructura controla la velocidad del cambio.
- Económica. El sector del conocimiento representa una fracción creciente del valor añadido. Las ocupaciones informativas desplazan a las manuales en la composición del empleo.
- Organizativa. Las estructuras jerárquicas conviven con redes distribuidas. Aparecen equipos autoorganizados, plataformas, trabajadores encadenados por algoritmos.
- Cultural. La atención se vuelve recurso escaso. La reputación se mide por presencia digital. La identidad se negocia en redes abiertas.
- Política. La información condiciona la formación de opinión pública. Gobiernos y grandes corporaciones gestionan su flujo como asunto de soberanía.
Estas cinco dimensiones no se activan en paralelo. La dimensión técnica prepara la económica; la económica arrastra la organizativa; la organizativa modifica la cultural; la cultural reordena la política. Saltarse pasos produce desequilibrios: tecnología sin aprendizaje organizacional, aprendizaje sin infraestructura adecuada, infraestructura sin debate político.
Este marco ayuda a diagnosticar instituciones reales. Una universidad que invierte en plataformas sin ajustar su gobierno interno queda atrapada en la dimensión técnica. Una empresa que gestiona datos sin revisar su cultura queda atrapada en la dimensión económica. Una administración pública que legisla sobre datos sin escuchar a quienes los producen queda atrapada en la dimensión política.
Matices y críticas que conviene no olvidar
La narrativa de la sociedad de la información es poderosa, pero también es objeto de críticas legítimas. Tres matices ayudan a leerla sin ingenuidad.
Primero, la brecha digital. Castells mismo reconoce que el acceso a las redes es desigual. La metáfora de la sociedad red oculta regiones enteras desconectadas o conectadas con baja capacidad. Cuando se cruzan datos de cobertura con datos de ingreso, de género y de nivel educativo, la red aparece como espejo de viejas desigualdades, no como su solución.
Segundo, la economía de la atención. Si la información abunda, la atención escasea. Fabricar información deja de ser el reto; conseguir que alguien la lea, la procese y la recuerde sí lo es. Esto explica la proliferación de técnicas de persuasión, el sensacionalismo y el diseño persuasivo en plataformas que persiguen clics por encima de comprensión.
Tercero, la mercancía del dato. La información personal se ha convertido en insumo económico. Empresas de tecnología construyen su modelo de negocio capturando, procesando y vendiendo perfiles. Esto lleva a preguntas éticas que la noción de "sociedad de la información" no resuelve por sí sola, porque describe la condición material del problema, pero no dicta su governance.
Estos matices no invalidan el diagnóstico; lo completan. Castells, Machlup y Drucker siguen siendo lecturas obligatorias porque describieron la tendencia antes de que fuera visible. La crítica posterior agrega lo que faltó: perspectiva de género, análisis de poder, atención a la colonialidad y a la sostenibilidad ambiental de la infraestructura digital.
Cómo se conecta este apunte con los demás
Este apunte forma parte de una cadena. Tres notas hermanas lo complementan y evitan duplicaciones, de modo que cada una conserva su foco.
- El apunte Economía del conocimiento desarrolla la dimensión macroeconómica: cómo se mide, cómo se comercia y qué políticas públicas la afectan.
- El apunte Competitividad y sociedad del conocimiento baja la mirada a las organizaciones: cómo una empresa, una región o un país compite cuando el recurso escaso es el saber.
Aquí el foco es otro. Aquí se trata la información como hecho social: la infraestructura material que describe Castells, la medida económica que propone Machlup y la figura humana del trabajador que perfila Drucker. Las tres lecturas describen un cambio de civilización, no una herramienta de gestión aislada.
Conviene, por tanto, no mezclar planos. Este apunte no responde preguntas de política industrial ni de estrategia competitiva; responde preguntas sobre cómo la información se volvió condición material de la vida social. Las otras notas responden las preguntas que aquí quedan abiertas.
Para cerrar
Castells, Machlup y Drucker no describen la misma cosa, y conviene no aplanarlos. Castells describe la infraestructura, Machlup mide la producción y Drucker nombra al sujeto humano del cambio. Leídos en conjunto, permiten entender por qué la información dejó de ser un insumo técnico y se volvió un hecho social con efectos sobre la economía, la cultura y la política.
Cuando una organización te pida "más información", conviene recordar que la información por sí sola no genera conocimiento. Hace falta tiempo, contexto, práctica y un entorno que premie la interpretación, no solo la captura del dato. Esa es la lección operativa del recorrido, y la bisagra que enlaza este apunte con los demás de la serie.
Lecturas recomendadas y referencias
Castells, M. (1996-1998). La era de la información.
Trilogía compuesta por La sociedad red, El poder de la identidad y Fin de milenio. Publicado por Alianza Editorial en español. La obra reconstruye la sociedad red a partir de datos empíricos y estudios de caso en cinco continentes, y es la referencia obligada para entender la información como infraestructura.
Machlup, F. (1962). The Production and Distribution of Knowledge in the United States.
Princeton University Press. Fundamenta la medición de las industrias del conocimiento y abre la línea de investigación que más tarde seguirá la OCDE. La obra puede leerse hoy como documento histórico y como manual de método.
Drucker, P. (1959). Landmarks of Tomorrow; (1999). Management Challenges for the 21st Century.
El primero introduce la noción de knowledge worker; el segundo la actualiza para el entorno digital incipiente. Harper & Brothers y Butterworth-Heinemann son las editoriales originales. Drucker escribió más de treinta libros, pero estos dos contienen el arco central sobre el trabajador del conocimiento.
Cómo seguir leyendo
Para profundizar, conviene revisar Nonaka y Takeuchi (1995) sobre conocimiento tácito y explícito; Senge (1990) sobre organizaciones que aprenden; y Zuboff (1988) sobre la informatización como cambio de poder. Estas tres obras prolongan el trío Castells-Machlup-Drucker hacia la gestión interna y completan el recorrido hacia los apuntes hermanos de esta colección.