
Parcialidad multidireccional: ponerse del lado de cada uno

Una escena de consultorio donde la tentación de tomar partido aparece sola
Laura y Andrés llegan a la tercera sesión con el mismo tono de la primera. Ella abre el maletín, saca un cuaderno con viñetas manuscritas y explica, de nuevo, la distribución de gastos del mes. Él cruza los brazos y repite, de nuevo, que su mujer exagera. La terapeuta escucha. Hasta aquí, lo conocido. Lo nuevo empieza cuando Laura dice: «yo no aguanto más esta frialdad». Y Andrés contesta: «y yo no aguanto más esta demanda». Ahí, en el aire de la consulta, aparece sola la tentación de quedarse del lado de uno de los dos. La versión de Laura parece más frágil. La de Andrés, más controlada. Si la terapeuta se inclina por una, la otra versión dejará de oírse. Si la terapeuta intenta no inclinarse por ninguna, la sesión se vuelve un arbitraje gris donde las dos voces pelean por ganar a un árbitro indiferente.
La postura sucesiva ofrece otra ruta. Pide a la terapeuta ponerse del lado de Laura un rato, validar lo que dice y luego pasar a ponerse del lado de Andrés, validar lo que él dice, y volver a empezar. No es parcialidad a favor de uno. Es parcialidad hacia los dos, uno después del otro, en la misma sesión. Quien se forma en terapia familiar escucha esta idea con una mezcla de alivio y vértigo: alivio, porque por fin aparece una conducta concreta; vértigo, porque sostener ese péndulo exige una disciplina que no se improvisa. Vale la pena trabajarla desde la primera supervisión, antes de que el propio oído se acostumbre a un bando.
En pocas líneas: qué es la parcialidad multidireccional y qué no es
La parcialidad multidireccional es una postura clínica para terapia de pareja y de familia. Consiste en ponerse del lado de cada miembro, por turnos, sin quedar aliado con ninguna de las versiones que circulan en la sesión. No es lo mismo que la neutralidad del árbitro, que busca no tomar partido. No es lo mismo que el alineamiento con uno, que toma partido y lo sostiene. No es una técnica de tres pasos: es una orientación del cuerpo profesional del terapeuta. El adjetivo «multidireccional» indica que la dirección del apoyo cambia a lo largo del encuentro, de acuerdo con quién esté hablando.
La idea suena sencilla y, en la práctica, exige un oído entrenado para detectar el momento en que la postura empieza a pegarse a una sola persona. Quien se forma en psicoterapia familiar sistémica reconoce esta postura como una de las contribuciones más específicas del modelo de Boszormenyi-Nagy al oficio. La entenderás cuando veas qué hace el terapeuta cuando la pone en juego, qué sigue produciendo en la familia y en qué se diferencia de la neutralidad que la escuela de Milán formuló en 1980.
Postura clínica según la cual el terapeuta toma el lado de cada persona presente en la sesión, valida su posición con sus palabras y, a continuación, pasa a la siguiente, sin fijar alianza con ninguna de ellas. La dirección del apoyo cambia con la persona que tiene la palabra.
Qué es, desarrollada: la regla sucesiva del lado de cada uno
La idea central es que la parcialidad no se opone a la justicia clínica, sino que la expresa de otra forma. Una terapeuta neutral intenta no quedar atada a ninguna versión. Una terapeuta sucesivamente parcial busca quedar atada, por turno, a cada versión presente. Validar la posición de una persona no significa concederle la razón. Significa devolverle su propio relato con sus propias palabras, escucharla en sus términos y mostrarle que su punto de vista fue recibido. Una vez hecho eso, la terapeuta pasa a la siguiente persona y repite el movimiento. Cuando el ciclo cubre a cada miembro del sistema que ha traído una queja, la sesión termina con una imagen poco frecuente en la disputa familiar: las dos versiones conviven, sin que una quede declarada como vencedora.
Esta sucesión cambia el clima de la sesión. La familia llega con un relato maestro: «esto pasa porque fulanito hace tal cosa». La terapeuta sucesiva no desmonta ese relato a fuerza de preguntas circulares. Lo desmonta dando espacio a la versión del otro, sin acusar al primero. Cuando Andrés escucha a Laura en boca de la terapeuta, con sus palabras, se produce un reconocimiento que el sistema no había producido por sí mismo. Cuando Laura escucha a Andrés en boca de la terapeuta, se topa con una narrativa que, hasta el momento, le había costado admitir. Ninguno de los dos ha sido convencido. Los dos han sido oídos. La diferencia es sutil, y clínica.
Hay una consecuencia ética que conviene no perder de vista. Si la terapeuta mantiene la postura de forma estable, semana tras semana, cada miembro de la familia termina recibiendo una cuota de validación que el sistema, en su equilibrio previo, no le daba. Esa cuota no arregla el conflicto. Lo que prepara es la base sobre la cual el conflicto puede empezar a discutirse sin que cada participante sienta que defiende su derecho a existir en la sesión. La postura es, por tanto, anterior a la intervención técnica: es la condición que permite que las demás intervenciones aterricen sin destruir la alianza con la persona equivocada.
De dónde sale: Boszormenyi-Nagy y Krasner (1986) y el oficio clínico de escuchar
La postura se desarrolla como guía clínica en Between Give and Take: A Clinical Guide to Contextual Therapy, donde Boszormenyi-Nagy y Krasner la presentan como una de las guías clínicas de la terapia contextual (1986). El texto de 1986 introduce un giro operativo dentro del modelo: la ética relacional necesita una manera concreta de llevarse al consultorio que no se quede en la formulación teórica. La parcialidad multidireccional es esa manera, y la guía clínica la describe paso a paso a lo largo de varios capítulos dedicados al trabajo con parejas, con familias reconstituidas y con familias en situaciones de enfermedad crónica o de cuidado prolongado.
El recorrido importa para entender el contraste. Boszormenyi-Nagy había observado que la neutralidad clínica, en el sentido clásico de «no tomar partido», dejaba a la familia sin un interlocutor comprometido. La familia llegaba con un nudo y se encontraba con un árbitro distante que, con buena intención, quedaba fuera del conflicto. La idea de sucesividad cambia el problema: en lugar de evitar el compromiso, lo reparte entre los miembros presentes. Cada uno recibe, por turno, un aliado temporal que devuelve su versión con precisión, sin traicionarla y sin declarársela vencedora. Esa devolución, en sí misma, ya es una intervención, y modifica la relación entre los miembros y entre los miembros y el terapeuta.
Si te interesa la formulación más amplia del modelo, el artículo sobre lealtades y ética relacional de la terapia contextual de Nagy trabaja el ledger, la lealtad invisible y el merecimiento. Aquí el centro es la postura del terapeuta, no el mapa del modelo. La frontera entre uno y otro es porosa: la postura sucesiva se entiende con más hondura si se sabe que Nagy concibe la familia como un tejido de crédito y débito moral. Pero la práctica se sostiene por sí misma. Quien quiera quedarse con la práctica sin discutir la teoría, puede hacerlo. Quien quiera leer la práctica con la teoría al lado, sale ganando, porque la postura lleva a la superficie del consultorio el mismo tipo de justicia invisible que Nagy postula para el vínculo.
Por qué importa una postura sucesiva cuando la familia llega con su versión armada
La familia llega a sesión con una versión armada. No llega con dos versiones en paralelo que estén dispuestas a escucharse. Llega con una versión vencedora ya construida y otra marginada ya olvidada. Es la forma habitual en que los sistemas familiares reorganizan el conflicto cuando una amenaza externa —el paso del tiempo, el nacimiento de un hijo, una crisis laboral, una infidelidad— los desestabiliza. Esa versión vencedora tiene un uso: ahorra a quien la sostiene el trabajo de preguntarse qué ha hecho él mismo para que el sistema se encuentre donde se encuentra. La versión marginada, a su vez, tiene una función complementaria: sostiene la cohesión del grupo cargando con la culpa de lo que no anda.
La postura sucesiva trabaja sobre esa versión armada. No la ataca de frente. La desarma dando aire a la versión marginada. Cuando Andrés escucha su propia queja en boca de la terapeuta, en su propio tono, descubre que la terapeuta no lo toma como adversario sistemático. Cuando Laura escucha la suya de vuelta, con la misma devolución, recibe el mismo mensaje. Esa experiencia concreta —ser escuchado por alguien que, un momento después, escucha al otro— resulta nueva para una familia que llevaba meses o años convencida de que sólo una de las versiones merecía aire en el espacio clínico.
La eficacia de la postura es paradojal. Si la terapeuta se inclinara por una de las versiones, perdería a la otra. Si intentara no inclinarse por ninguna, perdería a las dos. Al inclinarse por las dos, por turnos, gana algo distinto: la posibilidad de que cada miembro se interese por lo que la terapeuta le devuelve, sin sentir que su lugar en el consultorio corre peligro. Esa condición precede a la conversación sobre responsabilidad, sobre parentificación emocional e instrumental, sobre lealtades invisibles o sobre el peso del cuidado entre generaciones. Si la base de la escucha falla, lo que se construya encima se vendrá abajo en la próxima crisis familiar. Por eso la postura se enseña al inicio de la formación en terapia contextual, antes que el ledger, antes que el meriting, antes que el genograma ético: quien no aprende a escuchar sucesivamente no podrá sostener una sesión donde se hable de lealtad invisible.
Cómo se ve en sesión: cuatro movimientos del terapeuta sucesivo
El movimiento se repite, con variantes, en cada sesión. Cuatro pasos lo describen con detalle suficiente para empezar a practicarlo en aula y luego en consultorio supervisado.
1. Escuchar la versión de la persona que tiene la palabra. La terapeuta se concentra en una sola persona del sistema familiar. La mira. La deja terminar. Anota mentalmente las palabras clave. No corrige. No compara con la versión del otro. No propone ejemplos paralelos. La tarea es de atención clínica pura: recibir la versión en sus propios términos. Esa recepción tiene un efecto en la persona que habla. Nota que, por una vez, su versión no es interrumpida, no es relativizada, no es cruzada con la del otro. Esa ausencia de cruce ya es novedad dentro de un sistema acostumbrado a competir por la palabra.
2. Devolver la versión con las palabras de la persona. «Lo que te escucho decir es que, desde tu punto de vista, X, Y, Z». La devolución no añade. Tampoco quita. Si la persona habló con tres ejemplos, la devolución recoge los tres. Si habló con una metáfora, la devolución conserva la metáfora. Si nombró un afecto, la devolución lo nombra. Esto es delicado, porque la devolución es también el momento en que la terapeuta toma partido por esa versión: la repite con cuidado, la hace sonar de vuelta y le da espacio en el aire del consultorio. La persona que escucha la suya propia en boca de la terapeuta experimenta una validación estructural, no retórica, y la registra en el cuerpo antes de poder traducirla en palabras.
3. Pasar a la siguiente persona con un gesto explícito de transición. La transición debe ser visible. «Ahora me gustaría pasar a Andrés, que ha estado escuchando. Quiero saber cómo llegó a su lado esta misma situación». Ese gesto comunica dos cosas: que la terapeuta va a hacer con el otro lo mismo que hizo con el primero, y que el cambio de dirección no es deserción sino método. Sin transición explícita, el sistema familiar interpreta el silencio del terapeuta como toma de partido oculta hacia el recién atendido. La transición se vuelve el momento donde la terapeuta hace contrato abierto: «voy a escuchar a cada persona, no me alineo con ninguna, lo que acabo de hacer lo voy a repetir del otro lado».
4. Cerrar la sesión nombrando que las dos versiones pueden coexistir. «Hoy escuché a Laura decir X, Y, Z, y a Andrés decir A, B, C. Las dos versiones pueden ser ciertas al mismo tiempo. Eso no significa que las dos estén bien. Significa que las dos existen y merecen atención en esta sesión». El cierre no declara empate: el empate borra diferencias. El cierre declara coexistencia: las dos versiones ocupan el mismo espacio clínico. La próxima sesión, o dentro de varios meses, los miembros de la familia empezarán a negociar la suya propia a partir de la experiencia concreta de haber sido oídos por la misma persona que también oyó al otro. Esa experiencia sedimentada es el material con el que se trabaja a largo plazo.
La diferencia con la neutralidad del equipo de Milán
La confusión más frecuente con la parcialidad multidireccional es identificarla con la neutralidad del equipo de Milán. Selvini Palazzoli, Boscolo, Cecchin y Prata (1980) formularon tres guías para conducir la sesión: la hipótesis, la circularidad y la neutralidad. La neutralidad milanesa proponía que el terapeuta no se aliara con ningún miembro ni con ninguna coalición familiar, para mantener una posición metaposicional desde la cual observar el sistema. Esa guía buscaba la no-alineación como condición para pesquisir información sobre la modalidad relacional del sistema, y operaba con abstención deliberada del juicio moral dentro del campo clínico.
Nagy leyó esa guía y la discutió de frente. La neutralidad, tal como la proponía Milán, dejaba a la familia sin un interlocutor comprometido con cada uno de sus miembros. La parcialidad multidireccional nació como respuesta a esa insuficiencia: en lugar de no tomar partido, tomar el partido de cada uno, por turnos. La diferencia parece de matiz y es de fondo, y conviene desplegarla en una tabla que muestre postura, conducta del terapeuta y riesgo concreto, porque las tres escuelas —Milán, neutralidad clásica y parcialidad sucesiva— se confunden fácilmente en el pizarrón.
| Postura | Qué hace el terapeuta | Qué riesgo tiene |
|---|---|---|
| Neutralidad milanesa | No toma partido. Mantiene una posición metaposicional. Pesquisir cómo se relaciona el sistema. Formula hipótesis y circularidades sin aliarse con ninguno | Dejar a la familia sin un interlocutor comprometido. Convertir la sesión en arbitraje gris donde ninguna de las partes se sienta escuchada del todo |
| Parcialidad hacia uno | Toma partido por una persona o versión y mantiene esa alianza estable en la sesión | Excluir al otro. Reproducir la versión armada de la familia. Alinear al terapeuta con el sistema de alianzas previo a la consulta |
| Parcialidad multidireccional | Toma el partido de cada uno por turnos. Devuelve cada versión con sus palabras. Cierra nombrando la coexistencia | Cansancio del péndulo en sesiones largas. Pérdida del ritmo si la transición no se enuncia. Riesgo de leer la postura como ecuanimidad tibia |
La tercera columna no niega el aporte del equipo reflexivo del modelo de Milán, que sigue siendo referencia para la formación en terapia familiar y mantiene viva la invención técnica de la sesión milanesa. La postura sucesiva de Nagy parte de un punto distinto: si el terapeuta busca de forma explícita el equilibrio entre los miembros, vuelve a caer en una forma refinada de neutralidad. Si acepta tomar partido por un rato, y renunciar a ese partido antes de pasar al siguiente, esa aceptación vuelve la sesión habitable para cada persona por separado. La consecuencia práctica es directa. En sesión, la postura milanesa típica se sostenía con preguntas circulares que rodeaban a la familia sin tocar a ninguno por demasiado tiempo. La postura sucesiva se sostiene con devoluciones que tocan a cada persona de forma alternativa y explícita. No hay que elegir entre una y otra: en muchas sesiones se hace circularidad sobre las coaliciones observadas y se devuelve la versión de cada uno en los cierres parciales antes de la síntesis final.
En la vida de quien estudia: cómo reconocer cuándo ya tomaste partido sin darte cuenta
Quien empieza a formarse en terapia familiar sistémica suele descubrir, antes de aprender la técnica, que tiene partido tomado. No lo sabe al principio. Lo descubre cuando escribe la viñeta de una sesión y se sorprende defendiendo, sin querer, a la madre contra el padre, o a la hija adolescente contra la progenitora, o al padre contra la madre. Esa sorpresa es diagnóstica. La parcialidad se cuela antes de que la terapeuta tenga tiempo de nombrarla, y se aloja en el tono de la viñeta, en la elección de los verbos y en el orden de los párrafos. Volver sobre la viñeta ya escrita es uno de los hábitos formativos que tiene el estudiante en formación.
La forma más rápida de detectarla es escuchar el tono interno. Cuando la terapeuta piensa «esta madre no se da cuenta de lo que le hace a su hija», está empezando a tomar partido. Cuando piensa «este padre tendría que reaccionar de otra forma», también. Todo juicio que use el condicional o el futuro del indicativo sobre cómo la otra persona debería actuar es señal de que la escucha ha dejado de ser clínica y se ha vuelto evaluativa. Las preguntas circulares e hipotéticas ayudan a recuperar la postura porque obligan a formular las hipótesis en tercera persona: «¿qué cree X que piensa Y cuando Z?». La tercera persona no toma partido por ninguno de los presentes; describe relaciones entre figuras ausentes, y devuelve el observador a su posición clínica.
Otra señal de alerta es la impaciencia. Si la terapeuta siente urgencia por pasar a la siguiente persona antes de que la primera termine, la postura se está inclinando. La impaciencia suele ocultar una toma de partido silenciosa: la versión de la próxima persona parece más interesante, más razonable o más cercana a la hipótesis clínica de la terapeuta. Esa «más interesante» es la bandera roja. La recomendación operativa es modesta: revisar la viñeta de la sesión antes de escribir el cierre. Si en la viñeta aparecen juicios sobre cómo alguien «debería» actuar, hay que reescribir. Si la sesión sólo tiene devoluciones para una persona del sistema, hay que revisar el plan de la próxima sesión para devolver la versión del otro y abrir con él. La repetición de la corrección es la forma más honesta del aprendizaje.
Distinción con la alianza terapéutica de a dos: en pareja o familia, aliarse con uno es dejar afuera al otro
En terapia individual, la alianza terapéutica es una relación entre dos personas: paciente y terapeuta. Se construye sobre el vínculo, la tarea y el objetivo, y se monitoriza con la misma atención durante meses o años. Cuando esa formulación se traslada sin ajustar a la terapia de pareja o de familia, produce un problema clínico poco visible al inicio y costoso más adelante: la alianza con uno se convierte, en la misma sesión, en exclusión del otro. Si la terapeuta construye una alianza cálida con Andrés, Laura sentirá que el espacio clínico se inclinó en su contra. Si la alianza es cálida con Laura, Andrés la leerá como toma de partido, y la próxima sesión entrará defendiéndose.
La parcialidad multidireccional resuelve esa tensión mediante el relevo. La alianza no se construye con cada persona como un destino, sino como una estación. La terapeuta construye una alianza robusta con Laura durante una parte de la sesión, la cierra con un gesto explícito, y pasa a construir una alianza equivalente con Andrés. Lo que se gana al final del ciclo es una relación terapéutica con el sistema familiar en su conjunto, no con cada uno de sus miembros por separado. La familia sale de la sesión con la experiencia de haber sido tratada como un conjunto habitado por personas distintas, no como un paquete que debe alinearse detrás de una versión. Esa salida es ya un resultado clínico.
La distinción importa sobre todo cuando la consulta toca temas delicados. En una sesión sobre infidelidad desde la mirada sistémica, por ejemplo, la tentación de empatizar más con quien descubrió la infidelidad es comprensible. Empatizar sólo con esa persona reproduciría, dentro del consultorio, la asimetría de poder que la infidelidad introdujo en la pareja. La postura sucesiva pide a la terapeuta recibir la versión de quien descubrió y, en el mismo movimiento, recibir la versión de quien fue descubierto, sin pedirle a ninguno que justifique su lugar en la sesión. La asimetría inicial se trabaja después, en sesiones dedicadas, sin que el primer encuentro haya fijado un campo clínico parcial.
Cuatro errores frecuentes al aplicar la postura
La postura se enseña con un libro en la mano y se aprende con las propias viñetas bajo el brazo. Cuatro errores reaparecen en terapeutas noveles y también en terapeutas con años de práctica que están migrando desde la neutralidad milanesa o desde la terapia individual a la terapia familiar sucesiva.
Primer error: convertir la sucesión en alternancia mecánica. Cambiar de persona cada cinco minutos, sin importar el contenido, vacía la devolución de su efecto clínico. La terapeuta que rota por turnos simétricos produce dos versiones superficiales que ninguna persona de la familia reconoce como propias. La sucesión correcta requiere tiempo: quedarse con cada persona lo suficiente como para que la devolución tenga peso. Si la persona habla de algo complejo, la devolución recoge esa complejidad. Si habla con brevedad, la devolución puede ser breve. El ritmo lo marca el material, no el reloj del consultorio.
Segundo error: ampliar la versión del otro con inferencias propias. «Lo que te escucho decir es que te sientes abandonada porque tu marido prefiere el trabajo». Esa devolución añade una inferencia —«porque tu marido prefiere el trabajo»— que no estaba en el relato original. La postura exige fidelidad al contenido expresado. La inferencia desplaza la versión del paciente hacia la hipótesis del terapeuta y reintroduce, de manera subrepticia, una toma de partido. La devolución es del paciente, no del terapeuta que opina. Una regla útil: si la frase no la dijo la persona, no la pongas en su boca.
Tercer error: quedarse con la versión que más cuesta devolver. Hay versiones difíciles de devolver: la del miembro que agrede verbalmente a otro, la del que justifica su silencio con argumentos racionales, la del que se victimiza de manera recurrente. Devolver esas versiones requiere un oído clínico que no se inmute. La terapeuta que las evita y pasa de largo a la siguiente persona rompe la sucesión y, de paso, le comunica al sistema que algunas versiones no son bienvenidas en la sesión. La regla operativa: si una versión incomoda, hay que devolverla con mayor cuidado, no saltarla.
Cuarto error: confundir el cierre de coexistencia con un veredicto neutral. El cierre de la sesión no debe decir «las dos partes tienen razón». Debe decir «las dos versiones pueden coexistir en el espacio clínico, y lo que hagamos con ellas en las próximas sesiones depende de cómo cada uno las vaya a sostener». El cierre neutral simétrico borra diferencias y entrega a cada parte el mensaje de que su contenido fue declarado irrelevante. La coexistencia nombra las diferencias y las deja en juego. La próxima sesión parte de un registro más rico que la primera.
Preguntas frecuentes sobre la parcialidad multidireccional
¿La parcialidad multidireccional es lo mismo que la neutralidad?
No. La neutralidad busca que el terapeuta no tome partido y conserve una posición metaposicional desde la cual pesquisir el sistema. La parcialidad multidireccional toma partido por cada persona presente, por turnos. Una se aleja del compromiso del terapeuta con las versiones que circulan en la sesión; la otra entra en cada versión con compromiso temporal y devuelve a continuación. La neutralidad opera por abstención; la parcialidad sucesiva opera por inclusión alternada. Ambas son posturas clínicas respetables, pero producen climas de consultorio muy distintos.
¿En qué se diferencia de tomar partido?
Tomar partido por uno, en sesión de pareja o familia, deja afuera al otro. La persona excluida suele interrumpir, escalar el conflicto o abandonar la sesión temprano. La parcialidad multidireccional toma partido por cada uno en momentos sucesivos y explícitos, y comunica la regla desde el inicio. La alianza con uno se cierra antes de abrirse con el siguiente, de modo que ninguna persona queda fuera del campo clínico. El momento del cierre, además, se enuncia en sesión para evitar que el sistema familiar lo lea como traición.
¿Es exclusiva de la terapia contextual?
En la formulación original, sí. Boszormenyi-Nagy y Krasner la propusieron como guía clínica del modelo contextual. La idea, sin embargo, ha sido adoptada por terapeutas formados en otras tradiciones sistémicas, sobre todo cuando la familia consultante pide al terapeuta un compromiso más explícito con su dolor. La postura también se ha llevado a la mediación y al trabajo con familias de adolescentes. Lo que cambia fuera del modelo contextual es la justificación teórica que sostiene el movimiento; la conducta clínica es la misma.
¿Cuándo se aplica en sesión individual?
En sesión individual, la postura se aplica al terapeuta consigo mismo cuando el paciente describe relaciones con terceros significativos. La persona que está en el consultorio puede hablar desde la versión de un padre, de una expareja o de un hijo ausente. El terapeuta identifica cada una de esas voces internas y devuelve al paciente la versión de cada interlocutor ausente con las palabras del paciente. La sucesión no desaparece: cambia de eje y pasa de los miembros presentes a las versiones internas que el paciente carga de sus relaciones pasadas. El paciente recibe entonces una imagen más densa de su propio campo relacional.
¿Cómo evitar caer en una alianza encubierta con uno de los miembros?
Revisando la viñeta al final de cada sesión. Si la devolución de una persona es más larga, más detallada o más empática que la del otro, la alianza encubierta ya está operando. La corrección es estructural: en la sesión siguiente, comenzar por la persona menos devuelta, devolverle con la misma minuciosidad, y hacer explícito el gesto. Comunicar la regla también ayuda: «en esta sesión paso un tiempo con cada persona; a veces la cantidad de tiempo es similar, a veces depende de lo que hay que trabajar». La regla enunciada desarma la interpretación de toma de partido silenciosa y vuelve el procedimiento parte del contrato clínico.
¿Y con niños, adolescentes y personas con dificultad para hablar?
Con niños, la devolución usa el juego y el dibujo. La terapeuta devuelve la versión del niño en el material que el niño produjo. Con adolescentes, la devolución puede usar las palabras exactas que el adolescente escribió en un chat o dijo en una sesión anterior. Con personas con afasia o con deterioro cognitivo, la devolución es conductual: la terapeuta actúa en consecuencia con lo que la persona señaló. Lo que se mantiene, sea cual sea la modalidad de comunicación, es la regla de tomar partido por cada persona por turnos. La forma de la devolución se adapta; la lógica de la postura, no.
Referencias
Las siguientes referencias primarias sostienen lo expuesto en el artículo. El ángulo del lado del terapeuta se formula en Boszormenyi-Nagy y Krasner (1986); el contraste clínico con la neutralidad procede de Selvini Palazzoli, Boscolo, Cecchin y Prata (1980).
- Boszormenyi-Nagy, I. y Krasner, B. R. (1986). Between give and take: A clinical guide to contextual therapy. Family Relations, 36(3), 349. https://doi.org/10.2307/583562
- Selvini Palazzoli, M., Boscolo, L., Cecchin, G. y Prata, G. (1980). Hypothesizing, circularity, neutrality: Three guidelines for the conductor of the session. Family Process, 19(1), 3-12. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1980.00003.x