
Lunes, diez de la mañana, consultorio en la colonia Roma, Ciudad de México. Una pareja llega con su hijo de catorce años que se niega a salir de la recámara desde marzo. La madre le pide a la terapeuta que lo haga entrar en razón. El padre cruza los brazos y mira el piso. Detrás de la puerta, dos colegas esperan junto a una cámara Gesell apagada y un juego de sillas desmontables que trajeron específicamente para esta sesión. La terapeuta no les pasa el caso por el espejo ni les cuchichea por el teléfono interno. Les pide que se sienten al lado de la familia, en diagonal, sin grabadora y sin libreta. Cuando termina la conversación clínica, les dice que van a conversar diez minutos delante de la familia, sobre lo que la sesión les trajo, sin diagnósticos, sin recomendaciones, sin señalar a una persona en particular. La familia va a escuchar. Esa conversación, y no otra, se llama equipo reflexivo.
Esta escena es la unidad mínima de lo que Tom Andersen publicó en 1987 en Family Process bajo el título “The Reflecting Team: Dialogue and Meta-Dialogue in Clinical Work”. Es también el punto donde el modelo de Milan cambia de forma silenciosa y formal: el equipo deja de deliberar a espaldas de la familia y pasa a deliberar delante de ella.
En Psique Académica ya recorrimos hace un tiempo cómo trabaja la Escuela de Milan cuando formula preguntas circulares, hipotetiza desde la curiosidad y sostiene la neutralidad (Escuela de Milan: preguntas circulares, hipótesis y neutralidad). Aquí vamos al siguiente paso: la ronda, quién habla, qué se dice, qué se calla, y qué papel cumple la ética de no-expertos cuando el equipo reflexiona delante de la familia en lugar de hacerlo detrás del espejo.
Resumen rápido
- El equipo reflexivo es un procedimiento sistémico en el que el equipo clínico conversa delante de la familia, no a sus espaldas, sobre lo que la sesión les trajo.
- Lo formaliza Tom Andersen en 1987 en Family Process, dialogando con la tradición de Milan (Selvini, Boscolo, Cecchin y Prata, 1980).
- Antes, Milan clásico usaba un equipo estratégico detrás del espejo unidireccional; Andersen invierte el lugar del equipo y, sobre todo, invierte la escucha: la familia pasa a oír la conversación clínica.
- La ronda sigue reglas precisas: observación pública, lenguaje cotidiano, sin diagnósticos, sin recomendaciones, sin secretos, con turnos cortos.
- El equipo reflexivo se distingue del equipo estratégico detrás del espejo en que el primero pone la conversación clínica al alcance del oído de la familia y abandona el secreto técnico sobre la hipótesis del caso.
- La ética que lo sostiene es la de no-expertos: ninguno de los clínicos sabe más de la vida de esa familia que la propia familia.
- Su utilidad clínica aparece sobre todo en parejas y familias atrapadas en luchas de poder o en duelos congelados, donde la observación externa abre descripciones que la conversación clínica sola no había producido.
Definición
Equipo reflexivo es un dispositivo clínico en el que dos o más profesionales, junto con la familia, sostienen una conversación deliberadamente abierta sobre lo que la sesión les trajo. El equipo comenta sus impresiones en lenguaje corriente, frente a la familia, sin emitir diagnósticos ni prescribir tareas, y la familia decide qué tomar de esa conversación (Andersen, 1987).
De Milan clásico al reflecting team: el giro de Andersen
El equipo detrás del espejo en Milan clásico
Milan clásico, en su texto fundacional de 1980, define la sesión como un encuentro entre la familia y un equipo que se sitúa detrás de un espejo unidireccional (Selvini, Boscolo, Cecchin y Prata, 1980). El terapeuta habla con la familia, el equipo observa. Al final, el equipo redacta un comentario o una consigna que el terapeuta lee a la familia. La conversación entre los clínicos queda oculta. La hipótesis de trabajo, formulada como circularidad de interacciones, no se expone. El sistema terapéutico se mantiene opaco, en parte como herencia de la tradición médica y en parte como decisión clínica: la familia no tiene por qué cargar con el lenguaje del equipo.
Esa opacidad cumplió una función en su momento. Permitía sostener hipótesis nuevas sin que la familia las confirmara o rechazara de inmediato por cortesía. Permitía también proteger la neutralidad, en su sentido sistémico: el clínico se ubica en el centro de la danza relacional sin aliarse con un miembro. Cecchin (1987) revisó en profundidad esa idea y propuso que la neutralidad se sostiene por la curiosidad, no por el secreto.
“La neutralidad operativa no exige ocultar la hipótesis. Exige sostener la curiosidad frente al caso. La curiosidad es la forma activa de la neutralidad” (Cecchin, 1987).
Esa apertura fue la grieta por donde entró Andersen. Cecchin venía trabajando en la tradición milanesa; Andersen, formado también en esa tradición pero instalado en el norte de Noruega, necesitaba un dispositivo que no cayera en el secreto técnico y, al mismo tiempo, no traicionara la lógica sistémica.
Andersen 1987: la familia como oyente del equipo
Tom Andersen era un psiquiatra noruego formado en la tradición sistémica que trabajó muchos años con comunidades rurales del norte de Noruega. En 1987 publica “The Reflecting Team” en Family Process (Andersen, 1987). El texto es breve y concreto. Andersen propone algo simple en la forma y radical en las consecuencias: durante los últimos minutos de la sesión, el equipo conversa en voz alta, frente a la familia, sobre lo que la sesión les trajo. La familia escucha. El equipo no formula recomendaciones ni hipótesis cerradas. Habla en plural sobre sí mismo: “nosotros pensamos”, “esto nos trajo esta imagen”, “esta es la pregunta que nos queda”. Cuando termina la ronda, el terapeuta pregunta a la familia qué tomó de lo escuchado y qué pasó por alto.
Esta inversión desplaza tres cosas a la vez. Primero, desplaza el lugar de la escucha: la familia pasa de ser objeto del comentario clínico a ser oyente del comentario clínico. Segundo, desplaza el lugar del saber: el equipo deja de tener acceso reservado a la verdad del caso y se expone a ser repreguntado por la familia. Tercero, desplaza el lugar de la neutralidad: ya no se sostiene por el secreto del equipo, sino por la voluntad del equipo de hablar con curiosidad y no con certeza.
| Elemento | Milan clásico (detrás del espejo) | Reflecting team (Andersen, 1987) |
|---|---|---|
| Lugar del equipo | Sala Gesell, fuera de la vista | Misma sala, en diagonal o frente a la familia |
| Comentario clínico del caso | Leído por el terapeuta al final, redactado por el equipo | Conversación pública del equipo, en la sesión |
| Lugar de la hipótesis | Oculta, en la libreta del equipo | Expuesta como versión provisional, en plural |
| Reacción de la familia | Recibe consigna o comentario | Escucha y decide qué tomar |
| Forma de la neutralidad | Opacidad operativa | Curiosidad sostenida, sin certeza |
| Riesgo clínico persistente | Acuerdo táctico rígido si se aplica con dureza | Sobreinterpretación o conversión en espectáculo |
Tomm y la conversación reflexiva como intervención
Karl Tomm, en el mismo número de Family Process de 1987, publica una serie en dos partes sobre la “entrevista interventiva” (Tomm, 1987a; Tomm, 1987b). Aunque su foco son las preguntas reflexivas del terapeuta, su marco conceptual prepara el terreno para el equipo reflexivo: Tomm distingue preguntas lineales, circulares, estratégicas y reflexivas. Las preguntas reflexivas invitan al entrevistado a observar su propia situación desde un lugar nuevo. El equipo reflexivo traslada ese mismo movimiento a la conversación entre clínicos. El giro de Andersen y la conceptualización de Tomm se citan juntos porque abren la misma puerta: la terapia familiar como conversación reflexiva, no como instrucción.
“Las preguntas reflexivas no resuelven un problema. Invitan al entrevistado a mirar el problema desde un lugar que aún no había ocupado” (Tomm, 1987b).
Miller y Lax: del grupo de supervisión al dispositivo clínico
En 1988, Dean Miller y William Lax publican “Interrupting Deadly Struggles: A Reflecting Team Model for Working with Couples” en el Journal of Strategic and Systemic Therapies (Miller y Lax, 1988). Su aporte es clínico: llevan el dispositivo de Andersen al trabajo con parejas atrapadas en luchas de poder sostenidas, y describen reglas concretas para moderar la ronda cuando la pareja está enojada, cómo concluir la ronda sin prescribir y cómo evitar que la observación del equipo se vuelva un veredicto. Es uno de los textos que más ha orientado la implementación del equipo reflexivo en consulta. Miller y Lax recomiendan, además, que el equipo observe la sesión clínica desde otra sala y entre a la ronda solo para los últimos minutos, así la transición conserva la dignidad del dispositivo.
Gehart: la ética del no-experto
En 2018, Diane Gehart publica en el Journal of Marital and Family Therapy un artículo sobre el legado de Tom Andersen, ya fallecido en 2014 (Gehart, 2018). Su tesis es ética: el equipo reflexivo funciona cuando los clínicos sostienen la postura de no-expertos. Esto significa que ninguno del equipo afirma saber más sobre la vida de esa familia que la propia familia. Cuando esa postura se pierde, la ronda se transforma en escena de poder: el equipo diagnostica, la familia se somete, la sesión deja de ser conversación y vuelve a ser consulta médica vertical. Gehart conecta esta ética con la curiosidad de Cecchin (1987) y con la noción de cibernética de segundo orden. Por eso el equipo reflexivo no es solo una técnica: es una decisión ética sobre el tipo de saber que el clínico se atribuye.
Cómo se hace una ronda: pasos concretos
Antes de la sesión
Antes de la sesión, el terapeuta titular aclara tres cosas con su equipo:
- Quiénes hablan. Por lo general, el equipo se compone de dos o tres clínicos con formación sistémica. Uno modera, uno o dos comentan. El terapeuta titular puede hablar o no, según el caso.
- Qué duración tendrá la ronda. Andersen proponía diez minutos. En la práctica oscila entre cinco y quince, según el caso y la atención de la familia.
- Qué se evitará. Diagnósticos cerrados, recomendaciones, lectura de la infancia de los miembros de la familia, interpretación del síntoma, y una frase en primera persona del singular que aluda a un plan para la familia.
Durante la sesión clínica
La sesión clínica corre como una sesión sistémica habitual: el terapeuta conversa con la familia, formula preguntas, despliega la circularidad y la curiosidad, y toma nota mental de las observaciones que después comentará el equipo. Al final del tiempo clínico, el terapeuta pasa la palabra al equipo. La familia no se va a otra sala. Sigue presente.
La ronda
El equipo se organiza en semicírculo, mirando al vacío o mirándose entre sí, no directamente a la familia. Uno modera y abre: “Nos quedamos pensando en tres cosas de esta sesión”. El primer comentarista hace su observación en lenguaje cotidiano, en plural y en tono de curiosidad. El segundo comentarista aporta, conecta o amplía, también en plural y en tono de curiosidad. El moderador cierra la ronda con una pregunta breve que devuelve la palabra a la familia: “¿Qué les quedó?”.
Una ronda bien hecha respeta estas reglas:
- Hablar en plural: “nosotros imaginamos”, “nos trajo esta idea”, “nos preguntamos”.
- Hablar en pasado: “lo que vimos”, “lo que nos llamó”.
- Hablar en condicional: “sería interesante pensar si…”, “nos preguntamos si…”.
- Cuidar el tono: sin solemnidad médica, sin risa nerviosa, sin complicidad entre clínicos.
- Cuidar la postura: sin señalar a ningún miembro de la familia.
- Cuidar la duración: terminar antes de que la familia pierda la atención.
Después de la ronda
La familia comenta. El terapeuta titular sostiene lo que la familia comenta con preguntas abiertas: “¿Qué les llamó?”, “¿Qué descartaron?”, “¿Qué prefieren seguir pensando?”. No se interpreta lo que la familia no dijo. No se vuelve sobre la ronda para aclararla en detalle.
Lo que se dice y lo que no se dice
Uno de los errores más extendidos es confundir el equipo reflexivo con una supervisión encubierta o con un comentario clínico clásico. La diferencia es precisa y se sostiene en el lenguaje.
| Lo que sí se dice | Lo que no se dice | Por qué importa |
|---|---|---|
| “Nos llamó la atención cómo se turnaban para cuidar a la madre”. | “El hijo tiene un vínculo simbiótico con la madre”. | Mantener el nivel de observación, no de interpretación clínica. |
| “Nos preguntamos si el padre está cansado o si quiere mostrar que está cansado”. | “El padre está deprimido y necesita medicación”. | Conservar la curiosidad de Cecchin, no la certeza diagnóstica. |
| “Esta sesión nos trajo la imagen de una casa con varias puertas cerradas”. | “La familia está disfuncional y debe abrirse al cambio”. | Devolver una metáfora que la familia pueda tomar o dejar. |
| “Nos imaginamos que el viaje al sur está relacionado con el nacimiento del hermano”. | “El viaje es una huida del conflicto edípico”. | Dejar las hipótesis abiertas, sin psicoanalizarlas. |
| “Nos quedamos pensando qué los sostiene en venir a sesión”. | “La alianza terapéutica es frágil, hay que fortalecerla”. | Hablar de lo que observamos, no de lo que la familia debe producir. |
Clínica: una sesión con una pareja y un hijo en silencio
Motivo de consulta
Una pareja llega al consultorio en una capital andina. El motivo de consulta es su hijo de catorce años, en silencio selectivo desde hace cuatro meses, especialmente con la madre. La madre interpreta el silencio como rechazo. El padre lo lee como una fase. El hijo ha vuelto a dormir en la cama de los padres. La pareja discute por la noche sobre cómo actuar. La escuela reporta aislamiento progresivo.
Sesión con equipo reflexivo
La terapeuta titular hace una sesión de cuarenta minutos con los tres. Preguntas circulares, hipotetización suave, neutralidad operativa. No entrega hipótesis. Pregunta al hijo qué haría si la sesión fuera suya. El hijo responde, por primera vez, con una frase corta: “Me gustaría que no me preguntaran cómo me siento”. La terapeuta agradece y devuelve la frase a la madre.
A los cuarenta minutos, la terapeuta hace pasar al equipo. Dos clínicos jóvenes y una supervisora. Se sientan en semicírculo. La terapeuta aclara: “Ellos van a conversar diez minutos sobre lo que se les movió hoy. Pueden escucharlos. Después conversamos sobre qué les quedó”. La ronda empieza.
La primera comentarista observa: “Nos llamó la atención que el hijo se sentó en la silla más alejada de la madre al inicio y, al final, en la silla más cercana al padre”. El segundo comentarista añade: “Nos preguntamos si la frase del hijo fue una prueba o un pedido, y si la madre puede escucharlo en cualquiera de los dos registros”. La moderadora cierra: “Nos quedó una pregunta sobre qué lugar le cabría a cada uno en la próxima sesión”. El equipo se retira de la sala. Los padres se miran. La madre dice: “No me habían dicho eso antes. Creía que era el terapeuta el que tenía que decírmelo”.
Lectura clínica
Hay tres movimientos visibles en esta escena. Primero, la observación del equipo le ofrece a la madre una descripción espacial que no había tenido: la distancia entre ella y su hijo se movió durante la sesión. Esa descripción cambia la pregunta. Segundo, la frase “no me preguntaran cómo me siento” deja de ser un pedido de atención o un síntoma y pasa a ser leída por la madre como un pedido legítimo. Tercero, el equipo no diagnosticó al hijo ni a la madre. Habló de lo que vio y de lo que se preguntó.
La sesión siguiente suele citarse en la formación como el momento donde la madre empieza a preguntar de otra forma. El hijo sigue callado al inicio, pero ya ha dejado claro qué necesita. La observación pública del equipo ofreció a la familia una versión del vínculo que la terapeuta, sola, no podría haber producido en el mismo tiempo.
Errores frecuentes
Confundir el equipo reflexivo con la supervisión tradicional
El equipo reflexivo no supervisa al terapeuta. La familia está presente. El equipo habla para que la familia escuche. La supervisión tradicional ocurre después de la sesión, sin la familia, y se centra en la práctica del clínico. El equipo reflexivo es un dispositivo clínico, no uno formativo. Cuando se usa solo para supervisar al terapeuta titular, el equipo pierde su función y la familia se vuelve público pasivo de una conversación que no le concierne. La diferenciación se nota también en el tono: en supervisión se habla de “caso”, aquí se habla de “lo que nos trajo esta sesión”.
Atribuir el reflecting team a Selvini
Selvini y su equipo fueron pioneros del equipo detrás del espejo, no del equipo reflexivo. La confusión es comprensible, pero importa para la genealogía: Milan clásico sostiene la opacidad operativa del equipo. Andersen toma parte de esa herencia y la subvierte. Si se pierde esa distinción, se pierde la diferencia ética que Gehart (2018) señala como núcleo del dispositivo.
Creer que el equipo da el diagnóstico
El equipo reflexivo no formula hipótesis cerradas, no prescribe tareas, no asigna roles. Esa es su potencia: ofrece descripciones en plural y deja que la familia decida. Cuando el equipo comenta en lenguaje interpretativo ya fijado, la sesión se convierte en una consulta médica vertical y la familia se somete o se rebela. Ambos desenlaces son clínica perdida.
Hablarle a la familia durante la ronda
Es un error físico y conceptual. El equipo habla mirando al vacío o mirándose entre sí, no a los ojos de la familia. Cuando un clínico mira a la madre y le dice “nosotros vemos que usted está cansada”, la ronda se vuelve mensaje directo. La metáfora se transforma en diagnóstico. La conversación se convierte en espejo y pierde su cualidad reflexiva.
Alargar la ronda
Siete minutos de ronda suelen alcanzar. Diez minutos marcan un borde. Más de quince, la familia pierde atención, los clínicos empiezan a decorar y el dispositivo se vuelve ceremonia. Andersen mismo lo señaló en entrevistas tardías.
Usar la ronda como escape de la sesión clínica
Hay terapeutas que, incómodos con el caso, transfieren a la ronda el trabajo clínico. Comentan más de lo necesario, ocupan el tiempo destinado a la familia y reducen la sesión a un comentario largo. Es la forma rápida de vaciar el dispositivo.
Para qué sirve y para qué no
El equipo reflexivo tiene su indicación clínica más clara en familias y parejas con dos características: el sistema está atrapado en una lucha de poder sostenida y los miembros han agotado sus descripciones del problema. En esos casos, la observación pública externa abre descripciones nuevas. Funciona particularmente bien en duelos congelados, en adolescentes en silencio, en padres separados en conflicto crónico y en familias que han pasado por varios dispositivos sin avances.
El equipo reflexivo no reemplaza la sesión clínica cuando el problema es la seguridad. Si hay violencia intrafamiliar activa, abuso, ideación suicida o riesgo cierto para un menor, la ronda se suspende. Esos casos requieren intervenciones directas antes de un procedimiento reflexivo. Tampoco sustituye la consultoría psicológica individual cuando el caso la pide, ni la psicoeducación familiar cuando la familia necesita primero entender el cuadro.
El equipo reflexivo no es una técnica neutra. Su éxito depende de la postura ética del equipo. Gehart (2018) lo describe así: el equipo reflexivo florece en un marco de no-expertos. Cuando esa postura se pierde, el dispositivo se convierte en consulta médica vertical.
Diferencias con dispositivos cercanos
El equipo reflexivo suele compararse con tres figuras cercanas y distintas. Vale la pena explicitarlo porque la confusión es frecuente.
| Dispositivo | Quiénes participan | Cuándo ocurre | Saber clínico |
|---|---|---|---|
| Supervisión tradicional | Terapeuta y supervisor, sin la familia | Después de la sesión | Del clínico y del supervisor |
| Equipo estratégico Milan (detrás del espejo) | Terapeuta y equipo, familia al otro lado | Durante la sesión | Del equipo, en opacidad operativa |
| Grupo de padres o psicoeducación | Varios padres, con facilitador | Sesiones paralelas a la clínica | Del facilitador y del grupo |
| Equipo reflexivo (Andersen) | Equipo y familia, en la misma sala | En los últimos minutos de la sesión, en voz alta | De la familia, observada por el equipo |
Otros dispositivos donde aparece el giro reflexivo
El giro reflexivo de Andersen inspira desarrollos posteriores. Andersen mismo promovió la conversación pública en comunidades terapéuticas y en grupos de evaluación sin diagnóstico. Tomm (1987a; 1987b) había preparado el terreno al conceptualizar las preguntas reflexivas como una categoría distinta a las lineales, circulares y estratégicas. Miller y Lax (1988) lo llevaron a parejas con conflictos de alta intensidad. Gehart (2018) sistematizó la ética del no-experto. Más adelante, las comunidades de prácticas narrativas y los dispositivos de terapia colaborativa recogieron esta herencia.
En la formación clínica latinoamericana, el equipo reflexivo se enseña sobre todo en programas de terapia familiar sistémica. Aparece también en espacios de salud mental comunitaria en los que se busca abrir el saber clínico a los equipos locales. La Escuela de Milan provee el marco de pensamiento circular e hipótesis. El Modelo de Palo Alto: comunicación, síntoma y cambio aporta la tradición de la pragmática de la comunicación. La Terapia estratégica de Jay Haley: directivas y tareas paradójicas ofrece el entrenamiento en directivas y tareas. La noción de paciente identificado y familia sistémica ayuda a leer quién carga el síntoma en una familia. La pregunta del milagro en terapia breve de soluciones también dialoga con la ronda, en su forma de instalar la escucha desde otro lugar. Y los 3 factores del psicoterapeuta que importan en cada sesión son el suelo sobre el que el equipo reflexivo puede sostenerse. La particularidad del equipo reflexivo está en el giro que ninguna de esas tradiciones abordaba por separado: el equipo habla delante de la familia.
Una nota ética
“La ética de no-expertos es lo que sostiene el dispositivo. La familia sabe más de su vida que el equipo. Cuando se olvida eso, la ronda deja de ser conversación y vuelve a ser consulta” (Gehart, 2018, sobre la herencia de Andersen).
Esa frase, que Gehart pone como síntesis del legado de Andersen, articula la ética del dispositivo. La familia no es objeto de estudio. La familia es oyente del estudio. Si se pierde esa diferencia, el dispositivo colapsa.
Aplicación a la formación clínica
El equipo reflexivo se enseña en tres movimientos sucesivos: primero como participante del equipo, después como comentarista de la ronda y, finalmente, como terapeuta titular que organiza el dispositivo. Cada paso requiere práctica supervisada. La regla de oro es no introducir el dispositivo como experimento con la familia sin antes haberlo practicado dentro del equipo. Practicarlo mal con la familia produce dos consecuencias: la familia se inhibe y el equipo clínico aprende a esconderse del espejo unidireccional.
En contextos de formación, también se usa el equipo reflexivo como recurso de aprendizaje entre iguales. Los residentes observan una sesión de un colega y, al final, hacen una ronda breve delante de la familia, supervisados por un docente. Esa variante conserva la lógica del dispositivo y, al mismo tiempo, integra la formación en el acto clínico. Lo importante es no abandonar la regla de hablar en plural y en condicional; los residentes tienden a hablar en imperativo, y el efecto clínico es el opuesto al deseado.
Preguntas frecuentes
¿El equipo reflexivo reemplaza al terapeuta titular?
No. El equipo reflexivo requiere un terapeuta titular que coordine la sesión, sostenga la conversación clínica y devuelva la palabra a la familia al final de la ronda. Sin terapeuta titular, la ronda se vuelve comentario sin destino clínico.
¿Quién decide los temas de la ronda?
El equipo clínico decide los temas de la ronda, no la familia. Pero la familia decide qué tomar y qué dejar. Esa asimetría es deliberada. Andersen la pensó así porque la familia no puede decirlo todo en el momento de la sesión; el equipo abre el campo, la familia cosecha.
¿Y si la familia se va molesta?
Es una de las reacciones posibles. Cuando ocurre, el clínico titular la trabaja en la sesión siguiente con curiosidad, no con disculpas defensivas. La molestia es información útil sobre lo que la familia esperaba del espacio y sobre la rigidez que el dispositivo puede introducir si la familia no estaba preparada.
¿Se puede usar con familias donde hay violencia?
Con violencia activa, el equipo reflexivo se suspende. Requiere intervenciones directas, derivación y, en muchos casos, coordinación con la red de protección. Una ronda reflexiva frente a una pareja con violencia activa puede ser leída por la víctima como nueva escena de abuso o como complicidad del equipo. El dispositivo no está diseñado para esa situación.
¿Cuántos clínicos necesita el equipo?
Por lo general dos o tres, además del terapeuta titular. Un equipo de cinco o seis convierte la ronda en coloquio y roba atención a la familia. Andersen recomendaba tres: un moderador, dos comentaristas. En contextos formativos se usan más, pero se les entrena a hablar poco y en plural.
¿Se puede usar en terapia individual?
No en su forma clásica. La ronda tiene sentido como conversación oída por la familia. En sesión individual, la observación pública del equipo termina funcionando como intervención en sí misma, lo que cambia el dispositivo. Andersen lo pensó para familias y parejas. Para trabajo individual existen otros formatos reflexivos derivados de su propuesta, pero no son el equipo reflexivo.
¿Qué pasa si el clínico titular quiere hablar durante la ronda?
Puede hacerlo, pero suele ser preferible que reserve su palabra para el final, cuando comenta con la familia lo que escuchó. Hablar durante la ronda puede convertir al titular en voz cantante y desplazar al equipo. La excepción es cuando el titular modera y abre o cierra la ronda. Aun así, hablar como comentarista desdibuja la diferencia entre observar y sostener.
Referencias
- Andersen, T. (1987). The reflecting team: Dialogue and meta-dialogue in clinical work. Family Process, 26(4), 415-428. Andersen, 1987
- Cecchin, G. (1987). Hypothesizing, circularity, and neutrality revisited: An invitation to curiosity. Family Process, 26(4), 405-413. Cecchin, 1987
- Gehart, D. (2018). The legacy of Tom Andersen: The ethics of reflecting processes. Journal of Marital and Family Therapy, 44(3), 411-423. Gehart, 2018
- Miller, D., y Lax, W. D. (1988). Interrupting deadly struggles: A reflecting team model for working with couples. Journal of Strategic and Systemic Therapies, 7(3), 16-23. Miller y Lax, 1988
- Selvini, M. P., Boscolo, L., Cecchin, G., y Prata, G. (1980). Hypothesizing-circularity-neutrality: Three guidelines for the conductor of the session. Family Process, 19(1), 3-12. Selvini et al., 1980
- Tomm, K. (1987a). Interventive interviewing: Part I. Strategizing as a fourth guideline. Family Process, 26(1), 3-13. Tomm, 1987a
- Tomm, K. (1987b). Interventive interviewing: Part II. Reflexive questioning. Family Process, 26(2), 167-183. Tomm, 1987b