
Definición
El objeto transicional, según Donald Winnicott, es el primer objeto que el bebé siente como propio pero distinto de sí, como una manta o un peluche. Sustituye de manera simbólica al pecho materno y ayuda al niño a pasar de la fusión con la madre a reconocer la realidad externa.
Introducción: por qué Winnicott sigue importando en 2026
Un niño de cuatro años lleva una bufanda gastada a cada lado. Una adolescente no duerme sin un elefante de tela que ya no tiene ojos. Un adulto conserva en la billetera una piedra lisa que recogió en una playa cuando tenía siete años. Tres escenas que parecen trivialidades. Para Donald Woods Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés nacido en 1896, eran la puerta de entrada a una idea de trabajo del psicoanálisis del siglo XX: el objeto transicional y, con él, la noción de espacio transicional, esa zona intermedia entre la realidad interna del niño y el mundo exterior que los adultos llamamos cultura, juego, religión o arte.
El concepto cumplió con más de siete décadas y sigue generando investigación clínica y educativa. Lo que comenzó como una observación clínica publicada en 1951 y desarrollada en 1953 (Winnicott, 1971) hoy aparece en estudios sobre apego, regulación emocional y desarrollo del juego simbólico (Litt, 1986; Ogden, 2021). Si trabajas en clínica, en aula, en crianza o en una disciplina que se ocupe del psiquismo humano, entender qué es un objeto transicional y qué no lo es te cambia la escucha.
En este artículo recorreremos el concepto desde sus cuatro funciones centrales, verás cómo opera como puente entre el yo y el no-yo, lo distinguiremos del objeto interno kleiniano, y lo llevaremos al consultorio y al aula con ejemplos concretos. También verás qué cosas se confunden con el objeto transicional (el capricho, el apego rígido, la dependencia patológica), y dos nociones vecinas que requieren artículos aparte: el falso self y el holding. Para repasar primero el marco general de las relaciones objetales, puedes pasar por relaciones objetales: teoría y clínica; para revisar el dispositivo clínico en el que este concepto se trabaja, conviene revisar técnica psicoanalítica y asociación libre e integración de técnicas.
Qué es el objeto transicional: definición y origen del concepto
Winnicott introdujo el término en un artículo breve de 1951, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”, publicado en el International Journal of Psycho-Analysis, y lo amplió en el tercer capítulo de Playing and Reality (1971). La definición clásica es engañosamente simple:
Un objeto transicional es el primer posesivo del bebé: una cosa que él o ella dice que es de él o ella, que no es el pecho materno, que el bebé trata con delicieza, que cambia de objeto con facilidad, y que termina siendo de base para conciliar el sueño y para defenderse de la ansiedad.
El detalle clínico que le dio nombre fue la manta, el osito, el borde de la sábana. Winnicott lo había escuchado en sesiones de pediatría y de observación de bebés durante décadas, primero como clínico en Paddington Green Children’s Hospital y luego en su práctica privada. Pero lo que le interesaba no era el objeto material: le interesaba el fenómeno transicional que ese objeto encarnaba. Esa es la diferencia que muchos textos olvidan: el objeto importa menos que el fenómeno. Si la manta se pierde, el fenómeno migra al osito, a la muñeca, a la almohada. Si esas mantas se pierden, el fenómeno se refugia en un ritmo: una canción de cuna tarareada, una posición de los dedos, una palabra inventada, una melodía repetida.
Por eso Winnicott habla de objetos y de fenómenos transicionales. El objeto es la cosa; el fenómeno es el proceso psíquico que la cosa sostiene. Los fenómenos transicionales incluyen sonidos, olores, posturas, palabras sin sentido, ritmos. En un adulto, pueden ir desde la taza de café de la mañana hasta la manera particular de colocar los cubiertos antes de empezar a comer, o el ritual de revisar el teléfono antes de dormir. Lo que cuenta no es la cosa: es la función simbólica que esa cosa cumple.
Una nota técnica importante: el objeto transicional no es un fetiche en el sentido psicoanalítico clásico, ni un objeto fóbico, ni una proyección patológica. Winnicott fue muy claro al respecto: el objeto transicional pertenece al área intermedia de experiencia, un tercer ámbito que no es interno ni externo, sino precisamente la zona en la que el juego, la ficción y la cultura se vuelven posibles. Para una introducción al marco más amplio de las relaciones objetales en el que Winnicott piensa, puedes consultar relaciones objetales: teoría y clínica.
Las cuatro funciones del objeto transicional
Winnicott no listó estas funciones como una taxonomía cerrada, pero a lo largo de los años la clínica y la investigación las han consolidado en cuatro ejes. Te las presento juntas porque rara vez aparecen separadas en la práctica.
- Asumir la función del pecho ausente. El bebé no distingue al principio entre el pecho y su propia necesidad. Cuando el pecho no está, el objeto transicional ocupa un lugar intermedio: no es el pecho (ya dejó de serlo), pero tampoco es el vacío. Permite que el bebé experimente un pasaje del fusional-me al casi-yo.
- Defender contra la ansiedad. Especialmente la ansiedad de separación al anochecer, en los viajes, en las transiciones entre entornos. El objeto baja la activación fisiológica: hay evidencia de que el uso del objeto transicional se estudia como fenómeno de apego a un objeto, no como capricho (Litt, 1986).
- Sostener la zona de ilusión. El bebé crea la ilusión de que el pecho es aún pecho aunque ya no esté. El objeto transicional protege esa ilusión sin romperla: es real y a la vez no del todo real. Esa cualidad paradójica es la materia prima del juego, del símbolo, de la cultura.
- Ser el primer símbolo. El primer objeto que representa algo más que sí mismo. La manta no es la mamá, pero la mamá está en la manta. Por eso, en la medida en que el objeto transicional funciona, prepara el terreno para que más adelante aparezcan el lenguaje, el juego simbólico, la ficción, la escritura.
Estas funciones no son etapas que se superan; son capas que se acumulan. Un mismo objeto puede seguir cumpliendo las cuatro funciones a los tres años, a los siete, a los doce. Lo que cambia con el tiempo es la transparencia del símbolo: a los dos años la manta todavía es casi-el-otro; a los seis años la bufanda ya es claramente-una-bufanda-que-me-anquila; a los veinte, el objeto transicional suele ser un ritual, un lugar, una práctica.
Del objeto al símbolo: el puente yo / no-yo
La idea central del artículo de Winnicott es que el objeto transicional vive entre el yo y el no-yo. Es un «objeto posesivo» que habita en una zona que él llama «tercer ámbito» o «área intermedia de experiencia». Para Winnicott, la tarea psíquica del bebé entre los cuatro y los doce meses es construir ese puente. Sin él, el niño queda fijado en uno de los dos lados: o vive en un mundo donde todo es fusión con la madre (lo que Winnicott llamaba «dependencia plena»), o en un mundo donde todo es exterior y ajeno, donde cada objeto está separado de manera cruda y angustiante.
Lo que el objeto transicional enseña es a tolerar la ambigüedad. El bebé descubre que una cosa puede ser dos cosas a la vez: una manta y un pedazo de mamá. Un osito y un amigo. Esa tolerancia a la doble pertenencia es, según Winnicott, la raíz de toda experiencia cultural: una novela es real y no es real; un cuadro es una ventana y una cortina; una oración une al creyente con algo que el creyente no termina de creer del todo.
El objeto transicional es el primer símbolo. No un símbolo de paso: el símbolo que enseña a simbolizar.
En términos de Winnicott, el niño va desde la ilusión de que el pecho creado por él coincide con el pecho real que encuentra (la madre suficientemente buena se adapta) hasta la desilusión progresiva, que no es desengaño sino comprensión de que el pecho es pecho y él es él. Lo que sobrevive a esa desilución es justamente el área intermedia: el espacio donde la cultura ocurre. Sin esa transición, el niño queda atrapado en una relación fusional con la madre, o expulsado a un mundo exterior sin mediadores. Las dos alternativas son patológicas.
Esta arquitectura del puente yo / no-yo es lo que distingue a Winnicott de sus contemporáneos kleinianos. Klein pensaba el psiquismo temprano como un campo de objetos internos en conflicto, y construyó una clínica del miedo, la agresión y la culpa. Winnicott pensaba el psiquismo temprano como un campo de fenómenos transicionales que permiten pasar de la fusión a la individuación, y construyó una clínica del sostén, la creatividad y el juego. Si las mezclas sin distinguirlas, terminas llamando «objeto transicional» a una representación mental temprana, y pierdes el rasgo definitorio del concepto: su paradoja material.
El espacio transicional y la ilusión
Winnicott introduce el concepto de espacio transicional (o área intermedia de experiencia) en paralelo al de objeto. Si el objeto es la cosa, el espacio es el lugar donde la cosa existe. Este espacio no es físico: es un modo de estar-en-el-mundo. Aparece por primera vez entre la madre y el bebé cuando la madre se adapta de manera suficientemente buena a las necesidades del niño, sin imponer su propia versión del pecho. Cada vez que el bebé crea un objeto subjetivo (su pezón, su versión del pecho) y el pecho real coincide con esa creación, ocurre un momento de ilusión. Cuando esa ilusión se repite suficientes veces, surge el espacio transicional.
Lo importante es que el espacio transicional es neutral. Winnicott insiste en que no pertenece ni al bebé ni a la madre, ni a la realidad interna ni a la externa. Es, literalmente, el lugar donde el juego es posible. Por eso el juego infantil temprano es un indicador tan fino de salud psíquica: un niño que juega con su osito como si fuera real y a la vez sabe que es un osito está transitando esa zona intermedia con soltura.
En el adulto, el espacio transicional se ha desplegado y diversificado. Está en la lectura de ficción, en la experiencia estética, en la práctica religiosa o espiritual, en el humor y la ironía, en los rituales cotidianos (el mate, el café, el cigarrillo compartido, el paseo dominical), en el vínculo con mascotas y, cada vez más, en los objetos digitales que median la vida cotidiana. La función no desaparece con la edad: se transforma.
El espacio transicional no es un lugar: es un modo de estar-en-el-mundo que se aprende en la infancia temprana.
Una confusión habitual: confundir espacio transicional con «mundo interior» o con «imaginación». El espacio transicional necesita de la realidad externa tanto como de la interna. La manta tiene que ser una manta real; el osito tiene que ser un osito real; el libro tiene que ser un libro real. Lo que ocurre en el espacio transicional es una operación de significado, no una evasión de la realidad. Por eso Winnicott hablaba de la cultura como despliegue del área intermedia: la cultura opera de modo habitual sobre cosas reales investidas de un significado que las trasciende.
Diferencias con el objeto interno kleiniano
Una de las confusiones habituales es la de Winnicott con Melanie Klein. Klein hablaba de objetos internos: representaciones inconscientes del pecho, de la madre, de las figuras tempranas. Klein distinguió entre el objeto bueno (pecho gratificante) y el objeto malo (pecho frustrante), y describió mecanismos como la introyección, la proyección y la identificación proyectiva.
Winnicott respetaba a Klein pero disentía en un punto nodal. Para Winnicott, el objeto interno kleiniano es un concepto inconsciente y fantaseado. El objeto transicional, en cambio, es algo que el niño elige, ve, toca, huele, pierde y busca. Es real en el sentido ordinario: tiene peso, tiene textura, se desgasta. Esa materialidad es exactamente lo que permite el pasaje del fusional-me al casi-yo. El objeto kleiniano, por intenso que sea, no hace ese trabajo: ya está instalado del lado del psiquismo.
Otra diferencia operativa: Klein hacía foco en la agresividad y la culpa; Winnicott hacía foco en la creatividad y el juego. Si las mezclas sin distinguirlas, terminas llamando «objeto transicional» a una representación mental temprana, y pierdes el rasgo definitorio del concepto: su paradoja material (es real y a la vez investido por el psiquismo del bebé como algo más que real).
| Rasgo | Objeto transicional (Winnicott) | Objeto interno (Klein) |
|---|---|---|
| Naturaleza | Material, elegido por el niño | Fantaseado, inconsciente |
| Edad de aparición | 4-12 meses | Desde el inicio |
| Función de base | Puente yo / no-yo | Reserva del psiquismo |
| Cambio con el tiempo | Migra hacia fenómenos | Permanece estable |
| Locus | Área intermedia | Mundo interno |
| Polaridad de corte | Ilusión / desilusión | Bueno / malo |
Esta distinción sirve para no patologizar la presencia de un objeto transicional en niños mayores o en adultos, y para no psicopatologizar el trabajo clínico con ellos. Si interesa seguir cómo el dispositivo clínico trabaja con esta distinción, puedes revisar asociación libre e integración de técnicas.
Clínica: cómo se observa en consulta de niños y adultos
En consultorio, el objeto transicional se presenta de tres modos típicos. Primero, el niño lo lleva. Llega a sesión con una bufanda, un dinosaurio de plástico, una piedra. Antes de empezar a jugar, lo acomoda en un lugar visible. Si el terapeuta lo mueve sin pedir permiso, se desata una angustia desproporcionada. Segundo, el niño lo nombra. El objeto aparece en el discurso: «mi manta», «el conejo», «la cosa esa». Tercero, el niño lo pierde. La consulta por pérdida del objeto transicional es una urgencia subjetiva: el niño no duerme, no come, no se separa de la habitación.
En adultos, el cuadro es más indirecto. Rara vez el adulto trae el osito a sesión; trae el tema. La consulta puede llegar como «no puedo dormir si no reviso el celular once veces», o como «tengo que llevarme la misma lapicera a cada reunión», o como un duelo desproporcionado por la muerte de una mascota. El trabajo clínico es ayudar al adulto a reconocer el fenómeno, sin infantilizarlo, y a sostenerlo cuando la función falla.
Un caso frecuente: adultos con insomnio crónico que solo duermen con un objeto físico presente (una almohada antigua, una prenda, el celular al alcance). El cuadro suele estar instalado en la infancia y pocas veces resignificado. Winnicott insistía: el objeto transicional no se quita; se comprende.
El clínico no debe interpretar el objeto transicional. Winnicott lo decía con claridad: la interpretación correcta lo destruye.
Esto es una de las líneas más citadas y más malentendidas de Winnicott. No significa que no se hable del objeto. Significa que el clínico no debe decirle al niño «esa manta es tu mamá», porque al hacerlo convierte el símbolo en mecanismo. La intervención correcta nombra el fenómeno sin develar su enigma: «veo que tu manta está cerca», «tu osito está mirando», «hoy elegiste traer la bufanda». Esas intervenciones respetan el puente sin forzar su traducción a lenguaje explícito.
El aula como segundo espacio transicional
Una línea de trabajo de la pedagogía winnicottiana es la idea de que la escuela opera como segundo espacio transicional. No es la familia, pero tampoco es un mundo exterior del todo ajeno. Winnicott escribió poco sobre escuela directamente, pero la idea está implícita en su concepto de cultura como despliegue del área intermedia, y ha sido desarrollada por pedagogos como Margaret Donaldson y Leslie Smith.
En el aula, el objeto transicional se observa de tres maneras. En la silla: muchos niños pequeños no se quedan en la silla hasta que traen algo que la hace suya (un borde de la remera, una piedra, un dibujo en el margen). En el objeto «de mano»: ese objeto que el niño lleva al recreo, a la salida, al comedor, y que reaparece en cada cambio de actividad. En el silencio del recreo: ese silencio particular cuando un grupo de niños juega a algo con reglas internas no escritas. Ese juego es el espacio transicional funcionando.
Para los docentes, la implicación es doble. Por un lado, no patologizar el objeto: si un niño de cinco años todavía lleva un objeto a clase, no es un problema a corregir sino una función a respetar. Por otro lado, construir el espacio: aulas que ofrecen material simbólico (disfraces, bloques, masas, libros de cuentos, instrumentos sencillos) facilitan que el área intermedia se despliegue. Aulas que solo ofrecen instrucción directa se ahorran el problema aparente y privan al niño de un ámbito necesario para la simbolización.
Investigaciones sobre el uso del objeto transicional en la infancia y la adolescencia muestran que el fenómeno no se agota en el osito de los dos años (Erkolahti y Nyström, 2009). No es el objeto el que hace el trabajo: es el fenómeno que el objeto sostiene, la tolerancia a que algo familiar esté ausente sin que el mundo se derrumbe. El docente que entiende esto no quita el objeto: lo integra al ritual de entrada (un bolsillo de la mochila, un lugar en el escritorio, una esquina del estante).
Cuando el objeto transicional se pierde o se rigidiza
Winnicott describió tres desenlaces posibles del fenómeno transicional. El primero, exitoso: el fenómeno se internaliza progresivamente. El niño ya no necesita la manta, pero la capacidad de crear símbolos, de tolerar la ambigüedad, de jugar con la realidad quedó instalada. El segundo, rigidizado: el objeto se mantiene igual a sí mismo durante años, sin internalizarse. El tercero, fallido: el objeto se pierde o se prohíbe de manera abrupta, sin que el fenómeno haya migrado. El niño queda sin mediador y aparece la angustia, la irritabilidad, los trastornos del sueño, las regresiones.
| Desenlace | Indicador clínico | Dirección del trabajo clínico |
|---|---|---|
| Exitoso | Internalización progresiva | Acompañar la migración sin forzar |
| Rigidizado | Mismo objeto sin transformación | Ampliar el repertorio de mediadores |
| Fallido | Pérdida sin migración | Reconstruir el puente perdido |
La clínica del fenómeno fallido es una clínica del duelo no elaborado. La pérdida del objeto a los dos años, si no se acompaña, puede reaparecer quince años después como un duelo excesivo por una mascota, una separación o un despido. Lo que se perdió no fue el objeto: se perdió el puente que el objeto sostenía. Reconstruir ese puente en consulta es uno de los trabajos más delicados del psicoanálisis con niños y con adultos.
La proliferación de objetos no sustituye a la riqueza de fenómenos. Un niño con cincuenta muñecos de colección no es necesariamente un niño con un área intermedia activa.
Winnicott advertía algo que la cultura contemporánea a veces olvida. Un adulto con trescientos seguidores en una red social no es necesariamente un adulto con un espacio transicional desplegado. La cantidad no sustituye a la función. Si los objetos no migran, no se internalizan, no se transforman en juego, palabra, escritura, lo que tenemos es acumulación, no simbolización. Un paciente con muchos objetos rígidos es un paciente con un área intermedia estrecha; un paciente con pocos objetos pero muy móviles es un paciente con un área intermedia amplia.
Las intervenciones clínicas en los tres desenlaces son distintas. En el caso exitoso, el clínico acompaña la migración sin forzar. En el caso rigidizado, el clínico trabaja para ampliar el repertorio de mediadores simbólicos. En el caso fallido, el clínico reconstruye el puente perdido. Las tres intervenciones respetan una regla winnicottiana básica: el fenómeno transicional no se interpreta; se sostiene.
Falso self y holding: lo que se trabaja por separado
Winnicott construyó el concepto de objeto transicional en vecindad con otros dos que conviene no confundir. El falso self (que tratamos en otro artículo de esta serie: falso self en Winnicott) describe la organización psíquica que se instala cuando el niño se adapta al deseo del otro en lugar de desplegar el propio. El holding (que también tiene su propio artículo: holding y madre suficientemente buena) describe la función de sostén que la madre suficientemente buena cumple en los primeros meses. El objeto transicional pertenece a otro orden: no es un mecanismo de defensa ni un sostén ambiental. Es un fenómeno del área intermedia que aparece cuando el holding funcionó suficientemente bien y que precede al despliegue del verdadero self.
La confusión habitual es tomar el objeto transicional como un indicador de patología. No lo es. Winnicott llegó a decir que la ausencia del objeto transicional en la infancia era un signo de alarma frente a su presencia excesiva. Un niño que no tuvo manta, no tuvo osito, no tuvo nada que llevar consigo a la cama o al jardín es un niño al que se le preguntó muy poco sobre lo que necesitaba.
En el aula, la confusión equivalente es patologizar al niño que lleva su objeto. Decirle «eso no se trae a la escuela», esconderlo, dejarlo en el bolsillo, sin diálogo previo, es una ruptura del puente yo / no-yo en el momento exacto en que ese puente está siendo puesto a prueba por la novedad del entorno escolar. El docente que entiende la función simbólica del objeto puede integrar el objeto en el aula sin quitarlo ni exhibirlo: un lugar en el estuche, un bolsillo disponible, un ritual breve de despedida al comenzar la jornada.
Para seguir con Winnicott: cuando el entorno no acoge el gesto espontáneo del niño, en lugar del juego transicional puede aparecer un falso self.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad aparece el objeto transicional?
El objeto transicional aparece típicamente entre los cuatro y los doce meses de vida, una vez que el bebé puede alcanzar, agarrar y manipular un objeto con intención. No cada niño lo muestra de manera visible: algunos lo usan en silencio durante años, otros lo abandonan rápido. Lo que importa no es la edad de aparición ni de desaparición, sino que el fenómeno esté operando: que el niño pueda investir un objeto como puente entre lo que necesita y lo que encuentra. Winnicott insistía en que la presencia del fenómeno, más que del objeto, es el indicador de salud psíquica.
¿Puede ser un objeto de uso cotidiano?
Sí. El objeto transicional puede ser una manta, un osito, una piedra, un borde de la sábana, una mecha de pelo, una palabra inventada, una melodía repetida. Lo que define al objeto no es su materialidad específica sino su función de puente. Un niño que lleva al jardín una hoja que recogió esa mañana está haciendo el mismo trabajo psíquico que el niño que lleva la misma manta desde los seis meses. En la clínica con adultos, los objetos transicionales incluyen tazas, perfumes, almohadas, canciones, recorridos, horarios fijos, lugares privilegiados.
¿Y si mi hijo no tuvo objeto transicional visible?
La ausencia visible no indica de entrada ausencia del fenómeno. Algunos niños internalizan tan rápido que el objeto se vuelve invisible antes de los dos años. Lo que sí es un signo de preocupación es la combinación: ausencia del objeto + dificultad para jugar simbólicamente + intolerancia a las separaciones + rigidez ante los cambios de rutina. En esos casos, una consulta con un profesional del desarrollo infantil o con un psicoanalista de niños puede ser útil, no para «crear» un objeto transicional artificialmente, sino para entender qué función está cumpliendo su ausencia y qué tipo de sostén requiere ese niño.
¿El objeto transicional sirve para dormir toda la vida?
Sí. El fenómeno transicional no caduca. Cambia de forma con la edad, pero no desaparece. Un adulto que necesita una taza de café particular para empezar el día, o una almohada específica para dormir, o un perfume determinado para sentirse «en sí mismo», está usando un fenómeno transicional adulto. La clínica busca entender esos apoyos y, eventualmente, ampliarlos, no eliminarlos. La eliminación forzada (prohibir un ritual, retirar un objeto de apego) suele producir cuadros de ansiedad, insomnio o irritabilidad que no son capricho: son la señal de que se removió un mediador sin ofrecer un sustituto simbólico.
¿Cómo se distingue de un capricho?
El capricho es una demanda dirigida al otro, generalmente con tono imperativo y con expectativa de obtener algo a cambio. El objeto transicional es una invención del niño que no espera respuesta del adulto. Cuando un niño exige el osito con gritos, se está alejando del fenómeno transicional y entrando en un patrón de demanda. Cuando el niño toma el osito, lo acomoda, lo mira y se va a dormir, está en el fenómeno. La diferencia es importante porque las intervenciones son distintas: el capricho admite límites negociables; el objeto transicional no los admite sin pérdida. Un límite bien puesto al capricho es una operación educativa; un límite mal puesto al objeto transicional es una ruptura simbólica.
¿Winnicott pensaba en los adultos también?
Sí, aunque el grueso de su trabajo clínico fue con niños y con madres de niños. Winnicott escribió específicamente sobre la creatividad, sobre la capacidad de estar solo y sobre el papel del analista como objeto transicional en la sesión, fenómenos que requieren un área intermedia activa en la adultez. En sus últimos años, sostenía que un adulto sin acceso al espacio transicional era un adulto psíquicamente empobrecido, aunque funcionara socialmente. Esa es una de las herencias más vivas de su pensamiento para la clínica actual con adultos, y uno de los puentes más útiles entre la clínica de niños y la clínica de adultos.
Cierre
El objeto transicional pertenece a una llave operativa para entender cómo un psiquismo humano aprende a habitar el mundo sin disolverse en él. Si trabajas con niños, con padres, con docentes o con adultos en consulta, mira con cuidado los objetos que tus pacientes llevan consigo, que nombran, que pierden, que defienden. En cada uno de esos actos hay un puente yo / no-yo que se está construyendo, manteniendo o, a veces, necesitando reparación.
Winnicott no inventó la manta. Inventó una manera de escucharla. Esa escucha sigue siendo una herramienta de trabajo que el psicoanálisis ofrece a quien trabaja con sujetos humanos. Para seguir, puedes ir por relaciones objetales: teoría y clínica, por técnica psicoanalítica.
Referencias
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