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La neutralidad de Cecchin: de no tomar partido a la curiosidad

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

La neutralidad de Cecchin: de no tomar partido a la curiosidad

Sala de terapia con dos sillas y una mesa pequeña, vista desde la puerta, donde un clínico observa a una pareja sin intervenir.
La neutralidad clínica, de 1980 a 1987: dejar de mirar y empezar a preguntar.

1. Una escena de sesión donde el terapeuta intenta no tomar partido y termina distante

Lucía tiene 38 años, es maestra de primaria y llega a consulta derivada por su médico de cabecera. Lleva cuatro meses con insomnio y una opresión en el pecho que los estudios cardiológicos no explican. En la tercera sesión están en el consultorio su marido Andrés, 41 años, ingeniero, y la hija de ambos, Valentina, de 11 años, que vive con ellos fines de semana alternos. La derivaron con la etiqueta de “ansiedad generalizada”, pero Lucía cuenta otra cosa: ya no soporta a su madre, que la llama a diario y le critica la crianza, la casa y el dinero. Andrés interviene para suavizar (“mi suegra es especial, pero la quiere mucho”), Valentina se cruza de brazos, mira el piso, no responde.

La terapeuta, formada en un modelo breve y convencida de que debe “no tomar partido”, decide mantenerse neutral. Le pregunta a Lucía cómo se siente, pero cuando Andrés toma la palabra no lo pone en diálogo con ninguno de los otros miembros presentes. Cuando Valentina se cierra, espera en silencio. Cuando alguien llora, mira sus notas. Cree que así cuida a la escena. La sesión termina con una consigna genérica que pide a la familia conversar más y dedicar tiempo al vínculo y Lucía, ya en el pasillo, dice en voz baja algo que la terapeuta alcanza a escuchar: “Otra vez hablar para nada”.

Algo no anduvo bien, y conviene mirar despacio qué. La terapeuta confundió neutralidad con no involucrarse. Tratando de no inclinarse hacia ningún miembro, salió de la escena familiar. Cada uno de los tres tuvo la sensación de que la sesión no le pertenecía, y de que ella miraba desde una repisa. El precio fue visible: los tres se fueron más rígidos que como llegaron, y la lectura clínica quedó intacta, sin desafío posible. Andrés sostuvo su versión, Lucía sostuvo la suya, Valentina sostuvo la suya. Ninguna se movió.

Una escena así ilustra la advertencia de Gianfranco Cecchin en su texto de 1987: que la neutralidad, tomada como distancia, no alcanza para sostener la sesión. La terapeuta de esta viñeta no es mala profesional; aplicó lo que le enseñaron, pero le faltó la segunda capa de la enseñanza. Esa segunda capa tiene un nombre: curiosidad.

2. En pocas líneas: qué propone Cecchin en 1987 y qué no propone

En 1987 Cecchin publicó “Hypothesizing, circularity, and neutrality revisited: An invitation to curiosity” en la revista Family Process. El artículo se lee como una conversación directa con el lector y con el equipo del modelo de Milán. Cecchin no desecha la guía de 1980; la toma como punto de partida y le pide una operación clínica distinta a la distancia.

Lo que Cecchin propone es sustituir la neutralidad entendida como “no tomar partido” por la curiosidad entendida como “seguir preguntando”. La idea no es abandonar la ética de no dañar a la familia con la propia preferencia del clínico, sino entender que esa ética sola no alcanza, porque el terapeuta ya participa en lo que observa por el solo hecho de observar. La curiosidad es la postura clínica que admite esa participación sin cerrarla en una teoría.

Algo que Cecchin no propone, y conviene aclarar de entrada, es sustituir la neutralidad por una toma de partido activa. Tampoco pide que el terapeuta “elija un bando” ni que finja no tener ideas para parecer neutral. La curiosidad no es equidistancia impostada ni indiferencia clínica; es una manera de sostener la hipótesis como pregunta viva, no como conclusión. Si la neutralidad de 1980 buscaba que el terapeuta se contenga, la curiosidad de 1987 busca que el terapeuta se exponga a que su propia hipótesis sea desarmada por la familia. Esa distinción, y no una negación, es la que recorre todo el artículo.

3. La definición operativa de curiosidad

Una manera operativa de decirlo, para que sirva en clase o en una sesión, es la siguiente:

Curiosidad es la disposición del terapeuta a explorar cada versión que la familia presenta sin fijar de antemano cuál es la verdadera. La hipótesis se formula para ser desarmada, no para ser confirmada.

Esa formulación tiene tres consecuencias operativas. La primera es que el terapeuta mantiene una hipótesis mientras le sea útil, pero la trata como una conjetura, no como un hallazgo. La segunda es que cada pregunta busca información que pueda desarmar la hipótesis, no información que la confirme: si uno solo pregunta lo que sabe que va a sostener lo que ya cree, no está siendo curioso. La tercera es que si la familia contradice la hipótesis, el terapeuta la suelta, en lugar de defenderla.

La curiosidad no es un talento reservado a clínicos con años de experiencia. Es una técnica que se aprende y se practica. Empieza por aceptar que el terapeuta ya está implicado en lo que observa, y por formular preguntas que admitan la posibilidad de estar equivocado. Esa admisión no debilita al clínico; lo vuelve más preciso. En el resto del artículo veremos por qué Cecchin llegó a esa idea, cómo se diferencia de la guía de 1980 y cómo se aplica dentro de una sesión.

4. La guía de 1980: hipótesis, circularidad y neutralidad

En 1980 Mara Selvini Palazzoli, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y Giuliana Prata publicaron “Hypothesizing, circularity, neutrality: Three guidelines for the conductor of the session” en Family Process. Aquel texto proponía tres guías para quien conducía una sesión familiar: la hipótesis, la circularidad y la neutralidad. Las tres funcionaban como una brújula interna del clínico, no como un protocolo rígido.

La hipótesis era una lectura tentativa de lo que la familia repetía. No era un diagnóstico cerrado; era una conjetura operativa que el terapeuta sostenía mientras buscaba información que la sostuviera o la desarmara. La circularidad —que puedes revisar en el artículo sobre preguntas circulares e hipótesis relacional— era la postura de preguntar por las relaciones entre miembros en lugar de preguntar a cada miembro por sí mismo: “¿qué hace tu padre cuando tu madre se enoja?”, en lugar de “¿te enojas mucho?”. Buscaba que la familia viera su propia información retroalimentándose.

La neutralidad era la tercera guía, y la que más adelante Cecchin revisitaría. Pedía que el terapeuta no tomara partido por ningún miembro de la familia en ningún momento. Se aplicaba con rigor: si una madre lloraba al hablar de su hijo, el clínico no se inclinaba a consolarla; si un padre parecía el más razonable, el clínico no lo tomaba como referente. La idea era que la alianza con un solo miembro comprometería la lectura del sistema entero. En el trabajo en equipo del modelo de Milán esta neutralidad se sostenía también al interior del equipo clínico: dos terapeutas discutían sus hipótesis y la neutralidad impedía que uno se aliara con la versión del otro sin revisarla.

A esa guía de 1980 volvería Cecchin siete años después. No la llamó equivocada. La llamó incompleta para sostener la sesión cuando se entiende como distancia.

5. La revisión de 1987: de la distancia a la curiosidad

En 1987 Cecchin volvió sobre las tres guías en el artículo “Hypothesizing, circularity, and neutrality revisited: An invitation to curiosity”. El núcleo del texto es una crítica interna a la propia fórmula de 1980, no una renuncia a ella. Cecchin sostiene que la neutralidad, tomada como distancia, es insuficiente para sostener la sesión. Lo que propone, en su lugar, no es distancia sino curiosidad.

El argumento se apoya en una idea que hoy parece obvia y en 1987 era todavía novedad en la clínica de familia: el terapeuta participa de lo que observa. No existe una posición externa desde la cual mirar a una familia sin aportar algo a la escena. Cada pregunta cambia lo que se dice a continuación; cada gesto mínimo del clínico —un asentir, un silencio, una nota tomada en un papel— es leído por la familia y modifica la sesión. La neutralidad de 1980 trataba al clínico como si pudiera situarse fuera del sistema. Esa pretensión de fuera no se sostiene en la práctica.

Cecchin no dice que el clínico deba alinearse con alguien dentro de la familia. Dice algo distinto: el clínico ya está alineado por el solo hecho de estar observando, y debe operar con esa alineación a la vista, en lugar de fingir que no existe. La curiosidad es el antídoto contra la ficción de la mirada neutra. Si una hipótesis es una conjetura operativa, la curiosidad es la postura de sostener esa conjetura hasta que la familia la desarme. No es no tener ideas; es no casarse con las que uno tiene.

Hay además una razón ética en el texto de Cecchin, y conviene no pasarla por alto. Una neutralidad rígida puede volverse una forma de no escuchar, sobre todo cuando el clínico observa sufrimiento. Mantenerse “neutral” frente a una madre que llora puede ser leído por la familia como indiferencia. La curiosidad, al permitir preguntas más flexibles y más precisas sobre lo que está pasando, devuelve al clínico al centro de la escena sin hacer de ese centro una toma de partido. En esa cercanía curiosa, y no en la distancia, está el corazón del cambio.

Una última precisión. Cecchin distingue su postura de algunas lecturas posteriores que la simplifican. La curiosidad no es una cualidad mística del terapeuta que “se interesa por todo”, ni una tolerancia pasiva frente a los relatos de la familia. Es una técnica con dirección: se dirige a sostener la pregunta hasta que la familia la conteste con datos que muevan la hipótesis. En esa dirección, y no en la distancia, está el cambio de 1980 a 1987. Vale la pena leer el artículo de 1987 junto con el de 1980; los dos textos juntos muestran qué cambió y qué se conservó. Lo que se conservó fue la idea de que el terapeuta no es juez y de que la familia es un sistema que se autorregula. Lo que cambió fue la idea de que el clínico puede mirar sin participar. En la revisión de 1987, esa idea queda atrás.

6. Por qué importa: hipótesis cerradas y curiosidad abierta

Una hipótesis clínica es una lectura de lo que la familia hace y dice. Tiene valor porque organiza lo que el terapeuta pregunta a continuación. Pero si la hipótesis se cierra antes de tiempo, la sesión se convierte en una confirmación. El clínico formula su idea, busca lo que la sostiene, descarta lo que la contradice, y termina con una teoría que la familia ha aprendido a alimentar. La familia percibe el deslizamiento y se adapta: dice lo que el clínico parece querer oír, omite lo que no encaja, y la sesión termina con la sensación compartida de que se ha llegado a una conclusión sin haber tocado el problema.

Cecchin describe ese riesgo en 1987 con una imagen que conviene trabajar en clase: una hipótesis es una corazonada, y mantenerla en secreto hasta poder comprobarla produce el mismo efecto que mantenerla en voz alta. La familia nota la corazonada por canales no verbales, y cambia su discurso para coincidir con ella. La hipótesis confirma lo que ya creía, y el clínico se queda solo con su confirmación. La curiosidad impide esa confirmación automática porque pone a la hipótesis en el centro de la pregunta, en lugar de ponerla como punto de llegada.

Hay un segundo riesgo, más sutil, y Cecchin lo trabaja en el mismo artículo. La neutralidad entendida como distancia produce una sesión donde ninguno se mueve: el clínico se cuida de no inclinarse, y los miembros de la familia se cuidan de no confrontarse entre ellos. El resultado es una conversación educada, precisa y estéril. La curiosidad, al permitir que el clínico se involucre en las preguntas sin tomar partido por las respuestas, devuelve al sistema una presión tolerable que mueve la conversación. Esa presión es saludable, y Cecchin la liga a la idea de que una familia consulta porque algo en su interior no se mueve.

Por eso la diferencia no es filosófica. Es clínica. Una sesión guiada por hipótesis cerradas demasiado pronto produce familias que se acomodan a la teoría del clínico; una sesión guiada por curiosidad produce familias que ofrecen información nueva, incluso información que contradice la corazonada del clínico. Esa segunda sesión es la que tiene la posibilidad de cambiar algo. Trabajar con sesgos del entrevistador forma parte del mismo cuidado, porque esos sesgos aparecen en sesión si no se los vigila.

7. Cómo se practica, en cuatro movimientos

La curiosidad se practica como una secuencia de cuatro movimientos. Son simples de enunciar y difíciles de sostener, sobre todo bajo presión de la sesión.

Primer movimiento: formular una hipótesis. Sin hipótesis no hay dirección para preguntar, y la sesión se vuelve una conversación sin forma. La hipótesis debe ser operativa: lo bastante precisa para guiar una pregunta y lo bastante tentativa para ser desarmada por la respuesta. Una hipótesis operativa dice algo del tipo “la madre sostiene el síntoma del hijo para no enfrentar su propia depresión” o “el padre interviene entre la madre y la hija para no quedar fuera del triángulo”. No es un diagnóstico cerrado; es una conjetura sobre el juego relacional.

Segundo movimiento: hacer una pregunta que pueda desarmar la hipótesis. Si uno formula una hipótesis y luego pregunta solo lo que la confirma, no está ejerciendo curiosidad. Una pregunta curiosa admite la posibilidad de que la familia responda en contra de la hipótesis. En la práctica, eso significa variar las preguntas: no quedarse con la versión más probable de cada miembro, sino buscar la versión que rompe el patrón. Las preguntas circulares que comentamos en otro artículo son un terreno fértil para este movimiento.

Tercer movimiento: escuchar la respuesta sin acomodarla a la hipótesis. La familia a veces no confirma ni desmiente; ofrece una tercera versión que ninguna hipótesis cubría. Esa versión no cabe en lo que el clínico esperaba, y suele ser la más útil. El tercer movimiento es resistirse al impulso de reencuadrar la respuesta para que entre en la teoría. Lo que la familia dice es lo que la familia dice. Si contradice la hipótesis, hay que dejarla contradecirla.

Cuarto movimiento: estar dispuesto a soltar la hipótesis si la familia no la sostiene. Una hipótesis que la familia no sostiene no sirve. El clínico puede sentir apego a su corazonada, sobre todo cuando la lleva varias sesiones. Soltarla no es perder el trabajo previo; es actualizar la lectura. Si la hipótesis sigue vigente, sigue; si no, se cambia. Esa soltura no es debilidad, es precisión. Sin ella, la sesión se petrifica.

Los cuatro movimientos no son un protocolo rígido. Son una secuencia de posturas. Cada uno se puede fallar, y se falla mucho al principio. Practicarlos con casos supervisados acelera el aprendizaje, igual que revisar las propias sesiones mirando la grabación, cuando es posible. La curiosidad clínica se entrena.

8. La diferencia con la guía de 1980, en una tabla

Una tabla puede ayudar a ver la diferencia entre las tres guías iniciales del modelo de Milán y la revisión de 1987. La columna de los riesgos es la que el texto de Cecchin trabaja con más fuerza: el riesgo de aplicar una guía con rigidez no es teórico, es clínico, y produce sesiones estériles o alianzas prematuras con algún miembro.

Guía Qué pide del terapeuta Qué riesgo tiene si se aplica rígida
Hipótesis (1980) Formular una lectura tentativa del juego relacional que organice las preguntas siguientes. Cerrar la sesión alrededor de la primera conjetura que encaja; buscar solo información que confirme y descartar lo que contradice.
Circularidad (1980) Preguntar por las relaciones entre miembros, en lugar de preguntar a cada uno por sí mismo. Convertir las preguntas circulares en un formulario; repetirlas sin escuchar las respuestas; perder el rumbo si la familia contesta “no sé” de forma repetida.
Neutralidad (1980) No tomar partido por ningún miembro en ningún momento. Confundir la neutralidad con distancia, con pasividad clínica o con indiferencia ante el sufrimiento; terminar la sesión sin que ninguno se haya movido.
Curiosidad (1987) Sostener cada hipótesis como pregunta abierta y seguir preguntando hasta que la familia la desarme, la sostenga o la transforme. Disolver la guía en una postura de “me interesa todo”; abrir preguntas sin dirección; tolerar cada versión familiar como si tuvieran el mismo peso clínico.

Mira la tabla con cuidado. Las guías de 1980 tienen un riesgo propio de cada una: la hipótesis puede solidificarse en diagnóstico, la circularidad puede volverse fórmula, la neutralidad puede confundirse con distancia. La guía de 1987 también tiene un riesgo propio: la curiosidad puede evaporarse en una tolerancia pasiva donde ninguna hipótesis pesa más que otra. Cecchin trabaja ese último riesgo en el propio artículo de 1987 y lo considera abordable por la vía de admitir que el clínico ya tiene ideas, y debe sostenerlas como preguntas.

La tabla es una ayuda para estudiar, no un sustituto del texto. Cada guía necesita ser leída dentro del artículo que la propuso. Las dos referencias que sustentan estas cuatro columnas están al final del artículo.

9. En la vida de quien se forma: cómo notar que ya cerraste

Quien se está formando suele notar, en algún momento de las primeras prácticas, que ya cerró una explicación antes de escuchar. Esa experiencia es frecuente y, bien mirada, formativa. Lo importante es qué se hace con ella después.

Una manera de revisar si esto ocurrió durante una sesión es hacerse tres preguntas al terminar, en la nota clínica. La primera: ¿qué esperaba que la familia dijera? Si se puede anticipar con facilidad, frase tras frase, la respuesta de un miembro, lo más probable es que ya se cerró una hipótesis. La segunda: ¿qué dije cuando la familia no confirmó lo que yo creía? Si la respuesta fue reencuadrar el dato para que encajara en mi teoría, la curiosidad se acabó ahí. La tercera: ¿qué no pregunté porque la respuesta me incomodaba? Si hay una pregunta que se evita de forma sistemática, suele ser la que podría desarmar la conjetura más cara.

Otra manera de revisar el cierre prematuro es mirar la propia grabación de la sesión, cuando se dispone de ella. La grabación muestra gestos del clínico que a menudo se escapan a la mirada del clínico en directo: asentir demasiado rápido cuando alguien confirma, desviar la mirada cuando alguien discrepa, tomar nota cuando algo encaja y dejar de tomarla cuando algo no encaja. Esos microgestos son las huellas del cierre. Detectarlos es la base para empezar a soltarlos.

Conviene además leer lo que se ha escrito sobre los sesgos del entrevistador, que es un campo con nombres conocidos: sesgo de confirmación, anclaje, efecto halo, profecía autocumplida. Cada uno aparece en sesión si no se los vigila, y la curiosidad es la vigilancia concreta. Es una forma entre varias de cuidarse, pero es la que Cecchin ligó a la técnica del modelo de Milán.

Por último, revisar la sesión con un supervisor experto sigue siendo más rendidor que un autoexamen individual. La curiosidad se entrena, pero no se entrena en soledad. Para quien se está formando, pedirle a un supervisor que revise una grabación íntegra, no solo la última media hora, suele mostrar patrones que el clínico no detecta a solas. Trabajar la propia familia de origen del terapeuta en formación, en el espacio de supervisión, es un complemento que muchos programas incluyen en la etapa de prácticas y que ayuda a distinguir lo que uno trae de antes de lo que la familia trae a sesión.

10. Distinción con la neutralidad entendida como imparcialidad ética

Cecchin no rechaza la ética de no dañar a la familia. Lo que rechaza es la confusión entre esa ética y la postura clínica de 1980. Es importante separar las dos cosas, porque se confunden con frecuencia en la formación.

La imparcialidad ética tiene que ver con qué hace el clínico con su preferencia personal. Un clínico que trabaja con una familia que considera el aborto no impone su posición; un clínico que recibe a una familia con prácticas religiosas distintas a las suyas no las patologiza; un clínico que enfrenta un caso de violencia intrafamiliar no se alinea con el agresor ni con la víctima antes de escuchar. Esa imparcialidad sigue vigente, y Cecchin no la discute en 1987.

La neutralidad clínica de 1980 iba más lejos. Pedía que el clínico no se inclinara por ningún miembro de la familia, incluso cuando ninguno de los miembros vivía un dilema ético. La regla era estructural: en una sesión de terapia familiar, el clínico no toma partido por la madre, ni por el padre, ni por el hijo, porque cada toma de partido comprometería la lectura del sistema. Esa regla tenía sentido en el modelo de Milán de los años setenta, y sigue siendo un recurso útil para sostener la alianza con la familia entera.

Lo que Cecchin advierte en 1987 es que la regla puede confundirse con pasividad. No es lo mismo no juzgar que no participar. Un clínico que registra lo que oye, formula una hipótesis y la pone en juego a través de preguntas está participando, quiera o no. Pretender que no se participa es una forma de neutralidad fingida, y la fingida termina por producir sesiones planas, como la de Lucía, Andrés y Valentina que abre este artículo.

La postura ética sigue siendo “no dañar”. La postura clínica de 1987 es “no esconderse”. Son dos planos distintos, y Cecchin los trabaja por separado. Para quien se está formando, vale la pena tenerlos diferenciados desde el inicio. La ética se sostiene por reflexión personal y por supervisión; la curiosidad se entrena en la sesión, mirando a la familia y dejándose desarmar por ella cuando corresponde.

Vale también la pena revisar trabajos posteriores al modelo de Milán que trabajaron la idea de participación del clínico. La terapia colaborativa de Anderson y Goolishian, por ejemplo, puso el diálogo como sistema y desplazó la idea del terapeuta como observador externo. La curiosidad de Cecchin de 1987 forma parte de ese giro más amplio en la terapia familiar sistémica de los años ochenta, que seguirá dando material de estudio en las próximas décadas.

11. Cuatro errores frecuentes al leer a Cecchin

Quien lee a Cecchin por primera vez suele caer en cuatro lecturas que no son las suyas. Detectarlas es parte de formarse con el modelo de Milán.

Atribuirle conceptos que no son suyos. Cecchin no formuló la idea de repartir la preferencia clínica entre varios miembros para cubrir a la familia por igual. Esa y otras construcciones similares circulan en otras tradiciones clínicas y se le atribuyen con frecuencia, pero no aparecen en sus textos. Cecchin propuso la curiosidad como postura clínica; las demás formulaciones son de otros autores y posteriores a su trabajo. Quienes citan a Cecchin junto con esas otras ideas suelen agregar al texto ideas que él no escribió.

Tratar la curiosidad como talento innato. Cecchin no presenta la curiosidad como una cualidad con la que se nace. Es una técnica aprendida, que se entrena con práctica supervisada. Tratarla como talento lleva a dos consecuencias erróneas: quienes se consideran curiosos creen que ya lo hacen y dejan de practicarla; quienes no se consideran curiosos creen que no la lograrán y dejan de intentarlo. En ambos casos se pierde la técnica. La curiosidad se aprende, se falla al aprender —que es lo esperable— y se corrige con supervisión.

Oponer la curiosidad a la neutralidad como si Cecchin hubiera desechado la guía de 1980. No la desechó. La tomó como punto de partida y la declaró insuficiente para sostener la sesión por sí sola. Una sesión basada solo en neutralidad de 1980 produce distancia; una sesión basada solo en curiosidad de 1987 puede producir dispersión. Cecchin trabajó con ambas guías, no eligió una en lugar de la otra. Las dos conviven en su modelo revisado, y conviene leer los dos artículos para ver cómo se articulan.

Confundir curiosidad con tolerancia indiferenciada. La curiosidad no es aceptar cada versión de la familia como equivalente. Es sostener la propia hipótesis hasta que la familia la desarme. Quien lee a Cecchin como un clínico “interesado en todo” termina por no sostener ninguna hipótesis, y la sesión pierde dirección. La curiosidad exige hipótesis operativas y preguntas que puedan desarmarlas. Sin esas hipótesis, no hay curiosidad, hay pasividad informada.

Si te estás formando con Cecchin, vale la pena volver a leer el artículo de 1987 cada cierto tiempo. Las cuatro lecturas erróneas no son errores nuevos; son lecturas que circulan en los contextos de formación clínica, y conviene tenerlas a la vista para no repetirlas.

12. Preguntas frecuentes

¿La curiosidad reemplaza la neutralidad?

No la reemplaza. En el texto de Cecchin de 1987, la curiosidad reformula la neutralidad de 1980 cuando esta se entiende como distancia clínica, pero la conserva como referencia ética de no dañar a la familia. Lo que cambia es el plano clínico: la distancia se sustituye por una postura de preguntar sostenido. La ética de no juzgar a la familia sigue vigente y no se discute en el artículo. Quien reduce la propuesta de Cecchin a un reemplazo suele atribuirle una negación que él no formuló.

¿Entonces “no tomar partido” no sirve?

Sí sirve como principio de no dañar, y como estructura de supervisión del equipo clínico. Lo que Cecchin advierte es que, aplicada como postura clínica durante la sesión, produce distancia. Esa distancia no es neutralidad bien aplicada; es neutralidad mal entendida. La distinción entre la ética de no tomar partido y la postura clínica de no inclinarse es la que el artículo de 1987 trabaja con más cuidado. Si tu formación se quedó en la frase “no tomes partido” sin pasar por la curiosidad, conviene revisar el texto de 1987 de principio a fin, y no quedarse solo en el título.

¿Cómo distinguir curiosidad de no tener hipótesis?

Quien no tiene hipótesis no puede formular preguntas con dirección. La curiosidad, en cambio, exige hipótesis operativas y preguntas que puedan desarmarlas. La diferencia se nota en sesión: un clínico que “no tiene hipótesis” abre preguntas genéricas y no sabe qué hacer con las respuestas; un clínico curioso formula una conjetura concreta y la pone a prueba con cada pregunta. La curiosidad incluye hipótesis; no es ausencia de hipótesis, sino hipótesis tratadas como preguntas abiertas.

¿Es válida en sesión individual o solo en familiar?

La postura de Cecchin se formuló dentro del modelo de Milán, que trabajaba con familias. Como técnica clínica, la curiosidad se puede practicar en sesión individual, en sesión de pareja y en otros formatos. La diferencia es cómo se pone a prueba la hipótesis: en sesión familiar, la conjetura se contrasta con la versión de cada miembro y con la del equipo; en sesión individual, se contrasta con la versión de quien consulta en distintos momentos del proceso. El principio clínico es el mismo; cambia la fuente de información.

¿La curiosidad se entrena o se nace con ella?

Se entrena. Cecchin no presenta la curiosidad como talento innato. Es una técnica que se aprende, se falla al aprender y se supervisa mientras se aprende. Quien lleva varios años de práctica la ejecuta con menos tropiezos, pero la sigue entrenando. No se llega a un punto de “ya soy curioso” y se descansa. La práctica de la curiosidad es continua, como la de otras técnicas clínicas.

¿Qué diferencia la curiosidad de 1987 de la neutralidad de 1980 en una palabra?

Postura. La neutralidad de 1980 era una postura de no intervenir en el sistema; la curiosidad de 1987 es una postura de intervenir con preguntas abiertas. Las dos conviven, y Cecchin no reniega de la primera. La diferencia está en cómo se ubica el clínico dentro del sistema: si como observador externo o como participante que pregunta. Esa reubicación es la operación clínica que el artículo de 1987 propone.

13. Referencias

Sobre la autoría
Este artículo pertenece a Psique Académica, proyecto educativo de psicología dirigido por Ricardo De Castro King, psicólogo clínico colombiano (Tarjeta Profesional COLPSIC 106127) que ofrece acompañamiento psicológico online, en español, a hispanohablantes en Estados Unidos, Canadá y Europa desde . Todo el contenido se publica bajo dirección editorial con proceso interno de control de calidad. Conoce más en Quiénes somos y en Sobre Rick. Contenido con fines educativos: no reemplaza la consulta profesional.