
La escultura familiar de Satir no es un dibujo en papel ni un inventario de síntomas. Es una técnica experiencial: el terapeuta invita a la familia a detener la conversación y a poner el vínculo en el espacio. Distancia, altura, toque y orientación dejan de ser metáforas y pasan a ocuparse con el cuerpo.
Piensa en una sesión de las que ya conoces. La pareja discute el horario. El hijo mira el suelo. La madre traduce. El padre mira al clínico. Satir no pide un argumento más fino. Pide que se paren. Que alguien coloque a los demás. Que el hueco entre dos sillas se vuelva un dato.
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Este texto es formación clínica, no recetario de sala. Si buscas las cinco posturas de comunicación, ese mapa vive en otro apunte; aquí el foco es hacer visible el lazo entre personas, no reescribir el estilo verbal.
Este tema se trabaja completo en Psicología Clínica y de la Salud, una de las 30 materias de la Escuela de Psique: lectura curada, casos y un banco de preguntas que explica por qué cada opción está bien o mal. La sesión 1 de cada materia es gratis y no pide tarjeta.
Satir (1964, 1972, 1988) entendió la familia como un sistema que fabrica personas y, a la vez, como un campo de comunicación. La escultura se sostiene en esa doble mirada. No sustituye al genograma ni copia el mapa estructural de Minuchin. Sirve para que el vínculo, que suele hablarse, se vea.
Qué es la escultura familiar en el trabajo de Satir
En el modelo experiencial de Virginia Satir, la familia no se reduce a un relato lineal. Cada miembro ocupa un lugar, mira o deja de mirar, se acerca o se aleja, toca o se retiene. La escultura detiene esa geometría el tiempo suficiente para que el sistema se reconozca. El terapeuta no lee el arreglo como un test: acompaña a que la familia vea lo que ya hace con el cuerpo.
Satir (1964) planteó la terapia conjunta como un trabajo donde la comunicación se vuelve observable. En Peoplemaking (Satir, 1972) y en The New Peoplemaking (Satir, 1988) el acento recae en la valía, la congruencia y las reglas que el sistema da por naturales. La escultura no es un adorno dramático: saca a la luz el patrón sin pedirle a la familia que lo explique otra vez con las mismas palabras.
«Los sentimientos de valía pueden crecer en un clima donde se aprecian las diferencias individuales, se cometen errores sin rechazo automático y se reconoce que hay comunicación» (Satir, 1972).
Esa cita no describe la técnica paso a paso. Describe el clima que Satir buscaba. La escultura, bien usada, no humilla: vuelve legible un vínculo que el habla ya no alcanza. Entender con la cabeza no basta si el cuerpo sigue en el mismo lugar. Por eso se pide pararse, sentarse, dar la espalda o tomar una mano, según lo que el propio sistema propone.
El linaje no es exclusivo de Satir. Family Process documentó pronto el family sculpting (Simon, 1972, 10.1111/j.1545-5300.1972.00049.x; Papp et al., 1973, 10.1111/j.1545-5300.1973.00197.x). La diferencia de acento se trata más abajo. En Satir, esculpir sirve al crecimiento, a la congruencia y a la valía; no se usa para pillar a la familia en falta.
Un mapa de aportantes y enfoques ayuda a no mezclar escuelas. Satir no es Minuchin, no es Haley y no es el MRI. Comparten la idea de sistema; no el mismo gesto técnico.
Hacer visible el vínculo: distancia, altura, toque y orientación
El título no es un eslogan. Son cuatro variables que el terapeuta observa y que la familia puede modificar. Si la escultura hace visible el vínculo, lo hace porque el lazo ya estaba inscrito en el espacio. El trabajo consiste en detenerlo, nombrarlo y, si el encuadre lo permite, probar otro arreglo.
Distancia. ¿Quién queda cerca de quién? ¿Hay un hueco que el relato no nombra y que el cuerpo sí ocupa? Un hijo pegado a un progenitor y el otro al extremo de la sala no es un dato estético: es información relacional. El terapeuta no corrige de entrada. Pregunta qué se siente en esa medida.
Altura. Sentarse, pararse, arrodillarse, subir a una silla: la verticalidad habla de poder, cuidado, miedo y lugar. Satir (1988) insistió en la valía de cada persona; la altura pone esa valía en escena. No se fuerza una igualdad geométrica. Se mira qué jerarquía el cuerpo ya representa.
Toque. Mano en el hombro, puño apretado, palma que no llega. El contacto —o su ausencia— es un canal tan denso como la frase. En familias de habla cortés y cuerpo rígido, el toque revela la regla que el discurso niega. Donde el contacto se repite sin pausa, puede sostener o inmovilizar.
Orientación. ¿Hacia quién mira cada quien? ¿Hay un miembro de espaldas? ¿Hay dos que se miran y un tercero que mira al terapeuta? La cara y el torso no mienten con la misma facilidad que la palabra. Para el cruce con coaliciones, hay un texto aparte sobre coaliciones y alianzas familiares; aquí no se reescribe ese mapa, se señala que la escultura lo vuelve espacial.
| Variable | Pregunta que orienta al terapeuta | Lo que suele volverse visible |
|---|---|---|
| Distancia | ¿Quién queda cerca y quién queda fuera? | Inclusión, periferia, triángulos espaciales |
| Altura | ¿Quién habla desde arriba o desde abajo? | Poder, cuidado, infantilización, miedo |
| Toque | ¿Hay contacto, y de qué tipo? | Cuidado, control, aislamiento, fusión |
| Orientación | ¿Hacia quién se mira o se da la espalda? | Alianza, exclusión, audiencia oculta |
Estas cuatro variables no agotan el fenómeno. El ritmo, el silencio y la respiración también entran. Distancia, altura, toque y orientación bastan para entrenar la mirada en los primeros ensayos. El resto se gana en supervisión.
«La comunicación es a las relaciones lo que el aliento es a la vida» (Satir, 1988).
Si se toma en serio esa analogía, la escultura es una forma de ver cómo el sistema respira: corto, largo, contenido, compartido. No sustituye la conversación. Le da un suelo.
Cómo se arma la escultura en sesión
El armado no es un protocolo rígido. Satir (1964, 1972) desconfiaba de las recetas que dejan al terapeuta sordo. Aun así, en formación se enseña una secuencia que ordena el riesgo: pedir lugar, elegir escultor, colocar, detener, preguntar y, solo después, ensayar un movimiento.
Pedir lugar. Se nombra lo que se va a hacer. «Les pido que dejen las sillas y muestren, con el cuerpo, cómo se sienten unos respecto de otros en esta pelea o cuando X no está». El lenguaje es concreto. No se pide representar el inconsciente. Se pide el retrato de un momento que la familia ya conoce.
Elegir quién esculpe. A veces esculpe un miembro (con frecuencia un hijo, menos leal al relato oficial). A veces esculpe el terapeuta. A veces cada quien se coloca. Las tres vías no son equivalentes. Cuando esculpe un miembro, el resto presta el cuerpo y puede corregir: «yo no estoy tan lejos». Esa corrección ya es dato.
Colocar. El escultor mueve personas, no objetos. Se pide lentitud y que quien es movido note qué le pasa. El terapeuta vigila el consentimiento: un toque no pedido, una altura que avergüenza, una espalda que deja a alguien sin voz. La técnica no autoriza a pasar por encima del encuadre.
Detener. Cuando el retrato ya está, se pide silencio. Este es el corazón satiriano: la familia se ve. El terapeuta no llena el silencio. Pregunta. «¿Qué ves?» «¿Qué se siente ahí?» «¿Quién queda fuera?»
Ensayar un movimiento. Si hay margen, se prueba un cambio mínimo: un paso, una mano, una cara que se gira. No se busca un final de teatro. Se busca qué se resiste y qué regla aparece. Satir (1972, 1988) pensaba el cambio como contacto, no como pose nueva.
Jefferson (1978, 10.1111/j.1545-5300.1978.00069.x) dejó notas de uso clínico: la técnica es potente y pide dosificación. Constantine (1978, 10.1111/j.1752-0606.1978.tb00508.x) agrupó la escultura con otros mapeos y advirtió que el mapa no es la familia: es una foto de un momento.
El error frecuente es armar demasiado pronto, antes de que haya alianza, o demasiado tarde, cuando el sistema ya está saturado de palabras. Otro error es convertir la escena en demostración para el equipo. El destinatario es la familia.
Qué observa el terapeuta cuando el sistema se detiene
La mirada del terapeuta no es la de un coreógrafo. Es la de alguien entrenado en ver patrón. Mientras la familia está colocada, conviene registrar al menos seis capas.
Primera: quién queda en el centro y quién en el margen. El miembro señalado como problema a veces queda aislado; a veces lo sostienen dos adultos que no se miran. Quien trabaja con la familia como sistema reconoce la circularidad: el lugar produce conducta y la conducta confirma el lugar.
Segunda: quién toca a quién sin que se nombre. Una mano en la nuca puede ser consuelo o control. El terapeuta pregunta a quien toca y a quien es tocado. Las dos respuestas no coinciden con frecuencia, y esa falta de coincidencia es material.
Tercera: qué cara se ofrece al terapeuta. Si un progenitor mira al clínico y da la espalda a la pareja, la escena muestra una triangulación con el profesional. Nombrarlo («noto que me miras a mí y no a él») devuelve el vínculo a la sala.
Cuarta: qué queda fuera. Ausentes, muertos, exparejas, hermanos que no vinieron. A veces la familia esculpe un hueco y no lo comenta. El hueco es parte de la figura. Basta preguntar de quién es ese espacio.
Quinta: qué regla se vuelve visible. «Aquí no se llora», «el padre no se toca», «la madre traduce». Las reglas familiares explícitas e implícitas operan en el habla y en el cuerpo. La escultura es un atajo hacia las implícitas.
Sexta: qué le pasa al terapeuta. Tensión, ganas de acomodar a alguien, tedio, ternura. En la vía experiencial ese dato no se tira. Se usa con mesura. Satir (1964) pedía al terapeuta ser modelo de comunicación: congruente, no omnisciente.
Banmen (2002, 10.1023/a:1014365304082) releyó el modelo de Satir y subrayó que la terapia no es un conjunto de trucos: es una postura ante la persona. Haber (2002, 10.1023/a:1014317420921) insistió en el carácter humanista de esa postura. La escultura, desprendida de esa ética, se vuelve exposición.
De la imagen congelada al movimiento
Congelar no es el fin. El retrato estático sirve para que el sistema se reconozca; el movimiento, para probar otra posibilidad. En formación se enseña: foto de cómo es ahora, foto de cómo cada quien dice que quisiera que fuera, y un puente de pasos pequeños.
Ese puente no es magia. Un hijo que da un paso hacia el padre puede encontrar que la madre se tensa. El movimiento revela el costo del cambio. Satir (1972) hablaba de peoplemaking: la familia fabrica personas y también puede fabricar otro modo de estar. Fabricar no es imponer.
Wretman (2016, 10.1093/sw/swv056) advirtió contra momificar a Satir como ícono y desecharla como blanda. Quien la mitifica la usa en cada sesión. Quien la desdeña la reduce a teatro. Una o dos esculturas bien sostenidas suelen dar más que una serie de poses.
Brubacher (2006, 10.1111/j.1752-0606.2006.tb01596.x) exploró puentes entre el trabajo emocional focalizado y el modelo de Satir. El movimiento no es solo cognitivo: hay afecto, cuerpo y riesgo de vergüenza. Si alguien llora, no se sigue como si nada.
Andolfi (1979, 10.1080/01926187908250297) usó la acción y la redefinición para sacar al sistema de su relato fijo. No es Satir. En varias tradiciones el cuerpo en la sala es un recurso. La diferencia está en para qué se pone a la familia de pie.
Si el movimiento es demasiado rápido, la familia actúa para complacer. El retrato nuevo no sobrevive al pasillo. Por eso se pregunta: «¿Esto se parece a algo que ya intentaron en casa?» Si sí, no es cambio. Si no, y el cuerpo se alarma, hay material.
Escultura y genograma: dos mapas que no se sustituyen
El genograma organiza generaciones, fechas, cortes y huecos. La escultura organiza cuerpos aquí y ahora. Confundirlos se paga en sesión: se pide a la familia que haga de genograma o se pretende que una pose reemplace la historia.
El genograma muestra linaje y tiempo. La escultura muestra posición y afecto en un instante. Un genograma puede revelar tres generaciones de varones ausentes; la escultura de hoy puede mostrar a un hijo ocupando el hueco del padre que sí está pero mira al suelo.
En términos de la familia como sistema en terapia sistémica, ambos instrumentos sirven a la circularidad. El genograma tiende a lo transgeneracional. La escultura, a lo presente. Quien solo documenta se queda sin cuerpo. Quien solo esculpe se queda sin historia.
Una secuencia formativa frecuente es genograma primero y escultura más adelante. Invertir el orden pide más cuidado: se le pide al cuerpo que muestre lo que el sistema todavía no ha acordado mirar en papel.
Cheung (1997, 10.1080/01926189708251077) situó el modelo de Satir en diálogo con la construcción social del significado. La escultura no revela la verdad de la familia como si el espacio fuera un tribunal. Revela la construcción de quien esculpe en ese momento. Por eso se pide al resto que diga si se reconoce.
El genograma no hace visible el toque. La escultura no data un fallecimiento de 1998. Cada mapa tiene su ceguera.
Satir, Papp y Duhl: tres modos de esculpir
La palabra «escultura familiar» circula como si fuera una sola técnica. No lo es. Conviene distinguir al menos tres acentos, sin convertir la distinción en guerra de escuelas.
Satir. Esculpir al servicio del crecimiento, la valía y la congruencia. El terapeuta es activo, cálido, modelo de comunicación. El movimiento apunta a un contacto más congruente, no a una prescripción estratégica.
Duhl, Kantor y Duhl. En el Boston Family Institute, la escultura se articuló con el aprendizaje espacial. El acento recae en hacer para saber. Satir compartió clima humanista; no compartió instituto ni manual.
Papp. En el Ackerman, Papp y colegas usaron la escultura también en trabajo preventivo (Papp et al., 1973, 10.1111/j.1545-5300.1973.00197.x). Más adelante, Papp (1980, 10.1111/j.1545-5300.1980.00045.x) articuló coro griego y coreografía en clave más estratégica. El riesgo, si se copia sin oficio, es exponer a la familia ante el equipo.
| Acento | Para qué se esculpe | Riesgo si se copia sin oficio |
|---|---|---|
| Satir | Hacer visible el vínculo y abrir congruencia | Convertir la escena en clima dulce sin corte |
| Duhl / Kantor | Aprender en el espacio y por la acción | Psicodrama sin encuadre clínico |
| Papp / Ackerman | Coreografiar hipótesis y, a veces, prevenir | Exposición frente al equipo o al coro |
Simon (1972, 10.1111/j.1545-5300.1972.00049.x) ofreció una de las primeras sistematizaciones en revista. Quien se forma hoy necesita saber de qué linaje toma el gesto. Decir «hago Satir» y operar como Papp confunde a la familia y al supervisor. Este artículo nombra a Papp y a Duhl para que Satir no se trague el campo.
El cuerpo ya conocía las reglas
Las familias llegan con un relato. «Discutimos por dinero», «el adolescente no obedece», «desde que nació el bebé ya no somos pareja». El relato no es falso. Es parcial: omite la coreografía que lo sostiene. La escultura no descubre una verdad tipo detective. Muestra la regla que el cuerpo ya cumplía.
Una regla implícita del tipo «el enojo no se mira a la cara» aparece cuando dos adultos discuten de perfil. «El hijo traduce a la madre» aparece cuando el niño se coloca entre ambos y mira al terapeuta. «Aquí no se pide» aparece cuando las manos quedan a milímetros y no se tocan. Quien ya trabajó tipología familiar en terapia sistémica puede reconocer, en esa geometría, familias aglutinadas, desligadas o de bordes rígidos. La tipología es otro mapa. No se pega encima de la escultura como etiqueta.
Satir (1983) insistió en que el terapeuta observa proceso, no solo contenido. El contenido dice «dinero». El proceso dice quién se queda en silencio, quién se adelanta, quién toca el brazo de quién. La escultura es proceso hecho figura.
«El problema no es el problema; el modo de afrontarlo es el problema» (Satir, 1972, 1988).
La frase circula con variantes. El uso clínico es sobrio: no se niega el problema concreto. Se afirma que el sistema ya tiene un modo de rodearlo, y que ese modo se ve en el espacio. Cambiar el modo no borra el hecho. Cambia el margen para habitarlo.
Lee (2002, 10.1023/a:1014390009534) trabajó la medición de congruencia en clave Satir. Sirve de contrapeso: la congruencia no es una pose bonita. Es coherencia entre lo que se siente, lo que se ve y lo que se dice. Una escultura linda donde cada quien sonríe y el pecho está helado no es congruencia. Es otra regla: aquí se finge el arreglo.
Lo que la escultura no es
No es un test. No hay baremos. Quien convierte la escultura en prueba proyectiva expone a la familia a una lectura que no puede discutir.
No es psicodrama. El psicodrama tiene su método y su director. La escultura de Satir es más breve y más anclada al vínculo presente.
No es el mapa de las cinco posturas de comunicación. Ese mapa describe cómo se habla cuando baja la valía. La escultura describe dónde se está cuando el vínculo se detiene. El apunte de posturas ya está escrito; este texto no lo duplica.
No es terapia estructural. Minuchin trabaja fronteras, subsistemas y jerarquías con otra geometría. Hay un texto de terapia familiar estructural y otro de fronteras, subsistemas y jerarquías. Un hijo entre dos padres no se lee de oficio como triangulación que hay que desarmar. Puede ser eso, y puede ser cuidado, miedo o lealtad al relato.
Minuchin lee estructura. Satir lee comunicación, valía y contacto. Un mismo arreglo espacial admite las dos lecturas. En formación se elige con qué teoría se está pensando y se sostiene.
No es un trabajo de lealtades invisibles. Si tu pregunta va por esa vía, hay un texto de terapia contextual. Este artículo no lo reescribe.
No es tarea para la casa sin criterio. Mandar a una familia a esculpirse en la cocina puede ser iatrogénico.
No es un espectáculo para el equipo. Si la escena pide un cuerpo que la persona no puede prestar ese día, se para. Satir (1964, 1988) ponía la valía por encima del ingenio técnico.
La familia como sistema es el suelo común. La escultura es una habitación del edificio de Satir, no la casa entera ni la casa del vecino.
Formación: entrenar la mirada, no un recetario de sala
Este apartado existe porque la técnica, mal usada, lastima. Quien lee no recibe una guía para hacer Satir el lunes sin supervisión. Recibe un mapa para estudiar y llevar a formación.
Cuatro ensayos, en este orden: ver sin intervenir (registrar distancia, altura, toque y orientación en un role-play, sin proponer escena); esculpir con pares y consentimiento, con salida clara, sin convertir el grupo en terapia personal; transcribir preguntas, no poses («qué ves, qué sientes, qué quisieras cambiar un centímetro»); revisar ética (toque no pedido, niño como escultor de la pareja, exposición frente a hermanos).
«Quiero apreciarte sin juzgar, unirme a ti sin invadir, invitarte sin exigir, dejarte ir sin culpa» (Satir, 1976/1988).
Sin esa ética, el terapeuta invade. Banmen (2002) y Haber (2002) coinciden, con matices, en que el modelo no se reduce a técnicas sueltas. Biblioteca de partida: Satir (1964, 1972, 1988); Simon (1972), Papp et al. (1973) y Jefferson (1978) para el contexto de época.
Cuándo proponerla y cuándo esperar
Proponer una escultura pide alianza y claridad sobre el para qué. No se propone para activar una sesión aburrida. Se propone cuando el habla ya dio vueltas al mismo círculo y el cuerpo está diciendo otra cosa.
Tiene sentido considerarla cuando hay un patrón espacial reiterado, cuando un miembro describe un vínculo que los demás niegan, o cuando el entendimiento verbal ya está saturado.
Conviene esperar cuando hay violencia reciente no contenida, un secreto que un menor no puede sostener, disociación, intoxicación o crisis psicótica aguda, alianza frágil, o cuando el terapeuta está más curioso que la familia.
Papp et al. (1973) trabajaron también con familias sin síntoma en clave preventiva. Eso no autoriza a improvisar esculturas en un taller abierto. El consentimiento, aquí, es un sí reiterado: el cuerpo puede decir que no después de haber dicho que sí.
En adolescentes el riesgo de vergüenza sube. A veces se esculpe solo la tríada. A veces se usan cojines o sillas vacías, variante más contenida y menos satiriana, útil cuando el toque no es posible. En consulta individual, el derivado con sillas se nombra como tal: no es el trabajo con el sistema presente.
Preguntas frecuentes
¿La escultura familiar es lo mismo que el genograma?
No. El genograma es un mapa gráfico de generaciones, parentescos, cortes y repeticiones. La escultura es un retrato espacial, en el presente de la sala, hecho con cuerpos o, en derivados, con sillas. Uno data historia. El otro muestra posición, toque y orientación. Se complementan. No se sustituyen. Pedir a una familia que sea su genograma de pie suele confundir ambos oficios.
¿Se puede hacer escultura con una sola persona en consulta?
Se puede trabajar un derivado: sillas vacías, objetos, o el terapeuta prestando un lugar por un instante. Eso no equivale a esculpir el sistema presente. El dato que falta es la corrección de los otros miembros («yo no estoy tan lejos»). En formación se enseña el derivado con ese límite a la vista, para no inflar lo que la técnica puede decir cuando falta el resto de la familia.
¿Qué se le pide a la familia al inicio de una escultura?
Se nombra el procedimiento, se pide un sí explícito y se elige un momento relacional concreto (cuando discuten por el horario, cuando X llega del trabajo). Se invita a dejar el relato y a colocar cuerpos. No se pide actuar un trauma ni sacar el inconsciente. Se pide un retrato de un vínculo que la familia ya conoce. El terapeuta se reserva el derecho de parar si el cuerpo de alguien dice que no.
¿En qué se diferencia la escultura de Satir de la de Papp o Duhl?
En el para qué. Satir esculpe para la valía, la congruencia y el contacto. Duhl y Kantor esculpen con acento en el espacio como aprendizaje y acción. Papp, en el Ackerman, puede coreografiar hipótesis y trabajar con equipo o con recursos de coro. Las tres vías usan el cuerpo. No usan la misma ética de intervención ni el mismo lugar del terapeuta. Decir «escultura» sin linaje es hablar en genérico.
¿La escultura sustituye a las posturas de comunicación?
No. Las posturas (aplacar, culpar, computar, irrelevante, congruente) describen el estilo de habla cuando la valía baja. La escultura describe el lugar de los cuerpos. Puedes oír un aplacar en quien, además, se ha arrodillado; puedes oír un culpar en quien señala desde una silla alta. Son capas distintas. El mapa de posturas está en otro texto; aquí no se reescribe.
¿Qué riesgos conviene tener en cuenta antes de proponerla?
Vergüenza, exposición de un menor, reactivación de miedo en contextos de violencia, uso de la escena para el equipo y no para la familia, toque no pedido, y la tentación del terapeuta de arreglar la pose. También el riesgo de leer la escena como prueba diagnóstica. La técnica pide alianza, consentimiento reiterado y una hipótesis modesta sobre el para qué. Si falta alguno de esos tres, se espera.
Lo que puedes llevarte a la próxima supervisión
Si este artículo cumplió su trabajo, sales con cuatro variables (distancia, altura, toque, orientación), una distinción nítida frente al genograma y frente a Papp y Duhl, y una advertencia ética: la escultura hace visible el vínculo porque el vínculo ya estaba en el cuerpo.
Lleva a supervisión una pregunta concreta. Por ejemplo: «en la familia G., el hijo se sienta entre los padres y mira al suelo; ¿tiene sentido una escultura de ese minuto, o primero hace falta otra cosa?». Esa pregunta se puede trabajar.
Satir (1964, 1972, 1983, 1988) dejó un modelo más ancho que una técnica. La valía, la congruencia y la comunicación son el suelo. La escultura es un modo de que ese suelo se vea. Úsala para que la familia se reconozca, no para que el terapeuta se reconozca brillante.
El vínculo ya estaba ahí. La técnica solo le da luz y un poco de silencio.
Referencias
Andolfi, M. (1979). Redefinition in family therapy. The American Journal of Family Therapy, 7(1), 5–15. 10.1080/01926187908250297
Banmen, J. (2002). The Satir model: Yesterday and today. Contemporary Family Therapy, 24(1), 7–22. 10.1023/a:1014365304082
Brubacher, L. (2006). Integrating emotion-focused therapy with the Satir model. Journal of Marital and Family Therapy, 32(2), 141–153. 10.1111/j.1752-0606.2006.tb01596.x
Cheung, M. (1997). Social construction theory and the Satir model: Toward a synthesis. The American Journal of Family Therapy, 25(4), 331–343. 10.1080/01926189708251077
Constantine, L. L. (1978). Family sculpture and relationship mapping techniques. Journal of Marital and Family Therapy, 4(2), 13–23. 10.1111/j.1752-0606.1978.tb00508.x
Haber, R. (2002). Virginia Satir: An integrated, humanistic approach. Contemporary Family Therapy, 24(1), 23–34. 10.1023/a:1014317420921
Jefferson, C. (1978). Some notes on the use of family sculpture in therapy. Family Process, 17(1), 69–76. 10.1111/j.1545-5300.1978.00069.x
Lee, B. K. (2002). Development of a congruence scale based on the Satir model. Contemporary Family Therapy, 24(1), 217–239. 10.1023/a:1014390009534
Papp, P. (1980). The Greek chorus and other techniques of paradoxical therapy. Family Process, 19(1), 45–57. 10.1111/j.1545-5300.1980.00045.x
Papp, P., Silverstein, O. y Carter, E. (1973). Family sculpting in preventive work with “well families”. Family Process, 12(2), 197–212. 10.1111/j.1545-5300.1973.00197.x
Satir, V. (1964). Conjoint family therapy. Science and Behavior Books.
Satir, V. (1972). Peoplemaking. Science and Behavior Books.
Satir, V. (1983). Conjoint family therapy (3.ª ed.). Science and Behavior Books.
Satir, V. (1988). The new peoplemaking. Science and Behavior Books.
Simon, R. M. (1972). Sculpting the family. Family Process, 11(1), 49–57. 10.1111/j.1545-5300.1972.00049.x
Wretman, C. J. (2016). Saving Satir: Contemporary perspectives on the change process model. Social Work, 61(1), 61–68. 10.1093/sw/swv056
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