
Una escena que se repite en aulas y consultorios
Camila lleva dos semestres en la carrera de psicología. Saca buenas notas, su tutora la felicita por el último ensayo y, aun así, cada vez que tiene que entregar un trabajo escrito siente un nudo en el estómago. “Me habrán aprobado por descuido del profesor”, piensa. “El próximo examen se va a notar que no doy la talla”. Antes de la exposición oral de la unidad tres repasó la presentación diecisiete veces y, cuando terminó, siguió convencida de que la gente la miraba con lástima.
Diego acaba de entrar a su primer empleo como desarrollador junior. Le asignaron una tarea que varios compañeros más experimentados esquivaban. La resolvió en una tarde. Cuando su jefe le dijo “quedó muy bien”, la respuesta interna fue: “Tuve suerte, le atiné al stack que él quería, no a que yo sea bueno”. Esa noche, mientras revisaba el código por tercera vez, pensó: “Cuando descubran que no sé lo que hago, me van a correr”.
Dos escenas, una misma arquitectura cognitiva. Aparece el éxito por fuera y una explicación que lo minimiza por dentro. Esa discrepancia entre logro y autoatribución es el núcleo del fenómeno del impostor, descrito por primera vez por Pauline Rose Clance y Suzanne Ament Imes en 1978 (Clance e Imes, 1978. Casi cinco décadas después, sigue siendo uno de los temas más citados en psicología educativa y clínica, y también uno de los más malinterpretados.
Este artículo recorre, con base en la literatura indexada, qué es y qué no es el fenómeno del impostor, cómo separarlo de la duda académica que atraviesa buena parte de los estudiantes, qué papel juega la atribución causal, y por qué conviene dejar de tratarlo como un “diagnóstico” de moda en redes sociales.
TL;DR
- El fenómeno del impostor es un patrón de autoatribuciones internas que minimizan el éxito y exageran el riesgo de ser descubierto, descrito originalmente por Clance e Imes en 1978.
- No es un trastorno clínico reconocido en el DSM-5-TR ni en la CIE-11; es una experiencia psicológica medible con escalas como la Clance Impostor Phenomenon Scale (CIPS).
- La duda normal sobre las propias capacidades es adaptativa y forma parte del aprendizaje; el fenómeno del impostor es un patrón rígido, recurrente que se sostiene incluso frente a evidencia objetiva de competencia.
- Se distingue de la ansiedad social, del perfeccionismo y del trastorno obsesivo-compulsivo por su contenido temático (identidad y fraude), su mecanismo (atribución y autoeficacia) y sus consecuencias funcionales.
- En contextos académicos, el factor de riesgo con más respaldo empírico es la combinación de transiciones de rol (ingreso a la universidad, primer empleo, posgrado) con bajos apoyos de retroalimentación sobre la competencia real.
- La evidencia apunta a que las intervenciones con psicoeducación + reestructuración cognitiva + estrategias de normalización muestran tamaños de efecto pequeños a moderados; no hay atajos ni técnicas milagro.
Definición operativa
Clance e Imes acuñaron el término impostor phenomenon en un estudio clínico con mujeres profesionales de alto rendimiento que, pese a títulos, premios y logros verificables, mantenían la convicción interna de que estaban engañando a su entorno (Clance e Imes, 1978. El término no describe a alguien que miente o finge: describe a alguien que, frente al éxito, no lo incorpora a su imagen de sí mismo.
El constructo se sostiene sobre tres ejes, sintetizados por Leary y colaboradores en su reformulación de 2000 (Leary et al., 2000:
- Creencia de fraude percibido. La persona siente que su rendimiento es una fachada y que en algún momento será descubierta.
- Atribución externa del éxito. Los logros se explican por suerte, timing, engaño de los evaluadores, simpatía o esfuerzo extraordinario; en raras ocasiones por competencia estable.
- Miedo a la evaluación. Una oportunidad de ser evaluada dispara ansiedad anticipatoria, precisamente porque el rendimiento real podría no sostener la “mentira”.
“Las pacientes describían una sensación persistente de que su competencia era un espejismo. Algunas llevaban décadas de logros objetivos y seguían esperando la carta que las desenmascarara.” — Clance e Imes, 1978, citado a partir de la descripción clínica original.
Para medirlo se utiliza principalmente la Clance Impostor Phenomenon Scale (CIPS), de 20 ítems, en versiones validadas en población clínica, educativa y médica (Mak, Kleitman y Abbott, 2019. Las puntuaciones funcionan como medida de autoinforme que cuantifica la intensidad del patrón; no se usan como etiqueta diagnóstica.
Fenómeno del impostor, no “síndrome”
Hay una confusión persistente en el uso coloquial: llamar “síndrome” a algo que la literatura describe como fenómeno no es un capricho terminológico. Implica consecuencias clínicas y de comunicación.
| Término | Qué implica | Estado actual |
|---|---|---|
| Fenómeno del impostor | Patrón de experiencias y autoatribuciones medible con escalas | Constructo ampliamente estudiado, con escalas validadas |
| Síndrome del impostor | Conjunto de signos y síntomas que, juntos, dan un diagnóstico | No aparece como categoría diagnóstica en DSM-5-TR ni en CIE-11 |
| Trastorno del impostor | Entidad clínica independiente | No existe como cuadro clínico reconocido |
Mak, Kleitman y Abbott, en su revisión sistemática de escalas, subrayan que el fenómeno se evalúa como un continuo, no como un punto de corte categórico, y recomiendan precaución al usar los resultados como etiquetas diagnósticas (Mak et al., 2019. Thomas y Bigatti, en su revisión sobre perfeccionismo, impostor phenomenon y salud mental en medicina, son igual de explícitos: se trata de una experiencia que puede generar sufrimiento y dificultades funcionales, pero no reemplaza el trabajo clínico de evaluación diferencial (Thomas y Bigatti, 2020.
En el aula y en la clínica esto importa porque una etiqueta de “síndrome” tiende a fijar la identidad: “soy impostora” pasa de ser una descripción de un momento a ser una característica estable. La evidencia apunta en sentido contrario: el fenómeno fluctúa con el contexto, los apoyos y las transiciones (Chakraverty, 2019.
Cómo se construye: atribución y autoeficacia
El fenómeno del impostor no aparece porque sí. Tiene dos mecanismos psicológicos centrales que conviene tener claros antes de hablar de intervenciones.
La atribución externa del éxito
Heider y luego Weiner desarrollaron la teoría de la atribución causal: cuando algo sale bien, las personas buscan explicaciones internas (habilidad, esfuerzo) o externas (suerte, tarea fácil, ayuda de otros). Una atribución predominantemente externa al éxito, combinada con atribuciones internas al fracaso (“fallé porque no soy capaz”), es la firma cognitiva del fenómeno del impostor (Chakraverty, 2019. Para entender el marco, conviene revisar la teoría de la atribución de Heider y la diferencia entre atribución interna y externa.
Chakraverty, en un estudio cualitativo con 120 estudiantes de posgrado en STEM, identificó que las atribuciones autoaplicadas al éxito eran sistemáticamente externas: “fue el nombre de mi directora”, “el comité se equivocó”, “tuve suerte con el financiamiento”, “mis colegas me ayudaron demasiado” (Chakraverty, 2019. Lo llamativo es que estas explicaciones aparecían aun cuando los datos curriculares mostraban trayectorias de excelencia sostenida.
La brecha de autoeficacia
La autoeficacia de Bandura es la creencia de que uno puede ejecutar las conductas necesarias para obtener un resultado. Quienes viven el fenómeno del impostor suelen tener rendimientos objetivos altos y autoeficacia subjetiva baja: ejecutan las conductas, pero no incorporan el resultado a su repertorio de “cosas que sé hacer”. El hiato entre rendimiento y autoeficacia es lo que sostiene la sensación de fraude (Clance e Imes, 1978; Leary et al., 2000.
Esta brecha tiene una función social paradójica. Leary y colaboradores argumentan que la imagen pública de competencia funciona como una “moneda social”: quien mantiene una fachada exitosa gana acceso a recursos, pero a costa de un monitoreo interno constante del riesgo de ser descubierta (Leary et al., 2000. La estrategia interpersonal, más que el rendimiento, pasa a ser lo que sostiene la autoestima.
“El fenómeno del impostor no se sostiene porque el rendimiento falle, sino porque la explicación interna del rendimiento se mantiene inhibida.” — Leary et al., 2000, paráfrasis a partir de la formulación de auto-percepciones y appraisals reflejados.
Diferencias que importan: no es todo lo que parece
Confundir el fenómeno del impostor con otras experiencias comunes lleva a dos errores: medicalizar la duda normal o desatender una ansiedad social. Las cuatro distinciones siguientes ayudan a ubicarse.
Duda académica normal vs. fenómeno del impostor
| Criterio | Duda académica normal | Fenómeno del impostor |
|---|---|---|
| Frecuencia ante evidencia de logro | Disminuye | Se mantiene o reaparece |
| Atribución del éxito | Mixta (interna y externa) | Sistemáticamente externa |
| Conducta de búsqueda | Pregunta, ensaya, consulta | Evita exponerse o sobreprepara hasta el agotamiento |
| Efecto del feedback positivo | Se integra parcialmente | Se descarta (“te lo digo por compromiso”) |
| Efecto del feedback negativo | Confirma la hipótesis de aprendizaje | Confirma la hipótesis de fraude |
La duda académica es transitoria, sensible a la retroalimentación y centrada en la tarea concreta. El fenómeno del impostor es recurrente, insensible a la evidencia y centrado en la identidad (“no soy capaz”, “no merezco estar aquí”). Esta diferencia es clave porque la duda normal forma parte del aprendizaje; el fenómeno del impostor lo entorpece.
Fenómeno del impostor vs. ansiedad social (fobia social)
La ansiedad social implica miedo intenso a la evaluación negativa en situaciones sociales, con sintomatología fisiológica (sudoración, taquicardia, temblor) y evitación. El fenómeno del impostor también incluye miedo a la evaluación, pero su contenido temático es específico: miedo a ser descubierto como fraudulento, no miedo genérico a ser juzgado. La fenomenología interna es distinta: una persona con ansiedad social teme que la vean torpe; una con fenómeno del impostor teme que la vean competente sin serlo. Cuando hay comorbilidad, la ansiedad social suele preceder y modular la intensidad del fenómeno. Para una delimitación clínica más fina, conviene revisar la distinción operativa entre fobia social y timidez como diagnóstico real.
Fenómeno del impostor vs. perfeccionismo
El perfeccionismo adaptativo (estándares altos con satisfacción ante el logro) y el desadaptativo (estándares inflexibles con insatisfacción crónica) están correlacionados con el fenómeno del impostor, pero son constructos distintos. Thomas y Bigatti documentan una asociación moderada entre perfeccionismo y fenómeno del impostor en estudiantes y residentes de medicina, y subrayan que comparten mecanismos pero conservan trayectorias separadas (Thomas y Bigatti, 2020. Para entender el lado clínico del continuo, vale la pena leer sobre perfeccionismo adaptativo y desadaptativo.
Fenómeno del impostor vs. duda obsesiva (rasgos TOC)
Cuando el fenómeno del impostor se vuelve rígido, puede parecerse a rumiaciones obsesivas sobre el propio rendimiento (“¿será que engañé al resto?”). Sin embargo, las rumiaciones del fenómeno del impostor están circunscritas a la identidad de competencia y suelen atenuarse cuando la persona cambia de contexto (sale de la academia, cambia de área). Las obsesiones del TOC son egodistónicas, intrusivas y se sostienen en el tiempo con marcada indiferencia al contexto. La evaluación clínica diferencial es necesaria cuando la duda pasa de ser episódica a interferir de manera sostenida con la vida diaria. Una introducción clínica útil está en TOC: más allá de la limpieza y el orden.
Clínica y aplicación académica
El fenómeno del impostor aparece con frecuencia en contextos de evaluación sostenida. La literatura lo ha estudiado sobre todo en tres poblaciones: estudiantes de posgrado, residentes y médicos, y profesionales en transición de rol.
Señales observables en uno mismo
Antes de revisar poblaciones específicas, vale la pena detenerse en señales conductuales que la literatura describe como típicas del fenómeno. No son un test ni un diagnóstico, sino indicadores que, combinados y recurrentes, sugieren que el patrón está operando:
- Descuento sistemático del elogio. Ante un “quedó muy bien”, la respuesta interna es atribuirlo a factores externos y rara vez a la competencia propia. Esta señal es la más estudiada y aparece en las descripciones clínicas de Clance e Imes (Clance e Imes, 1978.
- Sobrepreparación como estrategia de seguridad. Antes de una tarea ya dominada, la persona dedica horas adicionales a verificar detalles mínimos, buscando reducir la probabilidad de ser descubierta. El sobreesfuerzo compensa la autoeficacia baja.
- Evitación selectiva de exposición. Decir no a proyectos visibles, conferencias o publicaciones donde el rendimiento propio quedaría explícitamente evaluado. La protección de la fachada se prioriza sobre la oportunidad de aprender.
- Malestar desproporcionado ante el error. Un error aislado dispara una revisión global de la propia competencia, en lugar de una evaluación situada del desempeño. Esto conecta con la atribución interna estable al fracaso (Chakraverty, 2019.
- Necesidad de reaseguración externa repetida. Pedir confirmación a varias personas distintas sobre el mismo trabajo sugiere que la evidencia interna no termina de consolidarse.
Estas señales cobran sentido clínico cuando se sostienen en el tiempo, se reactiva frente a contextos similares y generan sufrimiento o interferencia funcional.
Estudiantes y posgrado
Chakraverty documentó que el fenómeno del impostor se intensifica en momentos de transición (admisión a un doctorado, primer año, defensas de tesis) y se modula por señales externas de pertenencia (Chakraverty, 2019. En entrevistas con estudiantes nativos americanos en STEM, Chakraverty identificó un matiz adicional: las experiencias de impostor se entrelazan con la falta de representación y con la sensación de ser “el otro” en contextos históricamente homogeneizados (Chakraverty, 2022. Esto no significa que el fenómeno sea exclusivo de grupos minorizados, pero sí que las atribuciones externas al éxito pueden reforzarse cuando la persona internaliza estereotipos sobre su grupo.
Medicina y residencia
Thomas y Bigatti revisan estudios en estudiantes de medicina, residentes y personal de salud y concluyen que el fenómeno del impostor está asociado con mayor agotamiento emocional, menor bienestar percibido y mayor riesgo de burnout, aunque la dirección causal es bidireccional (Thomas y Bigatti, 2020. Yu y colaboradores, en un estudio con residentes de pediatría, encuentran que las puntuaciones altas en CIPS se asocian con una autoevaluación menos favorable de la competencia clínica, lo que sugiere que la brecha entre rendimiento objetivo y autoeficacia percibida es un factor que puede modular la disposición a pedir ayuda y a aprender del error (Yu, Lei y Hernandez, 2025.
Validación psicométrica y simulaciones clínicas
Freeman y colaboradores validaron la CIPS en educadores de simulación clínica, confirmando que el constructo funciona de manera similar en profesionales de la salud que enseñan y evalúan a otros (Freeman et al., 2022. Esto refuerza la idea de que el fenómeno no se limita a quien aprende, sino que también aparece en quien enseña.
Para el trabajo con estudiantes de pregrado, una ruta útil es revisar primero los modelos cognitivo-conductuales y luego aterrizar la intervención en psicoeducación + reestructuración cognitiva + bitácora de evidencia. El desarrollo cognitivo según Piaget y los procesos de motivación intrínseca y extrínseca ofrecen marcos complementarios para entender por qué el fenómeno golpea más fuerte en ciertas etapas formativas.
Errores frecuentes al hablar del fenómeno del impostor
1. Tratarlo como diagnóstico clínico
Como se mostró arriba, no es un cuadro clínico reconocido. Las puntuaciones altas en CIPS describen una experiencia, no autorizan una etiqueta diagnóstica. El error práctico es medicalizar la duda normal y, en el proceso, infantilizar al estudiante: “tú tienes síndrome de impostor, no te preocupes” deja intacta la atribución externa y, además, instala una identidad fija.
2. Venderlo como “autoestima baja”
Aunque se relaciona con autoestima, no son lo mismo. Una persona con autoestima baja puede creer que no llegará a dominar una tarea; una con fenómeno del impostor cree que ya está siendo evaluada y que será descubierta. La intervención es distinta: en el primer caso se trabaja sobre el valor personal global; en el segundo, sobre la atribución del rendimiento y la autoeficacia situacional.
3. Confundirlo con la fobia social y medicar ansiedad
Si la vivencia central es miedo a ser descubierto como fraudulento en el ámbito de competencia, el cuadro puede parecerse superficialmente a la ansiedad social pero requerir intervención distinta. Una buena evaluación clínica separa los componentes.
4. Prometer técnicas que “lo curan en 21 días”
La evidencia no respalda técnicas milagrosas. Las intervenciones publicadas suelen combinar psicoeducación, reestructuración cognitiva, exposición gradual a la evaluación y trabajo de retroalimentación con terceros de confianza, con tamaños de efecto pequeños a moderados y seguimientos cortos. Quien promete borrarlo rápido vende otra cosa.
5. Ignorar la contexto
El fenómeno se modula por el entorno: grupos con poca representación, culturas académicas con alta comparación social, transiciones de rol sin soporte institucional. Una intervención puramente individual sobre el estudiante, sin revisar el clima evaluativo, suele tener efectos limitados.
6. Usarlo como atenuante universal
“Hecho X, pero tengo síndrome de impostor” se ha vuelto una muletilla para evitar evaluar logros propios. La experiencia es real, pero convertirla en un escudo discursivo bloquea la incorporación del éxito a la autoimagen, que es justo lo que sostiene el fenómeno.
Qué hacer: marco para estudiantes
La literatura revisada converge en cuatro recomendaciones. No son una pauta rígida; son los componentes con evidencia más consistente para contextos formativos. Ninguno de estos pasos sustituye la evaluación clínica cuando la experiencia es intensa, persistente o interfiere con el funcionamiento diario.
1. Psicoeducación
Antes de iniciar un plan de trabajo, conviene que la persona entienda que el fenómeno existe, que no es exclusivo y que no la define. La validación normativa reduce la sensación de estar loca o de ser la sola persona que lo vive. Para esto, la revisión sistemática de Mak et al., 2019 ofrece una base sólida.
2. Bitácora de evidencia
Llevar un registro sistemático de logros concretos con fecha, contexto y retroalimentación recibida, y releerlo periódicamente. La función no es inflar el ego, sino entrenar la atención a evidencia que el patrón descarta. Es un ejercicio conductual, no cognitivo-discursivo.
3. Reestructuración de la atribución
Trabajar, preferentemente con apoyo, las explicaciones internas del éxito. No se trata de “creer en uno mismo”, sino de aprender a reconocer habilidades concretas en tareas concretas. La teoría de la atribución de Heider es un punto de partida útil para nombrar lo que se está haciendo.
4. Exposición gradual a la evaluación
Cuando la evitación se vuelve estrategia, la persona deja de obtener información nueva sobre su competencia. Exponerse a tareas de evaluación con preparación realista, y revisar después la brecha entre expectativa y resultado, ayuda a recalibrar la autoeficacia. Esto conecta con la motivación intrínseca vs. extrínseca y con la motivación como proceso.
“El primer paso consiste en aprender a tratar la duda como información y no como veredicto sobre la propia identidad.”
“Cuando la retroalimentación externa dice una cosa y la explicación interna dice otra, la intervención más costo-efectiva es entrenar la lectura de la evidencia, no la fuerza de voluntad.”
Una nota sobre lo que este artículo no hace
Este texto no diagnostica, no prescribe medicación, no reemplaza evaluación clínica y no recomienda servicios de salud mental específicos. Si las experiencias descritas aquí coinciden con un malestar significativo, persistente o que afecta áreas importantes de la vida (estudios, trabajo, relaciones), el camino correcto es buscar evaluación con un profesional de salud mental. Si eres estudiante de pregrado o posgrado en psicología, este artículo puede ayudarte a leer la literatura; el salto a la práctica requiere formación supervisada y contexto clínico.
Una nota sobre el contexto universitario latinoamericano
La mayor parte de la evidencia revisada aquí proviene de muestras anglosajonas (Estados Unidos, Reino Unido, Australia). La pregunta razonable es si el fenómeno se comporta igual en universidades latinoamericanas, donde la evaluación tiende a ser más sumativa, la retroalimentación sobre el desempeño suele ser menos sistemática y los grupos de clase son más grandes.
Aunque la investigación específica en LATAM todavía es incipiente, los componentes que la literatura señala como moduladores (transiciones de rol, falta de retroalimentación, grupos con poca representación, cultura de comparación social) están presentes y, en algunos casos, exacerbados por la masificación de la matrícula y la escasez de tutorías. La conclusión operativa para un estudiante en esta región es que las recomendaciones de la sección anterior se aplican, con un matiz adicional: cuando la retroalimentación institucional es limitada, conviene construirla de manera intencionada, pidiendo feedback específico a docentes y pares en lugar de esperar que llegue por sí sola.
Para profundizar en el componente motivacional, una lectura útil es la entrada sobre teorías de la motivación en psicología, que permite distinguir entre metas de aprendizaje y metas de desempeño; el fenómeno del impostor prospera especialmente cuando el contexto empuja a metas de desempeño comparativo.
FAQ
¿El síndrome del impostor es un trastorno mental?
No. La literatura lo describe como un fenómeno (un patrón de experiencias y autoatribuciones medible con escalas) y no como un diagnóstico del DSM-5-TR ni de la CIE-11. Las puntuaciones altas en la Clance Impostor Phenomenon Scale (CIPS) cuantifican la intensidad del patrón, pero no constituyen un diagnóstico clínico (Mak et al., 2019.
¿Cómo sé si lo que siento es fenómeno del impostor o simplemente duda normal?
La duda normal es transitoria, sensible a la retroalimentación y centrada en la tarea concreta. El fenómeno del impostor se mantiene o reaparece frente a evidencia clara de logro, atribuye el éxito sistemáticamente a causas externas y centra la preocupación en la propia identidad (“no soy capaz”, “no merezco estar aquí”). Si la duda disminuye cuando recibes feedback claro y vuelve solo en situaciones nuevas, probablemente es duda normal. Si se mantiene pese a evidencia objetiva repetida, conviene profundizar con apoyo profesional.
¿El fenómeno del impostor es más común en mujeres?
El estudio original de Clance e Imes se realizó con mujeres profesionales de alto rendimiento, y durante décadas se asumió que el fenómeno afectaba desproporcionadamente a mujeres. Investigaciones posteriores han mostrado que aparece en una diversidad de géneros, aunque con matices en su expresión y en las atribuciones culturales (Leary et al., 2000. Lo importante no es el género, sino el patrón de autoatribución.
¿Tiene cura?
No se trata de una enfermedad que se cura, sino de un patrón aprendido que se modula. La evidencia apunta a que las intervenciones que combinan psicoeducación, reestructuración cognitiva y exposición gradual a la evaluación muestran tamaños de efecto pequeños a moderados. Una promesa de “curación rápida” debe leerse con cuidado, porque la literatura no respalda técnicas milagro (Thomas y Bigatti, 2020.
¿Está relacionado con el perfeccionismo y la ansiedad social?
Sí, pero no es lo mismo. La asociación con perfeccionismo es moderada y se ha documentado sobre todo en estudiantes de medicina (Thomas y Bigatti, 2020. Con la ansiedad social comparte el miedo a la evaluación, pero el contenido temático es distinto: en el fenómeno del impostor el miedo central es ser descubierto como fraudulento. Cuando la intensidad es alta, la evaluación clínica diferencial es indispensable.
¿Sirve hablar con amigos o familia para resolverlo?
Hablar del tema suele ayudar porque reduce el secreto, normaliza la experiencia y permite contrastar atribuciones. Sin embargo, si el patrón es rígido y persistente, el soporte social no sustituye la evaluación de un profesional de salud mental. Lo más útil suele ser combinar ambos: soporte cotidiano para sostenerse y evaluación profesional para precisar el plan de trabajo.
¿Por qué a mí me pasa si “sí soy bueno”?
Porque la autoeficacia (creer que uno puede) y el rendimiento objetivo (lo que efectivamente puede) son procesos distintos. El fenómeno del impostor es justamente el hueco entre ambos: rendimiento alto con autoeficacia baja. La intervención se enfoca en reducir esa brecha mediante evidencia observable y revisión de atribuciones, no en “creer más fuerte”.
Resumen de fuentes
A continuación, las referencias verificadas en Crossref usadas en este artículo, con su formato APA y DOI verificado.
- Clance, P. R. e Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241-247. 10.1037/h0086006
- Leary, M. R., Patton, K. M., Orlando, A. E. y Wagoner Funk, W. (2000). The impostor phenomenon: Self-perceptions, reflected appraisals, and interpersonal strategies. Journal of Personality, 68(4), 725-756. 10.1111/1467-6494.00114
- Chakraverty, D. (2019). Impostor phenomenon in STEM: Occurrence, attribution, and identity. Studies in Graduate and Postdoctoral Education, 10(1), 2-20. 10.1108/sgpe-d-18-00014
- Thomas, M. y Bigatti, S. (2020). Perfectionism, impostor phenomenon, and mental health in medicine: A literature review. International Journal of Medical Education, 11, 201-213. 10.5116/ijme.5f54.c8f8
- Mak, K. K. L., Kleitman, S. y Abbott, M. J. (2019). Impostor phenomenon measurement scales: A systematic review. Frontiers in Psychology, 10, 671. 10.3389/fpsyg.2019.00671
- Chakraverty, D. (2022). A cultural impostor? Native American experiences of impostor phenomenon in STEM. CBE—Life Sciences Education, 21(1), ar17. 10.1187/cbe.21-08-0204
- Freeman, K. J., Houghton, S., Carr, S. E. y Nestel, D. (2022). Measuring impostor phenomenon in healthcare simulation educators: A validation of the Clance Impostor Phenomenon Scale. BMC Medical Education, 22(1), 40. 10.1186/s12909-022-03190-4
- Yu, A., Lei, B. y Hernandez, A. (2025). Impostor phenomenon and clinical competency in pediatric residents. Academic Pediatrics, 25(8), 102948. 10.1016/j.acap.2025.102948
- Bravata, D. M., Watts, S. A., Keefer, A. L., Madhusudhan, D. K., Taylor, K. T., Clark, D. M., Nelson, R. S., Cokley, K. O. y Hagg, H. K. (2019). Prevalence, predictors, and treatment of impostor syndrome: A systematic review. Journal of General Internal Medicine, 35(4), 1252–1275. 10.1007/s11606-019-05364-1