
Hay una escena que se repite en consulta. Alguien describe una semana difícil con precisión de informe: lo que pasó, a qué hora, quién dijo qué. Cuando se le pregunta qué sintió, se queda en blanco. No es que no quiera decirlo. Es que no encuentra la palabra, y a veces ni siquiera registra que hubiera algo que nombrar.
Eso tiene nombre desde 1973. Peter Sifneos lo llamó alexitimia, del griego: sin palabras para el ánimo. Lo observó en pacientes con trastornos psicosomáticos, que contaban sus síntomas físicos con detalle y no podían decir nada de su vida emocional. Lo publicó ese año en el American Journal of Psychiatry, al describir la población de una clínica psiquiátrica.
Qué es y qué no es
La alexitimia no es una enfermedad. No aparece en las clasificaciones como diagnóstico propio. Es un rasgo, una forma estable de procesar lo emocional, que se puede medir y que se distribuye en la población: hay quienes la tienen muy marcada y quienes apenas.
Graeme Taylor, Michael Bagby y James Parker la operacionalizaron. En 1994 publicaron la Escala de Alexitimia de Toronto de 20 ítems, la TAS-20, que sigue siendo el instrumento más usado. El artículo donde reportan la selección de ítems y la estructura factorial está en el Journal of Psychosomatic Research (doi.org/10.1016/0022-3999(94)90005-1).
La escala agrupa el rasgo en tres componentes, y conviene separarlos porque no vienen necesariamente juntos.
- Dificultad para identificar los sentimientos y para distinguirlos de las sensaciones corporales.
- Dificultad para describir los sentimientos a otras personas.
- Un estilo de pensamiento orientado a lo externo, concreto, con poca atención a la vida interior.
Alguien puede puntuar alto en el tercero y no tanto en los dos primeros. Por eso decir “es alexitímico” como si fuera una sola cosa aplana un perfil que tiene relieve.
Cómo se siente por dentro
Quien la tiene no se vive como alguien frío. Se vive como alguien a quien le preguntan algo que no sabe responder. La pregunta por lo que siente produce una búsqueda que no encuentra nada, parecida a cuando te piden el nombre de una persona que viste una sola vez.
Lo que sí hay, a menudo, es el cuerpo. Una opresión en el pecho, un nudo, cansancio, dolor de cabeza. Como cuesta distinguir eso de una emoción, la lectura más disponible es que algo físico anda mal. De ahí el camino a las consultas médicas repetidas, a los estudios que no encuentran nada, y a la frustración de las dos partes.
No es falta de emoción. Esa es la confusión más cara. La respuesta emocional ocurre: el pulso cambia, la tensión sube, la conducta se altera. Lo que falla es el tramo que va de esa respuesta a una representación mental con nombre. Hay emoción. No hay etiqueta.
La emoción ocurre. La etiqueta no llega.
Conviene verlo en una escena ordinaria, porque en lo ordinario se nota más que en lo dramático. Alguien termina una reunión donde le hablaron mal. Sale, y una hora después tiene el estómago cerrado y está corto con su pareja. Si le preguntan qué le pasa, dice que nada, que está cansado. No miente. Revisó y no encontró un sentimiento con nombre. Encontró un estómago cerrado, y el cansancio es la explicación que tiene a mano.
El costo aparece al día siguiente. La pareja quedó con la versión de que no le importó. Él quedó con la versión de que fue un mal día sin razón. Ninguna de las dos versiones registra que hubo enojo. Y como no se registró, no se puede hablar de él, ni se puede decidir qué hacer la próxima vez que pase algo parecido.
Hay otra escena, más silenciosa. Elegir entre dos trabajos. Las condiciones son comparables, los números no deciden. Quien puede consultar cómo se siente con cada opción tiene un dato más. Quien no, se queda con los números, elige por ellos, y meses después no entiende por qué ese trabajo que cuadraba en el papel le pesa tanto. El dato que faltaba no era información. Era la lectura de su propia reacción, que estuvo ahí todo el tiempo y no se pudo usar.
De dónde viene
No hay una sola causa, y desconfiar de quien ofrezca una es sano. Se discuten tres vías, y probablemente se combinen.
La del desarrollo. Nombrar lo que se siente se aprende, y se aprende de alguien que lo nombre primero. Un entorno donde no se ponen palabras a lo que pasa, o donde expresar algo se sanciona, deja ese tramo sin entrenar. No hay un responsable identificable. Es la ausencia de una práctica.
La biológica. Hay evidencia de diferencias en el procesamiento de la información emocional, en cómo se integra lo que viene del cuerpo con lo que la corteza puede representar. No alcanza para hablar de una lesión ni de un marcador. Alcanza para decir que no es solo un hábito.
La de la experiencia. El trauma y la negligencia temprana aparecen con frecuencia en las historias de quienes puntúan alto. Cuando sentir fue peligroso, no sentir con claridad fue una solución. El problema es que la solución se queda cuando el peligro ya no está.
Con qué se confunde
| Alexitimia | Depresión | Autismo | Represión | |
|---|---|---|---|---|
| Qué falla | Ponerle nombre a lo que se siente | El ánimo, la energía, el interés | La lectura de lo social, entre otras cosas | El acceso a contenidos que se apartan |
| ¿Hay emoción? | Sí, sin etiqueta | El ánimo está bajo, y se sabe | Sí, con otra forma de expresarla | Sí, pero se mantiene fuera |
| ¿Se nota la persona? | A veces no | En la mayoría de los casos | Variable | No, por definición |
| ¿Es estable? | Bastante, como rasgo | Episódica | Es del desarrollo | Depende del momento |
La tabla importa porque el error de confundirlas cambia lo que se hace. Tratar la alexitimia como si fuera depresión lleva a intervenir sobre un ánimo que no es el problema. Leerla como falta de empatía, que es la confusión con el autismo, le atribuye a la persona un déficit en la relación que no es el que tiene: puede entender al otro y aun así no poder decir qué le pasa a ella.
Qué consecuencias tiene
No poder nombrar lo que se siente tiene efectos que se ven desde afuera y que quien los vive no conecta con su causa.
En el cuerpo. La queja somática sin hallazgo es el motivo de consulta más frecuente. No porque la persona invente, sino porque el cuerpo es el canal que le queda para registrar que algo pasa.
En los vínculos. La pareja pide que hable de lo que siente y recibe un informe de hechos. Lee distancia donde hay una dificultad de traducción. Las discusiones se traban una y otra vez en el mismo punto, y ninguna de las dos partes entiende por qué.
En las decisiones. Elegir pide consultar cómo se siente cada opción. Sin ese dato, la persona decide por reglas externas: lo que conviene, lo que se espera, lo que otros harían. Funciona, hasta que una decisión importante queda tomada sin que ella haya participado de verdad.
En la clínica. Muchos tratamientos hablados asumen que la persona puede decir qué le pasa. Cuando no puede, la terapia se vuelve una conversación sobre hechos que no llega a ningún lado, y las dos partes concluyen que no funciona.
Qué se puede hacer
No se resuelve con la instrucción de conectar con las emociones. Esa frase pide justo lo que no está disponible. Lo que sí se puede entrenar es el tramo que falta, y se entrena despacio.
Empezar por el cuerpo, no por la palabra. Si la palabra no llega, el cuerpo sí da señales. Aprender a notar dónde se siente algo, antes de nombrarlo, reconstruye el camino en el orden en que se cortó. Las terapias que trabajan con la sensación física tienen aquí una ventaja sobre las que solo conversan. No porque sean superiores en general, sino porque entran por la puerta que esta persona tiene abierta.
Ampliar el vocabulario con ejemplos, no con listas. No sirve memorizar cincuenta nombres de emociones. Sirve, frente a una escena concreta, probar dos o tres palabras y ver cuál se acerca. Es un ejercicio de aproximación, no un examen. La primera palabra rara vez es la justa. La tercera suele acercarse. El aprendizaje está en tolerar las dos primeras sin descartar el ejercicio.
Usar a otros como espejo, con cuidado. Alguien de confianza que diga que eso parece frustración ofrece una hipótesis, no una sentencia. La persona la puede aceptar, corregir o rechazar. Las tres respuestas entrenan. Lo que no entrena es que le digan lo que siente como si tuvieran acceso a lo que ella no tiene. Ahí la persona aprende a adoptar la etiqueta ajena, que es otra forma de no leer la propia.
Bajar la expectativa de insight rápido. Un rasgo estable no se mueve en semanas. Se mueve cuando la práctica de nombrar se repite en contextos distintos, durante suficiente tiempo como para que deje de ser un esfuerzo y pase a ser un hábito. Quien promete un cambio de fondo en un mes está vendiendo otra cosa.
Hay un orden que conviene respetar. Primero notar que algo pasó en el cuerpo. Después ubicar en qué momento del día. Después probar una palabra. Después, y solo después, hablarlo con alguien. Invertir el orden, empezar por la conversación, lleva a describir hechos otra vez, que es lo que la persona ya sabe hacer y no es lo que le falta.
También conviene elegir bien dónde practicar. Una discusión acalorada es el lugar menos apto para estrenar una habilidad. Se practica en escenas chicas, donde no hay nada en juego: qué se sintió al ver una película, al recibir una noticia menor, al terminar una comida. Cuando la habilidad ya camina en lo chico, se la lleva a lo que importa. Empezar por lo que importa es la forma más rápida de abandonar.
Alexitimia primaria y secundaria
La literatura distingue dos formas, y la distinción cambia lo que se espera del trabajo.
La primaria aparece temprano y se mantiene bastante estable a lo largo de la vida. No se asocia a un evento. Es la forma en que esa persona procesa lo emocional desde que se tiene registro. Aquí el objetivo realista no es eliminarla. Es construir herramientas alrededor: un vocabulario mínimo que funcione, una rutina de notar el cuerpo, alguien que sirva de espejo sin invadir.
La secundaria aparece después de algo. Un trauma, una depresión prolongada, una enfermedad seria. La persona antes podía nombrar lo que sentía y dejó de poder. Aquí el pronóstico es distinto, porque lo que se perdió se puede recuperar en parte cuando se trabaja la causa. Confundir las dos lleva a exigirle a la primera un cambio que no va a dar, o a resignarse con la segunda cuando había margen.
No se distinguen con claridad en la primera consulta. La historia ayuda: si la dificultad estuvo desde la adolescencia, apunta a primaria. Si apareció después de un quiebre identificable, apunta a secundaria. Y a veces coexisten, que es el caso más frecuente de lo que los resúmenes admiten.
Qué le pasa a quien convive con esto
La pareja, los hijos, los compañeros de trabajo viven una versión del problema que la persona no ve. Reciben respuestas planas donde esperaban una reacción. Terminan haciendo ellos el trabajo emocional de la relación: nombran, interpretan, proponen. Durante un tiempo funciona. Después agota.
Dos errores se repiten en quien acompaña. El primero es insistir con la pregunta por lo que siente, cada vez con más énfasis, como si el volumen resolviera la dificultad. No la resuelve. La convierte en un examen, y los exámenes se evitan. El segundo es concluir que a la persona no le importa. Esa conclusión protege a quien la saca, porque explica el dolor, pero le atribuye al otro una indiferencia que no es lo que hay.
Lo que sí ayuda es concreto. Preguntar por el cuerpo en vez de por el sentimiento. Ofrecer una palabra como hipótesis y aceptar que se corrija. No convertir cada conversación en una oportunidad de trabajo. Y, sobre todo, tener una vida emocional propia que no dependa de que el otro la espeje. Cargar con las dos partes es lo que termina rompiendo el vínculo, más que la alexitimia misma.
En la consulta, qué se ve
Quien llega a consulta por esto casi no llega por este motivo. Llega por un dolor físico que no cede, por una pareja que amenazó con irse, por un hijo que dice que su padre no siente nada. La alexitimia aparece cuando el clínico deja de preguntar qué pasó y pregunta qué sintió, y la respuesta es un silencio genuino, no una resistencia.
Ese silencio se confunde fácil con poca motivación para el tratamiento. La persona habla de los hechos con fluidez, coopera, no falta a las citas. Solo se traba en un punto. Leer esa traba como falta de compromiso lleva a empujar justo donde no hay de dónde. Leerla como el problema mismo cambia el plan: se trabaja ese punto, despacio, y se deja de evaluar el avance por la calidad de los relatos.
Un marcador útil es la diferencia entre cómo cuenta un hecho y cómo cuenta una emoción. Los hechos salen con fechas, nombres y secuencia. Las emociones salen con una sola palabra genérica, repetida para todo: bien, mal, normal. Cuando todo se describe con las mismas tres palabras, no es pobreza de vocabulario general. Es que esas tres palabras son las únicas que tienen algo detrás.
Una distinción que ordena la clínica
Vale la pena separar alexitimia de otras dos dificultades con las que comparte superficie y nada más.
La primera es la dificultad de expresión por inhibición. Hay personas que saben exactamente qué sienten y no lo dicen, por miedo, por vergüenza, por cálculo. En la consulta se ve parecido: pocas palabras sobre lo emocional. La diferencia sale cuando se ofrece seguridad y tiempo. Quien inhibe, con el entorno adecuado, termina diciendo. Quien tiene el rasgo, con el mismo entorno, sigue sin encontrar la palabra. Una se traba en la salida. La otra se traba antes, en la identificación.
La segunda es el vocabulario pobre en general. Alguien con poca escolaridad o con poco hábito de lectura tiene menos palabras para todo, no solo para lo emocional. Se distingue porque la pobreza aparece también al describir una habitación, un paisaje, un procedimiento. En la alexitimia, la descripción de lo concreto es normal o incluso rica. Lo que se empobrece es específicamente lo interno. Por eso el informe detallado de los hechos, que al principio parece contradecir el diagnóstico, en realidad lo confirma.
Estas dos distinciones evitan el error de mandar a todo el mundo al mismo ejercicio. A quien inhibe le sirve un espacio de confianza. A quien tiene pocas palabras en general le sirve leer y conversar de lo que sea. A quien tiene el rasgo le sirve el trabajo específico sobre el tramo entre el cuerpo y la etiqueta. Darle a cada uno el ejercicio de otro es perder meses.
Qué dice la evidencia, con sus límites
La TAS-20 tiene décadas de uso y se tradujo a muchos idiomas, con estudios de validación en distintas poblaciones. Eso le da solidez como instrumento de investigación. No la convierte en un diagnóstico. Un puntaje alto dice que la persona responde como responden quienes tienen el rasgo. No dice por qué, ni desde cuándo, ni si es primario o secundario. Esas preguntas las responde la entrevista, no el cuestionario.
También conviene saber qué no está zanjado. La relación con el procesamiento cerebral se estudia hace años y los resultados no son idénticos entre estudios. Hay convergencia en que el tramo de representación de la emoción funciona distinto. No la hay en localizar eso en una sola región ni en un solo mecanismo. Quien afirme que la alexitimia es un problema de tal zona del cerebro está yendo más lejos que los datos.
Lo mismo con el tratamiento. Hay estudios que muestran que el trabajo sobre la conciencia corporal y el vocabulario emocional reduce los puntajes. No hay un protocolo establecido que se pueda recomendar como el indicado. Lo honesto es decir que varias vías muestran movimiento, que ninguna lo garantiza en un plazo fijo, y que el cambio se mide en meses de práctica, no en sesiones.
Un apunte práctico para quien quiera empezar esta semana. Elegir un momento fijo del día, breve, y responder tres cosas por escrito: qué pasó en las últimas horas que haya movido algo, dónde se notó en el cuerpo, y qué palabra se le acerca, aunque sea a medias. Tres líneas. No un diario. La constancia de tres líneas durante un mes enseña más sobre el propio funcionamiento que una sesión larga de introspección, porque acumula escenas y permite ver el patrón, que es lo que una escena aislada no muestra.
Conviene también anotar lo que no se pudo nombrar. Una línea que diga que hoy no hubo palabra es tan útil como una que acierte, porque muestra en qué tipo de escenas se traba el proceso. Al cabo de unas semanas, esa columna de escenas sin nombre suele tener algo en común: suelen ser las que involucran a otra persona, o las que implican una pérdida, o las que exigen poner un límite. Ese patrón es el mapa de por dónde seguir, y no aparece si solo se registran los aciertos.
Esa constancia, sostenida sin convertirla en una obligación más, es lo que diferencia a quien avanza de quien prueba una semana y concluye que no le funciona. El plazo para evaluar no es la semana. Es el mes.
Lo que no conviene concluir
Que no tenga cura. No es una enfermedad, así que la cura no es la categoría correcta. Es un rasgo que se puede modificar en sus consecuencias, aunque no se borre. La persona puede aprender a leer con más precisión lo que le pasa sin volverse otra persona.
Que sea falta de inteligencia o de sensibilidad. Quienes puntúan alto pueden ser muy competentes para leer situaciones complejas, sistemas, datos. Lo que les cuesta es una traducción específica, no una capacidad general.
Que sea igual en cada persona. Los tres componentes no se mueven juntos. Hay quien identifica bien lo que siente y no sabe decirlo, y quien directamente no lo identifica. Intervenir igual en los dos es no haber leído el perfil.
Preguntas frecuentes
¿La alexitimia es una enfermedad?
No. Es un rasgo de personalidad que describe una dificultad para identificar y describir lo que se siente. No figura como diagnóstico en las clasificaciones, aunque se asocia con varios trastornos y con las quejas somáticas.
¿Se nace con ella o se aprende?
Las dos cosas contribuyen. Hay un componente de cómo se procesa la información emocional, y hay un componente de aprendizaje: nombrar lo que se siente se entrena cuando alguien lo nombra primero. El trauma temprano también aparece con frecuencia en estas historias.
¿Tiene tratamiento?
No hay un tratamiento específico con su nombre, y no hace falta. Lo que funciona es entrenar el tramo que falta: notar el cuerpo, probar palabras sobre escenas concretas, y usar a otros como espejo sin que decidan por uno. Es lento porque es un rasgo, no un episodio.
¿Es lo mismo que no tener empatía?
No. La empatía tiene que ver con leer lo que le pasa al otro. La alexitimia tiene que ver con leer lo que le pasa a uno mismo. Alguien puede captar bien el estado de los demás y no poder decir el propio.
¿Cómo se mide?
El instrumento más usado es la Escala de Alexitimia de Toronto de 20 ítems, la TAS-20, de Taylor, Bagby y Parker, publicada en 1994. Mide tres componentes por separado, así que el resultado es un perfil y no una sola cifra.
Cómo se construye la palabra que falta
Nombrar una emoción parece inmediato para quien puede hacerlo, y por eso cuesta explicar qué se entrena. Conviene desarmar el paso, porque el entrenamiento va por partes y no en bloque.
Primero está la detección. Algo cambió en el cuerpo o en la conducta. La persona come menos, duerme mal, está corta con los demás. Ese cambio es el dato crudo. Quien tiene el rasgo suele atribuirlo a una causa externa y concreta: dormí poco, comí pesado, hay mucho trabajo. La atribución no es falsa. Es incompleta, y cierra la búsqueda antes de tiempo.
Después está la localización. Dónde se siente. El pecho, la mandíbula, el estómago, los hombros. Este paso no pide ninguna palabra emocional y por eso es el más accesible. Muchas personas con el rasgo pueden hacer esto bien una vez que se les indica que lo intenten. No se lo habían pedido con esa precisión.
Luego está la distinción. Una opresión en el pecho puede ser susto, puede ser pena, puede ser enojo contenido. Aquí es donde el vocabulario entra, y entra como hipótesis: se prueba una, se ve si encaja con lo que el cuerpo hace, se descarta, se prueba otra. No es adivinar. Es el mismo procedimiento con el que un clínico distingue dos diagnósticos parecidos, aplicado a uno mismo.
Al final está la comunicación. Decirle a otro qué se encontró. Este paso parece el más fácil y es donde muchos se detienen, porque decirlo los expone a que el otro reaccione. Conviene separarlo del anterior. Se puede identificar sin comunicar, y ya eso cambia las decisiones que la persona toma a solas. La comunicación viene cuando hay algo que comunicar, no antes.
Recorrer estos cuatro pasos con una escena chica, una vez por semana, produce más cambio que intentar una gran conversación emocional una vez por mes. La frecuencia le gana a la intensidad, como en casi todo lo que se entrena.
Alexitimia y decisiones de peso
El lugar donde el rasgo cobra su costo más alto no es la conversación cotidiana. Es la decisión que no se puede deshacer fácil: quedarse o irse de una relación, aceptar o rechazar un trabajo, seguir o suspender un tratamiento.
Esas decisiones se toman bien cuando se combinan dos lecturas. La externa: qué está pasando, qué opciones hay, qué consecuencias tiene cada una. Y la interna: cómo reacciona la persona ante cada opción, qué se le activa, hacia dónde se inclina cuando deja de calcular. Quien tiene el rasgo hace muy bien la primera lectura. La segunda le llega muda. Entonces decide solo con la primera, y la decisión queda técnicamente correcta y vitalmente ajena.
El síntoma de eso, meses después, es una frase que se repite: no sé por qué lo hice, en el papel tenía sentido. Esa frase no es una queja vaga. Es el registro exacto de una decisión tomada sin la mitad de los datos. Reconocerla como tal, en vez de tomarla por indecisión o por arrepentimiento, permite hacer la siguiente de otra manera: frenar, dar tiempo a que la reacción aparezca en el cuerpo, y no firmar hasta que haya aparecido.
No es un método infalible. A veces la reacción no aparece y hay que decidir igual. Pero
Decidir sabiendo que falta un dato es distinto de decidir creyendo que se cuenta con cada dato.
Decidir sabiendo que falta un dato admite revisión. Decidir creyendo que no falta ninguno se atrinchera.
La primera admite revisión. La segunda se defiende como si fuera la única posible, y ahí se atrinchera la persona.
Para seguir leyendo
- Sifneos, P. E. (1973). The prevalence of alexithymic characteristics in psychosomatic patients. Psychotherapy and Psychosomatics, 22(2), 255-262. Trabajo fundacional. Lo cito por la descripción clínica, no por un enlace, porque su resolución no abre de forma estable.
- Taylor, G. J., Bagby, R. M. y Parker, J. D. A. (1994). The twenty-item Toronto Alexithymia Scale — I. Item selection and cross-validation of the factor structure. Journal of Psychosomatic Research, 38(1), 23-32. doi.org/10.1016/0022-3999(94)90005-1
Referencias
Salminen, J. K., Saarijärvi, S., Aärelä, E., Toikka, T. y Kauhanen, J. (1999). Prevalence of alexithymia and its association with sociodemographic variables in the general population of Finland. Journal of Psychosomatic Research, 46(1), 75-82. doi.org/10.1016/s0022-3999(98)00053-1
Bagby, R. M., Parker, J. D. A. y Taylor, G. J. (1994). The twenty-item Toronto Alexithymia Scale — II. Convergent, discriminant, and concurrent validity. Journal of Psychosomatic Research, 38(1), 33-40. doi.org/10.1016/0022-3999(94)90006-x
Luminet, O., Bagby, R. M. y Taylor, G. J. (2018). Alexithymia: Advances in research, theory, and clinical practice. doi.org/10.1016/j.jpsychores.2018.03.120
Preece, D., Becerra, R., Robinson, K. y Dandy, J. (2018). Assessing alexithymia: Psychometric properties of the Perth Alexithymia Questionnaire. doi.org/10.1016/j.paid.2018.05.011