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Psicología del poder y la autoridad: por qué se obedece

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

¿Por qué una persona común cumple una orden que va contra lo que ella misma considera correcto? Esa es la pregunta que organiza este apunte. La respuesta habitual suele mirar al carácter: "es sumisa", "le falta voluntad", "es débil". Pero esa mirada yerra el blanco. La obediencia a una orden costosa no se explica solo por la personalidad de quien obedece, sino sobre todo por el armado de la situación en la que la orden aparece. La persona no pierde la voluntad: la voluntad se canaliza hacia lo que la situación le ofrece como curso legítimo de acción.

Para sostener esa idea vamos a trabajar con dos fuentes: la réplica de Burger (2009) al procedimiento de Milgram, y la lectura crítica que Haslam y Reicher (2012) hacen de los estudios clásicos sobre obediencia. Burger aporta evidencia: la obediencia a una orden costosa se mantiene décadas después del estudio original, cuando la situación se arma de manera equivalente. Haslam y Reicher aportan el mecanismo: la obediencia no es ciega ni automática, sino que se sostiene en la identificación con la autoridad y con el proyecto que esa autoridad propone.

El resto del apunte recorre cuatro bloques. Primero, qué encontró Burger y por qué importa su hallazgo. Segundo, qué nos dicen Haslam y Reicher sobre el modo en que opera la obediencia. Tercero, qué condiciones concretas la bajan. Cuarto, cómo lee un psicólogo una escena de obediencia real sin atribuir el fenómeno al carácter de quien obedece. Cerramos con una trampa típica de parcial y una mnemotecnia para sostener el análisis.

La réplica de Burger (2009)

Burger (2009) repitió el procedimiento de Milgram con una modificación ética central: la orden se detiene al llegar a 150 voltios. El diseño conservó los elementos situacionales que el procedimiento original había aislado: una autoridad que da la orden, un receptor del daño separado del que obedece, una progresión de la orden en pasos pequeños, y una estructura institucional que la respalda. El cambio de techo no elimina el efecto: lo deja a la vista con un corte temprano.

¿Qué encontró Burger? Encontró que la obediencia a la orden se sostiene décadas después del estudio original. Esa continuidad temporal es el dato clave. La obediencia no es un eco histórico: reaparece cuando la situación se arma con los mismos ingredientes, sin que los participantes hayan vivido el experimento original. Quien participa en la réplica no es heredero de Milgram, y, sin embargo, ante la orden costosa, hace lo que hicieron los participantes de los años sesenta.

Conviene leer el hallazgo con cuidado. El dato no es un número para memorizar, ni un porcentaje a recitar en el parcial. El dato es una propiedad de la situación: cuando se arma de la misma forma (autoridad, marco institucional, daño a un tercero distante, progresión gradual de la orden), la obediencia a la orden costosa se produce. Lo que cambió entre los años sesenta y el momento del estudio de Burger es la composición de las personas; lo que no cambió es la arquitectura de la situación. Si la obediencia se mantiene al cambiar la población, el peso principal está en el armado, más que en las personas.

Para el parcial, eso importa mucho. Si un caso clínico, un caso forense o un caso histórico presenta a una persona común cumpliendo una orden costosa, el primer movimiento del análisis no es preguntarse qué tipo de persona es. El primer movimiento es reconstruir la situación: ¿quién dio la orden?, ¿con qué marco institucional?, ¿cómo se dosificó la orden?, ¿a qué distancia estaba el receptor del daño? La respuesta a esas preguntas precede a la pregunta por la persona.

La réplica de Burger (2009) cumple una función ética adicional: muestra que el fenómeno puede estudiarse sin llevarlo hasta el extremo del daño. La ciencia acumuló una deuda con los participantes de los estudios clásicos. La réplica posterior paga una parte de esa deuda al cortar la orden temprano, y al mismo tiempo confirma que el fenómeno se sostiene. Éticamente, el corte protege al participante; metodológicamente, el corte aísla con claridad qué parte de la obediencia dependía del techo y qué parte dependía del armado situacional.

Una lectura errónea de Burger consistiría en tratar el techo de 150 voltios como una cota del fenómeno. No lo es. El corte es una decisión ética, no una medición del límite de la obediencia. Lo que muestra la réplica es que el fenómeno se sostiene con el corte puesto; lo que no muestra es hasta dónde habría llegado sin el corte. Esa clase de especulación queda fuera del alcance de la fuente.

La lectura de Haslam y Reicher (2012)

Haslam y Reicher (2012) discuten una lectura frecuente de los estudios clásicos sobre obediencia: la idea de que quien obedece lo hace porque pierde la voluntad, queda atrapado por el experimentador, o simplemente "sigue órdenes sin pensar". Esa lectura no se sostiene cuando se mira el fenómeno de cerca, y la propuesta de los autores la reemplaza por otra más precisa.

Haslam y Reicher (2012) sostienen que la obediencia a una orden costosa no es ciega ni automática. La persona que obedece identifica a quien da la orden como una autoridad legítima, y acepta el marco que esa autoridad propone. La obediencia se sostiene porque la persona se identifica con el proyecto que la autoridad encarna. No es que la voluntad se apague: la voluntad se orienta hacia el proyecto.

Este punto reordena el análisis. Si la obediencia es resultado de una identificación, entonces no estamos ante un déficit, sino ante un proceso de alineamiento. La persona entiende que la autoridad representa algo (un proyecto científico, una causa institucional, una misión) y decide, paso a paso, que su acción queda justificada por ese proyecto. El dolor al receptor queda reinterpretado como costo admisible para que el proyecto avance.

Haslam y Reicher (2012) describen ese proceso en dos planos. En el plano individual, la persona negocia consigo misma qué significa seguir: cada paso se presenta como un paso más, no como un salto. En el plano grupal, la persona se reconoce como parte de un equipo que actúa bajo una autoridad legítima, y desde ahí se da permiso para continuar. Esa doble negociación es la que explica por qué la obediencia se mantiene cuando el daño es visible y la persona sabe lo que está pasando.

Para el parcial, eso significa que la pregunta "¿por qué obedeció?" no se responde con "porque le costó negarse". Se responde con "porque se identificó con el proyecto de la autoridad, y esa identificación le permitió reinterpretar el costo como admisible". La diferencia importa: la primera respuesta vuelve a poner el peso en la persona; la segunda lo pone en el vínculo entre la persona, la autoridad y el proyecto.

Haslam y Reicher (2012) cierran su argumento mostrando que la desobediencia, cuando aparece, no surge de un fallo de carácter: surge del quiebre de la identificación. Cuando la persona deja de ver a quien da la orden como autoridad legítima, o deja de ver el proyecto como justificable, la obediencia cae. Esa observación conecta con el bloque siguiente: si la obediencia depende de la identificación, hay condiciones que la deshacen.

Una confusión frecuente es tratar a Haslam y Reicher (2012) como si dijeran que la obediencia es una decisión libre en el sentido cotidiano. No es eso. Su planteo describe un proceso de alineamiento que ocurre dentro de un armado situacional que constriñe lo que aparece como razonable. Identificación no equivale a cálculo frío, y tampoco equivale a lavado. Es un estado intermedio que la fuente nombra con precisión y que conviene no aplanar.

Qué baja la obediencia

Si la obediencia depende del armado de la situación y de la identificación con el proyecto, hay condiciones concretas que la bajan. Vamos a trabajar dos.

La primera condición es la cercanía con quien recibe el daño. En el procedimiento original, el daño se aplicaba a una persona separada del que obedecía: otra habitación, otra silla, voz por altavoz. Esa distancia física y sensorial protege la obediencia, porque facilita la reinterpretación del daño como abstracto. Cuando la cercanía aumenta (el receptor está a la vista, el sonido es directo, la cara responde), la obediencia cae. La cercanía reintroduce al receptor como persona concreta, y la persona concreta es más difícil de tratar como costo del proyecto.

La segunda condición es la presencia de alguien que se niega primero. Cuando en el grupo hay una persona que dice "yo no sigo", la obediencia del resto cambia. La presencia de un modelo de desobediencia quita al obediente el soporte social implícito que necesita para seguir: si alguien del propio equipo se apartó, "seguir" deja de ser lo natural dentro del grupo. El efecto es asimétrico: basta con un disidente temprano para que la obediencia del resto se resienta.

Condición Qué cambia Hacia dónde se mueve la obediencia
Cercanía con quien recibe el daño El receptor deja de ser abstracto y aparece como persona concreta Baja
Presencia de alguien que se niega primero Aparece un modelo local de desobediencia dentro del grupo Baja

Las dos condiciones operan sobre mecanismos distintos. La cercanía opera sobre la identificación con el proyecto: cuando el receptor se vuelve concreto, el proyecto deja de justificar el daño. El disidente temprano opera sobre el marco de legitimidad: si alguien del propio equipo lo cuestiona, el marco deja de parecer evidente. Pero ambas producen el mismo movimiento: bajan la obediencia. Esa coincidencia en el resultado, con diferencia en el mecanismo, es lo que vuelve al fenómeno resistente a lecturas simples.

Una tercera vía que suele mencionarse es la desobediencia del propio ejecutor. Haslam y Reicher (2012) la describen como quiebre de la identificación con la autoridad o con el proyecto. Operacionalmente, equivale a las dos anteriores: si la persona deja de creer en el proyecto, el costo deja de parecer admisible, y la obediencia cae. Los tres caminos convergen, pero conviene nombrarlos por separado para no perder precisión.

Definición clave

Obediencia a una orden costosa: curso de acción por el cual una persona aplica una orden que sabe que produce daño a un tercero, manteniendo el rumbo a lo largo de una escalada gradual. Se sostiene en el armado de la situación (autoridad reconocible, marco institucional, daño distante, progresión paso a paso) y en la identificación de quien obedece con el proyecto que la autoridad encarna. Distinguir obediencia de acuerdo es la primera operación analítica: obedecer es seguir a la autoridad; estar de acuerdo es juzgar la acción como correcta. Las dos cosas pueden coincidir, pero no son la misma.

Cómo lee el psicólogo una escena de obediencia

¿Cómo lee un psicólogo una escena de obediencia? No empieza por la persona. Empieza por la situación, y se mueve en cuatro pasos.

Paso uno: preguntar quién dio la orden y con qué legitimidad. La obediencia requiere un emisor reconocible como autoridad. Si no hay autoridad identificable, no hay obediencia en el sentido que estamos discutiendo: hay presión social, hay intimidación, hay otro fenómeno distinto. La pregunta por la legitimidad desempaca tres cosas: el rol institucional de quien da la orden, el proyecto que esa autoridad invoca, y el marco que ofrece para justificar el costo. Sin esos tres elementos, la escena puede ser otra cosa.

Paso dos: distinguir obediencia de acuerdo. Obedecer es actuar porque alguien con autoridad lo pide. Estar de acuerdo es actuar porque uno juzga que la acción es correcta. Una persona puede obedecer sin estar de acuerdo, y puede estar de acuerdo sin mediar un pedido de autoridad. Cuando se las confunde, el análisis se vuelve confuso. Si la persona actuó por obediencia, lo que hay que interrogar es la autoridad; si actuó por acuerdo, lo que hay que interrogar es su juicio sobre la situación.

Paso tres: buscar si hubo alguien que se negó primero. La presencia o ausencia de un disidente temprano es un dato situacional, no un dato de personalidad. Si en el grupo había una voz que se apartó, y la persona igual siguió, la pregunta es por qué el marco siguió pareciendo legítimo. Si no había ninguna voz que se apartara, la pregunta es por qué no la hubo: el armado de la situación quizás hizo que la desobediencia fuera más costosa que la obediencia dentro del grupo.

Paso cuatro: no atribuir la obediencia al carácter de la persona. La persona no obedece "porque es sumisa", "porque la lavaron de chica", "porque tiene baja autoestima". Esas explicaciones suenan como causas, pero no son contrastables: una persona puede ser rotulada con ellas después de los hechos. Las dos fuentes citadas ubican la obediencia en el armado y en la identificación, no en un rasgo. Si el psicólogo llega a una atribución de carácter, tiene que poder mostrar qué lo llevó ahí, y la respuesta no puede ser "porque actuó como alguien sumiso".

Una vez cubiertos los cuatro pasos, el psicólogo puede volver sobre la persona. Pero la vuelve a mirar con información distinta: sabe cómo estaba armada la situación, sabe si la persona fue obediente o estaba de acuerdo, sabe si hubo disidencia temprana, y sabe que no debe quedarse en la atribución de carácter. Esa mirada es la que vuelve al análisis defendible ante el parcial.

Trampa de parcial

La afirmación que el examinador puede ofrecer como distractor: "Quien obedece una orden costosa tiene un rasgo de sumisión que se activa en la situación". Esa formulación tiene dos problemas, y el parcial los va a poner a prueba.

Problema uno: pone el origen de la obediencia en la persona. Burger (2009) mostró que la obediencia se mantiene al cambiar la población; eso desplaza el origen al armado situacional.

Problema dos: trata la identificación con la autoridad como si fuera ausencia de voluntad. Haslam y Reicher (2012) argumentan que la persona obedece porque se identifica con el proyecto, no porque pierda la voluntad.

Si la frase del parcial aparece, la respuesta correcta la rebate desde las dos fuentes: la obediencia no nace en un rasgo, sino en la situación y en la identificación con la autoridad.

Una variante más sutil: "La obediencia se explica por la personalidad autoritaria". Es otra trampa con ropaje distinto. La personalidad autoritaria es un constructo distinto, y no es lo que las dos fuentes citadas están explicando. La obediencia a la orden costosa que estamos discutiendo aparece también en personas que no puntúan alto en personalidad autoritaria. Confundir los dos constructos es otro modo de errar el blanco.

Otra variante, ya clásica: "Milgram demostró que la mayoría de las personas obedecen". Esa formulación invierte el peso del hallazgo: lo presenta como propiedad de las personas, cuando las dos fuentes citadas lo presentan como propiedad del armado. Si la frase aparece en el parcial, hay que moverla del lado de la situación.

Para el parcial

  • La obediencia a una orden costosa no se origina en la personalidad de quien obedece.
  • Burger (2009) replicó el procedimiento de Milgram deteniendo la orden en 150 voltios; la obediencia se sostuvo.
  • El dato de Burger (2009) no es un porcentaje para memorizar: es la persistencia del fenómeno al cambiar la población, lo cual ubica el origen en el armado.
  • Haslam y Reicher (2012) sostienen que la obediencia no es ciega ni automática; la persona identifica a la autoridad como legítima y se alinea con el proyecto que esa autoridad encarna.
  • Quien obedece lo hace porque se identifica con el proyecto, no porque pierda la voluntad.
  • Dos condiciones bajan la obediencia: la cercanía con quien recibe el daño, y la presencia de alguien que se niega primero.
  • La cercanía reintroduce al receptor como persona concreta y debilita la justificación del proyecto.
  • El disidente temprano quita al obediente el soporte social implícito que necesita para seguir.
  • La lectura del psicólogo empieza por la situación: quién dio la orden, con qué legitimidad, dentro de qué proyecto.
  • Obedecer y estar de acuerdo son procesos distintos; confundirlos desordena el análisis.
  • Atribuir la obediencia a un rasgo de carácter es la trampa habitual del parcial.

Mnemotecnia

SIAL. Situación, Identificación, Armado, Legitimidad. Cuatro palabras, cuatro pasos del análisis. Preguntas por la situación; revisas la identificación con la autoridad; confirmas que el armado de la orden tiene los ingredientes que vuelven la obediencia esperable; y verificas la legitimidad de quien da la orden. Si tienes los cuatro, puedes hablar de obediencia. Si falta alguno, estás ante otro fenómeno.

Referencias

Burger, J. M. (2009). Replicating Milgram: Would people still obey today? American Psychologist, 64(1), 1-11. https://doi.org/10.1037/a0010932

Haslam, S. A. y Reicher, S. D. (2012). Contesting the nature of conformity: What Milgram and Zimbardo's studies really show. PLoS Biology, 10(11), e1001426. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.1001426

Sobre la autoría
Este artículo pertenece a Psique Académica, proyecto educativo de psicología dirigido por Ricardo De Castro King, psicólogo clínico colombiano (Tarjeta Profesional COLPSIC 106127) que ofrece acompañamiento psicológico online, en español, a hispanohablantes en Estados Unidos, Canadá y Europa desde . Todo el contenido se publica bajo dirección editorial con proceso interno de control de calidad. Conoce más en Quiénes somos y en Sobre Rick. Contenido con fines educativos: no reemplaza la consulta profesional.