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Derechos sexuales, reproductivos y educación sexual

Por Ricardo de Castro King · Psicólogo clínico · Director de Psique Académica

Clase de contextos educativos. El ángulo cambia respecto de clases vecinas: aquí no se trata de clínica sexual ni de identidad de género, que tienen apunte propio, sino del programa escolar de educación integral de la sexualidad. La pregunta es si ese programa sirve para algo y qué hace el psicólogo cuando revisa uno.

1. De la charla suelta al programa integral

En la escuela circulan tres cosas que suelen llamarse educación sexual sin serlo. Una es la charla de biología: explicar aparato reproductor, métodos anticonceptivos y enfermedades de transmisión sexual en una o dos sesiones, sin más. Otra es el programa de solo abstinencia: pedir a los estudiantes que no inicien relaciones sexuales hasta el matrimonio y dejar ahí la conversación. La tercera es la educación integral de la sexualidad: un proceso basado en un currículo, planificado, con varias sesiones, que trabaja de forma articulada los aspectos cognitivos, emocionales, físicos y sociales de la sexualidad. La guía técnica internacional de la UNESCO (2018) la define precisamente así: no es un tema, es una manera de organizar la enseñanza de un tema a lo largo del tiempo.

La diferencia práctica se ve en lo que se puede evaluar. Una charla de biología no deja huella más allá de lo que el estudiante retuvo de memoria; no hay meta de aprendizaje emocional o social. Un programa de solo abstinencia dice tener una meta conductual —que el estudiante no tenga relaciones hasta el matrimonio— pero la evidencia acumulada muestra que no la alcanza y, además, deja sin herramientas a quienes sí las inician. Un programa integral, en cambio, fija metas observables en conocimiento, habilidades, actitudes y conductas, y puede ser evaluado en cada una de ellas por separado.

Para el parcial, la distinción útil es esta: una clase aislada sobre sexualidad dentro de la escuela no es educación integral por el solo hecho de cubrir el tema. Si la cobertura es una o dos sesiones, si se reduce a biología o a la consigna de esperar, si no hay continuidad entre los grados, si no se trabajan habilidades de comunicación y negociación, lo que hay es una actividad puntual. Llamarla educación integral por el nombre no la convierte en educación integral por el contenido.

Definición clave. Educación integral de la sexualidad: proceso de enseñanza, basado en un currículo, planificado en varias sesiones a lo largo del año, que aborda de forma articulada los aspectos cognitivos, emocionales, físicos y sociales de la sexualidad, con metas observables en conocimientos, habilidades, actitudes y conductas. Se distingue de la charla suelta de biología por la continuidad curricular, y del programa de solo abstinencia por la amplitud de metas y por el trabajo explícito de habilidades y de género.

El examen suele presentar una escena y preguntar qué tipo de actividad se está describiendo. Tres preguntas alcanzan para ubicarla: ¿cuántas sesiones forman el programa y cómo se articulan entre grados?; ¿las metas apuntan solo a conocimiento o incluyen habilidades, actitudes y conductas?; ¿se trabaja la presión de pares, la negociación del condón, las normas de género, o se deja esa parte fuera?. Si las tres respuestas son positivas, el programa cumple el piso de integralidad definido por la guía internacional.

2. Qué dice la evidencia

Durante décadas se ha discutido si estos programas funcionan. La respuesta cambia según se mire la pregunta. Por eso el examen distingue entre mejorar el conocimiento, cambiar la conducta y adelantar el inicio de la actividad sexual. La evidencia revisada responde a las tres por separado, y responderlas mal es lo que más cuesta en el parcial.

Goldfarb y Lieberman (2021) revisaron tres décadas de investigación sobre educación sexual en adolescentes y sostienen que los programas integrales mejoran los conocimientos, reducen conductas de riesgo —relaciones sin protección, múltiples parejas, consumo de sustancias asociado— y no adelantan el inicio de la actividad sexual. Este último punto es el más repetido y el más distorsionado fuera de la literatura: la idea de que hablar de sexualidad en la escuela lleva a los adolescentes a iniciarla antes no tiene respaldo en la evidencia revisada por estos autores. Lo que sí muestra la revisión es que, en los grupos que recibieron programas integrales, la edad de inicio no se movió o se retrasó ligeramente respecto de los grupos que no los recibieron.

Fonner y colaboradores (2014) revisaron 64 estudios sobre educación sexual escolar y prevención del VIH en países de ingreso bajo y medio. Encontraron efectos positivos sobre el conocimiento, sobre la autoeficacia percibida —la confianza del estudiante en su capacidad de negociar y usar protección— y sobre el uso declarado del condón. El tamaño del efecto varió según el diseño del estudio y la intensidad del programa. Lo que no encontraron fue evidencia de daño: no apareció adelanto del inicio sexual ni aumento de conductas de riesgo asociadas al programa. El resultado importa para el examen porque mucha de la bibliografía que justifica el recorte de estos programas en las aulas proviene de contextos distintos y no se sostiene cuando se mira la evidencia en conjunto.

Haberland (2015) revisó estudios de evaluación y encontró que los programas que abordan explícitamente género y poder —cómo las normas de género, las asimetrías de poder en la pareja y la presión social afectan las decisiones sexuales— son los que logran mayor reducción de embarazo adolescente e infecciones de transmisión sexual. Los programas que se limitan a entregar información sin trabajar esas dimensiones muestran efectos más débiles en resultados conductuales, aunque mejoren conocimiento. El hallazgo es central para la pregunta del psicólogo: no basta con que el programa hable de sexualidad; tiene que trabajar las normas que sostienen la vulnerabilidad.

Las tres fuentes convergen en un punto: el conocimiento sube con la mayor parte de los programas bien diseñados; los cambios conductuales aparecen cuando el programa es integral, dura varias sesiones, forma a los docentes y trabaja género y poder. La distinción entre los tres niveles de resultado —conocimiento, autoeficacia, conducta— es lo que el examen pone a prueba.

Trampa de parcial. Afirmar que la educación integral de la sexualidad adelanta el inicio de la actividad sexual es lo opuesto de lo que muestran las tres revisiones citadas. Si la respuesta dice que hablar de sexualidad en la escuela provoca que los adolescentes se inicien antes, contradice la literatura y pierde el ítem. Lo que la evidencia muestra es que la edad de inicio no se adelanta y, en algunos estudios, se retrasa levemente. La confusión viene de un supuesto no demostrado: que hablar de un tema lo provoca. En sexualidad, como en otros temas de salud, la relación observable va en sentido contrario.

3. Las seis condiciones que comparten los programas con efectos sostenidos

De las tres revisiones se desprende una lista de características que comparten los programas con efectos sostenidos. No son una declaración de buenas intenciones: son condiciones observables en el diseño y la ejecución. La guía técnica de la UNESCO (2018) las organiza de manera similar; las tres fuentes examinadas arriba aportan datos que sostienen varias de ellas.

  1. Base teórica explícita. El programa declara el modelo del que parte —conductual, social, de creencias, de género, integrado— y articula cada actividad con ese modelo. Sin marco teórico, las sesiones se vuelven contenido aislado y no se puede saber por qué una secuencia funciona o deja de funcionar.
  2. Andamiaje de varias sesiones distribuidas en el tiempo. Una sola sesión intensiva no alcanza; los efectos conductuales requieren varias sesiones distribuidas a lo largo del año, con actividades de seguimiento. La intensidad importa más que el número aislado de horas.
  3. Trabajo explícito de habilidades de comunicación y negociación. El programa entrena a los estudiantes en cómo decir no, cómo proponer el uso de protección, cómo sostener esa decisión frente a la presión. No basta con saber: hay que ensayar la conducta. Los programas que saltan este componente pierden efecto en la práctica.
  4. Docentes formados y supervisados. Quienes dan las sesiones recibieron formación específica en el programa, en el contenido y en el manejo de aula para estos temas. Un docente bien intencionado sin formación reproduce el formato de charla suelta aunque tenga un manual en la mano. La diferencia entre programa y charla suele estar en la formación de quien enseña.
  5. Adaptación al contexto. El programa se ajusta a la edad, al grado, al lenguaje y a las condiciones locales —incluida la lengua materna cuando difiere de la oficial— y se adapta a la realidad del alumnado y de la comunidad. Adaptar no es vaciar de contenido: es traducir el contenido a la escena concreta donde se aplica.
  6. Trabajo explícito de género y poder. El programa nombra y trabaja las normas de género, las asimetrías de poder en las relaciones y la presión social sobre varones y mujeres en sus decisiones sexuales. Esta dimensión es la que más pesa en los resultados conductuales según Haberland (2015). Sin ella, el programa se queda en información.

Las seis condiciones son acumulativas: una sola faltante suele explicar por qué un programa se queda corto. La segunda y la sexta son las que el examen pone con más frecuencia, porque son las más fáciles de describir sin aplicar y las que más brecha generan entre el efecto esperado y el efecto observado.

4. El lugar del psicólogo en el programa

El psicólogo escolar no reemplaza al docente ni dicta las sesiones del programa. Tampoco diseña el currículo por su cuenta. Su función frente a un programa de educación integral de la sexualidad es otra, y conviene tenerla clara para el examen.

El psicólogo revisa si el programa disponible cumple las seis condiciones, documenta lo que falta y devuelve lo faltante a quien diseña el currículo o coordina el programa en el centro educativo. Esto es coherente con el modelo de responsabilidad ya tratado en clases anteriores: la función del psicólogo no es ejecutar, sino documentar la barrera observada, nombrarla con el lenguaje técnico que corresponda y devolverla al cargo con el deber.

La revisión se traduce en una tabla de tres columnas. La primera recoge lo que se observa: cuántas sesiones tiene el programa, qué formación tiene el docente, qué materiales usa, dónde aparecen las normas de género trabajadas. La segunda describe qué indica esa observación: si el programa se acerca a un modelo integral, si se queda en charla de biología, si opera como solo abstinencia. La tercera columna indica a quién se devuelve: coordinadores de convivencia, dirección del nivel, junta de programa, distrito, equipo de orientación, según la barrera.

Lo que se observaQué indicaA quién se devuelve
Una o dos sesiones anuales aisladas, sin articulación entre gradosCobertura de actividad, no de programa; sin continuidad curricularCoordinación académica o dirección del nivel, según el reglamento interno
Docente sin formación específica para el programa, usando el manual como guía sueltaRiesgo de reproducción del formato charla; pérdida del efecto del diseño originalEquipo de orientación o área de formación docente del centro
Sesiones centradas solo en aparato reproductor y métodos, sin habilidades ni normas de géneroPrograma de tipo informativo; bajo efecto esperado en conducta según Haberland (2015)Diseño curricular del centro o coordinación del programa
Materiales que omiten trabajar presión de pares, negociación del condón o asimetrías de poderFalta de la dimensión de habilidades; se anticipa brecha entre conocimiento y conductaEquipo responsable del material y, si es externo, a quien contrató el programa
Programa adaptado a un contexto distinto al del alumnado —lengua, realidad local, valores comunitariosFalta el trabajo de contexto; baja adherencia por parte de los estudiantesDiseño curricular o junta de programa, con propuesta de ajuste
Métricas que solo miden conocimiento antes y después de una o dos sesionesNo se mide lo que el programa dice lograr en habilidades, actitudes y conductasCoordinación de evaluación del programa o dirección del nivel
Resultados conductuales sin cambio pese a buena cobertura y contenidoPosible ausencia de la dimensión de género y poder; revisar secuencia y materialesDiseño curricular con apoyo de orientación para análisis de la secuencia

El examen puede invertir el orden de las columnas y pedir a quién se devuelve una barrera descrita. Lo clave es la cadena: observación sin adjetivos, indicación con nombre del déficit, devolución al cargo concreto. Esa cadena, repetida con la misma forma, es la función del psicólogo escolar sobre el programa.

Una confusión frecuente es creer que el psicólogo debería dictar él mismo las sesiones cuando el programa falla. Eso lo saca del modelo de responsabilidad y lo pone en el lugar del docente, sin la formación pedagógica ni el rol institucional para hacerlo. La escuela tiene mecanismos para que el programa funcione; el trabajo del psicólogo es señalarle a esos mecanismos lo que está faltando.

5. Trampa de parcial

Dos confusiones concentran la mayoría de los errores de respuesta en este tema. Conviene nombrarlas antes del examen para detectarlas a tiempo.

La primera es confundir educación integral con información biológica. Si la respuesta describe un programa que solo entrega información sobre aparato reproductor y métodos, sin continuidad, sin habilidades, sin género y poder, está describiendo una charla de biología, no un programa integral. La integralidad se mide por las seis condiciones, no por el nombre del programa. Un cartel que diga Programa de Educación Integral no convierte a la actividad en integral.

La segunda es afirmar que estos programas adelantan el inicio sexual. Las tres revisiones citadas dicen lo contrario: no hay adelanto, y en algunos casos hay retraso leve. Decir lo opuesto contradice la evidencia y muestra que la respuesta repite un supuesto no demostrado en lugar de citar lo revisado. Es la equivocación más rápida de identificar al corregir.

Trampa de parcial. Si la respuesta iguala educación integral con información biológica, se quedó en la charla. Si afirma que estos programas adelantan la primera relación sexual, contradice la evidencia revisada. Uno solo de esos dos errores cuesta el ítem completo, aunque el resto del escrito esté correcto.

6. Para el parcial

Para el parcial.

  • Distinguir entre charla suelta de biología, programa de solo abstinencia y educación integral de la sexualidad, con un ejemplo de cada uno.
  • Citar las tres fuentes y el aporte de cada una: Goldfarb y Lieberman (2021) a nivel global, Fonner et al. (2014) en países de ingreso bajo y medio, Haberland (2015) en el peso de género y poder.
  • Decir qué miden los estudios: conocimiento, autoeficacia, conducta declarada, y no confundir los tres niveles en la respuesta.
  • Reproducir las seis condiciones que tiene que cumplir un programa para acercarse a efectos sostenidos.
  • Explicar por qué la dimensión de género y poder no es un agregado: es la condición que Haberland (2015) asocia con mejores resultados conductuales.
  • Describir la función del psicólogo como revisión, documentación y devolución al cargo, sin sustituir al docente ni diseñar el currículo por su cuenta.
  • Evitar las dos trampas: confundir integral con biológico, y afirmar adelanto del inicio sexual.

Para recordar. Dos frases cubren los dos ejes del examen. La primera, sobre el programa: BAHDAG — Base teórica, Andamiaje de varias sesiones, Habilidades de comunicación y negociación, Docentes formados, Adaptación al contexto, Género y poder. Si falta una de las seis, se sabe por dónde entra la crítica. La segunda, sobre la función del psicólogo: Revisa, documenta, devuelve — observar sin adjetivos, nombrar la barrera con el concepto correspondiente y entregarla al cargo con el deber. El orden importa: cambiar el orden transforma la intervención en otra cosa. Con esas dos frases presentes en la cabeza, el resto del parcial se ordena solo.

Fuentes

  • Goldfarb, E. S. y Lieberman, L. D. (2021). Three decades of research: The case for comprehensive sex education. Journal of Adolescent Health, 68(1), 13-27. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2020.07.036
  • Fonner, V. A., Armstrong, K. S., Kennedy, C. E., O'Reilly, K. R. y Sweat, M. D. (2014). School based sex education and HIV prevention in low- and middle-income countries: A systematic review and meta-analysis. PLOS ONE, 9(3), e89692. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0089692
  • Haberland, N. A. (2015). The case for addressing gender and power in sexuality and HIV education: A comprehensive review of evaluation studies. International Perspectives on Sexual and Reproductive Health, 41(1), 31-42. https://doi.org/10.1363/4103115
Sobre la autoría
Este artículo pertenece a Psique Académica, proyecto educativo de psicología dirigido por Ricardo De Castro King, psicólogo clínico colombiano (Tarjeta Profesional COLPSIC 106127) que ofrece acompañamiento psicológico online, en español, a hispanohablantes en Estados Unidos, Canadá y Europa desde . Todo el contenido se publica bajo dirección editorial con proceso interno de control de calidad. Conoce más en Quiénes somos y en Sobre Rick. Contenido con fines educativos: no reemplaza la consulta profesional.