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El experimento de Milgram y la obediencia a la autoridad: que revelo

1. TL;DR

El experimento de Milgram, realizado por Stanley Milgram entre 1961 y 1963 en la Universidad de Yale, investigó cuán lejos estaba dispuesta a llegar una persona común cuando una autoridad legítima le instruía infligir daño aparente a otro ser humano. El resultado fue perturbador: alrededor del 65 por ciento de los participantes administró el choque eléctrico máximo, 450 voltios, a un desconocido que gritaba de dolor, simplemente porque un experimentador con bata gris les repetía que el estudio debía continuar. La predicción de expertos, antes del experimento, situaba ese número por debajo del uno por ciento.

Milgram identificó factores que modulaban la obediencia y propuso la teoría del estado agencial, según la cual la persona pasa de un estado autónomo a uno en que se percibe como instrumento de la autoridad y diluye su responsabilidad personal. El experimento desató un debate ético liderado por Diana Baumrind, transformó los protocolos de consentimiento informado y sigue generando preguntas sobre el poder de la obediencia, desde la replicación de Burger en 2009 hasta las dinámicas de las jerarquías modernas.

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2. La sala de Yale y el generador de choques

Imagina que aceptas participar en un estudio sobre memoria y aprendizaje. Llegas a un laboratorio elegante de la Universidad de Yale. Un hombre con bata gris, de aspecto serio, te recibe junto a otro participante, un tipo amable de unos cincuenta años que se presenta como contador. El experimentador explica que el estudio examina los efectos del castigo en el aprendizaje. Uno de ustedes hará de profesor, el otro de aprendiz. Sacas un papel y resulta que tú serás el profesor.

El aprendiz es conducido a una sala contigua, lo sientan en una silla con correas y le colocan electrodos en los brazos. El experimentador te lleva frente a un aparato imponente: un generador de choques con treinta interruptores, desde 15 voltios hasta 450, con etiquetas que van de “choque leve” a “peligro: choque severo”. Tu tarea consiste en leer pares de palabras al aprendiz. Cada vez que se equivoque, deberás accionar un interruptor que le enviará un choque. Y con cada error, el voltaje subirá.

El primer error del aprendiz recibe 15 voltios. No sientes nada, porque el choque lo recibe él, al otro lado de la pared. Pero a los pocos minutos, cuando el voltaje pasa de 75 a 120 voltios, escuchas gritos. A los 150 voltios el aprendiz pide que lo saquen, dice que el dolor es insoportable. Tú miras al experimentador. Él, con voz neutra, dice: “El experimento requiere que continúes.”

Esta escena, que podría parecer una pesadilla, fue el protocolo que Stanley Milgram diseñó hace más de seis décadas. Lo que ocurrió después cambió la psicología social. Y la pregunta central que plantea sigue abierta: ¿qué harías tú en esa sala?


3. ¿Quién fue Stanley Milgram?

Stanley Milgram nació en 1933 en el Bronx, en una familia judía de clase trabajadora. Creció escuchando relatos de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, y esas historias dejaron una marca profunda. Se formó en ciencias políticas en Queens College y obtuvo su doctorado en psicología social en Harvard en 1960, bajo la dirección de Gordon Allport.

Milgram llegó a Yale en 1960 como profesor asistente. Allí comenzó a trabajar en una pregunta que lo perseguía desde la adolescencia: ¿cómo fue posible que tantas personas comunes participaran en el exterminio sistemático de millones de seres humanos durante el régimen nazi? La tentación fácil consistía en atribuir la barbarie a una maldad intrínseca del pueblo alemán. Milgram sospechaba que esa explicación era insuficiente y peligrosa: al ubicar el mal en un otro lejano y diferente, se evitaba preguntar si algo similar podría ocurrir en cualquier sociedad.

En 1961 se publicó en inglés Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, filósofa alemana de origen judío que cubrió el juicio de Adolf Eichmann para The New Yorker. Eichmann había sido logista del Holocausto, encargado de organizar el transporte de millones hacia los campos de exterminio. Arendt lo describió como un burócrata gris, un funcionario mediocre que cumplía órdenes con eficiencia administrativa.

La frase sobre la banalidad del mal no sugería que el mal fuera trivial. Sostenía que la perpetración de atrocidades a gran escala no requiere demonios, sino personas corrientes insertas en estructuras que les permiten desentenderse de las consecuencias de sus actos.

Milgram leyó a Arendt y, aunque los historiadores debaten cuánta influencia directa tuvo en su diseño experimental, la convergencia conceptual es evidente. Ambos apuntaban a la misma hipótesis incómoda: el mal masivo no necesita monstruos. Necesita jerarquías que funcionen y personas dispuestas a cumplir con su rol. La diferencia es que Arendt lo argumentó desde la filosofía política y Milgram decidió someterlo a prueba empírica. En lugar de especular sobre el carácter nacional alemán, preguntó: ¿qué pasaría si pusiera a ciudadanos estadounidenses comunes en una situación estructurada como una jerarquía burocrática que ordena infligir daño?


4. El experimento paso a paso

El protocolo merece descripción detallada, porque la precisión del diseño explica buena parte de su impacto y de las críticas posteriores.

Los tres roles

En cada sesión participaban tres personas. El experimentador, que supervisaba el estudio y daba las órdenes, era siempre el mismo: un actor profesional, un biólogo de aspecto severo que vestía una bata gris de laboratorio. El aprendiz, que recibía los choques aparentes, era también un actor: un contador de cincuenta años, afable, entrenado para seguir un guion. El tercero era el participante verdadero, reclutado por anuncios en periódicos que ofrecían pago por colaborar en un estudio sobre memoria y aprendizaje en Yale.

El participante real creía que los tres roles se asignaban al azar. En realidad, el sorteo estaba amañado: el actor interpretaba siempre el papel de aprendiz, y el participante real quedaba siempre como profesor.

El generador de choques

El aparato central era un generador de choques ficticio, construido para parecer real. Tenía treinta interruptores horizontales, cada uno con una etiqueta de voltaje: 15, 30, 45 y así hasta 450. Debajo había una descripción verbal que iba de “choque leve” a “peligro: choque severo”. Los últimos dos interruptores, de 435 y 450 voltios, estaban marcados con tres equis rojas.

El profesor no sabía que los choques eran falsos. El generador producía un zumbido y movía una aguja cuando se accionaba un interruptor, pero no enviaba corriente. El aprendiz actuaba su guion de dolor según el voltaje supuestamente administrado.

Las protestas del aprendiz

A los 75 voltios el aprendiz gemía. A los 120 protestaba en voz alta. A los 150 pedía que lo sacaran del experimento y mencionaba una afección cardíaca. A los 270 lanzaba un grito agonizante. A partir de los 330 voltios el aprendiz dejaba de responder: silencio total detrás de la pared.

Cada vez que el profesor dudaba, sudaba, temblaba o preguntaba si podía detenerse, el experimentador respondía con una de cuatro frases estandarizadas, en orden creciente de presión: “Por favor, continúe”, “El experimento requiere que continúe”, “Es absolutamente esencial que continúe”, “No tiene otra opción, debe continuar”. Si el profesor se negaba después de la cuarta frase, el experimento se detenía. Si no, continuaba hasta los 450 voltios.

Lo que el participante no sabía

El engaño era integral. El participante creía que el estudio era sobre memoria, que el sorteo era real y que el aprendiz recibía choques verdaderos. En realidad, el experimento medía cuántos choques administraba antes de negarse a continuar. La variable dependiente no era el aprendizaje del actor, sino la obediencia del participante.

Este detalle es crucial para entender la fuerza del hallazgo y la dureza de las críticas éticas posteriores. El diseño dependía de un engaño tan completo que ponía al participante en una situación que creía real, sin manera de descubrir la verdad hasta el final.


5. Los resultados que sorprendieron al mundo

Antes de correr el experimento, Milgram consultó a expertos. Pidió a psiquiatras, psicólogos y estudiantes de posgrado que predijeran cuántos participantes llegarían hasta los 450 voltios. Las predicciones fueron uniformes: casi nadie obedecería hasta el final. Los psiquiatras estimaron que solo una persona en mil administraría el choque máximo. La mayoría pensaba que los participantes se negarían a continuar apenas el aprendiz empezara a protestar.

El resultado fue muy distinto. En la condición original, la que Milgram llamó “control remoto” porque el aprendiz estaba en otra sala y solo se escuchaban sus quejas, el 65 por ciento de los participantes administró el choque máximo de 450 voltios. No todos lo hicieron sin señales de malestar: sudaban, temblaban, se retorcían, algunos reían nerviosamente, otros suplicaban al experimentador que detuviera el estudio. Pero obedecían.

Predicciones frente a realidad

Condición Predicción de expertos Resultado real
Aprendiz en sala contigua (control remoto) 0.1 por ciento llega a 450 V 65 por ciento
Aprendiz visible en la misma sala Se esperaba menor obediencia 40 por ciento
Profesor debe colocar la mano del aprendiz sobre la placa Se esperaba obediencia casi nula 30 por ciento
Experimentador da órdenes por teléfono Se esperaba igual que presencial 22 por ciento

La tabla sintetiza algunas de las catorce variantes que Milgram diseñó entre 1961 y 1962. Cada variante modificaba una sola condición y observaba el efecto sobre la tasa de obediencia. El patrón fue consistente: cuando la víctima se percibía más cerca y más real, la obediencia disminuía, pero no desaparecía. Incluso cuando el profesor debía sostener físicamente la mano del aprendiz contra la placa de choques, tres de cada diez participantes completaron el protocolo.

Lo que el dato no muestra

El porcentaje de obediencia es el dato más citado, pero no el más revelador. Lo más revelador fue la conducta de los participantes durante el experimento. Milgram filmó sesiones y describió el sufrimiento visible: un relojero sudaba tanto que empapaba su camisa; un participante apretaba los puños y murmuraba “no puedo, no puedo” mientras accionaba el interruptor; otro preguntaba quién se haría responsable si el aprendiz sufría daño y, al oír “yo me hago responsable”, continuaba.

Esos relatos muestran que la obediencia no fue fría. Fue obedecer sufriendo. Los participantes no se convertían en sádicos: seguían percibiendo el dolor ajeno, pero algo les impedía traducir esa percepción en desobediencia efectiva.

Lo perturbador no fue que los participantes no sintieran. Fue que sintieron y aun así obedecieron.


6. Por qué obedecieron: los factores que identificó Milgram

Los resultados no fueron homogéneos. Algunas condiciones produjeron casi total obediencia; otras, casi ninguna. Milgram examinó las diferencias e identificó cuatro grandes familias de factores que modulan la disposición a obedecer órdenes que producen daño aparente.

La proximidad de la víctima

Cuando el aprendiz estaba en otra sala y solo se le escuchaba, el 65 por ciento llegó a 450 voltios. Cuando estaba visible en la misma sala, la obediencia bajó al 40 por ciento. Cuando el profesor debía empujar la mano del aprendiz contra la placa, bajó al 30 por ciento.

La distancia física y sensorial respecto de la víctima facilita la obediencia. Cuando el sufrimiento se percibe de forma vívida, la resistencia aumenta. Esto tiene una implicancia incómoda: las estructuras burocráticas que alejan al funcionario de las consecuencias de sus actos facilitan la perpetración de daño. La distancia no suprime la moral: la anestesia.

La proximidad de la autoridad

Cuando el experimentador estaba presente, la obediencia fue alta. Cuando daba las instrucciones y se iba, la obediencia se desplomó. Cuando daba órdenes por teléfono, cayó más aún y varios participantes mintieron sobre el voltaje administrado.

La presencia física de la autoridad importa. La autoridad que se ve y se oye pesa más que la mediada. Esto explica por qué las jerarquías presenciales, como las militares o las de ciertos entornos laborales, generan mayor acatamiento que las distribuidas.

La presencia del grupo

En una variante, Milgram colocó tres profesores: el participante real y dos actores. Cuando los actores obedecían hasta el final, la tasa de obediencia del participante se mantenía alta. Cuando los actores se negaban a partir de los 150 voltios y abandonaban, la tasa caía al 10 por ciento. La presencia de pares que desobedecen libera al individuo para hacer lo mismo.

Este hallazgo se conecta con estudios clásicos sobre conformidad y presión social que muestran cómo el comportamiento del grupo moldea la conducta individual. El grupo funciona como ancla normativa: define lo que parece aceptable y esperado.

El encuadre institucional

Cuando el experimento se realizó en Yale, la obediencia fue mayor que cuando Milgram lo trasladó a un local comercial sin afiliación universitaria. La institución prestaba legitimidad: la bata gris, el edificio elegante, el membrete oficial funcionaban como señal de que la situación era digna de confianza.

La obediencia no nace solo de la fuerza de la orden. Nace de la credibilidad de quien la da y del marco que lo respalda.


7. La teoría del estado agencial

Los resultados empíricos planteaban un problema teórico. ¿Cómo explicar que personas comunes, sin patología aparente, administraran choques que creían reales a un desconocido que gritaba? Milgram no se conformó con describir el fenómeno. Propuso una explicación que presentó en su libro Obediencia a la autoridad de 1974, llamada teoría del estado agencial.

El estado autónomo

En la vida cotidiana, la mayoría de las personas opera en lo que Milgram llamó estado autónomo. En ese estado, la persona se percibe a sí misma como responsable de sus actos. Evalúa las consecuencias de lo que hace, ajusta su conducta según sus valores y se atribuye la autoría moral de sus decisiones. Si alguien le pide hacer daño a otro, puede negarse, porque su marco de referencia interno le dice que eso es incorrecto.

El estado agencial

Cuando entra en una jerarquía percibida como legítima, la persona puede pasar al estado agencial. Se redefine como instrumento de una autoridad exterior. La responsabilidad se transfiere, en su percepción, a quien dio la orden. La persona deja de preguntarse “¿es esto correcto?” y empieza a preguntarse “¿cumplí bien la instrucción?”.

Esa transferencia de responsabilidad es la clave de la teoría. No es que la persona se vuelva cínica. Es que redefine el marco dentro del cual juzga su conducta: en el estado autónomo juzga por consecuencias y valores, en el agencial por cumplimiento de la tarea asignada.

La absorción de responsabilidad

Esta reorganización explica un dato del experimento. Cuando el profesor preguntaba “¿quién es responsable si algo le pasa al aprendiz?”, y el experimentador respondía “yo soy responsable”, el profesor solía continuar. La asunción explícita de responsabilidad por la autoridad liberaba al participante.

La frase “yo me hago responsable” no cambia quién aprieta el interruptor. Pero cambia la representación psicológica de la autoría. El profesor sigue siendo la mano que ejecuta, pero deja de verse como autor moral del acto. Esta dinámica es relevante fuera del laboratorio: en contextos jerárquicos como el militar, el policial o el empresarial, la transferencia de responsabilidad a la figura de mando facilita la ejecución de tareas que el individuo podría cuestionar. La conexión con la asertividad como habilidad para sostener la propia posición resulta central: los pocos que desobedecieron dijeron con firmeza que no podían continuar.

Críticas a la teoría

La teoría del estado agencial ha sido objeto de debate. Stephen Reicher y Alexander Haslam sostienen que la obediencia no se explica por un estado mental binario autónomo-agencial, sino por procesos de identificación social con la autoridad. Según esta perspectiva, los participantes obedecen no porque abandonen su autonomía, sino porque se identifican con la causa que la autoridad representa y la asumen como legítima.

Esta discusión sigue abierta. La teoría de Milgram ofreció un primer marco explicativo, útil pero no definitivo, y las investigaciones posteriores han matizado o desafiado partes de ese marco.


8. Críticas éticas y metodológicas

El experimento generó desde el principio un debate ético intenso que contribuyó a transformar los estándares de la investigación con seres humanos.

La crítica de Diana Baumrind

La voz más conocida fue la de Diana Baumrind, psicóloga clínica especializada en estilos de crianza. En 1964 publicó en American Psychologist un artículo donde cuestionaba el procedimiento de Milgram.

El daño potencial para el sujeto no se limita al estrés experimentado durante el experimento, sino que incluye la alteración duradera de su autoimagen al descubrir que estaba dispuesto a obedecer órdenes destructivas.

Baumrind sostenía que el engaño era excesivo y que el sufrimiento infligido no estaba justificado por el conocimiento generado. Un participante que descubre que estuvo dispuesto a administrar choques potencialmente letales a un desconocido puede experimentar una crisis de autoconcepto difícil de reparar. La sesión de dehoax, donde se revelaba que todo era simulado, no borraba ese descubrimiento.

La respuesta de Milgram

Milgram respondió que la mayoría de los participantes, en encuestas posteriores, reportaban haber encontrado la experiencia positiva. Según sus datos, el 84 por ciento afirmaba estar contento de haber participado y solo el 1.3 por ciento declaraba arrepentimiento. La validez de esos datos ha sido cuestionada: las encuestas fueron realizadas por el propio equipo y los participantes podían sentir presión social. Investigaciones como las de Gina Perry documentan que en varios casos el dehoax fue apresurado o incompleto.

El cambio en los estándares éticos

El debate sobre Milgram coincidió con otros escándalos de la época, como el estudio de sífilis de Tuskegee. Esa confluencia impulsó la creación de comités de ética institucionales, el establecimiento del consentimiento informado como requisito y el principio de que el daño potencial no debe exceder el beneficio del conocimiento generado. Hoy un experimento como el de Milgram probablemente no aprobaría un comité de ética.

Críticas metodológicas

Gina Perry, en Behind the Shock Machine (2013), revisó los archivos de Milgram y documentó que el protocolo no fue tan estandarizado como se presenta. El experimentador no siempre seguía el guion de cuatro frases: en algunos casos presionaba más allá de lo establecido. También se ha cuestionado la generalización, pues los participantes eran voluntarios reclutados por anuncios en New Haven, lo que pudo sesgar la muestra. Estudios posteriores sugieren que las tasas de obediencia varían según cultura, época y contexto.


9. ¿Qué nos enseña Milgram hoy?

El experimento de Milgram sigue siendo uno de los estudios más citados en la historia de la psicología. Pero ¿qué tan vigente es su hallazgo?

La replicación de Burger (2009)

La pregunta es difícil porque repetir el experimento tal cual quedó vedado por los estándares éticos modernos. Pero en 2009, Jerry Burger publicó en American Psychologist una replicación modificada que respetaba los límites actuales. Detuvo el experimento a los 150 voltios, el punto donde el aprendiz pedía por primera vez que lo sacaran. Hasta ese punto, la tasa de obediencia en el estudio original era del 82.5 por ciento. Burger encontró que el 70 por ciento de los participantes actuales continuaba más allá de los 150 voltios, una cifra ligeramente inferior pero estadísticamente compatible con la original.

Los datos sugieren que, bajo ciertas condiciones, la mayoría de las personas continúa obedeciendo a la autoridad aunque esto implique causar aparente daño a otro.

La conclusión de Burger fue cautelosa: no hay evidencia de que las tasas de obediencia hayan cambiado significativamente en cuatro décadas.

Relevancia contemporánea

El hallazgo de Milgram se ha invocado en contextos muy diversos: la conducta de soldados en conflictos armados, la de empleados que ejecutan prácticas cuestionables, la de profesionales de la salud que participan en tortura, la de participantes en genocidios como Ruanda o la ex Yugoslavia. En todos esos casos, la estructura es similar: una jerarquía que ordena, un funcionario que ejecuta y una víctima cuya distancia facilita la continuación.

También se aplica a fenómenos cotidianos: el empleado que sigue una orden cuestionable porque “es la política de la empresa”, el estudiante que acosa a un compañero porque el grupo lo hace, el usuario que difunde información falsa porque la fuente parece legítima. Estos paralelos requieren cautela, pues extrapolar los resultados a contextos reales siempre implica simplificación.

La obediencia y los mecanismos de defensa

Una conexión útil se da con los mecanismos de defensa del yo. La disociación entre lo que se siente y lo que se hace, observable en los participantes de Milgram, se asemeja al funcionamiento de defensas como la intelectualización, la negación y el aislamiento del afecto. El participante racionaliza (“es por la ciencia”), minimiza (“probablemente no le pase nada grave”) o aísla la emoción (“yo solo aprieto el interruptor”).

Obediencia y personalidad

¿Existe un perfil de personalidad más propenso a obedecer? Los estudios que examinan la relación entre obediencia y rasgos como los del modelo Big Five sugieren asociaciones parciales, pero los efectos son modestos y dependen del contexto. Para profundizar, puede consultarse nuestra guía sobre los cinco grandes rasgos de personalidad. La evidencia sugiere que la obediencia destructiva no se explica principalmente por la personalidad individual. Se explica por la situación.


10. Errores frecuentes en el examen

En exámenes universitarios de psicología social, el experimento de Milgram genera respuestas que incurren en errores recurrentes. Conviene anticiparlos.

  1. Confundir el experimento de Milgram con el de la cárcel de Stanford. Son estudios distintos. El de Milgram mide obediencia a la autoridad con choques eléctricos. El de Zimbardo, realizado en 1971, asigna a participantes los roles de guardia y preso en una prisión simulada. Ambos abordan el poder de la situación, pero con protocolos y preguntas diferentes.
  2. Atribuir la obediencia a sadismo o psicopatía. Los participantes no eran sádicos. Mostraban sufrimiento visible durante el experimento. La obediencia no nació del placer de infligir dolor, sino de la presión de la estructura jerárquica.
  3. Olvidar que los choques eran falsos. Ningún aprendiz recibió choque real. El actor simulaba dolor. El participante creía que los choques eran reales, pero no lo eran. El daño causado fue psicológico, no físico.
  4. Atribuir el experimento a Stanley Milgram en 1974 como fecha única. El experimento original se realizó entre 1961 y 1963, y el primer artículo se publicó en 1963. El libro Obediencia a la autoridad, donde Milgram sistematizó las catorce variantes y su teoría, es de 1974.
  5. Pensar que la teoría del estado agencial es la única explicación. La teoría de Milgram es una propuesta entre varias. Reicher y Haslam, desde la psicología social de la identidad, ofrecen una explicación alternativa basada en la identificación con el grupo.
  6. Confundir obediencia con conformidad. La obediencia implica una jerarquía explícita: alguien da una orden y otro la cumple. La conformidad, estudiada por Solomon Asch, implica adaptarse a la conducta del grupo sin que haya una orden explícita.
  7. Afirmar que el experimento demuestra que el ser humano es malo por naturaleza. El experimento muestra que bajo ciertas condiciones estructurales, personas comunes pueden infligir daño aparente. La conclusión no es sobre la maldad esencial, sino sobre el poder de la situación.

11. La pregunta del estudiante

“Si cualquiera puede obedecer órdenes destructivas bajo presión, ¿qué sentido tiene la responsabilidad moral? ¿No nos exime el experimento de culpa?”

La pregunta contiene una inferencia que conviene examinar. El experimento describe un fenómeno: la obediencia bajo presión jerárquica es más frecuente de lo que se supone. Esa descripción no equivale a una justificación. Explicar por qué alguien obedece no es lo mismo que sostener que estaba bien que obedeciera.

La diferencia entre explicación y justificación es central en psicología y en ética. Explicar es dar cuenta de los factores que producen una conducta. Justificar es sostener que era correcta. El experimento explica la obediencia, no la justifica. Todo el campo de la psicología social posterior a Milgram se construye sobre la premisa de que conocer los mecanismos de la obediencia permite diseñar contextos que la dificulten.

La responsabilidad moral no desaparece por el hecho de que la presión situacional sea fuerte. Se modula y se redistribuye entre individuo y estructura. Los participantes que desobedecieron, ese 35 por ciento que se negó a continuar, demuestran que la obediencia no es inevitable. Incluso bajo la presión más efectiva que Milgram pudo diseñar, un porcentaje significativo se detuvo.

El hallazgo más esperanzador no es que muchos obedecieran. Es que algunos no lo hicieran.

Esa preparación puede apoyarse en el conocimiento de los sesgos cognitivos que distorsionan el juicio bajo presión, en el desarrollo de habilidades de comunicación asertiva que faciliten la expresión de desacuerdo, y en la comprensión de los procesos de aprendizaje que configuran respuestas automáticas ante la autoridad.


12. Preguntas frecuentes

13. Lecturas relacionadas en PsiqueAcadémica

14. Referencias

  • Milgram, S. (1963). Behavioral study of obedience. The Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371-378. https://doi.org/10.1037/h0040525
  • Burger, J. M. (2009). Replicating Milgram: Would people still obey today? American Psychologist, 64(1), 1-11. https://doi.org/10.1037/a0010932
  • Baumrind, D. (1964). Some thoughts on ethics of research: After reading Milgram’s “Behavioral Study of Obedience.” American Psychologist, 19(6), 421-423. https://doi.org/10.1037/h0040128
  • Reicher, S., & Haslam, S. A. (2011). After shock? Towards a social identity explanation of the Milgram “obedience” studies. British Journal of Social Psychology, 50(1), 163-169. https://doi.org/10.1111/j.2044-8309.2010.02015.x
  • Miller, A. G. (2009). Reflections on “Replicating Milgram” (Burger, 2009). American Psychologist, 64(1), 20-27. https://doi.org/10.1037/a0014407
  • Blass, T. (1999). The Milgram paradigm after 35 years: Some things we now know about obedience to authority. En Obedience to Authority (pp. 35-59). Taylor & Francis. https://doi.org/10.4324/9781410602022-8

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