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Homoparentalidad y terapia familiar: marco clínico, no debate moral

La primera vez que un colega me pasó un caso de dos madres con una niña de siete años, el motivo de consulta no era «la homoparentalidad». Era una rabieta en el colegio y una abuela que había dejado de hablarles. En la sala, la niña dibujó tres figuras y un perro. Una de las madres dijo, casi en voz baja, que el profesor había preguntado «quién es la de verdad». Esa frase no mide el apego. Mide un estereotipo que se cuela en la escuela, en la familia de origen y, si no tienes oficio, en tu propia formulación.

Este texto es un marco clínico. No es un debate moral. No te pide votar. Te pide no convertir a una familia en tesis, y no convertir la evidencia de desarrollo infantil en un folleto. La terapia familiar ya tiene casa en los principios históricos y en la alianza. Aquí el corte es otro: qué hace el sistema cuando hay dos padres del mismo género, qué dice la literatura de ajuste infantil, y dónde se mete el terapeuta cuando el síntoma es el contexto y no el hogar.

TL;DR

  • Homoparentalidad nombra un arreglo de crianza: dos (o más) adultos del mismo género que sostienen la parentalidad. El consultorio trabaja fronteras, lealtades y coparentalidad, no la orientación como diagnóstico.
  • Patterson (1992, 2005/2006, 2009) y Golombok (1997, 2004, 2009, 2014) describen, en muestras distintas, que el ajuste de niños y adolescentes se asocia más a la calidad de la crianza y del coparentaje que al género de los padres.
  • La trampa clínica es tratar la orientación como el problema identificado. El oficio es preguntar quién autoriza a esta familia a existir (escuela, abuelos, juzgado, terapeuta).
  • Minuchin sigue sirviendo: fronteras, subsistemas, jerarquía. El mapa no se tira porque el par parental sea del mismo género. Se revisa el estereotipo que tú mismo metes en el genograma.
  • Lo que duele con frecuencia suele ser el acoso, la familia de origen que retira saludo, el formulario que no tiene dos casillas de madre, o el profesional que pregunta «quién es la de verdad».

Homoparentalidad, en este recorte: crianza sostenida por un par (o un equipo) de adultos del mismo género, con o sin vínculo legal, con hijos por adopción, gestación, crianza previa o redes. Palabras de aula: coparentalidad, frontera, lealtad, contexto. Palabras que no caben: debate, cura, veredicto.

Qué nombra (y qué no te pide el caso)

En la primera sesión, el error más caro es abrir con la orientación. La familia vino por una rabieta, un insomnio, una pelea de coparentalidad, un informe del colegio. Tú puedes preguntar cómo se armó esta casa —adopción, pareja previa, donante, red— porque eso ordena el genograma. No puedes tratar esa pregunta como si fuera el motivo.

La familia como sistema abierto ya te enseñó entradas, reglas y retroalimentación. Una familia homoparental recibe entradas extra: formularios, chistes, políticas escolares, a veces un juzgado. Esas entradas no son «el ambiente» en abstracto. Son gente concreta que autoriza o veta. Si las omites, vas a buscar el síntoma dentro de las dos madres y lo vas a encontrar, porque todo el mundo tiene un síntoma si lo buscas con lupa.

Patterson (1992) publicó en Child Development una revisión que, tres décadas después, sigue siendo el punto de partida académico en inglés: los niños de padres lesbianas y gais no se agrupan, como grupo, en un perfil de daño. DOI 10.2307/1131517. En 2006 volvió sobre el tema en Current Directions in Psychological Science (10.1111/j.1467-8721.2006.00444.x. En 2009, en American Psychologist, articuló psicología, ley y política (10.1037/0003-066x.64.8.727. Esas tres piezas no te piden recitar que «está todo bien». Te piden no inventar un síndrome.

Viñeta. Dos padres gais llegan porque el hijo de nueve se pelea en el recreo. El colegio envió una nota: «dificultad de identidad». En la sala, el niño habla del futbol y de un compañero que le dijo «tú no tienes mamá». Si formules «conflicto de identidad por homoparentalidad», ya tomaste partido por el compañero. Si formules «acoso en un contexto que no nombra a esta familia», el mapa cambia. El trabajo puede incluir al colegio. También puede incluir la rabia de los padres que, para proteger, piden al niño que «no cuente tanto». Ahí aparece un secreto. El secreto sí es clínico. La orientación, no.

Lo que la evidencia de desarrollo sí sostiene (y lo que no)

Golombok, Tasker y Murray (1997) compararon niños criados desde la infancia en familias encabezadas por madres lesbianas y por madres heterosexuales solas (Journal of Child Psychology and Psychiatry, 10.1111/j.1469-7610.1997.tb01596.x. El diseño no equivale a un experimento de laboratorio: describe desarrollo en el mundo real, con las limitaciones de muestra que todo el mundo debería leer antes de citar de memoria. Lo que el paper sostiene es sobrio: las relaciones familiares y el desarrollo socioemocional no se desordenan, como grupo, por el hecho de que no haya un padre varón en casa. MacCallum y Golombok (2004) siguieron esa línea en la adolescencia temprana (10.1111/j.1469-7610.2004.00324.x. Golombok y Badger (2009) llegaron hasta la adultez temprana en Human Reproduction (10.1093/humrep/dep345.

Tasker y Golombok (1995) entrevistaron adultos que habían crecido en familias de madres lesbianas (American Journal of Orthopsychiatry, 10.1037/h0079615. Otra vez: no hay un destino solo. Hay trayectorias. Hay quienes relatan orgullo, hay quienes relatan cansancio de explicar, hay quienes relatan una adolescencia más o menos igual a la de su barrio. El terapeuta que espera un testimonio de daño para «entender el caso» está buscando confirmación.

Patterson (1995) describió, en Developmental Psychology, familias del «lesbian baby boom»: división del trabajo parental y ajuste de los hijos (10.1037/0012-1649.31.1.115. El dato que sirve en sala no se agota en la estadística recitada. Abre la pregunta: ¿quién hace la noche, quién hace la escuela, quién queda como «la de verdad» en el relato de los abuelos? Esa división, cuando se vuelve rígida y se carga de legitimidad, se parece a otras rigideces de pareja. La coparentalidad ya te entrenó a mirar el equipo que cría cuando la pareja se desarmó. Aquí el equipo cría y, a veces, la pareja está viva. No mezcles los dos cuadernos.

Farr, Forssell y Patterson (2010) preguntaron, en adopción, si la orientación sexual parental «importa» para el desarrollo (Applied Developmental Science, 10.1080/10888691.2010.500958. Golombok y colegas (2014) publicaron en Child Development sobre familias adoptivas de padres gais: relaciones padre-hijo y ajuste (10.1111/cdev.12155. Farr, Bruun y Patterson (2019) siguieron coparentaje y ajuste en familias adoptivas lesbianas, gais y heterosexuales (Developmental Psychology, 10.1037/dev0000828. Goldberg y Smith (2017) miraron la relación escuela-familia y el ajuste de niños adoptados pequeños (Early Childhood Research Quarterly, 10.1016/j.ecresq.2017.04.001.

Lee esas frases otra vez. Coparentaje. Escuela. Adopción. Ajuste. No «la homosexualidad de los padres». El constructo que predice malestar, en esos diseños, se parece al de otras familias: conflicto de pareja, calidad de la crianza, estrés de contexto, apoyo. Si tu formulación no tiene esas palabras y sí tiene «por ser dos madres», reescribe.

La evidencia no te pide celebrar. Te pide no fabricar un trastorno. El malestar que sí aparece con frecuencia es relacional y de contexto: acoso, formularios, familia de origen, profesionales que dudan en voz alta.

El genograma sin casilla de «la de verdad»

Minuchin te deja un mapa que sigue sirviendo: fronteras, subsistemas, jerarquías. Un par parental del mismo género sigue siendo un subsistema. Los hijos siguen siendo otro. Los abuelos siguen pudiendo invadir. La diferencia no está en tirar el mapa. Está en los estereotipos que el mapa hereda si no los miras.

Ejemplo. Dibujas dos círculos, una línea, un hijo. En el margen escribes «mamá biológica» y «mamá de crianza» aunque las dos críen desde el día uno. Acabas de meter una jerarquía que el juzgado, la escuela o la abuela ya querían. A veces esa distinción es legal y hay que nombrarla (un registro, una adopción pendiente). A veces es un prejuicio tuyo. Pregunta antes de dibujar.

Otra trampa: tratar a la donante o al donante como un fantasma que «falta». En algunas familias hay un relato de origen claro, cartas, fotos, un nombre. En otras hay un acuerdo de anonimato. El oficio es preguntar qué relato tiene el niño, no imponer el relato de la novela familiar heterosexual. Si el niño pregunta, se responde con la verdad que esa familia puede sostener. Si el terapeuta pregunta cada sesión «¿y el padre?», está haciendo de pariente invasor.

La parentificación también se cuela. Un hijo que traduce al mundo adulto («explícale tú a la profe que tengo dos madres») puede estar haciendo de puente. Eso se parece a lo que ya se describió en qué es la parentificación. Tampoco es un destino de las familias homoparentales. Aparece como riesgo cuando el contexto es hostil y los adultos, agotados, delegan la pedagogía social en el niño. El trabajo es devolver esa pedagogía a los adultos y, si hace falta, a la escuela.

Familia de origen, lealtades y el saludo que se retira

La abuela que deja de hablar. El tío que no invita a la niña. El hermano que dice «te quiero pero no estoy de acuerdo». Eso no opera como apéndice. Forma parte del sistema ampliado. En terapia familiar, la lealtad se trabaja; no se sermonea.

Una escena. Dos madres, una nena de cuatro, un domingo. La familia de origen de una de ellas pone un plato de menos y dice que «no hay silla». La nena lo ve. En sesión, esa madre llora y la otra se enoja con ella por «no poner límites». Si te quedas en la pelea de pareja, pierdes el corte: hay un veto externo que se metió en el subsistema parental. A veces el trabajo es un llamado conjunto a la abuela. A veces es decidir, con dolor, qué fiestas se visitan y cuáles no. A veces es duelo. El duelo de no ser invitada a la casa donde uno creció no se cura con un artículo de Patterson. Se nombra.

La familia y la migración enseña lealtades a dos orillas. Aquí las orillas pueden ser: la familia de origen y la familia que se eligió; el barrio que saluda y el que no; el país que registra dos madres y el que no. Un consultante puede vivir en Bogotá con un matrimonio reconocido y tener que «volver al clóset» en el pueblo. Eso es contexto. Si lo llamas «falta de autenticidad», te volviste juez.

Los marcos conceptuales del género te sirven para no confundir orientación, identidad y rol parental. Una de las madres puede ser no binaria. Uno de los padres puede haber transicionado después de la adopción. El cuaderno de marcos cubre las distinciones. Este artículo no las reescribe. Sí te pide no usar «homoparental» como si las casas fueran el mismo dibujo.

Escuela, formularios y el profesional que duda en voz alta

Goldberg y Smith (2017) ponen la escuela en el centro: la relación familia-escuela se asocia al ajuste de niños adoptados, también en casas lesbianas y gais. En consulta, eso se oye así: «en la reunión de padres no había dos sillas con nuestro apellido»; «el día de la madre se volvió un examen»; «el psicólogo del colegio nos pidió un informe para ver si el niño está confundido».

Tu oficio con la escuela no es dar una charla de diversidad. Es, si la familia lo pide, escribir una nota seca: el motivo de consulta, lo que se observó, lo que no se observa. Cero sermón. Cero «apoyo incondicional» de folleto. Hechos. Si el colegio insiste en «falta de figura masculina» como hipótesis, puedes citar, con mesura, que la literatura de desarrollo no sostiene esa hipótesis como destino. Patterson 2009 está pensada precisamente para el cruce con ley y política. No la uses como maza. Úsala como límite: no fabriques un trastorno.

Formularios. En LATAM todavía hay papeles con una casilla de madre y una de padre. Una familia puede reírse. Otra puede salir destrozada. Pregunta. A veces el trabajo es práctico: cómo llenar el papel sin mentir y sin humillarse. A veces es político y se deriva a un abogado. El terapeuta que se pone a militar en la sesión deja de ser terapeuta. El que ignora el papel deja de ver el sistema.

El profesor que pregunta «quién es la de verdad» no está haciendo anamnesis. Está metiendo una jerarquía. Tu trabajo, si entras al colegio, es devolver la pregunta: quién sostiene la noche, quién firma, quién consuela. Eso es parentalidad.

Qué hacer en las primeras cuatro sesiones (oficio, no protocolo rígido)

Sesión 1. Motivo. Genograma con los nombres que la familia usa. Pregunta por escuela, abuelos, juzgado, donante o adopción solo como mapa, no como escándalo. Alianza: unirse sin tomar partido vale igual. Si hay un niño en la sala, háblale a él. Si hay un secreto («no le hemos dicho»), no lo revientes en la primera hora.

Sesión 2. Coparentalidad. Quién decide, quién desautoriza al otro delante del hijo, quién queda como «la suave» y quién como «la dura». Patterson 1995 te recuerda que la división del trabajo se estudia; no asumas que una es «la mamá» y la otra «el papá» en versión disfraz. Esa metáfora heterosexual metida con calzador desordena más que ordena.

Sesión 3. Contexto. Lista de vetos y de apoyos. Una tía que cuida. Un vecino que no saluda. Un grupo de padres del colegio. Un chat. Si el síntoma del niño baja en casa y sube en el recreo, el mapa ya te está hablando.

Sesión 4. Hipótesis en voz alta, corta. «Veo una rabieta y un colegio que no nombra a esta familia; veo una abuela que retiró el saludo; veo un par parental que pelea por quién tiene que ser de hierro.» Si tu hipótesis empieza por la orientación, bórrela y escribe de nuevo.

Lo que no haces. No pides una prueba de «aptitud parental» porque el par sea del mismo género. No buscas un padre de alquiler para «equilibrar». No conviertes la sesión en educación sexual del niño. No usas a la familia para demostrar tu postura. Si tu postura te impide trabajar, derivas. Derivar es oficio. Quedarte a corregirlos es otra cosa.

Qué escribir en la evolución (para no dejar un prejuicio en el expediente)

El expediente es cara visible. Un interno que escribe «familia homoparental disfuncional» ya sentenció. Un interno que escribe «dos madres; motivo: rabieta escolar; abuela retiró saludo; colegio preguntó quién es la de verdad» dejó hechos. La diferencia no es cosmética. El próximo profesional va a leer tu frase como si fuera el caso.

Tres líneas que suelen alcanzar. Una: quién vive en la casa y cómo se nombran. Dos: el motivo, con las palabras de quien consultó. Tres: el contexto que entra (escuela, juzgado, familia de origen, donante o adopción si ya se habló). Si todavía no se habló, no lo inventes en el margen.

Lo que no va. «Falta de figura masculina» como hipótesis suelta. «Niño confundido» sin conducta observable. «Madre biológica» si las dos crían y el dato legal no se pidió. «Orientación» en el campo de diagnóstico. Si hay un CIE o un DSM, el código nombra el motivo (un insomnio, una ansiedad, un problema relacional), no el arreglo de la casa.

Supervisión. Si al leer tu evolución te da vergüenza que la familia la viera, reescribe. Esa prueba es más honesta que un checklist de lenguaje inclusivo. El lenguaje inclusivo, por sí solo, no cubre un prejuicio de fondo. Los hechos, sí.

LATAM, sin inventar leyes. En varios países de la región hay registro de dos madres o dos padres; en otros, no. En una misma ciudad puede haber un colegio que saluda y un notario que traba. El terapeuta pregunta el dato local. No recita un código que no abrió. Si hay un trámite de adopción conjunta trabado, el malestar puede ser el trámite. Nombrarlo evita buscar un síntoma intrafamiliar que «explique» el insomnio de noviembre.

Tabla de oficio para el parcial y para la sala:

Pregunta Si respondes esto, reescribes Si respondes esto, sigues
¿Cuál es el motivo? La orientación La rabieta, el insomnio, la pelea
¿Qué predice el ajuste? El género del par Crianza, coparentaje, contexto
¿Qué hace Minuchin aquí? Tirar el mapa Fronteras y subsistema parental
¿Qué hace la escuela? «Falta una figura» Formulario, recreo, reunión
¿Qué hace la abuela? Un apéndice moral Lealtad y veto en el sistema
¿Qué hace el niño puente? Madurez admirable Riesgo de parentificación

Lee la columna del medio. Es el atajo. La columna de la derecha es el cuaderno.

Una escena más, de pareja. Dos padres. Uno quiere «no hacer tanto ruido» en el edificio. El otro quiere poner una foto en la puerta del colegio. La pelea parece de carácter. Debajo hay un cálculo de seguridad y un cálculo de dignidad. Si tomas partido por la dignidad, el que pide silencio queda como cobarde. Si tomas partido por la seguridad, el que pide foto queda como exhibicionista. El oficio es preguntar de qué amenaza concreta habla cada uno: un vecino, un juez, un tío, un recuerdo de un golpe. Sin ese dato, tu alianza se va a un bando.

Otra escena, de adolescente. Quince años, dos madres, un novio. El colegio llama porque «se viste raro». En casa, una madre ríe y la otra se asusta. El asustarse puede ser homofobia interiorizada. También puede ser memoria de acoso. Pregunta la memoria antes de etiquetar a la madre. El adolescente puede estar haciendo un género que las madres no esperaban, y eso no «confirma» nada sobre la casa: confirma que los adolescentes prueban formas. Los marcos del género cubren esa distinción. Aquí basta con no usar el ensayo identitario del hijo como prueba a favor o en contra de la homoparentalidad.

Cuando hay separación. Dos madres se separan. Aparece el cuaderno de coparentalidad, ahora sí. Visitas, plata, quién queda en la casa, quién habla mal del otro delante de la nena. El hecho de que el par haya sido del mismo género no simplifica el duelo. A veces lo complica: la familia de origen de una «vuelve» y dice que por fin. Ese «por fin» es un veto con sonrisa. Se trabaja como veto.

Cuando hay un donante conocido que ahora quiere «ser papá». El sistema se agranda. Frontera. Qué se pactó, qué se le dijo al niño, qué pide el donante, qué teme el par. No improvises derecho de familia. Mapea lealtades y, si hay conflicto legal, deriva. El consultorio no opera como juzgado. Sigue siendo el lugar donde el niño oye dos relatos y necesita uno que no lo parta.

Cierre de esta sección. Si pudieras borrar la orientación del expediente y el caso sigue en pie (rabieta, abuela, colegio), estabas trabajando el caso. Si al borrar la orientación se te cae la formulación, estabas trabajando tu tesis.

Errores que cuestan puntos (en el examen y en la sala)

El primero: tratar la orientación como el paciente identificado. El chivo expiatorio familiar ya tiene artículo propio; aquí el riesgo es que el terapeuta fabrique el chivo. El segundo: citar «los niños necesitan un papá y una mamá» como si fuera un hallazgo. La literatura de Golombok y Patterson no sostiene ese destino. El tercero: ignorar el acoso. Un niño puede estar bien en casa y mal en el recreo; eso no «prueba» que la casa falle. El cuarto: clóset forzado («conviene no contarlo en el colegio»). A veces es una estrategia temporal de seguridad. A veces es un secreto que parentifica. Distingue. El quinto: alianza con una madre contra la otra usando «tú eres la biológica». El sexto: confundir homoparentalidad con coparentalidad post-separación heterosexual. El séptimo: olvidar que hay familias homoparentales pobres, racializadas, migrantes, evangélicas, ateas. El estereotipo de la pareja urbana con dos sueldos no cubre el continente.

En el oral, si te piden «¿la evidencia qué dice?», responde con autor, año y límite de muestra. No respondas con un adjetivo moral. En la sala, si te piden que «opines», responde con el motivo de consulta.

Preguntas frecuentes

¿La homoparentalidad daña el desarrollo de los hijos?

Los estudios de Patterson y de Golombok, en las muestras que publicaron, no describen un perfil de daño ligado al género de los padres. El ajuste se asocia a crianza, coparentaje y contexto. Un niño concreto puede estar mal por las mismas razones que en otras casas: conflicto, negligencia, acoso, duelo. Lee el caso, no el prejuicio.

¿Hay que buscar una «figura» del otro género?

No como fórmula fija. Hay tíos, entrenadores, maestras, abuelas, vecinos. Las redes importan en las familias, sean del dibujo que sean. Fabricar un padre de alquiler para «corregir» el hogar mete una jerarquía ajena. Si el niño pide una relación, se trabaja el pedido. Si el colegio lo exige, se trabaja el colegio.

¿Cómo se habla con el niño del origen (donante, adopción)?

Con la verdad que esa familia puede sostener, en lenguaje de su edad, sin convertir cada sesión en el capítulo del origen. El relato se construye en casa; el terapeuta ayuda a que no sea un secreto vergonzante ni un discurso de militancia. Si hay adopción, hay un expediente y hay lealtades: no las borres.

¿Qué hago si mi propia postura me estorba?

Derivas. La alianza se nota. Una familia lee el silencio, el chiste, la pregunta de más. Supervisa. No uses la sesión para resolver tu dilema moral. El marco de este texto es clínico: el motivo, el sistema, la evidencia de desarrollo.

¿Minuchin sirve o hay que tirar el mapa?

Sirve. Fronteras y subsistemas no piden un padre y una madre. Piden un par que críe y un contexto que no invada. Revisa las etiquetas que metes en el dibujo. El mapa se ensucia con estereotipos, no con el género del par.

¿Esto es lo mismo que coparentalidad después de un divorcio?

No. La coparentalidad post-separación trabaja un equipo que ya no es pareja. Aquí puede haber pareja viva, adopción, donante, familia de origen que veta. Hay puentes (quién decide, quién desautoriza). Hay cuadernos distintos. No recicles el de divorcio.

Lecturas relacionadas en PsiqueAcadémica

Referencias

Patterson, C. J. (1992). Children of lesbian and gay parents. Child Development, 63(5), 1025. 10.2307/1131517

Patterson, C. J. (1995). Families of the lesbian baby boom: Parents’ división of labor and children’s adjustment. Developmental Psychology, 31(1), 115-123. 10.1037/0012-1649.31.1.115

Tasker, F., & Golombok, S. (1995). Adults raised as children in lesbian families. American Journal of Orthopsychiatry, 65(2), 203-215. 10.1037/h0079615

Golombok, S., Tasker, F., & Murray, C. (1997). Children raised in fatherless families from infancy: Family relationships and the socioemotional development of children of lesbian and single heterosexual mothers. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 38(7), 783-791. 10.1111/j.1469-7610.1997.tb01596.x

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Patterson, C. J. (2006). Children of lesbian and gay parents. Current Directions in Psychological Science, 15(5), 241-244. 10.1111/j.1467-8721.2006.00444.x

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Farr, R. H., Forssell, S. L., & Patterson, C. J. (2010). Parenting and child development in adoptive families: Does parental sexual orientation matter? Applied Developmental Science, 14(3), 164-178. 10.1080/10888691.2010.500958

Golombok, S., Mellish, L., Jennings, S., Casey, P., & Tasker, F. (2014). Adoptive gay father families: Parent–child relationships and children’s psychological adjustment. Child Development, 85(2), 456-468. 10.1111/cdev.12155

Goldberg, A. E., & Smith, J. Z. (2017). Parent-school relationships and young adopted children’s psychological adjustment in lesbian-, gay-, and heterosexual-parent families. Early Childhood Research Quarterly, 40, 174-187. 10.1016/j.ecresq.2017.04.001

Farr, R. H., Bruun, S. T., & Patterson, C. J. (2019). Longitudinal associations between coparenting and child adjustment among lesbian, gay, and heterosexual adoptive parent families. Developmental Psychology, 55(12), 2547-2560. 10.1037/dev0000828