
TL;DR
Los mitos familiares son relatos compartidos que dan identidad al grupo y dejan fuera lo que no encaja con esa imagen. Los guiones familiares son pautas relacionales internalizadas que se transmiten de una generación a otra y se expresan en escenas típicas (pelearse de una forma, reconciliarse de otra, cortar de un modo característico). Las lealtades invisibles atan a los miembros por obligaciones y deudas no dichas que pesan sobre decisiones presentes. En la clínica, reconocer estos tres planos sirve para distinguir lo heredado de lo elegido. No se trata de un hallazgo que resuelve por sí solo: se trata de una herramienta para mirar la repetición con más precisión y trabajar sobre ella con cuidado.
Una escena en consultorio
Marta tiene 44 años y llega a consulta porque repite el mismo desencuentro en sus relaciones de pareja. Se implica, sostiene al otro durante meses, se agota, corta de golpe y queda con culpa. No entiende por qué le cuesta poner límites antes de quedar atrapada, ni por qué termina agotándose. Cuando describe la secuencia, hay algo que le suena familiar, pero no logra ubicarlo del todo.
La psicóloga le pregunta por su madre. La madre de Marta sostuvo durante décadas a un padre con problemas de alcohol, y sostenía también a su propia madre, que cargaba con la casa y con los hermanos. La madre de Marta se presenta a sí misma como la mujer fuerte de la familia, la que no se queja, la que saca las cosas adelante. Cuando Marta era chica, aprendió a leer cuándo su madre estaba al borde y a hacerse la que no necesitaba nada para no agregar peso.
Esa escena se repite ahora: Marta detecta el agotamiento del otro, se adelanta a sostenerlo, se borra, y termina cortando porque ya no puede más. La escena de Marta no se explica solo por su carácter. Se parece a una pauta que se transmitió por repetición, que se nombró con palabras (“somos los fuertes, los que aguantan”), y que se actuó en momentos críticos sin que se revisara de forma explícita. Esto es lo que en terapia familiar se llama guion familiar, y forma parte de algo más amplio que en la literatura clínica se conoce como mito familiar.
Lo que muestra esta escena
La escena de Marta sirve para mostrar tres planos distintos que conviene no confundir. Primero, hay un relato familiar: los de esta casa somos los fuertes, los que aguantan, los que no se quejan. Ese relato fue dicho con palabras y fue repetido de forma implícita en cada decisión cotidiana. Segundo, hay una pauta aprendida: Marta detectó que sostener al otro sin pedir nada era el modo normal de cuidar, y la incorporó a su manera de vincularse. Tercero, hay un costo que se transmite: Marta terminó agotándose y cortando, tal como su madre cortaba con el padre en silencio, sin anuncio.
Esta triple lectura es la que la clínica intenta hacer cuando alguien llega repitiendo algo que no logra explicar. No se trata de acusar a la familia ni de convertir el pasado en causa suficiente del presente. Se trata de ofrecer un mapa para mirar la repetición con más precisión, de modo que la persona pueda decidir qué quiere conservar, qué quiere modificar y qué quiere dejar.
¿Qué es un mito familiar? Una definición operativa
Un mito familiar es un conjunto de creencias compartidas por los miembros de una familia sobre quiénes son, cómo son y qué los une. Estas creencias organizan la imagen que el grupo defiende hacia afuera y hacia adentro, y dejan fuera aquello que no encaja con esa imagen. Cuando un dato contradice el relato, el dato se descarta, se minimiza o se reinterpreta para preservar la coherencia del mito.
La definición anterior recoge la formulación que Antonio J. Ferreira publicó en 1963 en Archives of General Psychiatry. Ferreira no pensaba el mito como una historia falsa o como un cuento: lo pensaba como una pieza funcional del sistema familiar, una forma de preservar el equilibrio del grupo frente a tensiones que lo amenazarían. Si una familia se cuenta a sí misma como unida y armoniosa, los conflictos de peso quedan fuera del relato. Si se cuenta como una familia de hombres fuertes y mujeres que aguantan, la fragilidad masculina o el pedido de ayuda se vuelven difíciles de nombrar.
El mito, en esta lectura, no es un error del grupo: es una forma de sobrevivir. Lo que se vuelve problemático es cuando el mito se rigidiza tanto que el grupo deja de poder registrar lo que realmente ocurre. Ahí es donde se inicia el trabajo clínico: no para destruir el mito, sino para devolverle al grupo la posibilidad de mirarse de otro modo.
Tabla 1. Los cuatro conceptos del artículo
| Concepto | Autoría de referencia | Qué describe | Cómo se observa |
|---|---|---|---|
| Mito familiar | Ferreira (1963) | Creencias compartidas sobre la identidad del grupo | En cómo la familia se presenta y se cuenta a sí misma |
| Fantasía grupal | Stierlin (1973) | Capa más profunda del mito, actuada en silencios y rituales | En escenas familiares repetidas, en lo que no se dice |
| Guion familiar | Byng-Hall (1986, 1988) | Pauta relacional internalizada que se reproduce | En escenas típicas en la vida adulta del consultante |
| Lealtad invisible | Boszormenyi-Nagy (1973, reimp. 2014) | Obligación no verbalizada que ata a los miembros | En renuncias, cuidados y deudas que pesan en decisiones presentes |
De Ferreira a Stierlin: cómo se fue ampliando el concepto
En 1973, Helm Stierlin amplió la mirada al hablar de fantasías grupales. Stierlin propuso que el mito familiar no se dice solo con palabras, también se actúa. Hay rituales, silencios, formas de mirar y de no mirar que sostienen una imagen común sin que se articule explícitamente. La fantasía grupal sería esa capa más profunda, difícil de acceder por la vía del relato consciente.
Una cena familiar en la que ningún miembro pregunta a quien atraviesa un duelo, por ejemplo, no se organiza por un acuerdo explícito: se organiza por una fantasía grupal que dice que en esa mesa no se habla de lo que duele. El mito, en este caso, sería la leyenda de “los fuertes”; la fantasía grupal sería el rito de no preguntar, servido como cariño.
Stierlin también discutió qué pasa cuando un miembro del sistema se distancia del mito. Si el mito familiar dice que “los hombres no lloran” y un hijo crece llorando, el sistema puede reaccionar de dos formas: o reabsorbe al hijo en el mito (presionándolo a ajustarse), o lo expulsa simbólicamente. Este dilema se observa con frecuencia en consulta cuando alguien ha roto un guion familiar y paga el costo en forma de distancia, culpa o separación.
Guiones familiares: lo que se hereda en forma de pauta
Un guion familiar es una pauta relacional internalizada que organiza cómo cada miembro se vincula con los demás. Se aprende por repetición dentro del grupo, se expresa en escenas típicas (pelearse de una forma concreta, reconciliarse de otra, cortar de un modo específico) y se transmite a la siguiente generación con variaciones menores. Lo que se hereda no son solo ideas: se heredan formas de hacer con el otro.
John Byng-Hall tomó el concepto de guion del análisis transaccional y lo llevó al campo de la terapia familiar. En un artículo de 1986 publicado en Journal of Child Psychotherapy, propuso que el guion podía funcionar como puente entre el trabajo con niños y el trabajo con familias: lo que un niño muestra en el juego suele ser el mismo patrón que su familia actúa en casa, y lo que una familia actúa se internaliza en el niño como guion.
En 1988, en Family Process, Byng-Hall desarrolló la noción de leyenda familiar. Las leyendas serían las versiones oficiales que cada familia cuenta sobre sí misma. Estas leyendas no son mentiras deliberadas: son narrativas que el grupo necesita para sostenerse. Una familia puede tener la leyenda de que “aquí nos arreglamos solos” y, al mismo tiempo, apoyarse en una hermana que sostiene al resto sin pedir nada. La leyenda y la escena conviven, y la escena se internaliza como guion en quien la vive desde abajo.
Una diferencia operativa entre mito y guion, en la línea de Byng-Hall, es que el mito se cuenta y el guion se actúa. Esto no significa que no puedan cambiar: significa que la clínica trabaja de forma distinta con cada uno. Con el mito, el trabajo suele ir por la vía del relato: reconocerlo, hacerlo explícito, abrirlo a revisión. Con el guion, el trabajo va por la vía de la escena: identificar la pauta, sostenerla en consulta y ensayar variantes.
Tabla 2. Mito, guion y lealtad: tres planos distintos
| Mito familiar | Guion familiar | Lealtad invisible | |
|---|---|---|---|
| Unidad | El grupo | Cada miembro | El vínculo entre miembros |
| Qué es | Un relato compartido | Una pauta internalizada | Una obligación no verbalizada |
| Cómo se transmite | Por tradición oral, rituales, silencios | Por repetición escena a escena | Por cuentas emocionales y renuncias heredadas |
| Cómo se observa | En cómo la familia se presenta | En cómo el consultante actúa sus vínculos | En decisiones que parecen inexplicables |
| Ejemplo | “En esta familia los hombres no lloran” | Marta que se borra para sostener | Elegir una profesión por un padre ausente |
Lealtades invisibles: el motor silencioso
Una lealtad invisible es un vínculo de obligación no dicho entre miembros de una familia, sostenido por renuncias, cuidados y deudas que se transmiten a través de las generaciones. Estas lealtades pueden organizar elecciones de pareja, de profesión, de lugar de residencia e incluso de enfermedad mucho después de que las personas directamente involucradas hayan muerto.
Ivan Boszormenyi-Nagy y Geraldine M. Spark desarrollaron esta idea en el libro Invisible Loyalties, publicado en 1973 y reeditado por Routledge en 2014. La tesis central es que las familias llevan un libro de cuentas emocional: cada miembro acumula lo que dio, lo que recibió y lo que se le debe. Las cuentas no se cierran con la muerte, sino que pasan a los descendientes. Un hijo paga, sin saberlo, una deuda que su padre o su abuelo dejó abierta.
Es importante distinguir entre el libro de Nagy y Spark y una reseña publicada en la revista Social Work en 1976. La reseña puede orientar al lector, pero no desarrolla la teoría. El texto de referencia es la monografía original, y es esa monografía la que debe citarse cuando se habla del concepto.
Las lealtades invisibles se sienten a veces como una obligación difusa: un consultante que rechaza una promoción laboral porque “no podría ser más que mi padre”; una persona que cuida a un hermano con problemas crónicos sin permitirse descanso, sin recordar quién le pidió que lo hiciera; alguien que elige una pareja en función de cuidar, no de elegir. Estas escenas son lugares donde la lealtad invisible actúa con fuerza.
Mito, guion y síntoma: cómo se distinguen
Una confusión frecuente en consulta es confundir el mito y el guion con el síntoma. La diferencia es importante para la dirección del trabajo clínico.
El síntoma suele ser individual: cefaleas, insomnio, irritabilidad, evitación. El mito y el guion son compartidos o actuados: son de la familia, aunque se manifiesten en la persona. Cuando se trabaja solo sobre el síntoma sin mirar el guion, suele pasar que el síntoma cambia de forma o se muda a otra área de la vida. Cuando se mira el guion y la pauta familiar, el síntoma puede perder parte de su función sin que sea necesario atacarlo de forma directa.
Otra diferencia: el síntoma a veces tiene una función adaptativa en el aquí y ahora (bajar la ansiedad, evitar un conflicto). El guion, en cambio, tiene su función en el sistema familiar de origen, no necesariamente en la vida actual. Reconocer esto ayuda a no patologizar al consultante y a no reducir el problema al síntoma aislado.
Por último, conviene tener presente que un mismo síntoma puede leerse de varias formas. Un aislamiento social puede ser un rasgo, un efecto de un trauma, una elección actual, o el eco de un guion familiar que sostenía que “conviene no involucrarse demasiado”. Las cuatro lecturas no se excluyen: se suman. La clínica honesta no elige una y descarta las otras, sino que las pone a conversar.
Para qué sirven en la clínica
En la consulta individual o de pareja, reconocer un mito o un guion familiar sirve para varias cosas que conviene tener separadas:
Primero, ayuda a distinguir lo heredado de lo elegido. Muchas personas llegan a consulta con la convicción de que sus patrones son parte de su carácter. Cuando descubren que ese patrón se repite en sus hermanos, en sus padres y a veces en sus tíos o abuelos, el plano cambia: lo que parecía propio se vuelve compartido, y lo que se comparte se puede revisar.
Segundo, permite identificar escenas repetidas que parecen accidentales. Si una persona vive la misma pelea en tres relaciones distintas, no es probable que los otros tres sean el problema. Es más probable que la persona esté actuando un guion aprendido y que cada partenaire nuevo active la misma escena. Identificar el patrón permite salir de la personalización: el problema no es de la pareja actual, es de la repetición.
Tercero, abre la posibilidad de revisar la pauta sin culpabilizar al grupo familiar. Una crítica frecuente a estos conceptos es que parecen patologizar a la familia de origen. La clínica cuidadosa no usa el guion como acusación: lo usa como mapa para entender la propia repetición. Esto es una diferencia de uso: el mismo concepto puede operar como juicio (“tu familia te dañó”) o como herramienta (“¿qué escena estás repitiendo sin darte cuenta?”).
Cuarto, ofrece un lenguaje para hablar con la pareja. Cuando dos personas reconocen que cada una trae un guion familiar, las discusiones de pareja dejan de ser sobre quién tiene la culpa y pasan a ser sobre qué patrones están chocando. Este corrimiento suele bajar la reactividad y abrir espacio para negociar.
Errores frecuentes al trabajar con mitos y guiones
El trabajo clínico con estos conceptos es delicado. Algunos errores aparecen con regularidad, y vale la pena tenerlos presentes:
Tratar el mito como verdad objetiva. El mito se sostiene porque el grupo lo presenta como un dato. Si el clínico lo toma como descripción literal de la familia (“en esa familia no hay quejas”, frase que la propia familia repite), pierde la distancia analítica y refuerza la pauta en lugar de ofrecer un espejo.
Culpabilizar a una generación. Estos conceptos no son una denuncia de los padres o los abuelos. Los padres que sostuvieron un mito también lo heredaron y, a menudo, pagaron un costo por sostenerlo. Lo que se busca no es el juicio, sino la comprensión de cómo se armó la pauta.
Prometer que al nombrar el mito se resuelve. Nombrar es el inicio de un proceso, no su cierre. Una persona puede identificar el guion que repite y aun así necesitar años para revisar la pauta. Tampoco conviene usar el nombre del mito como un sello que explica todo: lo que se gana con el nombre se pierde si el nombre se vuelve etiqueta.
Confundirlo con un diagnóstico. El mito familiar no es una categoría clínica, y el guion familiar tampoco. Son herramientas para pensar la repetición, no entidades patológicas. Aplicarlos como diagnóstico reduce la complejidad del caso y corre el riesgo de fijar a la persona en una identidad heredada.
Ignorarlo por miedo a ofender. La otra cara del error anterior. Si el clínico evita el tema por no querer parecer culpabilizador, pierde una herramienta útil. Lo que se necesita es precisión clínica, no evitación.
Mezclar niveles sin advertirlo. A veces, en una misma sesión, se pasa del mito al guion, de allí a la lealtad, de allí al síntoma, sin marcar las diferencias. Esto confunde al consultante. Es preferible trabajar un plano por vez y mostrar al consultante cómo se articulan.
Tabla 3. Errores frecuentes y reformulación clínica
| Error | Reformulación clínica |
|---|---|
| Afirmar “su familia tiene un mito” | Preguntar “¿cómo se cuenta su familia a sí misma?” |
| Culpabilizar a los padres | Reconocer el peso que cargaron dentro del sistema |
| Prometer resolución rápida | Acompañar la revisión de la pauta con tiempo |
| Diagnosticar al consultante por el guion | Ofrecer un espacio para observar la propia repetición |
| Evitar el tema por miedo a ofender | Mantener una curiosidad clínica precisa y respetuosa |
| Mezclar niveles sin distinguirlos | Marcar los planos: mito, guion, lealtad, síntoma |
Tres tiempos del trabajo clínico
Aunque cada caso tiene su ritmo, suelen distinguirse tres tiempos cuando se trabaja con mitos y guiones en consulta.
Un primer tiempo es el reconocimiento. El consultante llega describiendo un patrón sin nombrarlo. La clínica ayuda a poner nombre al patrón: “lo que usted describe suena a un guion familiar, un modo aprendido de vincularse que se hereda”. Este tiempo es delicado porque nombrar puede vivirse como etiquetaje o como alivio; depende de cómo se formule.
Un segundo tiempo es la exploración. Se trata de mirar de dónde viene el guion, qué leyenda lo sostiene, qué función tuvo en su familia de origen, qué costo paga hoy el consultante al sostenerlo. Aquí la clínica usa la curiosidad: preguntas abiertas, señalamientos cuidadosos, hipótesis que el consultante confirma o descarta.
Un tercer tiempo es el ensayo. Si el consultante decide que quiere revisar la pauta, la consulta puede ofrecer un espacio para ensayar variantes: poner un límite sin cortar del todo, pedir sin esperar, sostenerse sin borrarse. El ensayo no garantiza resultado, pero abre la posibilidad de que el consultante encuentre formas de vincularse que no pasen por la pauta heredada.
Estos tres tiempos no son lineales: se superponen, se revisan, a veces hay que volver al reconocimiento después de meses de exploración. Lo que les da coherencia es que el consultante no queda solo frente a una pauta que repite sin saber.
Un mapa para la conversación clínica
Una manera ordenada de abordar el tema en consulta es separar tres preguntas. La primera: ¿qué se cuenta la familia sobre sí misma? Esto apunta al mito. La segunda: ¿qué escenas típicas repite el consultante en sus vínculos presentes? Esto apunta al guion. La tercera: ¿qué obligaciones o deudas siente el consultante como si le vinieran de antes, sin poder explicarlas del todo? Esto apunta a la lealtad invisible.
Las tres preguntas se pueden formular sin exigirle al consultante que traiga a sus padres al consultorio. Bastan sus recuerdos, sus relatos y sus escenas presentes para empezar a trabajar. Si más adelante aparece la conveniencia de una sesión familiar, se evalúa caso por caso.
Hay un detalle que suele pasar inadvertido: el guion no es solo lo que se repite, también es lo que no se repite. Si en una familia no hay quejas explícitas y el consultante no aprendió a pedir, la ausencia de queja forma parte del guion tanto como la presencia de queja en otra familia. Esto es importante clínicamente: a veces el material más relevante no es lo que el consultante hace, sino lo que no llega a hacer.
Una segunda atención: el guion puede leerse también por contraste. Si el consultante vive frustrado por no poder llorar en presencia de otros, y al explorar descubre que en su casa no se lloraba, el guion se hace visible por la diferencia entre lo que él quisiera poder hacer y lo que la familia de origen habilitaba. Esta lectura por contraste suele ser más clara para el consultante que la lectura directa.
Cómo se entrelazan con secretos, transmisión y límites
Los mitos familiares suelen apoyarse en silencios. Cuando un secreto pesa sobre un sistema, el mito puede ocupar el lugar de lo no dicho, ofreciendo una versión pública que sostiene al grupo sin tener que elaborar el secreto. Trabajar con mitos suele llevar, antes o después, al terreno de los secretos familiares y a la pregunta por el mapa estructural de la familia.
La noción de guion familiar conecta con la transmisión multigeneracional y con el trabajo sobre diferenciación del self: revisar un guion es, en parte, lograr pensarlo como pauta heredada y no como verdad propia. Conecta también con la pregunta por los límites familiares: muchos guiones organizan vínculos donde cuesta poner un límite sin sentir culpa, o donde se borra uno mismo para sostener al otro.
En familias con adicciones, los mitos suelen operar de forma intensa. La leyenda de “aquí no pasa nada” puede convivir con un alcoholismo grave. La lealtad invisible puede llevar a un hijo a cuidar a un padre adicto como forma de pagar una deuda emocional. Estos casos no se reducen al mito ni al guion, pero esos marcos —junto con el trabajo sobre familia y codependencia— ayudan a formular preguntas clínicas pertinentes.
Una segunda escena: el guion en consulta con un hombre adulto
Diego tiene 51 años y consulta porque las parejas que tuvo le piden más cercanía emocional y él siente que, cuando lo intenta, se bloquea y termina en peleas. No entiende por qué algo tan sencillo como preguntar “¿cómo estás?” le resulta ajeno.
En la segunda sesión, la psicóloga le pregunta cómo era el vínculo entre sus padres. Diego describe a su padre como un hombre trabajador, serio, que llegaba a casa y se sentaba a leer sin hablar. Su madre tampoco preguntaba demasiado: la casa estaba organizada y el silencio se vivía como funcional. Diego no recuerda haber visto a su padre llorar, pedir ayuda o hablar de lo que sentía. Cuando la clínica le pregunta qué se decía en su casa sobre los hombres, Diego lo tiene claro: “los hombres de esta casa no son de quejarse”. Esta leyenda organizaba el guion que Diego llevaba actuado a sus relaciones adultas.
Lo interesante clínicamente es que Diego no había identificado el guion como tal. Lo vivía como una característica suya, casi biológica: “yo soy así”. Al escuchar la frase familiar repetida en su propia boca, y al notar que su pareja actual le pedía justamente lo que en su casa no se pedía, pudo empezar a revisar la pauta. Este es un caso en el que la leyenda familiar y el guion se hacen visibles por contraste: lo que la pareja actual pide es lo que la familia de origen no habilitaba.
Lo que estos conceptos no son
Vale la pena precisar lo que estos conceptos no son, para evitar usos clínicos demasiado rápidos:
No son una categoría diagnóstica. No aparecen en los manuales como entidades discretas. No justifican la idea de que alguien “tiene” un mito familiar como tendría un trastorno. Son herramientas descriptivas.
No son una denuncia de los padres. Si el clínico los usa para señalar a los padres como causantes del sufrimiento presente, está repitiendo la lógica familiar de buscar un culpable, en lugar de ofrecer una lectura más compleja.
No son una promesa de solución. Identificar el guion no lo desactiva automáticamente. La revisión de la pauta es un proceso largo, a veces doloroso, y a veces insuficiente por sí solo.
No son lo mismo que un secreto. Un secreto es información que el sistema no elabora. Un mito puede sostenerse sin que haya un secreto formal, aunque a menudo se alimenten mutuamente.
No son lo mismo que la estructura familiar. El mito opera en el plano de los relatos compartidos; el mapa estructural de la familia (Minuchin, Bowen) opera en el plano de las posiciones, los límites y los subsistemas. Conviene tener ambos, sin confundirlos.
No son una varita mágica cultural. A veces se usan estos conceptos como si nombrar el guion bastara. Nombrar es una herramienta, no una garantía.
Una nota sobre el uso de los conceptos en consulta con niños
El artículo de Byng-Hall de 1986 nació de una preocupación clínica concreta: ¿cómo conectar el trabajo con un niño que repite escenas en el juego con el trabajo con la familia que sostiene esas escenas? La respuesta que ofreció fue que el guion sirve de puente: observando qué repite el niño, se puede hipotetizar qué pauta vive la familia.
Esto tiene consecuencias prácticas. Una niña que en cada sesión arma una escena en la que una muñeca cuida a otra herida y termina ella misma herida, sin pedir ayuda, puede estar mostrando un guion de cuidadora que aprende a su alrededor. Conversar con ella sobre la muñeca, ofrecerle variantes en el juego y hablar con sus cuidadores sobre la pauta permite trabajar los tres planos sin forzar.
La consulta con niños, en este marco, no reemplaza el trabajo con la familia: lo hace más visible. Y lo inverso también: cuando se trabaja con una familia sobre el guion que sostiene, mirar cómo juegan los niños suele iluminar el cuadro clínico.
FAQ
¿Nombrar el mito familiar basta para resolver el problema?
No. Nombrar es el inicio de un proceso, no su cierre. Identificar un mito o un guion abre la posibilidad de revisar la pauta, pero la revisión toma tiempo y a menudo necesita otras personas (pareja, familia, otros profesionales). El nombre es una herramienta, no una solución.
¿Cómo se diferencia un mito de un guion?
El mito se cuenta y se comparte; el guion se actúa y se repite en escenas. Una familia puede tener un mito sobre sí misma que los miembros reconocen con palabras. El guion, en cambio, suele ser más difícil de ver desde adentro: se nota cuando alguien lo repite en su vida adulta sin entender por qué.
¿Y una lealtad invisible?
Es una obligación no dicha que pesa sobre decisiones presentes. No se trata de un pacto explícito: se trata de una deuda emocional que se siente como si viniera de antes y que organiza elecciones que la persona no termina de explicar.
¿Por qué cuesta tanto renunciar a un mito familiar?
Porque el mito da identidad y pertenencia. Renunciar a un mito no implica solo cambiar una creencia: implica cambiar el lugar que la persona ocupa dentro de su grupo de origen. La clínica acompaña ese proceso con cuidado, sin forzarlo.
¿Estos conceptos sirven si no hay terapia familiar con la familia de origen?
Sí. Pueden trabajarse en consulta individual. Lo que el consultante aporta (recuerdos, escenas, relatos heredados, decisiones que se repiten) suele alcanzar para empezar. Si más adelante se requiere sesión familiar, se evalúa caso por caso.
¿Cómo se relacionan los mitos y guiones con los secretos familiares?
Los secretos a veces alimentan mitos: cuando algo no se puede decir, el grupo necesita un relato que ocupe ese lugar. Los mitos, a su vez, pueden ocultar secretos al proponer una versión pública que no deja entrar lo no dicho. Trabajar con mitos lleva con frecuencia al terreno de los secretos familiares.
¿Tiene sentido hablar de guion si no se conoció a la familia de origen?
Sí. El guion se manifiesta en escenas repetidas en la vida adulta. Si una persona vivió separada de su familia desde temprano, igualmente internalizó patrones a partir de lo poco que vivió, de lo que otros le contaron y de sus propias elaboraciones. Las escenas presentes son un material clínico suficiente.
Referencias
- Boszormenyi-Nagy, I. y Spark, G. M. (2014). Invisible Loyalties: Reciprocity in Therapeutic Family Practice (reed.). Routledge. DOI 10.4324/9781315825939
- Byng-Hall, J. (1986). Family scripts: A concept which can bridge child psychotherapy and family therapy thinking. Journal of Child Psychotherapy, 12(1), 3-13. DOI 10.1080/00754178608254780
- Byng-Hall, J. (1988). Scripts and legends in families and family therapy. Family Process, 27(2), 167-180. DOI 10.1111/j.1545-5300.1988.00167.x
- Ferreira, A. J. (1963). Family myth and homeostasis. Archives of General Psychiatry, 9(5), 457-463. DOI 10.1001/archpsyc.1963.01720170031005
- Stierlin, H. (1973). Group fantasies and family myths—Some theoretical and practical aspects. Family Process, 12(2), 111-127. DOI 10.1111/j.1545-5300.1973.00111.x