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Familia y adicciones: el papel de la codependencia

La sala de espera de un centro de adicciones en Barranquilla no está llena de pacientes. Está llena de madres, parejas y hermanos que llegan media hora antes, con una carpeta y una pregunta que ya ensayaron en voz baja: “¿qué más puedo hacer yo?”. La terapeuta de familia escucha esa frase tres veces por semana. A veces viene con una cuenta de ahorros vaciada. A veces viene con un hijo adulto que no ha dormido en casa en meses. Casi de forma habitual viene con culpa.

Esa culpa tiene un nombre popular: codependencia. El término nació en los grupos de familiares de personas con alcoholismo, viajó por el movimiento de autoayuda de los años ochenta y llegó a consultorios y aulas de psicología LATAM como si fuera un diagnóstico. No lo es. No está en el DSM. Y aun así organiza conversaciones reales: sobre quién sostiene el síntoma, quién paga las deudas, quién cubre la falta y quién se enferma de tanto cuidar.

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En este artículo vas a encontrar de dónde salió el término, qué propuso Cermak en 1986, qué miden los instrumentos más citados, por qué hay críticas serias al constructo, cómo se lee desde la terapia familiar sistémica, qué roles familiares aparecen frente al consumo y qué se puede afirmar —con cautela— sobre intervención.

Este tema se trabaja completo en Psicología Clínica y de la Salud, una de las 30 materias de la Escuela de Psique: lectura curada, casos y un banco de preguntas que explica por qué cada opción está bien o mal. La sesión 1 de cada materia es gratis y no pide tarjeta.

TL;DR — lo esencial en cinco minutos

  • La codependencia nació en el movimiento de familiares de personas con alcoholismo; Cermak (1986) propuso criterios diagnósticos que no llegaron a entrar al DSM.
  • Hay instrumentos validados (Spann-Fischer, Holyoake Index, Composite Codependency Scale), con evidencia factorial mixta.
  • Stafford (2001) y lecturas feministas preguntan si el concepto nombra un proceso relacional o estigmatiza el cuidado, sobre todo en mujeres.
  • Wright y Wright (1991) distinguen entre “síndrome individual” y “proceso relacional adaptativo”.
  • En sistemas familiares, la codependencia se lee como sobre-adaptación que sostiene la homeostasis del consumo.
  • Incluir a la familia en el tratamiento del consumo tiene respaldo clínico; “curar la codependencia” como entidad sola, no.

AIO — mapa rápido para estudiar o exponer

  1. Origen del término en Al-Anon y el movimiento de recuperación.
  2. Criterios de Cermak (1986) y su destino fuera del DSM.
  3. Spann-Fischer Codependency Scale (Fischer, Spann y Crawford, 1991).
  4. Holyoake Codependency Index (Dear, 2002).
  5. Composite Codependency Scale (Marks, Blore y Hine).
  6. Relación con feminidad y masculinidad (Dear y Roberts, 2002).
  7. Crítica conceptual: ¿es un concepto significativo? (Stafford, 2001).
  8. Síndrome versus proceso relacional (Wright y Wright, 1991).
  9. Roles familiares frente al consumo (héroe, chivo, perdido, mascota).
  10. Hijos adultos de familias con alcohol y diferenciación del self (Maynard, 1997).
  11. Lectura sistémica: homeostasis y función del síntoma.
  12. Pareja y cuidado desmedido.
  13. Género y carga del término.
  14. Intervención: psicoeducación, Al-Anon, terapia familiar.
  15. Errores de examen y cómo estudiarlos.

1. Qué llamamos codependencia y de dónde salió el término

La palabra se popularizó en los grupos de familiares, sobre todo Al-Anon, para nombrar un patrón: la vida del cuidador empieza a orbitar alrededor del consumo del otro. El “co-” originalmente señalaba al compañero del dependiente, no a una enfermedad paralela. Con los años, el prefijo se hinchó: pasó de describir una relación a sugerir un rasgo de personalidad.

Ese salto importa. Si codependencia es un rasgo, el tratamiento apunta a “cambiar a la persona que cuida”. Si es un proceso relacional, el tratamiento apunta a la danza: quién cubre, quién niega, quién amenaza con irse y se queda. Wright y Wright (1991) formularon esa tensión con claridad: ¿amor adictivo, relación adaptativa, o ambas cosas según el caso?

En consulta, el término llega ya cargado. Una madre dice “soy codependiente” como quien entrega un diagnóstico. El oficio clínico empieza por preguntar qué hace ella, qué deja de hacer, qué teme que ocurra si deja de cubrir. Esa descripción operacional vale más que la etiqueta.

Los trastornos por consumo tienen criterios. La codependencia, de momento, tiene tradiciones, escalas y debates. Esa asimetría es el primer dato que un estudiante necesita para no mezclar planos.

2. Los criterios de Cermak y por qué no llegaron al DSM

Timmen Cermak (1986) intentó lo que el movimiento de autoayuda no había hecho: proponer criterios diagnósticos formalizables. Su artículo en Journal of Psychoactive Drugs describe un patrón de inversión excesiva en las necesidades del otro, dificultades para poner límites, y una organización de la autoestima alrededor del control relacional.

El gesto era clínico y político: si hay criterios, hay investigación, hay tratamiento reembolsable, hay un lugar en el manual. El DSM no lo adoptó. Las razones que recorre la literatura posterior son varias: solapamiento con rasgos de personalidad ya descritos, dificultad para distinguir el constructo de ansiedad, depresión o estilos de apego, y el riesgo de patologizar conductas de cuidado que, en contextos de violencia o pobreza, son estrategias de supervivencia.

Cermak no “fracasó” por falta de observación clínica. Fracasó —si esa es la palabra— en convertir una observación de campo en una categoría nosológica estable.

Para el parcial, la frase útil es esta: Cermak 1986 = intento de criterios; DSM = no inclusión. Esa distinción evita dos errores simétricos: tratar la codependencia como si fuera un trastorno oficial, y tratarla como si no existiera ninguna propuesta seria de operacionalización.

El marco legal y ético de la práctica también pesa: poner un “diagnóstico” que el manual no reconoce en un informe pericial o laboral es un problema de competencia, no solo de estilo.

3. Qué miden los instrumentos

Tres escalas aparecen una y otra vez en la literatura empírica.

La Spann-Fischer Codependency Scale (Fischer, Spann y Crawford, 1991) es un autoinforme breve, pensado para capturar la tendencia a poner las necesidades del otro por delante de las propias, con dificultades de expresión emocional y de límites. Es la más citada en tesis de pregrado LATAM, en parte por su accesibilidad.

El Holyoake Codependency Index (Dear, 2002) nació en un contexto de tratamiento familiar del alcohol y tiene evidencia de validez factorial adicional. Dear mostró que el índice no es un bloque solo: hay factores distinguibles (por ejemplo, sacrificio de sí y control externo), y eso importa porque “ser codependiente” deja de ser un puntaje y se vuelve un perfil.

La Composite Codependency Scale (Marks, Blore y Hine) intenta integrar facetas que las escalas previas cubrían de forma parcial. Como toda escala compuesta, gana cobertura y pierde algo de parsimonia: más ítems, más constructos anidados, más decisiones de puntuación.

Instrumento Origen Qué aporta Límite típico
Spann-Fischer 1991 Brevedad, uso académico frecuente Solapa con ansiedad y estilo de apego
Holyoake Index Dear, 2002 Factores distinguibles, origen clínico Menos difundido en español
Composite CCS Marks y cols. Cobertura de facetas Más largo, más decisiones de scoring

Ningún instrumento “demuestra” que alguien es codependiente como un test de glucosa demuestra diabetes. Miden autoinforme de un constructo discutido. El consentimiento informado aplica igual: la persona tiene derecho a saber qué se le está midiendo y con qué techo interpretativo.

4. La crítica conceptual y feminista del constructo

Stafford (2001) formuló la pregunta que todo examen serio debería incluir: ¿es la codependencia un concepto significativo? Su revisión en Issues in Mental Health Nursing recorre definiciones incompatibles entre sí, solapamientos con otros constructos y el riesgo de que la etiqueta funcione más como juicio moral que como descripción clínica.

Dear y Roberts (2002) añadieron un dato incómodo: la codependencia correlaciona con medidas de feminidad. Eso no “prueba” que las mujeres sean más codependientes. Sugiere que el constructo, tal como se midió, captura normas de género sobre el cuidado. Si tu escala premia la abnegación, vas a “encontrar” codependencia donde hay socialización.

Cuando un concepto aparece casi solo en mujeres que cuidan, el primer sospechoso no es su psique: es la pregunta que les hicimos.

La crítica feminista no niega el sufrimiento de quien sostiene a alguien que consume. Niega que ese sufrimiento se nombre como un defecto individual de la cuidadora. En consultorio, esa distinción cambia la intervención: de “deja de ser codependiente” a “veamos qué le pasa al sistema si dejas de cubrir”.

5. Roles familiares frente al consumo

La tradición clínica de familias con alcohol describió roles recurrentes: el héroe (el hijo que rinde y sostiene la imagen), el chivo expiatorio (el que carga con el conflicto), el perdido (el que se hace invisible) y la mascota (el que distiende con humor). Esos roles no son diagnósticos. Son descripciones de funciones.

Sirven si se usan con modestia. Un adolescente “héroe” puede estar regulando la ansiedad familiar con notas altas; si baja el consumo del padre, a veces empeoran sus síntomas. Eso no es magia: es función. El síntoma de uno sostiene el equilibrio del conjunto, hasta que deja de hacerlo.

El error de examen es memorizar los cuatro roles como tipología cerrada y aplicarlos como plantilla a cada familia. Hay familias con consumo donde esos roles no encajan. Hay familias sin consumo donde los mismos roles aparecen por otras razones (enfermedad crónica, migración, violencia). El rol es una hipótesis de trabajo, no una cédula.

En la fase preparatoria del trabajo de campo, si investigas familias con consumo, esos roles pueden orientar preguntas; no pueden sustituir el consentimiento, la seguridad ni el recorte ético del dato.

6. Hijos adultos de familias con alcohol: qué dice la evidencia

La literatura de adult children of alcoholics (ACA) popularizó la idea de un perfil adulto: hipervigilancia, dificultad para confiar, tendencia a repetir el cuidado desmedido. Parte de esa descripción es clínica y reconocible. Parte se volvió folklore de talleres.

Maynard (1997) estudió el efecto de crecer en un sistema familiar alcohólico sobre la ansiedad y la diferenciación del self (el concepto boweniano de cuánto puedes pensar y sentir sin fundirte con el otro). Los datos apuntan a mayor ansiedad y menor diferenciación en quienes crecieron en esos sistemas, con matices de género y de severidad.

Eso no autoriza a diagnosticar a “los hijos de alcohólicos” como un tipo. Autoriza a preguntar, en evaluación, cómo se aprendió a regular la proximidad y la distancia. La diferenciación se entrena; no se hereda como un apellido.

Un reencuadre clínico que uso seguido: el adulto que “no puede dejar de rescatar” no está fallando una lección de autoayuda. Está ejecutando un programa familiar que alguna vez evitó un desastre. El trabajo no es humillarlo. Es ver qué desastre teme hoy, y si ese desastre sigue siendo el de entonces.

7. La lectura sistémica: homeostasis y sobre-adaptación

Aquí el ángulo de este artículo se distingue del folleto de recuperación. En terapia familiar sistémica, el consumo no es solo un problema del individuo: es un organizador de la vida familiar. Horarios, secretos, alianzas, quién habla con quién, quién no se va de viaje. La familia se adapta. Esa adaptación, cuando se cronifica, se parece mucho a lo que el movimiento llamó codependencia.

Homeostasis no significa que la familia “quiera” que el consumo continúe. Significa que el sistema encontró un equilibrio —doloroso— y que un cambio (abstinencia incluida) desestabiliza roles. Por eso a veces, cuando la persona deja de consumir, estalla una crisis de pareja o un hijo se descompensa. No es saboteo consciente. Es el sistema buscando su forma conocida.

Wright y Wright (1991) ayudan otra vez: si lees codependencia como proceso relacional adaptativo, dejas de cazar un rasgo y empiezas a mapear secuencias. ¿Quién llama al trabajo para justificar la ausencia? ¿Quién esconde las botellas? ¿Quién amenaza con irse y cocina esa misma noche? Esas secuencias se pueden intervenir. Un “rasgo de personalidad codependiente”, mucho menos.

Los diseños experimentales y cuasiexperimentales importan cuando alguien te pide “prueba de que la terapia familiar funciona”: la evidencia de inclusión familiar en el tratamiento del consumo es más sólida que la evidencia de “tratar la codependencia” como entidad aislada. No las mezcles en el examen.

8. Pareja y cuidado desmedido: cuando ayudar sostiene el síntoma

En pareja, el patrón clásico es el sobre-funcionamiento de uno y el sub-funcionamiento del otro. Quien no consume organiza, paga, explica, perdona, vigila. Quien consume ocupa el lugar del desborde. Cada recaída confirma a ambos en su puesto.

El reencuadre sistémico duele y libera a la vez: el cuidado no es solo amor. A veces es la condición de posibilidad del consumo. Dejar de cubrir no es abandonar; es cambiar la danza. Eso se hace con red, no con un ultimátum de madrugada.

Clínicamente, conviene separar tres cosas que el lenguaje popular aplasta: proteger a hijos menores, poner un límite a un adulto, y rescatar a un adulto de las consecuencias de su consumo. La primera es deber. La tercera, muchas veces, es el circuito que mantiene el problema. La segunda es el oficio.

8b. Violencia, secreto y el límite ético del “cuidado”

Hay un punto en el que la conversación sobre codependencia se vuelve peligrosa si se queda en psicología de rasgos: la violencia. Cubrir faltas laborales es una cosa. Minimizar golpes, esconder armas o convencer a un hijo de que “papá está cansado” es otra. El lenguaje de “no rescatar” no autoriza a dejar a menores en riesgo ni a pedir a una pareja golpeada que “ponga límites” como si el problema fuera su carácter.

En evaluación, tres preguntas van antes que una escala: ¿hay menores expuestos? ¿hay violencia física o sexual? ¿hay ideación suicida o intoxicación aguda ahora? Si alguna se enciende, el mapa de roles espera. Primero seguridad, después secuencia. El marco deontológico colombiano (Ley 1090) y los deberes de denuncia no se suspenden porque la familia “esté en proceso”.

El secreto familiar —“esto no se habla afuera”— es a menudo el pegamento del circuito. Romperlo no es un acto terapéutico automático: se negocia qué se dice, a quién y para qué. Un informe escolar, una comisaría de familia, un servicio de urgencias. Cada puerta tiene un costo relacional. El clínico que ignora ese costo pierde a la familia; el que lo sacraliza deja el riesgo intacto.

Esta sección no pide que memorices un protocolo policial. Pide que no uses “codependencia” como eufemismo de violencia sostenida.

9b. Qué se puede afirmar y qué queda como hipótesis de trabajo

Después de recorrer historia, escalas y sistemas, cabe una lista corta de afirmaciones responsables.

Se puede afirmar que el término nació en un movimiento de familiares, no en un comité del DSM. Se puede afirmar que Cermak (1986) propuso criterios y que el manual no los adoptó. Se puede afirmar que existen escalas con evidencia factorial (Dear, 2002; Fischer, Spann y Crawford, 1991) y que esas escalas solapan con ansiedad, apego y normas de género (Dear y Roberts, 2002). Se puede afirmar que crecer en un sistema familiar con alcohol se asocia, en algunos estudios, con menor diferenciación del self y más ansiedad (Maynard, 1997). Se puede afirmar que incluir a la familia en el tratamiento del consumo tiene respaldo clínico más sólido que “tratar la codependencia” como paquete.

Queda como hipótesis de trabajo —útil, no demostrada como ley— que ciertas secuencias de cuidado desmedido sostienen el consumo. Queda como hipótesis que los cuatro roles clásicos describen funciones en algunas familias y no en otras. Queda como hipótesis que el lenguaje de Al-Anon alivia a unas personas y encierra a otras en una identidad de enfermas.

El estudiante que se lleva esta distinción al parcial (afirmado versus hipotetizado) ya está por encima del folleto. El clínico que la sostiene en sesión evita dos extremos: el cinismo (“todo es un mito”) y la conversión (“cada familiar es codependiente”).

Un último reencuadre para cerrar el bloque técnico: la pregunta útil no es “¿es o no es codependiente?”. Es “¿qué secuencia hay que interrumpir para que esta familia pueda respirar sin que alguien se enferme de tanto cuidar, y sin que un menor quede expuesto?”. Esa pregunta cabe en un examen y cabe en un consultorio de las cinco de la tarde.

9. Género y carga: por qué el término cayó fuerte en mujeres

No es casualidad histórica. Las mujeres han sido, en la mayoría de las culturas de la región, las encargadas del cuidado invisible. Un constructo que mide abnegación, hipervigilancia relacional y autoanulación va a “encontrar” más mujeres. Dear y Roberts (2002) lo mostraron con datos de feminidad y masculinidad. Stafford (2001) lo problematizó a nivel conceptual.

El riesgo clínico es doble. Uno: dejar de ver a los varones que también orbitan (padres, hermanos, parejas varones de mujeres que consumen). Dos: convertir el sufrimiento de las cuidadoras en un defecto de carácter, en vez de en un arreglo social.

En aula, una pregunta de examen bien hecha no pide “defina codependencia”. Pide: “¿qué problema introduce medir este constructo sin controlar normas de género?”. Si puedes responder eso, ya saliste del folleto.

10. Intervención familiar: psicoeducación, Al-Anon, terapia familiar

Tres pisos, distintos.

Psicoeducación. Informar sobre el curso del consumo, las recaídas, los riesgos, y sobre lo que la familia puede y no puede controlar. Baja culpa mágica (“si yo rezo más, deja”) y sube agencia concreta (qué hacer en una intoxicación, cuándo ir a urgencias).

Grupos tipo Al-Anon. No son terapia. Son comunidad de pares con un lenguaje propio. Para muchas personas, ese lenguaje es el primer lugar donde el cuidado deja de ser un secreto. El límite: el marco de “enfermedad familiar” puede chocar con una lectura sistémica más relacional. Se pueden complementar; no se funden.

Terapia familiar. El objetivo no es “curar al codependiente”. Es cambiar secuencias, proteger a menores, negociar límites, y, cuando hay consumo activo, articularse con el tratamiento individual de la persona que consume. La evidencia sobre inclusión familiar en el tratamiento de sustancias es más robusta que la evidencia sobre “programas de codependencia” como paquete.

El consentimiento se complica: ¿quién es el paciente? ¿La persona que consume, la pareja, el sistema? Esa pregunta se resuelve antes de la primera sesión conjunta, no en el minuto treinta, cuando alguien pide “dile tú que deje de beber”.

10b. Un caso compuesto: la pareja que llega “por él” y se queda por la danza

Llegan por él. Él falta a la segunda sesión. Ella vuelve sola, con la misma carpeta de la sala de espera. Pide un informe “para que el juez vea que yo sí estoy haciendo algo”. El pedido es comprensible y es una trampa: convierte la terapia en prueba de buena conducta. El clínico que acepta ese encargo sin renegociarlo se vuelve, sin querer, un personaje más del circuito.

El trabajo de las semanas siguientes no es convencerla de que “deje de ser codependiente”. Es mapear tres secuencias. Una: qué hace ella las noches en que él no llega. Dos: qué pasa con los hijos en esas noches. Tres: a quién llama ella después, y con qué pedido. Cuando esas secuencias se dicen en voz alta, suele aparecer un dato que la etiqueta tapaba: miedo concreto (desalojo, pelea, un menor solo) y lealtad antigua (la promesa de no abandonarlo “como lo abandonaron a él”).

La intervención posible es pequeña y verificable. Un acuerdo de seguridad para los menores. Un ensayo de no justificar la falta laboral. Una sesión conjunta solo si él acepta reglas básicas (sin intoxicación, con tiempo acotado). Si él no viene, el trabajo con ella sigue siendo trabajo de familia: cambia un nodo y el sistema se reorganiza, a veces con alivio y a veces con crisis. Esa crisis no es fracaso. Es información.

Este caso no “prueba” la teoría. Ilustra por qué el ángulo sistémico le sirve al estudiante la noche antes del examen: le da preguntas, no un sello.

11b. Cómo se escribe esto en un ensayo de diez puntos

Si el parcial pide un ensayo, la estructura que suele puntuar es esta. Párrafo 1: origen del término y distinción DSM. Párrafo 2: Cermak como intento de criterios y su límite. Párrafo 3: un instrumento (elige Spann-Fischer o Holyoake) y qué no se puede inferir de un puntaje. Párrafo 4: una crítica (Stafford o Dear y Roberts). Párrafo 5: lectura sistémica con una secuencia inventada de tres líneas. Cierre: una implicación ética (menores, consentimiento, no usar la etiqueta en un informe oficial como si fuera diagnóstico).

Esa plantilla cabe en una hoja. Evita el relleno de “la familia es importante”. El jurado ya lo sabe. Lo que no sabe es si tú distingues constructo, escala, sistema y riesgo.

En oral, una frase de ancla basta: “La codependencia nombra un debate, no una entidad. Yo la trabajo como hipótesis de secuencia familiar, con instrumentos si aportan, y con el DSM bien lejos del encabezado”. Si puedes decirla sin leer, el tema está asentado para el examen y para la primera entrevista.

11. Cómo estudiar esto para el parcial

Plano Qué memorizar Trampa si lo mezclas
Histórico Origen en familiares / Al-Anon Tratarlo como concepto DSM de los 50
Nosológico Cermak 1986; no está en el DSM Diagnosticar “codependiente” en un informe
Psicométrico Spann-Fischer, Holyoake, Composite Confundir puntaje con verdad clínica
Crítico Stafford 2001; Dear y Roberts 2002 Ignorar el sesgo de género
Sistémico Homeostasis, función, secuencia Culpar al cuidador como causa

Estudia con casos, no con definiciones sueltas. Si te dan una viñeta de una madre que cubre faltas laborales, la respuesta sólida nombra secuencia, función y riesgo para terceros, y distingue eso de un “trastorno de codependencia”.

12. Errores frecuentes en exámenes y cómo estudiarlos

  • Tratar la codependencia como categoría DSM. No lo es. Cermak lo intentó; el manual no lo adoptó.
  • Confundir instrumento con diagnóstico. Un puntaje alto en Spann-Fischer es un dato de autoinforme, no una entidad.
  • Culpar al familiar como “causa” del consumo. La lectura sistémica habla de circuitos, no de un villano.
  • Aplicar los cuatro roles (héroe, chivo, perdido, mascota) como tipología universal.
  • Ignorar el género: un constructo que correlaciona con feminidad pide lectura crítica, no prevalencia “natural”.
  • Prometer que “dejar de ser codependiente” resuelve el consumo. Son procesos distintos, a veces acoplados.

13. Preguntas frecuentes (FAQ)

¿La codependencia es un trastorno mental?

No figura como trastorno en el DSM. Hay propuestas de criterios (Cermak, 1986) e instrumentos de autoinforme, pero no hay consenso nosológico. Se usa como descriptor clínico y cultural.

¿Se puede medir la codependencia?

Se pueden administrar escalas (Spann-Fischer, Holyoake, Composite) con evidencia factorial variable. Miden autoinforme de un constructo discutido, no un biomarcador.

¿La codependencia causa las adicciones?

La evidencia no sostiene esa dirección simple. El consumo organiza a la familia y la familia se adapta; esa adaptación puede sostener el circuito. Causa sola, no.

¿Al-Anon es terapia?

Es un grupo de pares con un marco propio. Puede aliviar aislamiento y culpa. No reemplaza evaluación clínica ni terapia familiar cuando hay riesgo o violencia.

¿Por qué se habla más de mujeres codependientes?

Porque el constructo, tal como se midió, captura normas de cuidado asociadas a la feminidad (Dear y Roberts, 2002). Eso es un dato de medición y de género, no una esencia.

¿Qué hago en consulta si alguien llega diciendo “soy codependiente”?

Pregunto qué hace, qué teme y qué pasaría si dejara de cubrir. Traduzco la etiqueta a secuencias. Evalúo riesgo para menores. Recién después decido si el lenguaje de codependencia sirve o estorba.

¿Incluir a la familia ayuda en el tratamiento del consumo?

La evidencia sugiere que incluir a la familia favorece la retención y algunos desenlaces, según el programa y el momento. No es una fórmula sola ni una garantía.

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Referencias

  • Cermak, T. L. (1986). Diagnostic criteria for codependency. Journal of Psychoactive Drugs. 10.1080/02791072.1986.10524475
  • Dear, G. E. (2002). The Holyoake Codependency Index: further evidence of factorial validity. Drug and Alcohol Review. 10.1080/09595230220119354
  • Dear, G. E., y Roberts, C. M. (2002). The relationships between codependency and femininity and masculinity. Sex Roles. 10.1023/a:1019661702408
  • Fischer, J. L., Spann, L., y Crawford, D. (1991). Spann-Fischer Codependency Scale. PsycTESTS. 10.1037/t92527-000
  • Wright, P. H., y Wright, K. D. (1991). Codependency: Addictive love, adjustive relating, or both? Contemporary Family Therapy. 10.1007/bf00890497
  • Maynard, S. (1997). Growing up in an alcoholic family system: The effect on anxiety and differentiation of self. Journal of Substance Abuse. 10.1016/s0899-3289(97)90014-6
  • Stafford, L. L. (2001). Is codependency a meaningful concept? Issues in Mental Health Nursing. 10.1080/01612840121607
  • Beattie, M. (1989). Codependent no more. Hazelden.
  • Whitfield, C. L. (1991). Co-dependence: Healing the human condition. Health Communications.
  • Bowen, M. (1978). Family therapy in clinical practice. Jason Aronson.

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