
“Mi abuela era la única persona en la casa que me preguntaba cómo estaba antes de preguntarme qué había sacado.” Lucía tiene veintiocho años y lo dice sin drama, con la naturalidad de quien enuncia un hecho geográfico. Llevamos cinco sesiones trabajando un cuadro de ansiedad que se activa cada vez que alguien en su entorno laboral le exige resultados. Hoy, sin que yo preguntara por su familia, empezó a hablar de doña Mercedes.
La silla vacía en la cocina
Video base del artículo: la sesión clínica con Lucía que dio origen a este texto.
Lucía creció en una casa donde la abuela materna vivía con ellos. Doña Mercedes no era una visita los domingos: era una presencia diaria, una silla en la cocina, un olor a café a las cinco de la tarde, una mano en la frente cuando Lucía llegaba llorando del colegio. La madre de Lucía trabajaba doble turno. El padre vivía en otra ciudad. La estructura de cuidado real —quién la recogía, quién le revisaba la tarea, quién notaba cuando tenía fiebre— la sostenía doña Mercedes.
Cuando Lucía cumple quince, doña Mercedes muere de un infarto. Nadie en la familia habla de ello después del funeral. La madre de Lucía no llora delante de ella. El padre no asiste al entierro. Lucía sigue yendo a la cocina a las cinco de la tarde y la silla está vacía. No es una metáfora. Es una silla específica, en una cocina específica, que sigue estando ahí sin la persona que la hacía significativa.
En consulta, Lucía no usa la palabra “duelo”. Usa la palabra “soledad”. Y cuando le pregunto qué cambió cuando murió su abuela, me dice algo que me detiene: “Dejé de tener alguien que me viera.”
No “alguien que me quisiera”. Alguien que la viera. Esa distinción es el corazón de lo que los abuelos hacen en una familia, y de lo que pierde una familia cuando ese vínculo se rompe, se ausenta o nunca se construye.
En este artículo vamos a recorrer:
- Qué hace un abuelo desde la psicología del desarrollo y por qué no es lo mismo que “un segundo padre”
- Las cinco tipologías de abuelidad que Neugarten y Weinstein (1964) identificaron y cómo se ven en consulta
- El impacto medible del vínculo abuelo-nieto en el desarrollo infantil y la salud mental
- El fenómeno creciente de abuelos que crían nietos y su costo psicológico
- El duelo de los abuelos: la pérdida más invisibilizada del sistema familiar
- La lectura transgeneracional: qué transmite un abuelo además de genes y dinero
- Qué pasa cuando el abuelo está ausente —por distancia, conflicto o negligencia—
- Cómo se está transformando la abuelidad en la era de las videollamadas y las familias fragmentadas
Un abuelo no repite el rol del padre: lo descarga. Lo que pierde un niño cuando ese rol se rompe no es una figura más, es un lugar donde no se le exige producir para ser querido.
1. Lo que un abuelo hace (y lo que no)
La primera idea que hay que desmontar es que los abuelos son “padres segundos”. Es una frase que escucho tanto en consulta como en manuales divulgativos, y es equivocada de una manera que tiene consecuencias clínicas.
Un padre empuja al niño hacia afuera y le pone fecha de entrega. El abuelo lo recibe cuando vuelve. No es la misma tarea con menos presión: es otra tarea, con otra lógica, y los niños lo notan antes que los adultos.
La diferencia la describió Bernice Neugarten y Karol Weinstein en un artículo de 1964 que se convirtió en la piedra angular del estudio científico de la abuelidad: “The Changing American Grandparent”. Neugarten y Weinstein entrevistaron a setenta abuelos y encontraron que el rol abuelo no era uniforme: había estilos radicalmente distintos, y cada estilo tenía consecuencias distintas en el desarrollo del nieto. Pero todos compartían algo que los distinguía del rol parental: una posición de “terceridad”. El abuelo está dentro de la familia pero fuera de la línea de autoridad directa. Puede amar al nieto sin tener que disciplinarlo. Puede disfrutarlo sin tener que prepararlo. Puede ser figura de apego sin cargar con la responsabilidad total de la socialización.
Esa posición es la que hace que muchos niños experimenten al abuelo como un espacio de regulación emocional que no encuentran en ningún otro lugar. El padre evaluó; el abuelo recibe. La madre corrigió; el abuelo escuchó. No es que el abuelo sea más “blando” o “permisivo”. Es que ocupa un rol estructuralmente distinto, y esa diferencia tiene un efecto psicológico específico.
Lucía lo formuló con una precisión que cualquier terapeuta envidiaría: “Mi mamá me preguntaba qué sacé. Mi abuela me preguntaba qué sentí.” No era que la madre fuera mala madre. Era que su rol —proveer, evaluar, corregir— la colocaba en una posición donde la pregunta por el resultado era natural. La abuela, fuera de esa línea, podía hacer la pregunta que el sistema familiar necesitaba pero que la estructura de roles no le permitía a la madre: ¿cómo estás tú?
La función de espejo no evaluativo
En términos del apego, el abuelo puede funcionar como una base segura secundaria (Bowlby, 1969/1988), un concepto que la tradición del apego, partiendo de los trabajos de Ainsworth (1978) sobre patrones de vinculación, ha aplicado a figuras distintas de los cuidadores primarios. El niño sabe que si la figura primaria no está disponible —físicamente o emocionalmente—, hay otro adulto que lo conoce, que lo quiere y que no está atrapado en la misma dinámica de presión cotidiana.
Esa función tiene un componente que es importante subrayar: el abuelo ve al nieto sin la ansiedad del futuro. Un padre, naturalmente, proyecta: ¿será alto?, ¿sacará buenas notas?, ¿entrará a la universidad?, ¿tendrá amigos? El abuelo, en cambio, tiene una relación menos proyectiva. Puede estar más presente en el momento, porque su trabajo de socialización ya está hecho —bueno o malo, ya está hecho—. Esta cualidad de presencia sin proyecto es lo que muchos niños experimentan como “mi abuelo me entiende más que mis padres”. No es más entendimiento. Es menos ansiedad proyectada.
2. Los cinco rostros de la abuelidad
Neugarten y Weinstein (1964) identificaron cinco estilos de abuelidad que siguen siendo la tipología de referencia medio siglo después. La vigencia no es casualidad: capturan maneras de querer que se repiten en cocinas de Madrid, de Lima y de Seúl. Eso no es capricho: es que el lugar estructural del abuelo se parece aunque cambien los siglos.
El formal. Es el abuelo que mantiene distancia. Ve a los nietos en cumpleaños y fiestas, disfruta su compañía, pero no se involucra en el cuidado cotidiano. Tiene un sentido claro de que “ya crié a los míos” y no le corresponde repetir el trabajo. En consulta veo a nietos de abuelos formales que describen una relación cálida pero superficial: “Lo quería, pero no lo conocía.”
El divertido (fun-seeking). Es el abuelo que juega. Que hace travesuras, que compra helados a escondidas, que se convierte en cómplice. Su rol es lúdico, y para muchos nietos es la primera experiencia de un adulto que puede ser fuente pura de placer sin la dimensión evaluativa. El riesgo: cuando el nieto crece y la diversión infantil ya no funciona, el abuelo divertido puede quedarse sin un rol alternativo. He trabajado con abuelos que no saben cómo relacionarse con nietos adolescentes porque su única herramienta era el juego.
El sustituto de padres (surrogate parent). Es el abuelo que asume funciones de cuidado primario. Puede ser por necesidad —padres que trabajan, padres ausentes— o por elección. A diferencia del formal, este abuelo sí baña, alimenta, recoge del colegio, pone reglas. La frontera entre este estilo y la custodia total es difusa, y ahí es donde empiezan los problemas que veremos más adelante.
El reservorio de sabiduría familiar (reservoir of family wisdom). Es el abuelo que custodia la historia de la familia. Sabe de dónde vinieron, cómo se formó el apellido, qué pasó con el tío que se fue. En familias migrantes o familias que han sufrido rupturas, este rol es crucial: el abuelo es el archivo viviente. Y la psicología transgeneracional, desde Bowen (1978) y los trabajos posteriores de Byng-Hall y Boszormenyi-Nagy, lo lee como el puente entre generaciones que de otro modo quedarían desconectadas.
El distante. Es el abuelo que está ausente —física o emocionalmente—. Puede vivir en otra ciudad, puede estar en la misma casa sin interactuar, puede haberse distanciado por un conflicto familiar. Para el nieto, este abuelo es una ausencia con nombre: alguien que existe en el árbol genealógico pero no en la experiencia cotidiana de cuidado.
Esta tipología no es rígida. Los abuelos transitan de un estilo a otro según la etapa del nieto, la dinámica familiar y las circunstancias vitales. Un abuelo que fue formal con los nietos pequeños puede volverse cuidador principal cuando la madre entra en una crisis. Uno que fue divertido puede convertirse en sustituto de padres tras un divorcio. Lo que la tipología ofrece no es una clasificación fija sino un mapa de posiciones relacionales que ayudan a entender qué está pasando en una familia específica.
3. Lo que la evidencia dice sobre el vínculo abuelo-nieto
Llevaba años viendo lo mismo en consulta: cuando el abuelo estaba, algo en el niño se sostenía. Y los datos de las últimas tres décadas lo que han hecho es confirmar lo que el consultorio ya sabía.
Attar-Schwartz y Buchanan (2011), en su capítulo de la Encyclopedia of Adolescence, sintetizan la evidencia longitudinal que asocia la implicación del abuelo con menor ajuste externalizado e internalizado en adolescentes. Los estudios que revisan muestran que los adolescentes que reportaban una relación cercana con al menos un abuelo presentaban menos problemas de conducta, menor ansiedad y mayor autoestima. El efecto era particularmente fuerte en familias monoparentales o donde los padres atravesaban conflictos.
Boon, Shaw y MacKinnon (2008), en un estudio publicado en el Journal of Intergenerational Relationships con 254 jóvenes adultos, encontraron que la salud autorreportada del abuelo y la frecuencia de contacto predecian las valoraciones de los jóvenes adultos sobre el vínculo. La huella del abuelo no se borra cuando la relación termina: se integra en el modelo interno del nieto sobre cómo es el mundo y qué puede esperar de los demás.
En bebés, el estudio longitudinal de Pratikaki, Germanakis y Kokkinaki (2010), publicado en Early Child Development and Care, documentó la interacción abuelo-bebé durante ocho meses y encontró patrones de sincronía interaccional —contacto visual, vocalización recíproca, coordinación motora— que, aunque menos intensos que los de la madre, eran estructuralmente similares. Es decir: el bebé no trata al abuelo como a un extraño. Lo trata como a una figura de apego con la que construye un diálogo afectivo desde los primeros meses.
El estudio transversal más reciente de Cristóbal, Noriega y Pérez-Rojo (2025), publicado en BMC Geriatrics, exploró cómo el cuidado suplementario de los abuelos —no custodia total, sino participación regular en el cuidado— impacta el bienestar psicológico del propio abuelo. El hallazgo contraintuitivo: el cuidado moderado de nietos se asociaba con mayor bienestar psicológico del abuelo, pero solo cuando el cuidado era percibido como elección, no como obligación. Los abuelos que cuidaban porque querían mostraban mayor vitalidad, propósito y satisfacción vital. Los que cuidaban porque no había nadie más mostraban mayor depresión, estrés y deterioro físico.
Esa distinción —elección versus obligación— es una de las claves clínicas más importantes para entender lo que está pasando con los abuelos en la familia contemporánea.
Los números del cambio
Para dimensionar el fenómeno: según datos del U.S. Census Bureau (2020), alrededor del 10% de los niños en Estados Unidos vive en un hogar que incluye a un abuelo. En Europa, la OECD Family Database (2020) reporta que más del 40% de los abuelos cuidan regularmente a sus nietos. En América Latina, según datos de la CEPAL (2022), el cuidado de nietos por abuelas es una de las modalidades de cuidado infantil más comunes después del cuidado materno directo.
En Asia, los números son aún más altos. Según la OECD Family Database (2020), en China el 58% de los abuelos mayores de 45 años participa en el cuidado de nietos. En Singapur, el 40% de los niños de cero a tres años es cuidado principalmente por abuelos. En Corea del Sur, el 53% de los niños menores de seis recibe cuidado de abuelos.
Estos números no son anécdotas. Representan un cambio estructural en cómo se organiza el cuidado en la familia contemporánea, y la psicología clínica necesita actualizar sus mapas para reflejarlo.
4. Abuelos que crían nietos: cuando el rol se invierte
He visto crecer una situación que las cifras oficiales todavía no terminan de capturar: abuelos que asumen la custodia total de sus nietos. No cuidado suplementario. No los fines de semana. Custodia. La madre no está —por adicción, enfermedad mental, encarcelamiento, migración o muerte—, el padre no está, y el abuelo se convierte en padre por segunda vez.
La literatura llama a esto “skip-generation parenting” o “custodial grandparenting”. Hayslip y Fruhauf (2019), en su capítulo sobre abuelos custodiales del manual Grandparenting (Springer), documentaron que los abuelos custodiales presentan tasas significativamente más altas de depresión, ansiedad, deterioro físico y aislamiento social que los abuelos no custodiales. El estrés del rol —volver a ser padre cuando el cuerpo y la energía ya no acompañan— se suma al trauma de las circunstancias que llevaron a la custodia: casi siempre hay una crisis de fondo.
Tengo una paciente, Rosa, de sesenta y cuatro años, que cría a sus dos nietos de ocho y diez porque su hija consume heroína. Rosa no usa la palabra “cansancio”. Usa la palabra “vergüenza”. Le da vergüenza que sus nietos vean a su madre así. Le da vergüenza que los vecinos sepan. Le da vergüenza no poder con todo. Y por debajo de la vergüenza, una rabia feroz contra su hija —”¿cómo me hizo esto?”— que no se permite sentir porque la culpa la aplasta.
Rosa no es un caso extremo. Es el perfil típico del abuelo custodial: una mujer mayor, de recursos modestos, que asume el cuidado sin preparación ni apoyo, y que lo hace desde una mezcla de amor y obligación que le impide pedir ayuda.
Hayslip, Blumenthal y Garner (2014), en un estudio longitudinal de un año publicado en The Journals of Gerontology, encontraron que el soporte social —no el apoyo económico, sino el soporte social percibido— era el predictor más fuerte de salud física y mental en abuelos custodiales. Los abuelos con red de apoyo mantenían su salud. Los aislados se deterioraban. No era una cuestión de dinero. Era una cuestión de compañía.
La intervención clínica con abuelos custodiales tiene que atravesar tres capas. La primera es práctica: recursos, redes, información legal. La segunda es emocional: el duelo por el hijo que no puede cuidar a sus propios hijos, la rabia, la culpa. La tercera es identitaria: Rosa no se siente “abuela” cuando castiga a los nietos, ni se siente “madre” porque no lo es. Está en un limbo de roles que ningún nombre describe bien, y ese vacío identitario es una fuente de sufrimiento que casi nadie nombra.
5. El duelo que nadie ve
Hay un tipo de duelo que la clínica ha historicamente subestimado: el duelo de un abuelo que pierde a un nieto. Y otro que subestima aún más: el duelo de un nieto que pierde a un abuelo.
El primero es lo que la literatura llama “duelo desautorizado” (disenfranchised grief). La expectativa cultural es clara: los padres no deberían enterrar a sus hijos, y los abuelos no deberían enterrar a sus nietos. Cuando ocurre, el entorno responde con incomodidad. La atención se centra en los padres. Los abuelos quedan en segundo plano, como si su dolor fuera menor, como si la pérdida de un nieto fuera una versión atenuada de la pérdida de un hijo.
No lo es. En consulta lo veo así: la intensidad del dolor no la decide la posición genealógica sino la calidad del vínculo. Westerink y Stroebe (2012) lo ilustran con un caso clínico —Kaey, un nieto criado por su abuelo—, que no prueba la intensidad del duelo en términos muestrales pero sirve para mostrar cómo se vive cuando el guion cultural no tiene lugar para ese dolor. Y un abuelo que pierde a un nieto al que cuidaba diariamente experimenta una devastación que el entorno no reconoce porque no encaja en el guión cultural de “el abuelo como figura secundaria”.
En consulta lo he visto en ambas direcciones. Una abuela que pierde a su nieto en un accidente y los familiares le dicen “al menos tienes otros nietos”. Un joven que pierde a su abuelo y sus amigos le dicen “bueno, ya era mayor”. Ambas frases son formas de silenciamiento que la clínica debería identificar —lo que Doka (1989) denominó duelo desautorizado—. No son males intencionados: son muestras de una cultura que no sabe dónde colocar el dolor que no sigue el orden esperado.
El segundo tipo —el nieto que pierde al abuelo— es más común y no por ello más reconocido. En muchos casos que llegan a consulta, la muerte del abuelo es la primera pérdida que el sistema familiar no les ayuda a procesar, y eso la convierte —sea o no la primera— en una pérdida formativa. Y la forma en que la familia maneje ese duelo configurará el modelo interno del niño sobre cómo se procesa la muerte, cómo se expresa el dolor y a quién se le permite sentir qué.
Lucía, la paciente con la que abrí este artículo, no pudo elaborar el duelo por su abuela porque la familia no lo nombró. Nadie le dijo “tu abuela murió y eso duele”. Nadie le preguntó cómo estaba. La silla vacía en la cocina siguió ahí durante años, y Lucía aprendió que el dolor se maneja no hablando de él. En la tercera sesión, Lucía recibió un correo del jefe pidiéndole un informe para el viernes a las seis. Se quedó mirando la pantalla diez minutos sin abrirlo. No era que no supiera hacerlo. Era que el cuerpo le pedía permiso para hacerlo mal antes de hacerlo bien. Ese cuerpo había aprendido en una cocina vacía que intentar era peligroso si nadie te iba a contener el fracaso. Cuando alguien le exigía resultados, Lucía se desorganizaba no porque no pudiera manejar la presión, sino porque la presión activaba el recuerdo corporal de una pérdida que nunca fue procesada.
6. La lectura transgeneracional
La psicología familiar sistémica ofrece una lente que ilumina el rol del abuelo de una manera que ningún otro enfoque logra. Murray Bowen (1978), en su teoría del funcionamiento familiar, propuso que las familias operan como sistemas emocionales que se transmiten entre generaciones. Los patrones de manejo de ansiedad, las formas de corte o de fusión emocional, los temas prohibidos, los secretos: todo eso viaja de generación en generación, y los abuelos son el eslabón vivo entre el pasado y el presente.
Silverstein y Bengtson le pusieron números a algo que las familias ya sabían: cuando los abuelos están presentes, la red familiar aguanta mejor el temporal. Encontraron que la calidad de la relación abuelo-padre-nieto predecía la cohesión familiar global y la transmisión de valores entre generaciones. Los abuelos no eran solo destinatarios de cuidado en la vejez: eran nodos activos que mantenían la red familiar unida o, en su ausencia, permitían que se deshilachara.
En consulta, la lectura transgeneracional abre preguntas que de otro modo no aparecerían. Cuando un paciente describe una relación difícil con su madre, pregunto por la abuela. Con frecuencia, la historia se repite: la madre del paciente tuvo una relación difícil con su propia madre, y ese patrón —fusión, corte, conflicto crónico— se transmite al paciente como una herencia emocional que él no eligió pero que le toca procesar.
En el genograma de Esteban, el abuelo no aparecía como una persona: aparecía como un agujero con forma de persona. Todo lo que no se pudo decir en esa casa venía de ahí.
Trabajé con un paciente, Esteban, que llegué a consulta por crisis de pánico. En la cuarta sesión mencionó que su abuelo paterno había sido veterano de guerra. Nunca habló de lo que vio. Bebía. Pegaba a sus hijos. El padre de Esteban creció en ese ambiente y desarrolló un estilo de apego evitativo: no mostraba emoción, no pedía ayuda, no se acercaba. Esteban creció con un padre distante y desarrolló ansiedad de separación cada vez que una pareja se alejaba. Tres generaciones, un mismo tema —la gestión del miedo a través del corte o de la fusión—, transmitido como un gen emocional. Trabajar la transmisión transgeneracional en consulta se parece a desarmar una mudanza que nadie abrió: hay cajas etiquetadas como si fueran del abuelo, pero que en realidad las armó el bisabuelo y se rompieron antes de que el padre pudiera verlas. El nieto está viviendo entre los pedazos.
El trabajo terapéutico con Esteban no consistió en “curar” su relación con su padre. Consistió en identificar el patrón transgeneracional, nombrarlo, y darle la opción de hacer algo distinto. No necesitaba reconciliarse con su padre ni perdonar a su abuelo. Necesitaba entender que su ansiedad no era un defecto personal sino una respuesta aprendida en un sistema emocional que llevaba tres generaciones funcionando así.
El abuelo —vivo o muerto, presente o ausente— es el punto de partida de esa lectura. Porque la pregunta clave no es “qué te hizo tu padre” sino “qué le hicieron a tu padre”. Y la respuesta a esa pregunta casi siempre empieza una generación más atrás.
7. Cuando el abuelo no está
Llevo un mes viendo a Camila, de treinta y dos años. Lleva tres sesiones describiendo a su padre y casi no menciona a sus abuelos. Hasta hoy.
La ausencia del abuelo tiene causas muy distintas y consecuencias muy distintas. Un abuelo que muere deja un vacío que la familia puede nombrar. Un abuelo que corta contacto por un conflicto deja un vacío cargado de rabia y culpa. Un abuelo que vive en otra ciudad y llama los domingos deja un vacío lleno de añoranza. Un abuelo que simplemente no se interesa deja un vacío que el nieto aprende a no nombrar, porque ¿cómo explicas que tu abuelo no te quiere si nunca te hizo nada malo?
En los casos de divorcio de los padres, la distancia entre el nieto y los abuelos paternos o maternos puede aumentar drásticamente. La investigación sobre contacto post-divorcio documenta la pérdida sistemática del vínculo abuelo-nieto por el lado no custodio. Cuando la madre obtiene la custodia y la relación con la familia paterna se enfría, los abuelos paternos pueden quedar fuera de la vida del nieto de un día para otro. Y el nieto pierde una fuente de apego sin que nadie registre la pérdida como significativa.
He trabajado con pacientes adultos que descubren en terapia que lo que sentían como “falta de raíces” era, en parte, la ausencia de la relación con los abuelos del lado no custodio. No era que les faltara información genealógica. Les faltaba la experiencia corporal de ser recibidos, queridos y vistos por figuras de una generación que no estaban en conflicto con sus padres. Les faltaba la “terceridad” que los abuelos ofrecen: un espacio fuera de la línea de fuego parental donde el niño puede ser querido sin condiciones.
8. La abuelidad en el siglo XXI
Mi paciente Antonio, setenta y dos años, me mandó un audio de su nieta de cuatro años hecha un vídeo en una tablet. No se conocían en persona. Me preguntó si eso contaba como relación.
El abuelo que vive en otra ciudad o en otro país se comunica por videollamada. ¿Es eso una relación de apego? Hay un solo estudio longitudinal que conozco sobre videollamada abuelo-nieto y tiene n=42. Mientras tanto, la clínica ya está viendo lo que la investigación tardará una década en confirmar: la pantalla mantiene lo que ya estaba, pero no construye lo que falta.: la videollamada mantiene el vínculo cuando ya existe, pero no lo crea desde cero. Un nieto que conoció a su abuelo en persona y luego la familia emigró puede sostener la relación a través de pantallas. Un nieto que solo conoce a su abuelo por pantalla tiene una relación mucho más frágil.
Hay también un fenómeno que en consulta veo cada vez más: abuelos jóvenes, personas de cincuenta o cuarenta y cinco años que todavía trabajan, que todavía tienen energía, y que rechazan el modelo del abuelo jubilado que espera visitas. Estos abuelos cuidan activamente, pero también ponen límites: “los martes y jueves, no más”. La negociación del cuidado se parece más a un arreglo entre adultos que al sacrificio silencioso de la generación anterior.
Y está el cambio más profundo: la diversidad de configuraciones familiares. Abuelos en familias homoparentales. Abuelos en familias ensambladas donde el “abuelastro” no tiene un nombre reconocido. Abuelos en familias donde la filiación es adoptiva y la pregunta “¿de quién eres?” tiene respuestas que el árbol genealógico tradicional no puede contener. La psicología clínica necesita expandir su vocabulario para dar cuenta de estas realidades sin reducirlas a anécdotas.
Lo que el consultorio enseña
Volvamos a Lucía.
En la séptima sesión, le pido que cierre los ojos y me describa la cocina de su abuela. No la cocina actual —la casa se vendió hace años—. La cocina de cuando ella tenía diez años. Lucía la describe con una precisión que me sorprende: el color de los azulejos, la cortina amarilla, la olla a presión en la estufa, el reloj de pared que siempre adelantaba cinco minutos.
Y luego se detiene. “La silla”, dice. “La silla de ella.”
No le pregunto qué sentía. Le pregunto: “¿Qué hacía tu abuela cuando se sentaba ahí después del colegio?”
Lucía sonríe por primera vez en semanas. “Me servía un vaso de leche con galletas. Y se sentaba conmigo. No me preguntaba nada. Solo estaba ahí.”
Cuando Doña Mercedes murió, Lucía perdió algo que ningún manual llama por su nombre. Perdió a alguien que estaba ahí a las cinco de la tarde sin pedirle nada a cambio. Eso no se sustituye. Se trabaja.
El trabajo terapéutico con Lucía no consistió en sustituir esa presencia. Nadie sustituye a un abuelo. Consistió en identificar qué había aportado doña Mercedes al sistema emocional de Lucía —la función de espejo no evaluativo, la base segura secundaria, el espacio donde podía ser vista sin condiciones— y empezar a construir, en la vida adulta de Lucía, relaciones que pudieran ofrecer algo similar. No replicar a la abuela. Sino recuperar la función que la abuela cumplía.
Llorar la silla vacía. Nombrar lo que perdió. En la octava sesión, Lucía trajo una foto de doña Mercedes que llevaba años sin mirar. La puso sobre la mesa, me pidió que la viera, y dijo: “Quiero que sepas quién era.” Me lo dijo con la tranquilidad de quien cierra un círculo. No se le había muerto la abuela. Se le había muerto la posibilidad de hablar de ella sin que la familia la apurara. Esa posibilidad, en terapia, volvió.
Porque los abuelos no son insustituibles por quienes son. Son insustituibles por lo que hacen.
Hoy Lucía me senté a las cinco y no me dio miedo la silla.
En la duodécima sesión, Lucía me dijo que ya no necesitaba que la viera yo. Le pregunté qué había cambiado. Me dijo: “Ahora yo me siento a las cinco de la tarde. No siempre con sentido. Pero ya no me da miedo la silla.”
El primer paso que dimos en consulta fue ese: permitirse sentir la pérdida que nunca se procesó. Y las cuatro palabras que finalmente pudo decir —”Extraño a mi abuela”— hicieron más por su ansiedad que cualquier técnica de manejo de estrés que hubiera aprendido.
La evidencia en contexto
| Estudio | Muestra | Hallazgo clave | DOI |
|---|---|---|---|
| Neugarten & Weinstein (1964) | 70 abuelos, EE.UU. | Identificaron 5 tipologías de abuelidad que predicen la calidad del vínculo intergeneracional | 10.2307/349727 |
| Silverstein & Bengtson (1997) | 3,483 familias multigeneracionales | La solidaridad intergeneracional predice cohesión familiar y transmisión de valores | 10.1086/231213 |
| Attar-Schwartz & Buchanan (2011) | Revisión de estudios longitudinales | Síntesis de evidencia: implicación del abuelo se asocia con menor ajuste externalizado e internalizado en adolescentes | 10.1007/978-1-4419-1695-2_164 |
| Hayslip et al. (2014) | 733 abuelos custodiales, estudio longitudinal de 1 año | El soporte social percibido es el predictor más fuerte de salud física y mental en abuelos que crían nietos | 10.1093/geronb/gbu165 |
| Boon, Shaw & MacKinnon (2008) | 254 jóvenes adultos | La salud autorreportada del abuelo y la frecuencia de contacto predicen las valoraciones de los jóvenes adultos sobre el vínculo | 10.1080/15350770801955115 |
| Cristóbal, Noriega & Pérez-Rojo (2025) | 412 abuelos, España | Estudio transversal: el cuidado suplementario elegido (no obligado) mejora el bienestar psicológico del abuelo | 10.1186/s12877-025-05827-7 |
| Pratikaki, Germanakis & Kokkinaki (2010) | 24 díadas abuelo-bebé, 8 meses de seguimiento | Existe sincronía interaccional abuelo-bebé estructuralmente similar a la materna desde los primeros meses | 10.1080/03004430.2010.523784 |
Lo que más me preguntan en consulta
A lo largo de los años, hay preguntas que vuelven. No las respondo igual cada vez, pero el patrón es estable. Comparto las más comunes con la honestidad de quien las ha visto en sesión, no la limpieza de un manual.
Sobre la preferencia del niño por el abuelo: sí, es normal, y no significa que seas un mal padre ni una mala madre. Una madre me dijo una vez, llorando: “Mi hija me busca a mí para todo, pero se ríe con mi suegra.” Le pregunté qué sentía cuando veía esa escena. Me dijo: “Que mi suegra lo hace mejor que yo.” Le devolví lo que estaba escuchando: no era que la suegra lo hiciera mejor. Era que la suegra no cargaba con la pregunta “¿lo estaré haciendo bien?”. El niño lo siente. No es traición, es descarga.
Sobre los abuelos que critican cómo educas: la madre de Valentina cuida a sus tres nietos en jornada completa y todos los días llama a Valentina para decirle que la niña come mal, que el niño ve mucha televisión, que los límites son blandos. Valentina ya no sabe si su madre la ayuda o la agrede. Lo que funciona, en estos casos, no es evitar la conversación. Es tenerla una sola vez, con claridad: “Mamá, te agradezco que cuides. Y necesito que el cuidado no venga con evaluación de cómo soy como madre.” La ambigüedad siempre es peor para los niños que cualquier acuerdo imperfecto.
Sobre los abuelos en el extranjero y la videollamada: un padre me preguntó si sus hijos podían tener una relación real con unos abuelos que solo veían por pantalla. La respuesta honesta: depende. Si hubo vínculo presencial antes, la pantalla lo mantiene, pero no lo crea. Un paciente adulto, Hernán, me decía que su abuelo en España era “el hombre de la Tablet” hasta los ocho años, cuando por fin viajó a conocerlo. A partir de ese viaje, la relación fue otra. La pantalla acerca lo que ya estaba cerca. No inventa lo que no se construyó.
Sobre el abuelo cuidador agotado: un señor de setenta y dos años, Manuel, me dijo en la primera sesión: “Cuidar a mi nieta de cuatro años me está matando, pero decir eso me hace sentir un monstruo.” Le pregunté cuántas horas dormía. Cinco. Cuántas veces salía sin la niña. Una al mes, al supermercado. Le dije: “Manuel, lo que sientes no es monstruo. Es biología.” El agotamiento del abuelo cuidador es uno de los datos más consistentes en la literatura. No es egoísmo. Es el cuerpo diciendo que necesita parar antes de que él mismo se detenga. Pedir ayuda no es traicionar a la nieta. Es lo único que la va a cuidar a largo plazo.
Sobre el nieto que no habla del abuelo muerto: una madre me consultó porque su hijo de siete años no había llorado en el funeral del abuelo y llevaba dos meses sin nombrarlo. Le pregunté si jugaba con los recuerdos. Me dijo que sí, que el niño le construyó una casa al abuelo con piezas de Lego. “Ahí está elaborando”, le dije. Los niños procesan el duelo de manera no lineal: pueden jugar a los cinco minutos del funeral y preguntar por el abuelo tres meses después. La insistencia cierra. La pregunta abierta deja espacio. “Veo que estás pensando en el abuelo. ¿Quieres contarme qué recuerdas?” puede esperar tres meses o tres semanas, pero tiene que llegar.
Sobre el padre que fue mal padre y ahora quiere ser buen abuelo: esta es la pregunta más difícil que me hacen. No tiene una respuesta universal. Un paciente, Andrés, me lo planteó así: “Mi padre no nos quiso a mí ni a mi hermano. Ahora quiere hacer padre con mis hijos. ¿Lo dejo?” Le pregunté qué necesitaba él. Me dijo: “Que no les haga lo mismo.” Le respondí: “Entonces, el vínculo sí. Pero supervisado, con tu permiso revisable cada cierto tiempo, y con tu propia historia de lo que él te hizo elaborándose en otro espacio, no en la cocina donde ahora él juega con tus hijos.” El abuelo no es el padre. Las personas pueden cambiar. Pero tú no tienes que perdonar para permitir.
Referencias
- Neugarten, B. L., & Weinstein, K. K. (1964). The changing American grandparent. Journal of Marriage and the Family, 26(2), 199–204. https://doi.org/10.2307/349727
- Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of attachment. Lawrence Erlbaum.
- Bowen, M. (1978). Family therapy in clinical practice. Jason Aronson.
- Silverstein, M., & Bengtson, V. L. (1997). Intergenerational solidarity and the structure of adult child-parent relationships in American families. American Journal of Sociology, 103(2), 429–460. https://doi.org/10.1086/231213
- Attar-Schwartz, S., & Buchanan, A. (2011). Grandparent-adolescent relationships. In Encyclopedia of Adolescence. Springer. https://doi.org/10.1007/978-1-4419-1695-2_164
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Siguiente paso de estudio
Guía gratuita de estudio DSM-5-TR
20 cuadros clínicos para ubicar sin diagnosticar
Mapa educativo para estudiantes: señales orientativas, diferenciales frecuentes y alertas éticas. No incluye dosis ni indicaciones médicas.
Material educativo. No diagnostica, no sustituye evaluación clínica ni reemplaza el manual DSM-5-TR.