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Duelo familiar: cómo el sistema entero reorganiza la pérdida

Cuando muere alguien, la casa no suma dolores individuales. Pierde un nudo de la red: un rol, una voz en las discusiones, una función cotidiana, una lealtad que organizaba a los demás. El duelo familiar es esa reorganización. No es una secuencia de tareas que cada persona recorre por su cuenta. Es el modo en que el conjunto reacomoda asientos, horarios, silencios y deudas afectivas cuando falta una pieza.

Este recorte se distingue de tres textos que ya viven en Psique. El modelo de Worden describe cuatro tareas del doliente individual. Ese mapa sirve para pensar a un sujeto. Aquí el foco es otro: una casa puede tener a tres personas «haciendo» esas tareas y, aun así, pelearse por quién se sienta dónde.

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El contraste entre duelo patológico y duelo esperado se sitúa en el plano clínico de un individuo. Señal, no reescritura. El apunte de muerte, duelo e integración recorre el ciclo vital y la elaboración simbólica. Distinto recorte. Aquí no se pregunta en qué etapa cayó la muerte. Se pregunta cómo la red entera se reacomoda.

Este tema se trabaja completo en Psicología Clínica y de la Salud, una de las 30 materias de la Escuela de Psique: lectura curada, casos y un banco de preguntas que explica por qué cada opción está bien o mal. La sesión 1 de cada materia es gratis y no pide tarjeta.

No vas a encontrar un recetario para «pasar el duelo». Tampoco un listado para diagnosticarte. Lo que sigue es formación: un mapa de lo que suele moverse cuando hay una pérdida, y de por qué dos personas de la misma casa pueden parecer extrañas entre sí justo cuando más se necesitan.

El duelo como hecho del sistema, no como suma de individuos

Una familia es un conjunto de posiciones. Hay quien paga, quien media, quien hace reír, quien guarda rencor en nombre de los demás. Esa distribución no se vota cada mañana. Cuando muere un miembro, esas posiciones quedan sin el contrapeso que las hacía estables.

Froma Walsh formuló la resiliencia familiar como capacidad de reorganizarse ante una crisis, no como rasgo heroico de una persona (Walsh, 2003. En duelo, esa idea se vuelve concreta. La casa sigue teniendo que decidir quién habla con el banco, quién cocina el domingo, quién se sienta donde se sentaba el muerto. El dolor emocional existe, y a la vez opera una ingeniería relacional.

McGoldrick y Walsh (1991/2004) insistieron en esto: el duelo no es un episodio privado que luego «se lleva» a la mesa. La red es el escenario donde el duelo toma forma. Quien calla, quien explota, quien se pone a trabajar de más, quien se va de la ciudad, está respondiendo a una danza que ya estaba coreografiada.

Bowlby (1980), en el tercer volumen de Attachment and Loss, describió el duelo como respuesta a la ruptura de un vínculo de apego. Ese marco es individual en su origen. Sirve aquí como contrapunto: el apego no vive en el vacío. El hijo que pierde a la madre no pierde solo un objeto interno. Pierde también a la persona que regulaba al padre, que traducía a la abuela, que decidía si se hablaba o no de dinero. El conjunto queda sin traductor.

El duelo familiar no pregunta primero «¿cómo te sientes?». Pregunta «¿quién ocupa ahora el lugar que esa persona sostenía, y a qué costo?».

Gilbert (1996) documentó algo que se reconoce enseguida: se puede compartir la misma pérdida y no compartir el mismo duelo (Gilbert, 1996. El hermano que llora en el velorio y la hermana que organiza sándwiches no están en etapas distintas de un mismo camino. Están haciendo funciones distintas. Confundir función con frialdad es una de las heridas que queda cuando no se nombra.

El asiento vacío: la presencia de quien ya no está

Hay un objeto casi literario que la clínica familiar toma en serio: el asiento vacío. No es metáfora decorativa. Es un organizador. En la mesa, en el auto, en la cama, en el grupo de WhatsApp, queda un hueco. Algunas casas lo dejan intacto. Otras lo ocupan al día siguiente. Unas más discuten por ese lugar sin admitir que discuten por él.

El asiento vacío no es solo espacial. Es conversacional. Hay temas que «le correspondían» a esa persona: el chiste que descomprimía, la autorización para gastar, el permiso para enojarse. Cuando falta esa voz, los demás descubren que no sabían discutir sin ella. El silencio que sigue no es ausencia de palabras. Es ausencia de un rol que hacía posibles ciertas palabras.

En casas numerosas, el hueco se reparte. Un hijo hereda el humor, otro hereda la rabia, otro hereda la tarea de cuidar al cónyuge sobreviviente. En casas chicas, el hueco se concentra. Un adolescente puede quedar como interlocutor adulto del padre viudo. Una hija puede quedar como memoria oficial de la madre. El asiento no desaparece: se fragmenta y se pega a cuerpos que no lo pidieron.

Kissane y su equipo, en los estudios de Melbourne, mostraron que el modo en que se percibe el propio funcionamiento durante la pérdida predice malestar posterior con más fuerza que el tipo de muerte aislado (Kissane et al., 1996a. Quienes se describen como conflictivos, sombríos o poco comunicativos no «fallan el duelo». Quedan más expuestos a que el asiento vacío se convierta en campo de batalla o en altar intocable.

Hay casas donde ninguna persona puede sentarse ahí, cambiar el mantel o reír en esa silla. La lealtad se expresa como congelamiento. Otras donan la ropa a la semana y hablan del muerto en pasado remoto. Esa prisa también es lealtad, aunque se disfraza de practicidad. Se elige una estética de la ausencia. Esa estética organiza a los vivos.

Roles que se redistribuyen cuando falta una pieza

Después de una muerte, se hace un recuento implícito de funciones. Quién era el proveedor. Quién era el cuidador. Quién «tenía carácter». Quién sabía el número de la obra social. Ese inventario no aparece en el testamento. Aparece en la semana siguiente, cuando hay que firmar un papel.

La redistribución rara vez es pareja. Suele seguir líneas ya trazadas: género, orden de nacimiento, cercanía, culpa. La hija que ya cuidaba queda como enfermera del sobreviviente. El hijo que «se la pasa trabajando» queda como cajero. El hermano que vivía lejos queda como el que «no estuvo», aunque haya tomado un avión a las tres horas.

Walsh (2016) insiste en que la resiliencia no consiste en volver al mapa anterior, sino en redistribuir funciones sin destruir a quien las recibe (Walsh, 2016. Hay reacomodos que salvan la casa y enferman a una persona. El criterio clínico no es «¿ya se reorganizaron?». Es «¿a costa de quién se reorganizaron?».

Un ejemplo frecuente: muere el padre que mediaba entre la madre y los hijos adultos. La madre queda sin traductor. Los hijos quedan sin buffer. De pronto las discusiones viejas viajan sin aduana. Lo que parece «mamá se volvió insoportable» suele ser otra cosa: se perdió al regulador y cada cual siente que el otro cambió de personalidad. Cambió el circuito, no el carácter.

Función que queda vacante Reacomodo frecuente Riesgo si se cronifica
Proveedor y trámites Un hijo adulto toma bancos, papeles y dinero Parentificación práctica
Regulador emocional Un miembro queda como «el fuerte» o el mediador El resto deja de doler en voz alta
Memoria del muerto Un hijo queda como relator oficial Canonizar o desterrar al ausente
Cuidado del sobreviviente Hijo o abuelo ocupa lugar de pareja simbólica Inversión de generaciones

Un rol heredado en duelo no se parece a una promoción. Se parece a un traje de otro cuerpo: cubre, pero aprieta, y se aplaude que «alguien se hizo cargo».

Nombrar el rol no lo disuelve. Permite que quien lo carga sepa que no nació así el martes posterior al funeral. Lo empujaron hacia ese lugar porque el lugar no podía quedar vacante.

Rituales que se quiebran y rituales que se inventan

Los rituales son la gramática del «nosotros». El almuerzo del domingo, la llamada de los viernes, el árbol de Navidad, la silla del estadio. Una muerte no solo interrumpe un ritual. Lo deja sin su sacerdote o sin su congregación.

Hay rituales que mueren con la persona. Ningún otro miembro sabe hacer esa receta. Ningún otro tiene autoridad para decir «este año vamos a lo de la tía». El vacío ritual se siente como deslealtad si se cambia y como momificación si se conserva idéntico. Se pelea por detalles que, vistos desde afuera, parecen menores: el plato extra, el cumpleaños, el día del cementerio.

Y hay rituales que nacen. Encender una vela. Dejar un mensaje en el chat del muerto. Repetir una frase suya en tono de chiste. Estos gestos no son superstición barata. Son intentos de seguir incluyendo a quien ya no vota ni come. Nadeau (1998), en Families Making Sense of Death, describió cómo se construye sentido en conversaciones laterales: quién cuenta el relato oficial, quién lo corrige, quién se queda afuera de la versión.

El velorio es público. Después viene el trabajo sucio: los rituales privados de los meses siguientes. Ahí se ve si se puede soportar que un miembro llore y otro no. El conflicto por el ritual es, con frecuencia, un conflicto por el derecho a definir qué clase de casa quedan siendo.

En el ciclo vital familiar y sus crisis se describe cómo cada etapa exige una renegociación de reglas. La muerte fuerza esa renegociación fuera de calendario. Un adolescente puede tener que hacer duelo de padre y, al mismo tiempo, seguir siendo adolescente. El recorte de este artículo no es el de las etapas. Es el de la maquinaria que se reajusta cuando la etapa se rompe.

Walsh (2016) volvió sobre la misma idea: no se «supera» por olvido, sino por rehacer narrativa y prácticas compartidas. No hay un ritual correcto. Hay rituales que permiten seguir habitándose, y rituales que dejan petrificado o disuelto al conjunto.

Lealtades, deudas y lo que no se puede soltar

Boszormenyi-Nagy habló de lealtades invisibles: deudas y créditos que circulan entre generaciones sin contrato escrito. En duelo, esas lealtades se encienden. Quien se permite reír «demasiado pronto» puede sentir que traiciona. Quien se permite enamorarse otra vez puede sentir que desaloja al muerto.

Este artículo no reescribe la ética relacional. Ese mapa está en la pieza sobre terapia contextual de Nagy. Aquí basta una señal: el duelo familiar es uno de los escenarios donde la lealtad se vuelve visible. Se ve en quién hereda el rencor, quién hereda el cuidado, quién queda prohibido de estar bien.

Hay lealtades al muerto y lealtades a los vivos. A veces chocan. Cuidar al padre viudo puede exigir no hablar de la madre como era, solo como se la necesita ahora. Hablar con honestidad del muerto puede herir al sobreviviente que necesita una estatua. Se elige, sin votación, qué verdad es soportable en voz alta.

Kissane, Lichtenthal y Zaider describieron el cuidado antes y después de la pérdida como un continuo, no como un corte limpio entre «enfermedad» y «duelo» (Kissane et al., 2008. En ese continuo, las deudas se acumulan. El hijo que cuidó en la terminalidad siente que ya pagó. El que no pudo cuidar siente que debe. Esas cuentas orientan quién tiene derecho a estar mal y quién «ya no puede darse ese lujo».

La lealtad también aparece como veto. «En esta casa no se llora así». «En esta casa no se habla mal del abuelo». Esas frases son reglas. El texto sobre reglas familiares explícitas e implícitas detalla cómo operan en general. En duelo, la regla más potente suele ser la que ninguna persona escribe: cuánto dolor es decente mostrar, y frente a quién.

La lealtad no se mide por la cantidad de lágrimas. Se mide por aquello que un miembro no se permite —reír, partir, enojarse, olvidar un aniversario— para no quedar fuera del «nosotros».

Cuando esa lealtad se vuelve rígida, se protege al muerto y se descuida a los vivos. Cuando se vuelve laxa hasta la disociación, se protege la continuidad práctica y se deja el vínculo sin lugar. Ni un polo ni el otro son una condena. Son posiciones. Se pueden mover si alguien las nombra sin convertirlas en juicio moral.

Hijos parentificados: cuando el sistema pide un adulto de más

Parentificación no es que un niño colabore. Es que un niño o un adolescente ocupe una función emocional o práctica que correspondía a un adulto, de modo estable, y que esa función se vuelva condición para que la casa no se caiga. En duelo, el empujón hacia arriba es frecuente. Falta un adulto. Se busca reemplazo en el cuerpo más cercano que todavía responde.

Hay parentificación práctica: trámites, médico, cocina, hermanos. Hay parentificación emocional: consolar al padre, escuchar la soledad de la madre, ser confidente de deudas y rencores. La segunda suele doler más tarde, porque se disfraza de madurez y de «qué fuerte que eres».

El costo no es inmediato. Un adolescente parentificado puede funcionar con una eficacia que emociona a la red extensa. Lo premian. Años después, ese mismo joven puede no saber pedir, no saber estar triste sin sentir que rompe algo, no saber ser hijo porque aprendió a ser cónyuge simbólico del sobreviviente.

Bowlby (1980) advirtió que los duelos infantiles se complican cuando el entorno no ofrece una figura que sostenga y a la vez permita la expresión del malestar. En clave sistémica, el problema no es solo «falta de sostén». Es que el niño queda colocado como sostén. El apego se invierte.

Greeff y Human (2004) observaron, en casas donde había muerto un progenitor, que comunicación abierta, apoyo extendido y capacidad de redefinir la crisis se asociaban a una resiliencia más alta (Greeff y Human, 2004. El dato no sirve para exigir resiliencia a un niño. Sirve para recordar que el antídoto de la parentificación no es un discurso motivacional. Es que otros adultos entren en escena y que el hijo vuelva, en la medida de lo posible, a una posición de hijo.

Nombrar la parentificación en formación no es acusar al sobreviviente. Es señalar un riesgo del reacomodo. La clínica, cuando interviene, busca devolver pesos a hombros que puedan llevarlos sin perder la infancia o la adolescencia en el intento.

Los abuelos en la familia contemporánea cargan duelos de rol que suelen quedar invisibles: el abuelo que pierde a un hijo y debe sostener a los nietos; la abuela que queda como madre de reemplazo y pierde el lugar de abuela. Aquí solo se señala el cruce: a veces la parentificación del nieto se evita porque un abuelo se parentifica a sí mismo, y ese sacrificio tampoco es gratuito.

El duelo no viaja a la misma velocidad en cada generación

Una de las fuentes de conflicto más estériles es la idea de que «deberíamos estar igual». No están igual. Un cónyuge pierde cotidianidad y proyecto a dos. Un hijo pierde origen. Un nieto pierde un lugar de indulgencia. Un hermano pierde al testigo de la infancia. Cada posición tiene un reloj.

Stroebe y Schut (2015) propusieron integrar el afrontamiento intra e interpersonal del duelo: lo que una persona hace para regular su propio dolor y lo que el conjunto hace para regularse mutuamente (Stroebe y Schut, 2015. El desfasaje entre esos dos relojes explica peleas que parecen de carácter y son de tempo. Uno necesita hablar el sábado a la noche. El otro necesita no hablar durante un mes. No hay un ganador moral.

Las generaciones tampoco comparten idioma. Los mayores pueden ritualizar con misa, luto visible, aniversarios fijos. Los más jóvenes pueden ritualizar con playlists, publicaciones, tatuajes, chats que no se borran. Cuando una generación lee el idioma de la otra como falta de respeto, se suma un duelo al duelo: el de no reconocerse.

Kissane y colegas, en el segundo estudio de Melbourne, vincularon el funcionamiento percibido con la morbilidad psicosocial de los miembros enlutados (Kissane et al., 1996b. Casas hostiles o retraídas no producen «más amor escondido». Producen más aislamiento simultáneo: cada cual duele en su habitación y sospecha del modo de doler del de al lado.

Hay también un desfasaje de permiso. Al cónyuge se le concede, en muchas culturas, un tiempo largo. Al hijo adulto, menos. Al niño, un tiempo breve. Al ex cónyuge o a la pareja no reconocida, a veces no se le concede tiempo alguno. Esos dolientes expulsados regresan como tensión o como pelea por objetos.

Worden (2009) organizó el trabajo del duelo en cuatro tareas del individuo. Ese mapa sigue siendo útil para pensar a una persona. No alcanza para pensar una mesa. Si lo usas como plantilla grupal —«ya deberíamos haber aceptado»— conviertes un modelo clínico individual en una exigencia colectiva. Por eso este texto no lo desarrolla. Lo deja en su sitio y vuelve a la red.

Plano Qué organiza Dónde vive en Psique
Tareas individuales El trabajo psíquico de un doliente Modelo de Worden
Umbral clínico Criterios de un duelo que no afloja en una persona Duelo patológico y esperado
Ciclo vital Etapa, crisis e integración simbólica Muerte y duelo
Red familiar Roles, rituales, lealtades, asiento vacío Este artículo

Secretos, reglas y el sentido que la casa fabrica o bloquea

Toda casa tiene zonas de no dicho. En duelo, esas zonas se agrandan. Causa de la muerte, deudas, amantes, el «si lo hubiéramos llevado antes». El secreto no es solo información oculta. Es un organizador: define quién está adentro del saber y quién queda excluido.

Los niños detectan el secreto aunque no conozcan el contenido. Perciben el cambio de tono, las visitas que hablan en la cocina. Se cree que se protege. Con frecuencia, se parentifica de otro modo: el niño se vuelve detective y se culpa de lo que no entiende.

Delalibera y colaboradores subrayaron que comunicación, cohesión y conflictividad no son adornos del proceso: son el proceso mismo (Delalibera et al., 2015. Se puede querer y, al mismo tiempo, volverse ilegible para los propios miembros. El amor no asegura traducción.

Las reglas de habla se afinan. Se puede nombrar al muerto en diminutivo y no por el diagnóstico. Cada regla recorta un trozo de realidad. El trozo recortado queda a cargo de alguien: el que sabe y calla, el que sospecha y acusa.

Las personas no solo sufren una muerte. La interpretan. «Se fue en paz». «La vida es injusta». «Dios se lo llevó». Esas frases son ladrillos de una narrativa que se necesita para seguir siendo «nosotros». Si no hay relato mínimo compartido, cada cual habita un duelo distinto y se vuelve extranjero en su propia casa.

Nadeau (1998) observó que el meaning-making ocurre en conversaciones fragmentarias, no en un cónclave solemne. Alguien cuenta las últimas horas. Otro corrige un detalle. Un tercero se calla porque su versión rompe la escena. El sentido se fabrica en esa negociación. No es un consenso cálido. Es un tratado con cláusulas ocultas.

Hooghe, Neimeyer y Rober (2011) mostraron, en la pareja enlutada, cuán compleja es la comunicación cuando dos personas intentan doler juntas sin destruir el vínculo que les queda (Hooghe et al., 2011. Hablar no es automáticamente terapéutico. Hay modos de hablar que invaden. Hay modos de callar que cuidan. El criterio no es «comunicación abierta» como eslogan. Es si el intercambio deja a cada cual con un lugar habitable.

Cuando el sentido se bloquea, aparecen relatos competidores. Un bando sostiene que «papá era un santo». El otro sostiene que «papá nos destrozó». No se discute biografía. Se discute qué lealtad queda permitida. Canonizar o condenar son dos formas de no soportar la figura mixta: alguien a quien se extraña y se reclama a la vez.

Qué observa la clínica cuando trabaja con la familia en duelo

La terapia focalizada en la familia en duelo no es un círculo para llorar en grupo. Kissane y su equipo pusieron a prueba un modelo —family focused grief therapy— y hallaron que el beneficio no se reparte por igual: quienes ya funcionaban con más conflicto o más aislamiento eran los que más se beneficiaban de una intervención dirigida a la red (Kissane et al., 2006. El objeto de trabajo es el funcionamiento, no la cantidad de lágrimas.

Se observa quién habla por quién, quién no puede estar triste si el otro está enojado, quién trae al muerto como aliado en las peleas de ahora. Se observa el tiempo: hay casas que llegan a las dos semanas y casas que llegan a los tres años, cuando un hijo se casa y el asiento vacío vuelve a hacerse visible. Se observa la red —tíos, institución, duelos laterales— y el cuerpo de los más chicos: sueño, escuela, cuidado excesivo de un adulto.

Un adulto puede hacer un duelo sólido en su terapia y, al llegar a la casa, volver a ser el cajero, el mudo o el santo. Si no se mira la red, se culpa a esa persona de «resistencia». Con frecuencia no es resistencia. Es empleo.

Cuando el reacomodo se traba: señales para pensar, no para etiquetar

Hay reacomodos que duelen y avanzan. Hay reacomodos que se congelan. Distinguirlos no es diagnosticar al lector. Es ofrecer criterios de observación.

Señales: fusión forzada (mismo ánimo, mismo relato); fragmentación rígida; chivo expiatorio; parentificación estable; culto o destierro del muerto; violencia justificada como «estamos mal por la pérdida». El duelo no autoriza daño.

Estas señales no equivalen a un duelo «patológico» en el sentido diagnóstico. Ese debate está en el artículo sobre duelo patológico frente a duelo esperado. Aquí la pregunta es si la red quedó organizada de un modo que impide habitar una vida que no sea solo memorial o solo fuga.

Sandler, Wolchik, Ayers, Tein y Luecken (2013) mostraron que una intervención centrada en la casa después de la muerte de un progenitor puede fortalecer recursos de los hijos y de los cuidadores sobrevivientes (Sandler et al., 2013. El reacomodo se puede acompañar. No hay una escalera de cinco peldaños.

El conjunto no «supera» a alguien. Aprende, si puede, a incluir la ausencia sin sacrificar a un vivo en el asiento que quedó vacío.

Preguntas frecuentes sobre el duelo familiar

¿Por qué en mi casa cada uno parece estar en un duelo distinto?

Porque cada posición pierde algo distinto y porque se reparte funciones. Quien organiza el funeral no está «menos triste»: está cumpliendo un rol que el conjunto necesita. Gilbert (1996) describió ese duelo diferencial como hecho esperable, no como prueba de que alguien quiere menos al muerto. Exigir simetría suele agregar vergüenza al dolor.

¿Dejar el cuarto intacto ayuda o traba a la familia?

Depende de qué función cumpla. Como tregua de las primeras semanas, puede ser un ritual de respeto. Como norma permanente que ningún miembro puede discutir, puede congelar a los vivos en una lealtad rígida. La pregunta útil no es si el cuarto se toca. Es si se puede hablar de tocarlo sin que alguien quede como sacrílego.

¿Un hijo que se vuelve «el hombre de la casa» está haciendo bien el duelo?

Está haciendo un trabajo que le pidieron. Eso no es lo mismo que elaborar la pérdida. La parentificación puede verse como madurez y, al mismo tiempo, sacar al hijo de su lugar. Conviene que otros adultos tomen parte de esa carga. El hijo puede colaborar. No tiene que reemplazar al muerto.

¿Hay que hablar de la muerte con los niños o protegerlos del tema?

Protegerlos del detalle crudo no equivale a dejarlos fuera del relato. Los niños leen el clima de la casa. Un silencio sin marco suele llenarse de culpa. Un relato breve, honesto en lo esencial, ajustado a la edad, y con permiso para preguntar después, suele ser más habitable que una fábula que luego se cae.

¿Cuándo conviene una terapia familiar y no solo una individual?

Cuando el malestar se organiza entre personas: peleas por el relato, un miembro chivo expiatorio, un niño en rol de pareja, secretos que dividen bandos, un sobreviviente que no puede soltar a un hijo adulto. La terapia individual sigue siendo valiosa. No alcanza si, al volver a la mesa, se recoloca a cada cual en el mismo engranaje. Kissane et al. (2006) trabajaron justo ese nivel.

¿El duelo familiar termina cuando pasa el primer año?

El calendario social marca aniversarios. La red no se rige solo por ese calendario. Un casamiento, un nieto, una enfermedad nueva, una mudanza, pueden reabrir el asiento vacío años después. Eso no demuestra fracaso. Demuestra que el muerto seguía siendo un organizador. El trabajo no es «terminar». Es poder reacomodarse otra vez, con un poco menos de sacrificio de los vivos.

Lo que puedes llevarte a la mesa

El duelo familiar, visto así, deja de ser una carrera de elaboración personal. Queda lo que es: una casa que perdió una pieza y tiene que volver a inventar cómo sentarse a la mesa.

Si te interesa el plano de las tareas individuales, vuelve al modelo de Worden. Si lo que te preocupa es el umbral clínico, está el texto de criterios diagnósticos. Si quieres el recorte de ciclo vital, el apunte de muerte y duelo y el de crisis del ciclo familiar cubren ese territorio. Este mapa se queda en la mesa: roles, rituales, lealtades, asiento vacío.

El trabajo digno no consiste en igualar el llanto. Consiste en que el reacomodo no se coma la vida de quien quedó más cerca del hueco.

Referencias

Bowlby, J. (1980). Attachment and loss: Vol. 3. Loss, sadness and depression. Basic Books.

Delalibera, M., Presa, J., Coelho, A., Barbosa, A. y Franco, M. H. P. (2015). Family dynamics during the grieving process: A systematic literature review. Ciência & Saúde Coletiva, 20(4), 1119-1134. 10.1590/1413-81232015204.09562014

Gilbert, K. R. (1996). «We’ve had the same loss, why don’t we have the same grief?» Loss and differential grief in families. Death Studies, 20(3), 269-283. 10.1080/07481189608252781

Greeff, A. P. y Human, B. (2004). Resilience in families in which a parent has died. The American Journal of Family Therapy, 32(1), 27-42. 10.1080/01926180490255765

Hooghe, A., Neimeyer, R. A. y Rober, P. (2011). The complexity of couple communication in bereavement: An illustrative case study. Death Studies, 35(10), 905-924. 10.1080/07481187.2011.553335

Kissane, D. W., Bloch, S., Dowe, D. L., Snyder, R. D., Onghena, P., McKenzie, D. P. y Wallace, C. S. (1996a). The Melbourne Family Grief Study, I: Perceptions of family functioning in bereavement. The American Journal of Psychiatry, 153(5), 650-658. 10.1176/ajp.153.5.650

Kissane, D. W., Bloch, S., Onghena, P., McKenzie, D. P., Snyder, R. D. y Dowe, D. L. (1996b). The Melbourne Family Grief Study, II: Psychosocial morbidity and grief in bereaved families. The American Journal of Psychiatry, 153(5), 659-666. 10.1176/ajp.153.5.659

Kissane, D. W., Lichtenthal, W. G. y Zaider, T. (2008). Family care before and after bereavement. Omega: Journal of Death and Dying, 56(1), 21-32. 10.2190/om.56.1.c

Kissane, D. W., McKenzie, M., Bloch, S., Moskowitz, C., McKenzie, D. P. y O’Neill, I. (2006). Family focused grief therapy: A randomized, controlled trial in palliative care and bereavement. The American Journal of Psychiatry, 163(7), 1208-1218. 10.1176/ajp.2006.163.7.1208

McGoldrick, M. y Walsh, F. (1991/2004). A time to mourn: Death and the family life cycle. En F. Walsh y M. McGoldrick (Eds.), Living beyond loss: Death in the family (2.ª ed.). W. W. Norton.

Nadeau, J. W. (1998). Families making sense of death. Sage.

Sandler, I., Wolchik, S., Ayers, T., Tein, J. Y. y Luecken, L. (2013). Family Bereavement Program (FBP) approach to promoting resilience following the death of a parent. Family Science, 4(1), 87-94. 10.1080/19424620.2013.821763

Stroebe, M. y Schut, H. (2015). Family matters in bereavement: Toward an integrative intra-interpersonal coping model. Perspectives on Psychological Science, 10(6), 873-879. 10.1177/1745691615598517

Walsh, F. (2003). Family resilience: A framework for clinical practice. Family Process, 42(1), 1-18. 10.1111/j.1545-5300.2003.00001.x

Walsh, F. (2016). Applying a family resilience framework in training, practice, and research: Mastering the art of the possible. Family Process, 55(4), 616-632. 10.1111/famp.12260

Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (4.ª ed.). Springer.

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