
Idea-fuerza del apunte: juventud y adultez no se cortan con un solo marcador. La psicología del desarrollo describe una franja de transición en la que coinciden exploración de identidad, inestabilidad de roles y redefinición del sí mismo. Lo que define el ingreso a la adultez es la convergencia de marcadores biológicos, psicológicos y sociales, no un evento aislado.
1. La juventud como etapa del ciclo vital
Antes de entrar al debate sobre cuándo se es adulto, conviene fijar qué entendemos por juventud. Papalia y Martorell (2017) la ubican como la franja que arranca cuando la adolescencia cede, alrededor de los 20 años, y se extiende hasta los 25 o 30, dependiendo del contexto sociocultural. Santrock (2016) coincide en situarla después de la pubertad y antes de la consolidación de roles adultos estables. La juventud no es, entonces, un sinónimo de adolescencia: mientras la adolescencia se caracteriza por cambios puberales, tensión con los padres y construcción inicial de la identidad, la juventud se centra en la exploración activa del mundo social, laboral y afectivo fuera del núcleo familiar de origen.
Las características centrales de la juventud, según Berger (2015), pueden resumirse en cinco rasgos observables. Primero, una orientación hacia el futuro: el horizonte temporal se extiende, aparecen proyectos de largo plazo y decisiones con consecuencias acumulativas. Segundo, una intensificación del autoconocimiento: la persona compara quién fue en la adolescencia con quién está siendo, lo que produce una sensación de extrañeza o de mismidad creciente. Tercero, una mayor autonomía económica progresiva, aun cuando la independencia plena no se alcance de forma estable: cohabitación con pares, trabajos precarios, migración interna. Cuarto, una redefinición del vínculo familiar: la relación con los progenitores se negocia en términos de igualdad adulta, y disminuye la frecuencia de conflicto cotidiano. Quinto, una preocupación por la posición social: el joven evalúa su lugar en estructuras como el trabajo, la formación superior o las redes afectivas.
Tarjeta de atajo — Juventud en cinco rasgos (Berger, 2015)
- Orientación temporal hacia adelante (proyectos, decisiones acumulativas).
- Contraste identitario (pasado adolescente hacia presente joven adulto).
- Autonomía económica gradual, no necesariamente plena.
- Reconfiguración del lazo con los progenitores.
- Posicionamiento en redes sociales, formativas y laborales.
La juventud tampoco debe confundirse con la adultez temprana que la sucede. Papalia y Martorell (2017) distinguen: en la adultez temprana ya se han afianzado algunos roles centrales (pareja estable, oficio definido o parentalidad en muchos casos), mientras que en la juventud dichos roles están aún en fase de prueba. Santrock (2016) añade que la juventud comporta todavía plasticidad: la persona puede cambiar de carrera, de ciudad, de pareja, sin que ello se perciba como una crisis, sino como parte del proceso. Esa plasticidad se reduce conforme se consolidan los compromisos adultos. Por eso la juventud funciona como una bisagra entre la formación identitaria de la adolescencia y la consolidación estructural de la adultez temprana: ni exploración sin consecuencias (adolescencia), ni decisiones clausuradas por el rol (adultez).
2. Adultez emergente según Arnett (2000)
En un artículo de 2000, Jeffrey Jensen Arnett propuso una nueva categoría para describir la franja entre los 18 y los 25 años, a la que denominó adultez emergente (emerging adulthood). La tesis es que en las sociedades contemporáneas —particularmente las industrializadas— la adolescencia se ha prolongado y los marcadores adultos tradicionales (trabajo estable, matrimonio, primer hijo) se han desplazado hacia los treinta. Arnett no describe una simple extensión de la adolescencia: la adultez emergente tiene cualidades propias que la diferencian tanto de la adolescencia como de la adultez plena.
Arnett (2000) identificó cinco rasgos característicos de esta etapa. El primero es la exploración de identidad (identity exploration): a diferencia de la adolescencia, donde la pregunta por el quién soy gira en torno al autoconcepto, aquí la exploración se dirige a terrenos adultos como la vocación, la filiación política o las relaciones íntimas. El segundo rasgo es la inestabilidad (instability): cambios frecuentes de trabajo, de domicilio, de pareja; ausencia de rutinas consolidadas. El tercero es el foco en sí mismo (self-focus): la persona dispone de tiempo y energía para preguntarse qué quiere hacer con su vida sin tener que responder aún por otros. El cuarto es la sensación de estar en el medio (feeling in-between): el joven se percibe ni plenamente adolescente ni plenamente adulto, en un estado transicional que el propio Arnett (2004) describe como "el limbo de los veinte". El quinto rasgo es la percepción de posibilidades (possibilities): la convicción de que el futuro aún admite múltiples cursos, lo que Arnett vincula con la sensación de que "la vida puede cambiar de rumbo en un momento dado".
Tarjeta de atajo — Los cinco rasgos de Arnett
- Exploración de identidad (identity exploration).
- Inestabilidad (instability).
- Foco en sí mismo (self-focus).
- Sentimiento de estar en el medio (feeling in-between).
- Percepción de posibilidades (possibilities).
Arnett (2004) complementa esta caracterización con la idea de que el criterio subjetivo de "sentirse adulto" se alcanza, según sus entrevistas, en promedio alrededor de los 25 a los 28 años. Para Arnett, el marcador psicológico del ingreso a la adultez no es cronológico, sino la percepción interna de haber dejado atrás la etapa de exploración. Esa percepción se asocia, en sus datos, con haber tomado decisiones irreversibles en tres dominios: trabajo, relaciones y valores. Antes de esas decisiones, la persona se autodefine como "en camino hacia" la adultez.
La propuesta de Arnett ha sido discutida, sobre todo por su sesgo cultural y de clase. Autores como Hendry y Kloep (2010) han señalado que la adultez emergente describe con bastante fidelidad la experiencia de jóvenes WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich, Democratic), pero describe mal la experiencia de jóvenes en contextos donde la transición a roles adultos se produce de forma más temprana y menos opcional. En América Latina, la investigación muestra que un porcentaje significativo de jóvenes entre 18 y 25 años ya ejerce como sostén económico del hogar, ya convive en pareja estable o ya ha migrado por trabajo. Para esos jóvenes no existe la moratoria que Arnett describe. Más aún: la categoría "foco en sí mismo" presupone que la persona puede dedicar tiempo a preguntarse qué quiere, lo cual requiere una red familiar y estatal que cubra necesidades básicas. En sectores populares urbanos, en comunidades rurales y en pueblos indígenas de la región, la adultez suele comenzar con responsabilidades concretas y no con exploración abierta. Por eso, al aplicar el modelo de Arnett, conviene distinguir entre la experiencia de jóvenes de clase media urbana con estudios superiores —donde la moratoria es viable— y la experiencia de jóvenes de sectores populares y rurales, donde los roles adultos se asumen por necesidad y no por elección.
3. El concepto de adultez: criterios múltiples
Decir que alguien "es adulto" parece una afirmación simple, pero al intentar definirla se descubre una pluralidad de criterios. Papalia y Martorell (2017) y Berger (2015) coinciden en que no hay un criterio que baste por sí solo para establecer el ingreso a la adultez. Esto se debe a que el desarrollo humano es multidimensional: una persona puede haber alcanzado la madurez biológica sin haber consolidado la psicológica, o cumplir los roles sociales sin experimentar el cambio subjetivo que Arnett describe como "sentirse adulta". La adultez, por tanto, no es un estado que se alcance de una vez, sino una convergencia gradual.
Los criterios biológicos remiten a la finalización del desarrollo somático. Incluye el cierre de los cartílagos de crecimiento, la consolidación del sistema reproductivo, el pico de fuerza y resistencia física. Papalia y Martorell (2017) ubican la mayor parte de estos marcadores entre los 18 y los 22 años. Sin embargo, la biología por sí sola no dice nada sobre la experiencia subjetiva de ser adulto. Un joven de 19 años con plena capacidad reproductiva puede seguir viviendo en casa de sus padres y depender económicamente de ellos. El marcador biológico, por tanto, es necesario pero no suficiente.
Los criterios psicológicos comprenden, según Berger (2015) y Santrock (2016), varios componentes. Primero, la autonomía emocional: la capacidad de regular el afecto sin depender primariamente de los progenitores. Segundo, la identidad integrada: el logro de una narrativa coherente del sí mismo que integre el pasado, el presente y el proyecto futuro. Tercero, la toma de perspectiva: la habilidad cognitiva de considerar el punto de vista ajeno y de anticipar consecuencias a largo plazo. Cuarto, el control de impulsos y la tolerancia a la frustración. Una persona puede cumplir criterios sociales —tener trabajo y pareja— sin haber consolidado estos marcadores psicológicos, en cuyo caso aparece la paradoja de un "adulto social" que no se siente adulto, fenómeno descrito por Arnett (2004) y por Cohen y colegas (2003) en estudiantes universitarios que posponen indefinidamente el sentimiento subjetivo de adultez.
Tarjeta de atajo — Tres tipos de criterios de adultez
- Biológicos: cierre del crecimiento, capacidad reproductiva, pico de capacidades físicas.
- Psicológicos: autonomía emocional, identidad integrada, toma de perspectiva, autorregulación.
- Sociales: trabajo estable, convivencia elegida, parentalidad (en su caso), ciudadanía, responsabilidad civil.
Los criterios sociales dependen del contexto cultural e histórico. Santrock (2016) describe los marcadores tradicionales: terminar la formación, conseguir un empleo estable, independizarse del hogar de origen, establecer una pareja duradera y, en muchos casos, tener descendencia. Estos marcadores han variado en las últimas décadas. En Estados Unidos, la mediana de edad al primer matrimonio pasó de 23 años en 1970 a cerca de 30 en la actualidad; en países latinoamericanos la tendencia es similar pero con matices: la convivencia en pareja precede al matrimonio formal en muchos casos, y la parentalidad puede iniciarse en la adolescencia en sectores con menor acceso a educación y anticoncepción. Un criterio social aislado, como "tener trabajo", tampoco alcanza: hay jóvenes con empleo informal que no por ello se perciben como adultos en plenitud, y hay personas sin empleo formal que sí se perciben como adultas por sus responsabilidades familiares.
| Tipo de criterio | Marcadores observables | Edad típica | Limitaciones |
|---|---|---|---|
| Biológico | Madurez somática, fertilidad, capacidad física plena. | 18 a 22 años | No garantiza experiencia subjetiva de adultez. |
| Psicológico | Autonomía emocional, identidad integrada, toma de perspectiva. | 20 a 30 años | Puede darse en personas que aún no cumplen roles sociales. |
| Social | Trabajo, independencia de hogar, pareja, parentalidad. | 22 a 35 años | Variable culturalmente; no implica maduración psicológica. |
| Subjetivo | Sentirse adulto; haber tomado decisiones irreversibles. | 25 a 28 años (Arnett, 2004) | Influido por cultura de origen y por nivel socioeconómico. |
Baltes (1987) aporta una idea útil para integrar estos criterios: el desarrollo como selección, optimización y compensación. La adultez no se reduce a un calendario biológico: implica seleccionar metas, optimizar recursos para alcanzarlas y compensar pérdidas. Esa dinámica se observa cuando los criterios convergen, y se observa su ausencia cuando alguien tiene el trabajo y la pareja, pero no ha seleccionado metas propias ni compensa sus limitaciones —sigue una ruta trazada por otros. Esa es, en términos de Baltes, una adultez "formal" sin desarrollo adulto "sustantivo".
4. Marcos teóricos del desarrollo adulto: Erikson y Levinson
Dos marcos resultan insoslayables para entender el tramo que va de los 17 a los 33 años: la teoría psicosocial de Erikson y la teoría de las estaciones de Levinson. Ninguno de los dos se reduce a una biografía; ambos articulan una secuencia de conflictos o transiciones que organizan la experiencia juvenil.
4.1. Erikson: intimidad frente a aislamiento
Erikson (1968) propuso ocho etapas del ciclo vital, cada una definida por una crisis psicosocial cuyo polo positivo se construye sobre la resolución del polo negativo previo. La etapa que interesa aquí es la sexta, intimidad frente a aislamiento, que Erikson sitúa en la adultez emergente y la adultez temprana, aproximadamente entre los 21 y los 40 años. La tarea es la capacidad de establecer vínculos profundos sin perder la identidad propia; el riesgo es el aislamiento, entendido como dificultad para comprometerse y para sostener la reciprocidad emocional. Erikson vincula esta etapa con el cierre de la anterior —identidad frente a difusión de roles— porque solo una identidad relativamente integrada puede abrirse al otro sin fusionarse ni retraerse. Una persona cuya identidad sigue difusa, sostiene Erikson, evita las relaciones íntimas por temor a la pérdida del yo.
Este conflicto no se resuelve una vez y de manera definitiva. Erikson lo concibe como una cuantía que se negocia a lo largo de los años, y cuya resolución puede reabrirse tras rupturas, duelos o mudanzas. Para el análisis de la transición juventud a adultez, lo relevante es que la voluntad de comprometerse con otro —en pareja, en proyecto compartido, en red de apoyo— opera como señalizadora del paso hacia la adultez, mientras que su evitación persistente funciona como marcador de bloqueo.
4.2. Levinson: estaciones y transiciones
Daniel Levinson (1978, 1996), en su estudio con hombres y luego con mujeres, propuso que la vida adulta se organiza en estaciones (eras) separadas por transiciones. Cada estación dura unos siete u ocho años, y cada transición unos cuatro o cinco. Para el tramo que nos ocupa, Levinson distingue las siguientes estructuras:
- Transición de los 17 a los 22 años: salida de la adolescencia, exploración inicial del mundo adulto, primeros ensayos con roles de trabajo y pareja. Levinson la llama a veces la transición entrada a la adultez temprana.
- Estación de los 22 a los 28 años: primera adultez, formación de un proyecto de vida, prueba de trabajo y relaciones. La persona elabora un sueño o imagen de futuro y lo contrasta con la realidad.
- Transición de los 28 a los 33 años: revisión del proyecto inicial, posible cambio de rumbo, ajuste entre aspirations y logros. Levinson la considera una transición bisagra: lo que se decida aquí define la siguiente estación.
El aporte de Levinson para este apunte es doble. Primero, ubica el tramo 17-22 como transición y no como mera continuación de la adolescencia; la novedad que introduce es que las transiciones son períodos legítimos de desarrollo, no meros vacíos entre etapas estables. Segundo, muestra que la franja 28-33 no es ya juventud, sino el ingreso definitivo a una adultez revisada. Esta observación es relevante porque muchos marcos prácticos siguen llamando "jóvenes" a personas de 30 años, cuando Levinson ya las ubicaría en la transición hacia la adultez plena.
Una diferencia notable entre Erikson y Levinson es el énfasis. Erikson trabaja con conflictos (pares polares); Levinson, con estructuras temporales (estaciones y transiciones). En la práctica docente, ambos se complementan: Erikson describe qué se juega en cada momento, Levinson describe cuánto dura y cuándo se abre o se concluye cada momento. Baltes (1987) aporta el marco meta-teórico: el desarrollo adulto es un equilibrio dinámico entre ganancias y pérdidas, y los conflictos de Erikson y las estaciones de Levinson son dos caras de ese equilibrio.
5. El reloj social y las transiciones normativas (Neugarten)
Un tercer marco imprescindible para entender la transición juventud a adultez es el del reloj social, introducido por Bernice Neugarten y colaboradores (1965, 1968). La idea central es que cada sociedad organiza un calendario implícito de eventos esperados: a qué edad conviene terminar los estudios, casarse, tener el primer hijo, jubilarse. Este calendario no es rígido, pero influye profundamente en cómo la persona evalúa si su vida va "a tiempo" o "fuera de tiempo".
Neugarten (1968) distinguió entre eventos on-time (a tiempo) y off-time (fuera de tiempo). Un evento on-time es aquel que ocurre dentro de la franja de edad esperada por el grupo: terminar la universidad entre los 22 y los 25, casarse entre los 25 y los 30, tener el primer hijo entre los 25 y los 35. Un evento off-time ocurre fuera de esa franja: terminar la universidad a los 35, tener el primer hijo a los 45, jubilarse a los 50. La categorización no es buena ni mala en sí misma, pero tiene efectos psicosociales: los eventos off-time suelen generar mayor estrés, menor apoyo social percibido y, en algunos casos, estigma. Las personas que acumulan transiciones off-time, según Neugarten, pueden experimentar una sensación de desajuste biográfico: perciben que su vida no sigue el ritmo de quienes les rodean.
Tarjeta de atajo — On-time y off-time (Neugarten)
- On-time: el evento ocurre dentro de la franja socialmente esperada para la edad.
- Off-time: el evento ocurre fuera de esa franja.
- Desajuste biográfico: cuando varias transiciones son off-time, se intensifica la sensación de no seguir el ritmo del grupo.
El concepto de Neugarten tiene una utilidad adicional cuando se pone en relación con el reloj biológico, es decir, con los tiempos del cuerpo. Para eventos como la menopausia o el declive de ciertas capacidades físicas, el reloj biológico impone límites relativamente rígidos. Para eventos como la emancipación del hogar, la elección de pareja o el cambio profesional, el reloj biológico no impone nada; el reloj social, en cambio, tiene peso considerable. La tensión entre ambos relojes es especialmente visible en el contexto latinoamericano.
5.1. Reloj social y reloj biológico en América Latina
En América Latina, el reloj social presenta heterogeneidad interna. En sectores urbanos de clase media con alto acceso a educación superior, la adultez emergente de Arnett describe la experiencia de buena parte de los jóvenes: posponer la convivencia y la parentalidad hacia los treinta, explorar varias carreras, cambiar de trabajo. En esos contextos, la juventud se alarga y la adultez se percibe como un horizonte móvil. En cambio, en sectores populares urbanos, en comunidades rurales y entre jóvenes con menor acceso a educación formal, el reloj social marca trayectorias más tempranas: inserción laboral a los 16 o 18, convivencia a los 20, parentalidad antes de los 25. Para estos jóvenes, los eventos no se perciben como off-time sino como on-time en su entorno de referencia; el reloj social del grupo los valida.
La diferencia entre ambos relojes se manifiesta también en las consecuencias del desajuste. Un joven urbano de clase media que sigue soltero a los 32 puede experimentar presión social por el reloj social —familia, amigos, comentarios— sin que haya implicación biológica alguna. En cambio, una mujer que retrasa la maternidad hasta los 38 puede experimentar presión biológica derivada del reloj biológico, además de la presión social. Neugarten (1968) llamaba la atención sobre esta distinción: el reloj social afecta la identidad y la pertenencia; el reloj biológico afecta las opciones reales. Cuando ambos se contradicen, la persona experimenta lo que la autora denominó conflicto de calendario.
Desde una mirada regional, este conflicto se intensifica por tres factores. Primero, la desigualdad económica: jóvenes de bajos recursos no pueden posponer la adultez aunque su reloj social local lo permita, porque las necesidades materiales aprietan. Segundo, la migración interna: jóvenes que migran del campo a la ciudad, o entre países, experimentan una dislocación del reloj social de origen y deben negociar un calendario nuevo en otro entorno. Tercero, la diversidad cultural: pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes tienen cronologías propias, a veces regidas por ciclos agrícolas o por rituales comunitarios, que el reloj dominante tiende a invisibilizar. Reconocer estos factores es indispensable para no patologizar trayectorias que, leídas desde el reloj social dominante, aparecen como off-time, pero que dentro del grupo de referencia son perfectamente normativas.
Glosario rápido — términos clave del apunte
- Juventud: tramo posterior a la adolescencia, previo a la adultez temprana; exploración de roles adultos.
- Adultez emergente (Arnett): período 18 a 25 años con exploración de identidad, inestabilidad, foco en sí mismo, sentimiento de estar en el medio y percepción de posibilidades.
- Reloj social (Neugarten): calendario implícito de eventos esperados por edad, propio de cada grupo.
- On-time / off-time: eventos que ocurren dentro o fuera de la franja socialmente esperada.
- Intimidad frente a aislamiento (Erikson): sexta crisis psicosocial, capacidad de compromiso profundo sin pérdida de identidad.
- Estación y transición (Levinson): períodos de construcción y de cambio que estructuran la vida adulta.
- WEIRD: acrónimo crítico para sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas.
Errores frecuentes que conviene evitar
- Confundir juventud con adolescencia tardía; son etapas con tareas distintas.
- Identificar adultez emergente con adultez temprana; la primera es previa a la segunda.
- Presentar los criterios de adultez como una lista en la que basta un marcador para ser adulto.
- Tratar el reloj social como si fuera fijo y universal; varía por clase, región y cultura.
- Aplicar el modelo de Arnett sin chequear el contexto socioeconómico del joven en cuestión.
- Olvidar que el reloj biológico y el reloj social pueden contradecirse, generando conflicto de calendario.
Preguntas de repaso para autoevaluación
- ¿Por qué la juventud no es solo una adolescencia prolongada? Menciona al menos dos diferencias.
- Explica los cinco rasgos de Arnett con un ejemplo propio para cada uno.
- ¿Por qué ningún criterio de adultez basta por sí solo?
- ¿Qué diferencia hay entre la crisis de intimidad de Erikson y la transición 28-33 de Levinson?
- ¿En qué se diferencia un evento on-time de uno off-time según Neugarten?
- ¿Cómo se manifiesta el conflicto de calendario en mujeres latinoamericanas que migran a la ciudad a estudiar?
Lecturas y referencias básicas
- Arnett, J. J. (2000). Emerging adulthood: A theory of development from the late teens through the twenties. American Psychologist, 55(5), 469-480.
- Arnett, J. J. (2004). Emerging adulthood: The winding road from the late teens through the twenties. Oxford University Press.
- Baltes, P. B. (1987). Theoretical propositions of life-span developmental psychology. Developmental Review, 7(4), 367-397.
- Berger, K. S. (2015). The developing person through the life span (9.ª ed.). Worth.
- Erikson, E. H. (1968). Identity: Youth and crisis. W. W. Norton.
- Levinson, D. J. (1978). The seasons of a man's life. Knopf.
- Neugarten, B. L. (1968). Adult personality: Toward a psychology of the life cycle. En B. L. Neugarten (Ed.), Middle age and aging. University of Chicago Press.
- Papalia, D. E., y Martorell, G. (2017). Experiencia del desarrollo humano (13.ª ed.). McGraw-Hill.
- Santrock, J. W. (2016). Life-span development (16.ª ed.). McGraw-Hill.