
Por qué este modelo no desaparece aunque la neurociencia ya lo haya abandonado
Si alguna vez viste un dibujo con un cerebro dibujado como tres capas — un centro “reptiliano”, un anillo “límbico” emocional y una corteza “racional” envolviendo todo — probablemente estés mirando una versión del cerebro trino de Paul D. MacLean. El dibujo es elegante, memorable y aparece todavía en manuales introductorios, en cursos de educación y en libros de autoayuda. También está, técnicamente, desfasado.
El propósito de este artículo es separar dos cosas que se mezclan con facilidad: el modelo como metáfora pedagógica (sigue siendo útil para ordenar ideas) y el modelo como descripción anatómica del cerebro (ya no se sostiene con los datos disponibles). Esta lectura es cuidadosa de dónde vino la idea, qué decía, qué quedó de ella, qué se le critica y por qué, pese a todo, el examen y la cultura popular insisten en seguir preguntando por ella.
Aprender es, en parte, aprender a soltar los modelos cuando los datos los dejaron atrás sin perder lo que nos enseñaron.
Antes de entrar, conviene tener dos referencias útiles de este mismo sitio. Para entender qué es la corteza y qué son los lóbulos, te sirve Lóbulos cerebrales: funciones y un mapa neuropsicológico. Para situar la química emocional, te sirve Bases biológicas de la emoción. Y si quieres ver cómo el cerebro se reescribe a sí mismo, está Neuroplasticidad: cómo el cerebro se reorganiza, donde el contraste con el trino se vuelve muy nítido: nada en la biología real funciona como capas apiladas.
Quién fue Paul D. MacLean y qué problema quería resolver
Paul D. MacLean (1913–2007) fue un neurocientífico estadounidense que trabajó buena parte de su carrera en los National Institutes of Health y que combinó clínica psiquiátrica con investigación básica. Su pregunta de fondo era ambiciosa: ¿por qué los trastornos psiquiátricos no encajan del todo con la cartografía cortical? ¿Por qué hay síntomas que reaparecen cuando la corteza “racional” está intacta? Su respuesta, gestada entre las décadas de 1940 y 1970 y formalizada en el libro The Triune Brain in Evolution (1990), proponía que el cerebro humano se lee, en esa hipótesis, como una especie de palimpsesto: tres sistemas evolutivos superpuestos, cada uno con su lógica interna, su química diferenciada y su calendario filogenético.
Para MacLean, el cerebro humano era, en una frase célebre, “tres cerebros en uno”. La primera formación, que llamó complejo R o cerebro reptiliano, incluía el tronco encefálico y los ganglios basales, y se encargaba de las conductas rutinarias, los reflejos de supervivencia y la territorialidad. La segunda, el sistema paleomamífero o límbico, era el asiento de la emoción, el cuidado parental y la memoria afectiva. La tercera, el neomamífero o neocorteza, sostenía el lenguaje, el razonamiento abstracto y la planificación a largo plazo. La lógica interna era profunda: cada sistema añadía capacidades sin reemplazar del todo las anteriores, y los conflictos conductuales se leían como desajustes entre estas tres capas con distinta antigüedad evolutiva.
| Sistema (MacLean) | Estructuras | Función propuesta | Filogenia |
|---|---|---|---|
| Complejo R (reptiliano) | Tronco encefálico, ganglios basales | Supervivencia, reflejos, rutinas | Temprana (vertebrados no mamíferos) |
| Sistema paleomamífero (límbico) | Amígdala, hipocampo, cíngulo, hipotálamo | Emoción, cuidado, memoria afectiva | Mamíferos tempranos |
| Sistema neomamífero (neocorteza) | Corteza prefrontal, áreas de asociación | Lenguaje, razonamiento, planificación | Mamíferos tardíos, expansión en primates |
La tabla anterior recoge la propuesta original de MacLean tal como aparece en sus textos de 1973 y 1990. Tenerla a la vista ayuda a entender por qué el modelo resulta tan fácil de dibujar y, al mismo tiempo, tan difícil de sostener con datos actuales.
Por qué la metáfora sigue viva en manuales y exámenes
Hay una razón histórica. Cuando MacLean formuló su hipótesis, la neurociencia comparada moderna todavía estaba en formación. La imagenología cerebral en humanos (resonancia magnética funcional, tractografía) apenas aparecía, y los estudios de expresión génica en desarrollo cerebral eran rudimentarios. En ese contexto, la idea de “tres cerebros apilados” resolvía un problema docente real: cómo hablar de emoción, instinto y razón sin que los estudiantes se pierdan en una sopa de núcleos y circunvoluciones.
El modelo del cerebro trino funciona como un punto de partida útil, aunque no describe el cerebro con rigor anatómico para pensar el cerebro como un mosaico de sistemas con distintas edades evolutivas.
El problema es que ese “punto de partida” se fosilizó. Varios análisis bibliométricos citados por Joseph Cesario, David J. Johnson y Heather L. Eisthen muestran que los artículos empíricos de MacLean sí son citados por neurocientíficos, pero sus textos sobre el trino se citan, sobre todo, desde la psicología no neurocientífica y la divulgación. La metáfora se independizó de la evidencia: dejó de ser una hipótesis para convertirse en un atajo cultural.
En la formación de pregrado, el trino aparece todavía como respuesta esperada a preguntas tipo “explique las bases biológicas de la emoción” o “qué estructuras regulan el comportamiento instintivo”. No porque sea correcto, sino porque es enseñable y los ítems de examen se construyen sobre lo enseñable. Esa es una de las razones honestas por las que el modelo sigue mereciendo una lectura crítica bien hecha.
Las críticas que cambiaron el consenso
Hay al menos cuatro líneas de crítica convergentes, y conviene mirarlas por separado.
1. La crítica evolutiva: no hay “capas” en el cerebro de los vertebrados
La objeción más contundente viene de la neurociencia de la evolución. Leah Krubitzer y Adele M. H. Seelke documentan en un trabajo de 2012 que los vertebrados comparten las divisiones básicas del tubo neural — prosencéfalo, mesencéfalo y rombencéfalo — y que lo que cambia entre especies es la proporción y la complejidad de circuitos dentro de esas divisiones, no la aparición de “capas nuevas”. La corteza, por ejemplo, no aparece solo en mamíferos: existen homólogos corticales en reptiles, aves y peces, y se han descrito incluso en algunos invertebrados cefalópodos.
Cesario, Johnson y Eisthen lo resumen en una frase que vale la pena recordar: “Tu cerebro no es una cebolla con un pequeño reptiliano dentro”. La metáfora del apilamiento es geométricamente intuitiva y biológicamente falsa. Cuando un ratón resuelve un laberinto o un cuervo fabrica herramientas, lo hace con circuitos que abarcan simultáneamente tronco, estructuras subcorticales y corteza, sin esperar turno entre “capas”.
2. La crítica neuroanatómica: el “sistema límbico” ya no funciona como unidad
Otro pilar del trino era la idea de un “sistema límbico” claramente delimitado como sede de la emoción. Esa idea, herencia de James Papez y popularizada por él mismo en 1937, ya no se sostiene como unidad anatómica. Joseph LeDoux ha argumentado, en una línea de trabajo que va de The Emotional Brain (1996) a “Rethinking the Emotional Brain” (2012), que los circuitos emocionales son circuitos de supervivencia, no módulos con sede fija. La amígdala, por ejemplo, no es “el centro del miedo”: procesa saliencia, relevancia y aprendizaje, y participa en conductas apetitivas tanto como en defensivas. Si quieres revisar el sistema límbico con más detalle anatómico, vuelve a Bases biológicas de la emoción, donde el sistema límbico se cruza con la amígdala y el cíngulo.
Lisa Feldman Barrett va más lejos. En su teoría de la emoción construida, formulada en un artículo de 2017 y extendida en How Emotions Are Made (2018), propone que las emociones no son categorías fijas cableadas en el cerebro, sino inferencias que el cerebro construye a cada instante a partir de señales interoceptivas, contexto y conceptos aprendidos. Si la emoción se construye, no puede haber un “centro de la emoción” del tamaño de una capa, y mucho menos una capa entera dedicada a ella.
3. La crítica neuroquímica: las monoaminas no respetan capas
Una de las consecuencias prácticas del modelo es la idea de que cada “capa” tiene su propia química: dopamina para lo reptiliano-instintivo, serotonina para lo límbico-emocional, glutamato para lo cortical-racional. La realidad es más desordenada. La serotonina, por ejemplo, tiene sus núcleos de origen en el tronco encefálico (núcleos del rafe) pero modula corteza prefrontal, amígdala, hipocampo y médula espinal. La dopamina sale de áreas tegmentales y de la pars compacta del mesencéfalo, condicionando motivación en estriado y función ejecutiva en prefrontal. Si quieres repasar este mapa fino, la referencia útil está en Neurotransmisores y conducta: dopamina y serotonina.
Ningún neurotransmisor “pertenece” a una capa del cerebro. Cada uno opera como una orquesta distribuida, no como una sección que toca su parte en un solo momento.
4. La crítica psicológica: emoción y cognición no son separables
El trino implica que emoción (límbico) y razón (corteza) compiten, y que madurar es “darle más poder a la corteza”. La investigación de las últimas décadas muestra que esta separación es, una sobresimplificación bastante extendida. Funciones atribuidas a la “razón pura” — toma de decisiones, juicio moral, evaluación de riesgo — reclutan sistemáticamente amígdala, ínsula, cingulado anterior y estriado. Funciones atribuidas a la “emoción pura” — miedo, ira, apego — reclutan corteza prefrontal y corteza cingulada. Joseph LeDoux y otros han propuesto dejar de hablar de “emoción contra cognición” y hablar de supervivencia y predicción como funciones básicas que cada circuito, en cada nivel, contribuye a sostener.
Lo que queda: lo que el trino sí enseñó bien
Soltar el modelo no significa tirar todo a la basura. El trino dejó tres legados que siguen siendo útiles si se los lee con cuidado.
Primero, introdujo la idea de que el cerebro humano porta una historia evolutiva visible en su organización. Eso es cierto y valioso. Hoy lo formulamos con más cuidado: conservamos circuitos antiguos para funciones de supervivencia, y esos circuitos no son “inferiores”, sino que están altamente afinados y cooperan con sistemas más recientes. La idea de “lo reptiliano controlando impulsos” es caricaturesca; la idea de que conservamos un plan corporal compartido con otros vertebrados es un hecho.
Segundo, contribuyó a poner la emoción en el mapa de la neurociencia, en un momento en que la psicología cognitiva tendía a marginarla. Jaak Panksepp, que trabajó con MacLean y luego fundó la neurociencia afectiva, rescató esa intuición: las emociones tienen raíces subcorticales profundas, son compartidas entre especies y se organizan en sistemas (buscar, jugar, cuidar, temer, rabiar, desear, pánico) que no son capas sino redes.
Tercero, popularizó la metáfora jerárquica como herramienta didáctica. Aunque la jerarquía instinto, emoción, razón no se sostiene como anatomía, sigue siendo una manera razonable de presentar la secuencia con la que un niño aprende a regularse: primero reacciona, luego siente, luego nombra, luego planifica. Es un mapa del desarrollo, no un mapa del cerebro.
| Lo que el trino propuso | Lo que hoy sabemos | Qué conservar |
|---|---|---|
| Tres capas evolutivas apiladas | Divisiones conservadas con proporciones variables | La idea de historia evolutiva |
| Sistema límbico = emoción | Circuitos emocionales distribuidos | La centralidad de la emoción en la clínica |
| Corteza = razón, límbico = emoción | Cognición y emoción son interdependientes | La metáfora jerárquica para enseñar |
| Conflicto entre capas | Integración de redes para sobrevivir y predecir | La pregunta por la integración, no por la jerarquía |
Cómo usar el modelo sin caer en la simplificación
Si enseñas, examinas o aprendes, hay una forma de mantener el trino como andamiaje sin que se vuelva un error.
Una opción es presentarlo como modelo histórico. Decir: “en 1990 MacLean propuso que el cerebro podía entenderse como tres sistemas; la neurociencia actual conserva la inspiración evolutiva pero rechaza la geometría de capas”. Eso cumple con la verdad histórica sin presentar el modelo como vigente.
Otra opción es usarlo como punto de comparación. Preguntar al estudiante: “¿qué le falta a este esquema para dar cuenta del aprendizaje, la plasticidad y la integración?”. Esa pregunta solo se puede hacer si primero se conoce el esquema, y abre la puerta al modelo del cerebro adaptativo que hoy proponen Paul J. Eslinger y colaboradores como alternativa funcional, o a los modelos de redes interoceptivo-exteroceptivas que están reemplazando la lógica de capas.
Una tercera opción, la más honesta cuando se trabaja en clínica, es bajar el trino del pedestal explicativo y usarlo solo como vocabulario. Decir “circuitos de supervivencia” en lugar de “cerebro reptiliano”, “redes afectivas” en lugar de “cerebro límbico”, y “redes corticales de planificación” en lugar de “cerebro racional”. No cambia el contenido, sí cambia la precisión, y le ahorra al paciente o al alumno la confusión de creer que tiene un dinosaurio dentro.
Una cuarta vía, útil en contextos de divulgación, es mostrar el modelo como objeto histórico: explicar que MacLean escribió su hipótesis en una época en la que se sabía mucho menos de evolución de vertebrados, y que fue importante en su tiempo porque integraba clínica, biología y educación. Eso convierte el trino en una pieza de historia de la ciencia, no en una teoría vigente. La historia de la ciencia no se cuenta para decorar: se cuenta para entender cómo cambian los consensos, qué tipos de evidencia producen esos cambios, y por qué un modelo que “funcionaba” como mapa pedagógico dejó de funcionar como mapa anatómico.
Y queda una quinta vía, más sutil pero potente: usar el trino como objeto de pensamiento crítico. Pedirle al estudiante o al profesional que identifique qué partes del modelo resisten, cuáles no, y por qué. Eso entrena una habilidad que va mucho más allá de la neurociencia: la de evaluar ideas heredadas, separar intuición útil de descripción errónea, y actualizar el conocimiento cuando los datos lo exigen. Es, además, una manera de honrar a MacLean, cuyo aporte real fue tomarse en serio la pregunta por la evolución del cerebro humano, no defender la metáfora del apilamiento.
Lo que la neurociencia actual ofrece en su lugar
No estamos sin modelo. Estamos con modelos más feos y más útiles.
En la línea evolutiva, el reemplazo conceptual es el de homología profunda con modificación proporcional: los vertebrados comparten un plan común, y la diversidad cerebral es de proporciones y conectividad, no de capas. Krubitzer y Seelke sintetizan esto en una frase: “la complejidad es evolutivamente lábil y no se correlaciona de manera simple con linajes”.
En la línea funcional, hay consenso creciente en que el cerebro opera como redes integradas de supervivencia y predicción. El miedo se describe como un estado dinámico del sistema que involucra corteza, amígdala, hipotálamo, tronco encefálico y señales interoceptivas, con un nivel de actividad basal que cambia según el contexto.
En la línea emocional, el contraste central ya no es entre “emoción y razón” sino entre procesos primarios (sistemas afectivos subcorticales) y procesos secundarios (aprendizaje, conceptos, regulación cortical), siguiendo el esquema de Panksepp. Esa distinción sobrevive con holgura al escrutinio porque no exige geometría. Dentro de la línea constructivista, Barrett y su equipo han propuesto que las categorías emocionales que usamos cotidianamente — ira, miedo, tristeza, alegría — no son “etiquetas” de estados internos fijos, sino conceptos que el cerebro aplica a partir de la experiencia acumulada. Eso significa que dos personas, en dos contextos culturales distintos, pueden tener experiencias corporales parecidas y, sin embargo, nombrarlas y regularlas de forma diferente. Es una invitación a la cautela cuando usamos palabras como “miedo” o “ansiedad” como si designaran un módulo cerebral estable.
Y en la línea cognitiva, el modelo del cerebro adaptativo que propone el equipo de Paul J. Eslinger integra homeostasis, alostasis, emoción y cognición en redes interdependientes. Eso se parece mucho al espíritu original de MacLean, pero sin la costra de capas. La idea de fondo es que el cerebro no responde a un estímulo; predice estados internos y externos futuros a partir de la experiencia pasada, y adapta su actividad para minimizar el error de predicción. Eso es compatible con la neurociencia de la predicción (predictive coding), con la de la alostasis y con la teoría de la emoción construida, sin necesidad de jerarquías de capas.
Una pieza que vale la pena agregar es la de la evolución cultural. Los modelos puramente biológicos suelen dejar afuera el peso del aprendizaje social, y MacLean no era la excepción. Hoy sabemos que la transmisión cultural modifica trayectorias de desarrollo cerebral completas: la exposición temprana al lenguaje, la nutrición, el estrés social y el trauma cambian la organización de redes enteras. Eso no invalida la biología; la obliga a leerse en clave de interacción, no de capas. Es la misma corrección que permitió salir del debate naturaleza-versus-crianza y entrar en el de naturaleza-y-crianza-como-procesos-acoplados.
La próxima vez que escuches “tu cerebro reptiliano quiere X y tu corteza dice Y”, recuerda que esa frase es, un resumen aproximado de una hipótesis de 1990 y, en el escenario menos favorable, una neuromito que confunde a quien la toma en sentido estricto.
Citas que vale la pena guardar
Para profundizar, dejo aquí las referencias que sostienen los argumentos de este artículo, con su DOI verificado. La lista no es exhaustiva, sino la mínima para que puedas reconstruir la cadena.
- Barrett, L. F. (2017). The theory of constructed emotion: an active inference account of interoception and categorization. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 12(1), 20–46. DOI: 10.1093/scan/nsw154
- LeDoux, J. (2012). Rethinking the emotional brain. Neuron, 73(4), 653–676. DOI: 10.1016/j.neuron.2012.02.004
- Cesario, J., Johnson, D. J., & Eisthen, H. L. (2020). Your brain is not an onion with a tiny reptile inside. Current Directions in Psychological Science, 29(3), 255–260. DOI: 10.1177/0963721420917687
- Steffen, P. R., Hedges, D., & Matheson, R. (2022). The brain is adaptive not triune: how the brain responds to threat, challenge, and change. Frontiers in Psychiatry, 13, 802606. DOI: 10.3389/fpsyt.2022.802606
- Krubitzer, L. A., & Seelke, A. M. H. (2012). Cortical evolution in mammals: the bane and beauty of phenotypic variability. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(Suppl 1), 10647–10654. DOI: 10.1073/pnas.1201891109
- Reiner, A. (1990). Reseña contemporánea del modelo de MacLean (Science). Se cita como crítica de época; el DOI resuelve en Crossref a otra reseña (SETI), así que no se enlaza.
- Panksepp, J. (1992). A critical role for “affective neuroscience” in resolving what is basic about basic emotions. Psychological Review, 99(3), 554–560. DOI: 10.1037/0033-295x.99.3.554
- Russell, J. A., & Barrett, L. F. (1999). Core affect, prototypical emotional episodes, and other things called emotion: dissecting the elephant. Journal of Personality and Social Psychology, 76(5), 805–819. DOI: 10.1037/0022-3514.76.5.805
- Lindquist, K. A., Wager, T. D., Kober, H., Bliss-Moreau, E., & Barrett, L. F. (2012). The brain basis of emotion: a meta-analytic review. Behavioral and Brain Sciences, 35(3), 121–143. DOI: 10.1017/s0140525x11000446
MacLean, P. D. (1990). The Triune Brain in Evolution: Role in Paleocerebral Functions. New York: Plenum. (Libro; no lleva DOI de Crossref, por eso no aparece en la lista de DOI verificados.)
Lo que conviene llevar a casa
El cerebro trino fue una hipótesis fecunda en su tiempo y una metáfora que todavía cumple funciones didácticas. No es, en sentido estricto, una descripción anatómica verificada del cerebro humano, y la neurociencia de las últimas tres décadas lo ha desplazado de ese lugar. Lo que sustituye al trino es una constelación: redes integradas de supervivencia y predicción, sistemas afectivos con raíces subcorticales, control interoceptivo de la emoción y cognición, e historia evolutiva leída en clave de homología y proporción.
Para el aula y para la clínica, lo más útil no es enterrar el modelo, sino traducirlo con cuidado. Conservar la intuición evolutiva, soltar la geometría de capas, y reemplazar la separación entre emoción y razón por una idea de integración jerárquica de redes que predice, siente y decide a la vez.
Si este recorrido te deja con ganas de seguir, las lecturas que más sirven de complemento dentro del sitio son las que enlazamos arriba: lóbulos y funciones, neurotransmisores, neuroplasticidad y bases biológicas de la emoción. Cada una, a su manera, es una pieza del rompecabezas que el trino intentó armar en 1990 y que hoy se reconstruye con herramientas mejores.
Preguntas frecuentes
¿El cerebro trino de MacLean es verdadero o falso? Como descripción anatómica del cerebro humano, el modelo ya no se considera vigente. Como metáfora histórica y herramienta didáctica, sigue siendo útil y aparece en muchos manuales. La postura honesta es presentarlo como un modelo histórico que conserva una intuición evolutiva válida pero cuya geometría de capas no se sostiene con la evidencia actual.
¿Por qué el cerebro trino sigue apareciendo en los exámenes? Porque es un esquema fácil de evaluar con preguntas de opción múltiple: capa reptiliana para instintos, capa límbica para emociones, capa neocortical para razonamiento. La neurociencia ha avanzado, pero los ítems de examen tienden a construirse sobre lo enseñable. Por eso es importante aprenderlo como modelo histórico y, al mismo tiempo, aprender sus críticas.
¿Quiénes criticaron el modelo del cerebro trino? Hay al menos cuatro líneas críticas: la neurociencia de la evolución (Leah Krubitzer, Adele Seelke), la neurociencia afectiva (Jaak Panksepp), la neurociencia de la emoción (Joseph LeDoux, Lisa Feldman Barrett) y la psicología evolucionaria del comportamiento (Joseph Cesario, David J. Johnson, Heather L. Eisthen). Cada línea llegó a objeciones parecidas desde distintos ángulos.
¿Qué modelo se usa hoy en lugar del cerebro trino? No hay un modelo exclusivo que lo reemplace, sino una constelación. En el plano evolutivo, se prefiere la idea de homología con modificación proporcional. En el plano funcional, se habla de redes integradas de supervivencia y predicción. En el plano emocional, se usa la distinción de Panksepp entre procesos primarios (subcorticales) y secundarios (corticales). En clínica, se trabaja con el modelo del cerebro adaptativo que integran homeostasis, alostasis, emoción y cognición.
¿MacLean se equivocó en todo? No. MacLean acertó en algo importante: insistir en que la conducta humana no se entiende sin biología, y que la biología no se entiende sin evolución. También acertó en subrayar el lugar de la emoción en la clínica psiquiátrica. Lo que no se sostuvo fue la arquitectura de capas. Conservar lo primero y soltar lo segundo es la lectura justa.
¿Se puede enseñar neurociencia a niños sin usar el modelo del cerebro trino? Sí, y probablemente es preferible. Se puede hablar de “cerebro que siente” y “cerebro que piensa” como funciones que trabajan juntas, en lugar de como capas que compiten. Se puede introducir la evolución con ejemplos concretos: cómo el cuidado parental aparece en mamíferos, cómo el lenguaje aparece en primates, cómo los reflejos de supervivencia son compartidos con otros vertebrados. Esa forma de enseñar respeta lo que la biología sabe y evita neuromitos difíciles de desinstalar después.
Una nota final, a modo de cierre
Vale la pena terminar este recorrido con una observación que suele quedar fuera de los manuales. El cerebro trino debe parte de su persistencia a que ofrece una narrativa moral. Nos dice que hay una parte nuestra “antigua” que tira hacia el instinto y una parte “moderna” que tira hacia la razón, y que el progreso humano consistiría en cultivar la segunda sobre la primera. Esa narrativa es reconfortante, pero confunde historia natural con jerarquía moral, y eso trae problemas de forma habitual.
La neurociencia actual no nos dice que somos “más racionales” que otros animales. Nos dice que somos una especie más, con un cerebro muy plástico y muy costoso, que organiza su conducta con redes compartidas con otros vertebrados y afinadas por historia, cultura y experiencia individual. La diferencia se juega en las trayectorias, no en un apilado de capas. Y esa es, en el fondo, una noticia más interesante que la del trino, porque nos deja menos espacio para la arrogancia y más espacio para la curiosidad.
Si después de leer esto te quedas con la sensación de que el modelo era más limpio que la realidad, esa sensación es, justamente, la señal de que ya lo entendiste. La realidad del cerebro ha sido de forma habitual más desordenada, más cooperativa y, por eso mismo, más rica de estudio que un esquema de tres cajones. Y esa desorden amable es lo que vuelve a la neurociencia una disciplina que, bien enseñada, también enseña a pensar: a convivir con la incertidumbre, a separar el dato de la metáfora, y a sostener las propias hipótesis con la flexibilidad necesaria para dejarlas ir cuando toca. Eso, mirado bien, es una herencia útil del propio MacLean, aunque su modelo no sobreviva en los libros de texto como él lo dejó.