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Socioconstruccionismo y enfoque de género

Socioconstruccionismo y enfoque de género

Tendencias Contemporáneas

Este apunte presenta el socioconstruccionismo como corriente que cuestiona la idea de un conocimiento psicológico que refleja de manera neutral un mundo dado. A la vez, lo articula con el enfoque de género en psicología: la pregunta por cómo el género organiza síntomas, relaciones y acceso a ayuda. La tesis de fondo: lo que llamamos realidad psicológica se produce en intercambios sociales coordinados, y reconocerlo abre rutas clínicas y éticas concretas.

1. Gergen y el giro construccionista en psicología

Kenneth Gergen publicó en 1985, en la revista American Psychologist, el artículo The social constructionist movement in modern psychology, que suele leerse como la puerta de entrada del construccionismo social a la psicología académica anglosajona. El movimiento reunía a investigadoras e investigadores formados en distintas tradiciones (psicología social, clínica, del desarrollo, de la personalidad) bajo una tesis común: la mente no espeja un mundo dado, sino que emerge de intercambios sociales coordinados. El vocabulario con que describimos la mente no describe entidades naturales; describe convenciones sociales históricas.

La afirmación resulta menos obvia de lo que parece. La psicología del siglo XX heredó del conductismo la idea de que los datos observables tienen prioridad, y del cognitivismo la idea de que dentro de la cabeza hay procesos que explican la conducta. Gergen desplaza la unidad de análisis: en lugar de mirar al individuo, mira a las comunidades de personas que negocian significados. Una emoción como la culpa, una categoría como inteligencia o una etiqueta como depresión dejan de leerse como hechos del mundo y pasan a leerse como logros relacionales: algo que se sostiene porque una cultura dispone de palabras, normas y prácticas para sostenerlo.

Conductismo

Estímulo y respuesta observables como unidad de análisis.

Cognitivismo

Procesos internos como mediadores entre input y output.

Construccionismo

Relaciones sociales y lenguaje como unidad de análisis.

Esta mudanza trae preguntas incómodas para la disciplina. Si las categorías dependen de la comunidad que las usa, ¿qué estatus tiene la verdad psicológica? Gergen no responde con un simple relativismo. Propone una pragmática del conocimiento: evaluamos las afirmaciones por sus consecuencias en la vida de las personas, por su capacidad de coordinar acciones y por los valores que vehicular. La pregunta deja de ser ¿esto es verdadero? y pasa a ser ¿a quién sirve esta forma de describir la realidad, y a quién deja afuera?

Conviene distinguir dos movimientos cercanos, a menudo confundidos. El construccionismo social (Gergen, Shotter) subraya el lenguaje y las relaciones sociales como sitio de producción del saber. El constructivismo cognitivo (en la línea piagetiana) se ocupa de cómo cada persona, de manera individual, construye su conocimiento a partir de sus esquemas y de su interacción con el medio físico. Ambos hablan de construcción, pero no construyen lo mismo: uno mira a la conversación entre personas; el otro mira al aparato cognitivo de un sujeto aislado.

Mnemotecnia operativa. Construccionismo social = entre personas, con palabras, en una época. Constructivismo cognitivo = dentro de la cabeza, con esquemas, ante un problema.

El construccionismo no propone abandonar la evidencia, ni renunciar a medir. Propone leer las mediciones como actos situacionales: hechas con ciertos instrumentos, en ciertos marcos institucionales, con cierto vocabulario. Eso vuelve a la investigación más modesta, y al mismo tiempo más honesta sobre lo que pone en juego.

2. Lenguaje, discurso y realidad social

Si el conocimiento emerge de intercambios coordinados, el lenguaje deja de ser un vehículo transparente de la realidad y pasa a ser el material con que se fabrica esa realidad. Esta segunda sección recoge las herramientas básicas del análisis construccionista del discurso: vocabulario, metáforas, actos performativos y regímenes de verdad.

El construccionismo hereda de la filosofía del lenguaje ordinario y de la sociología del conocimiento la idea de que describir algo equivale, en parte, a intervenir sobre ese algo. Cuando una psicoterapia dice que alguien tiene un trastorno de ansiedad generalizada, no se limita a nombrar una realidad previa; la recortada, la separa de otros malestares, la conecta con ciertas intervenciones y la desconecta de otras. Las palabras organizan la percepción que una persona tiene de sí misma y la respuesta de su entorno.

VocabularioRecorte de un fenómenoIdentidad propuestaTrámites disponibles

La noción de discurso recoge este punto. Un discurso, en sentido construccionista, designa un conjunto de enunciados, prácticas e instituciones que se sostienen entre sí y que producen efectos sobre las personas. Así, el discurso psicológico sobre la infancia no se reduce a lo que dicen los manuales: incluye pruebas estandarizadas, protocolos escolares, expectativas parentales, publicidad de productos y políticas públicas. La psicología participa en un discurso que la excede.

Una herramienta frecuente del análisis es atender a las metáforas dominantes. Lakoff y Johnson mostraron que gran parte de nuestro razonamiento abstracto se apoya en metáforas heredadas. La psicología ha usado metáforas como la mente-como-ordenador, la persona-como-máquina o la enfermedad-como-fallo. Cada metáfora trae un repertorio de intervenciones: si la mente es un ordenador, se la reprograma; si la persona es una máquina, se la repara; si la enfermedad es un fallo, se la sustituye. Cambiar la metáfora cambia las preguntas clínicas legítimas.

Analogía. Imagina que el lenguaje fuera un sistema de riego en una región seca. No crea el agua, pero decide qué parcelas reciben riego y cuáles quedan en barbecho. Las parcelas regadas prosperan; las otras se secan. Los discursos funcionan de modo parecido con los fenómenos sociales: no inventan las realidades, pero distribuyen la atención, los recursos y el reconocimiento.

Otro concepto clave es el de acto performativo: ciertos enunciados no describen el mundo, lo hacen. Cuando alguien dice juro el cargo ante un tribunal, la enunciación modifica una situación. Butler traslada este movimiento al terreno del género, como veremos en la sección 3. Por ahora, baste retener la idea: en el construccionismo, hablar es una forma de actuar sobre el mundo.

Por último, el construccionismo trabaja con la noción foucaultiana de régimen de verdad: no se trata de si una afirmación es verdadera en abstracto, sino de quién está autorizado a decir qué, en qué condiciones, con qué efectos. La psicología como disciplina dispone de un régimen propio: diagnósticos DSM, peritajes, artículos revisados por pares. Reconocer ese régimen abre la posibilidad de revisarlo, en lugar de tratarlo como una ventana neutral al psiquismo.

3. Género como construcción: del esencialismo al performativo

La tercera sección lleva el andamiaje construccionista al terreno del género. Aquí la psicología se cruza con la teoría feminista, y la categoría género pasa de complemento del sexo biológico a eje de organización de la experiencia. El recorrido va del esencialismo al performativo, con Judith Butler como referencia central.

La tradición dominante en psicología del siglo XX tendió a leer las diferencias entre mujeres y varones como expresión de una naturaleza. Esa lectura, llamada esencialismo, presume que existe un núcleo masculino y un núcleo femenino, relativamente estables, y que la psicología debe cartografiarlos. Numerosas investigaciones buscaron promedios de diferencias en agresividad, empatía, orientación espacial, habilidades verbales. El problema no radicó solo en qué tan sólidas fueran las diferencias, sino en qué tipo de explicaciones se aceptaban y a qué servicios se destinaban.

Trampa de parcial. Atribuir a Judith Butler lo que corresponde a Kenneth Gergen, o a la inversa. Butler trabaja sobre género y performatividad; Gergen trabaja sobre la construcción social del conocimiento psicológico. Los proyectos se entrelazan, pero no se confunden. Este apunte los presenta por separado y los cruza en la clínica.

La investigación crítica en psicología mostró que muchas de esas diferencias eran promedios con desviaciones que se solapan: la variación dentro de cada grupo supera la variación entre grupos. La conclusión construccionista no fue que no existan diferencias observables, sino que la pregunta por su origen se desplaza: en lugar de qué tan diferentes son mujeres y varones, se pregunta qué prácticas sociales producen y sostienen esas diferencias.

Judith Butler, en Gender Trouble (1990), desplazó la pregunta. Si el género se lee como una esencia interior que se expresa en conductas, queda intacta la idea de que existe un fondo natural. Butler propone, en cambio, que el género se produce en actos repetidos, en performances que se reiteran en contextos sociales. No hay un ser mujer previo que luego se manifiesta; hay un conjunto de prácticas que, al reiterarse, generan la ilusión de un ser estable. La performatividad no es lo mismo que la performance voluntaria: no elegimos el género como elegimos un disfraz, sino que lo habitamos dentro de scripts disponibles.

Esencialismo

Hay un núcleo masculino y uno femenino; la psicología los describe.

Constructivismo

El género se construye en la socialización y varía por cultura.

Performatividad

El género se produce en actos reiterados, sin esencia previa.

En psicología, esta mudanza se reflejó en obras como la de Erica Burman, Deconstructing Developmental Psychology, que sometió a crítica los supuestos de género presentes en manuales de desarrollo. Categorías como apego firme o periodo sensible suelen presentarse como neutras, pero vehicularon históricamente imágenes de madre cuidadora y padre proveedor que no describen los distintos arreglos familiares existentes. La crítica no niega la utilidad clínica de esas categorías; pide que se lea qué se naturaliza por medio de ellas.

Un punto clave: reconocer la construcción social del género no equivale a decir que el género deja de tener peso. Si los significados y las prácticas son construidos, también pueden reconstruirse, y tienen efectos materiales sobre acceso a salud, violencia, ingresos y reconocimiento. El construccionismo abre un margen de intervención política y clínica que el esencialismo clausuraba.

Acierto clínico. Pasar de esta persona es así porque es mujer a ¿qué prácticas, discursos e instituciones producen esta experiencia como femenina, y qué recursos quedan disponibles o vedados en función de ello? cambia la planificación del caso.

4. Hare-Mustin y Marecek: el significado de la diferencia

En 1988, Rachel Hare-Mustin y Jeanne Marecek publicaron en American Psychologist el artículo The meaning of difference: Gender theory, postmodernism, and psychology. La propuesta resultó bisagra porque articuló la crítica construccionista con herramientas concretas para evaluar la investigación psicológica sobre género. La sección presenta los dos sesgos que identificaron, sus consecuencias y su lectura contemporánea.

Hare-Mustin y Marecek plantearon que la psicología, al estudiar diferencias entre mujeres y varones, ha oscilado entre dos errores simétricos:

  1. Beta bias o sesgo beta: minimizar o negar diferencias observables entre los grupos, tratándolas como ruido o como producto de medidas inadecuadas. Bajo este sesgo, se asume que varones y mujeres son básicamente iguales y que las diferencias aparentes responden a defectos metodológicos.
  2. Alpha bias o sesgo alfa: exagerar las diferencias, tratándolas como expresión de naturalezas separadas y tendiendo a biologizar y esencializar lo observado. Bajo este sesgo, se asume que varones y mujeres son distintos en su constitución de raíz.

Ambos sesgos comparten un problema: dejan intacta la pregunta por el significado. El beta bias obtiene una falsa paridad; el alpha bias obtiene una falsa polaridad. En los dos casos, la psicología se ahorra la pregunta por cómo se producen y sostienen las diferencias en la vida cotidiana.

Cuadro operativo. Beta bias: no hay diferencias, todo es metodología. Alpha bias: las diferencias son de naturaleza, no se tocan. Pregunta Hare-Mustin y Marecek: ¿qué significa, para las personas estudiadas y para las categorías mismas, la diferencia que la psicología describe?

El cuadro siguiente resume la tipología y sus consecuencias para la práctica. La tercera columna recoge movimientos contemporáneos que intentan ir más allá de los dos sesgos.

SesgoLectura de la diferenciaMovimiento posterior
Beta biasMinimiza diferencias; las trata como artefacto metodológico.Igualitarismo formal que ignora diferencias materiales.
Alpha biasExagera diferencias; las atribuye a biología o naturaleza.Esencialismo que cierra la discusión en lo dado.
Significado de la diferenciaPregunta por cómo se produce y qué efectos tiene.Análisis del discurso y de las prácticas situadas.

Una observación útil para la práctica clínica: la oscilación entre ambos sesgos puede rastrearse en la historia de un caso. Un equipo puede minimizar el peso del género en un síntoma (beta bias) y, frente a evidencia incómoda, exagerar su peso atribuyéndolo a un ser mujer o ser varón esencial (alpha bias). La tarea construccionista consiste en sostener la pregunta por el significado sin caer en ninguno de los dos extremos.

Hare-Mustin y Marecek también discutieron el lugar del postmodernismo en psicología. Lejos de proponer un abandono de la ciencia, propusieron leer los hallazgos como versiones situadas: producidas en comunidades, con intereses y con efectos. Esto no lleva a un relativismo nada existe; lleva a una vigilancia epistemológica sobre cómo se construyen los datos y qué se hace con ellos.

5. Implicaciones clínicas: terapia narrativa y crítica al diagnóstico

La quinta sección aterriza el andamiaje anterior en dos frentes clínicos concretos. Por un lado, la terapia narrativa de Michael White y David Epston, derivada en parte del construccionismo social. Por otro, la crítica construccionista al sistema diagnóstico, en particular al DSM. La sección cierra con un enfoque de género en evaluación e intervención que recoge todo lo previo.

La terapia narrativa parte de una premisa construccionista: las personas dan sentido a su experiencia a través de relatos, y esos relatos pueden dominar la vida o abrir nuevas trayectorias. White y Epston propusieron en Narrative Means to Therapeutic Ends (1990) un conjunto de prácticas encaminadas a externalizar el problema y a reescribir relatos dominantes.

Externalizar el problema significa dejar de tratar al consultante como el problema para tratar al problema como algo que opera en la vida del consultante. En lugar de tú eres ansioso, se trabaja con la ansiedad hace estas cosas en tu semana. Este desplazamiento no es un truco retórico: abre un espacio para que la persona observe, evalúe y decida sobre la relación que sostiene con el problema. Permite aliarnos con el consultante contra el problema, en lugar de medir fuerzas entre dos versiones del sí mismo.

Problema dominanteExternalizaciónIdentificación de excepcionesRelato alternativo

Reescribir relatos dominantes consiste en mapear, junto con la persona, los momentos en que el problema no logró imponerse, las excepciones a su historia saturada. A partir de esas excepciones se construye un relato alternativo con igual derecho a ser contado. Las técnicas concretas incluyen preguntas externalizadoras, documentos escritos en presencia de testigos, cartas terapéuticas y audiencias de personas significativas que reconocen el relato nuevo.

La terapia narrativa dialoga con tradiciones de varias partes del mundo, y White y Epston incorporaron desde temprano lecturas de Michael Foucault y de Jerome Bruner, entre otras. El punto común es tratar los relatos como prácticas con efectos, no como espejos neutros de una interioridad. Esta postura cambia la escucha clínica: en lugar de descubrir la historia verdadera, se co-construye una historia que abre más opciones de vida.

En paralelo, el construccionismo somete a crítica el sistema diagnóstico. Categorías como depresión mayor o trastorno de estrés postraumático suelen presentarse como descripciones neutrales de entidades naturales. Desde una lectura construccionista, cabe analizarlas como actos sociales con consecuencias: definen quién accede a tratamiento, qué intervenciones se financian, cómo se perciben las personas a sí mismas, qué expectativas depositan en ellas sus entornos. La crítica no implica tirar los manuales a la papelera. Implica leer cada categoría como una hipótesis clínica a contrastar con la singularidad del caso, no como una sentencia.

Acierto clínico. Un diagnóstico puede operar como mapa provisional que orienta el primer encuentro. La tarea consiste en mantenerlo flexible, revisarlo con datos del proceso y abrirlo a la perspectiva del consultante sobre su propia experiencia.

El enfoque de género en evaluación e intervención recoge el conjunto. En la evaluación, las preguntas se amplían: ¿cómo organiza el género la presentación de los síntomas? ¿qué permisos y qué vedaciones encuentra cada consultante para buscar ayuda? ¿qué expectativas deposita el entorno terapéutico según el género percibido? En la intervención, se trabaja con guiones aprendidos, se identifican mandatos interiorizados, se relevan recursos y se acompañan decisiones sobre relaciones, trabajo y cuidado.

Para sostener esta práctica, conviene tener presentes algunas trampas frecuentes:

Trampa 1: confundir construccionismo con relativismo extremo.

Algunos lectores asocian construido socialmente con no existe o versión libre. El construccionismo no dice eso. Dice que las realidades psicológicas son producidas en relaciones sociales, y por tanto pueden revisarse. Eso no las hace ficticias; las hace discutibles y mejorables.

Trampa 2: creer que construido significa irreal.

Si una categoría se construye socialmente, no por eso carece de efectos materiales. Las construcciones tienen peso: hay diagnósticos que abren puertas y otros que las cierran, hay etiquetas que sostienen y otras que estigmatizan. El trabajo clínico opera sobre esos efectos.

Trampa 3: atribuir a Butler lo que es de Gergen, o a la inversa.

Butler trabaja sobre género y performatividad. Gergen trabaja sobre la construcción social del conocimiento psicológico. Los proyectos se cruzan, pero los textos no se sustituyen. Vale la pena leer a cada uno en su lugar, y resistir la mezcla que simplifica a ambos.

Trampa 4: olvidar los dos sesgos beta y alfa de Hare-Mustin y Marecek.

Cuando la psicología ignora diferencias observables, cae en beta bias; cuando las exagera atribuyéndolas a naturaleza, cae en alpha bias. La tarea consiste en sostener la pregunta por el significado sin quedar preso de ninguno de los dos extremos.

En síntesis, el socioconstruccionismo y el enfoque de género comparten una postura: las realidades psicológicas se producen en prácticas sociales, y esa producción puede estudiarse e intervenirse. La clínica recoge esta postura al escuchar de otra manera, al nombrar con cuidado y al abrir, junto con cada consultante, relatos con más aire.

Nota de cuaderno. Para profundizar, puedes revisar los apuntes hermanos sobre conductismo, cognitivismo y humanismo comparadas, sobre marco legal y ético de la práctica psicológica, y sobre desarrollo psicosocial en la adultez temprana. Los temas centrales de la psicología del desarrollo y del marco ético se trabajan allí con extensión propia; este apunte los menciona solo como fondo.

Gergen → Butler → Hare-Mustin y Marecek → clínica narrativa

PsiqueAcadémica · Cuaderno de Tendencias Contemporáneas