Desarrollo Humano y Personalidad II · S01 · Definición y características de la juventud

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Desarrollo Humano y Personalidad II — S01 · Definición y características de la juventud

El podcast — Definición y características de la juventud

Clara: Santiago, tengo veintitrés años y en mi trabajo me siguen tratando como si fuera una niña que no sabe decidir. ¿Eso tiene que ver con mi edad real o con otra cosa?

Santiago: Con otra cosa, casi seguro. El sociólogo Pierre Bourdieu argumentó en mil novecientos ochenta y cuatro que la juventud no es una propiedad del cuerpo, es una relación social. Su frase exacta: se es joven únicamente en relación con otras personas de mayor edad.

Clara: ¿O sea que alguien decide que soy joven, y yo no tengo mucho que decir?

Santiago: [thoughtful] Así funciona. Bourdieu la llamó dominación simbólica: los adultos definen la juventud como una posición de inferioridad que necesita guía y supervisión. No es neutral, es un instrumento de poder.

Clara: ¿Pero la pubertad no es biología pura, al menos eso?

Santiago: Es biología real, sin duda. Ocurre entre los ocho y los catorce años en mujeres y entre los diez y los dieciséis en hombres, con variación individual amplia. Pero antes del siglo dieciocho ni siquiera existía la categoría social de joven.

Clara: ¿Y antes de Bourdieu nadie había pensado la adolescencia como algo aparte?

Santiago: Sí, antes. Stanley Hall, en mil novecientos cuatro, ya la describía como una etapa de tormenta y estrés, con emociones intensas y choques con la autoridad. Pero la trataba como un hecho natural, no como una posición de poder.

Clara: ¿Los niños pasaban directo a adultos?

Santiago: Directo, casi siempre mediante un ritual de paso. No había un tiempo intermedio prolongado de formación. La juventud como la entendemos, con subcultura propia y derechos particulares, es un invento moderno.

Clara: ¿Y en América Latina esto se vive distinto?

Santiago: [intrigued] Se vive con una paradoja fuerte. Más del veinticinco por ciento de la población tiene entre quince y veintinueve años, más de ciento cincuenta millones de jóvenes. Y esa población se vive simultáneamente como amenaza y como esperanza.

Clara: ¿Amenaza y esperanza al mismo tiempo?

Santiago: Rechazados por el riesgo que representan, la criminalidad, el consumo, el embarazo adolescente. Y esperados porque en ellos se deposita toda la ilusión de que la región puede cambiar. Esa tensión define buena parte de la política pública hacia los jóvenes.

Clara: ¿Y esa paradoja se estudia con nombre propio en la región?

Santiago: El sociólogo argentino Juan Carlos Kornfeld dedicó décadas a documentar exactamente esa tensión: los jóvenes latinoamericanos son, al mismo tiempo, los más rechazados y los más esperados de la sociedad en la que viven.

Clara: ¿Y qué pasa por dentro de esa persona joven, más allá de la estadística?

Santiago: Erik Erikson propuso que la tarea central de esta etapa es construir una identidad coherente, integrando las imágenes de hijo, estudiante, amigo, en un sentido único de quién eres. La llamó crisis de identidad, y no es fácil en ningún contexto.

Clara: ¿Y esa idea se puede medir de alguna forma?

Santiago: James Marcia la operacionalizó en cuatro estatus: identidad lograda, moratoria, exclusión y difusión de identidad. Esa taxonomía sigue usándose en investigación para estudiar cómo alguien explora opciones antes de comprometerse con una.

Clara: ¿Y alguien miró cómo cambia lo que consideran correcto o incorrecto en esa edad?

Santiago: Sí, Lawrence Kohlberg y después Carol Gilligan estudiaron cómo cambia el razonamiento moral en la juventud: no es solo construir una identidad, también se transforma la manera de juzgar lo que está bien o mal.

Clara: ¿Y el cerebro respalda de alguna forma que a los jóvenes se los trate como incompletos?

Santiago: [warmly] Aquí se pone delicado. La neuroimagen muestra que el córtex prefrontal, encargado del control de impulsos y la planificación, no termina de desarrollarse hasta cerca de los veinticinco años.

Clara: Entonces sí hay una base biológica para tratarlos como menos capaces.

Santiago: [curious] O para protegerlos más, dependiendo de quién use ese dato. El mismo hallazgo alimenta el debate sobre hasta qué punto se les puede considerar plenamente responsables de sus actos. La biología no decide sola cómo se usa la información.

Clara: ¿Y ese poder de los adultos se explica solo con esa frase?

Santiago: No, hay más: Bourdieu también habló de campo y capital: las prácticas y aspiraciones de un joven no nacen libres, nacen de la posición social que heredó y de las oportunidades reales que ese lugar le permite.

Clara: Entonces mi jefe podría estar usando mi edad como excusa, no como diagnóstico real.

Santiago: Podría. Bourdieu diría que hay que preguntar siempre quién se beneficia de decidir que alguien todavía es joven.

Clara: Me quedaron dos preguntas y no me respondiste ninguna.

Santiago: Perfecto. Están en la lectura.

La juventud como condición biológica: lo que el cuerpo revela y oculta

La tentación más inmediata para definir la juventud es acudir al cuerpo. Y no sin razón: hay procesos biológicos universales que distinguen esta etapa de otras en el ciclo vital. La pubertad, ese conjunto de transformaciones hormonales que activan la capacidad reproductiva, ocurre aproximadamente entre los 8 y los 14 años en las mujeres y entre los 10 y los 16 en los hombres, aunque la variación individual es considerable. Estos cambios no son simples ajustes físicos; son transformaciones que reorganizan la experiencia subjetiva, la relación con el propio cuerpo, con los otros y con el tiempo. El adolescente que despierta un día con vello facial o con senos no es el mismo que era la semana anterior. Su cuerpo le está anunciando un cambio de estado, una transición hacia algo que aún no tiene nombre.

La psicología del desarrollo, desde sus inicios científicos en el siglo XIX, ha sido profundamente tributaria de esta perspectiva biológica. G. Stanley Hall, considerado el padre de la psicología adolescente en el idioma inglés, publicó en 1904 su obra monumental Adolescence, donde argumentó que esta etapa representaba un periodo de "tormenta y estrés" (storm and stress), una fase en la que las emociones se intensifican, los conflictos con la autoridad se agudizan y la identidad se reconfigura. Hall veía la adolescencia como un fenómeno natural, casi como un segundo nacimiento, aunque esta vez no de la madre sino de la sociedad. Su perspectiva, aunque cuestionada posteriormente, introdujo una idea que sigue resonando: la juventud no es simplemente un periodo de preparación para la vida adulta, sino una experiencia con características propias, con su propia lógica interna, con su propia riqueza.

En una lectura retrospectiva, la propuesta de Hall puede parecer determinista biológicamente, pero en su contexto fue revolucionaria porque insistió en que los jóvenes no eran adultos incompletos ni niños crecidos, sino seres humanos con una especificidad que merecía atención científica. Kurt Lewin, décadas después, aportó una perspectiva más compleja al señalar que el comportamiento del joven no puede entenderse solo desde su biología ni solo desde su entorno, sino desde la interacción dinámica entre ambos. La "conducta" del joven, escribió Lewin, es función de la persona y de su ambiente, lo que significa que la misma pubertad puede vivirse de maneras radicalmente diferentes según el contexto cultural, económico y relacional en el que ocurre.

Hoy mismo, cuando un adolescente llega a consulta psicológica porque presenta cambios de humor, conflictos familiares o bajo rendimiento académico, la primera pregunta que a menudo surge es: ¿es hormonal? ¿Es normal? Estas preguntas, aunque comprensibles, revelan una tendencia a patologizar lo que quizás sea simplemente la experiencia de atravesar un territorio nuevo, con sus propias dificultades y sus propias gracias. La biología nos dice cuándo comienza la juventud, pero no nos dice qué significa ser joven en un momento histórico y en un contexto social determinados.

La invención de la juventud: genealogía de un concepto moderno

Si la juventud fuera solo biología, sería una categoría atemporal, válida en todas las épocas y en todas las culturas. Pero no lo es. El concepto de "juventud" tal como lo entendemos hoy —una etapa diferenciada de la vida, con derechos específicos, con una subcultura propia, con expectativas particularizadas— es un invento relativamente reciente, propio de la modernidad occidental. Antes del siglo XVIII, no existían "jóvenes" como categoría social distintiva. Los niños pasaban directamente de la dependencia infantil a la vida adulta, a menudo mediante rituales de paso que marcaban el ingreso a la comunidad de los adultos. No había un "entre" prolongado, un tiempo de formación larga e indefinida.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu dedicó varias páginas memorables a analizar cómo la juventud, tal como la conocemos, fue construida históricamente. En un ensayo de 1984, Bourdieu argumentó que la categoría de juventud no es neutral sino que funciona como un instrumento de dominación simbólica. Los adultos, argumentó, tienden a definir la juventud como una posición de inferioridad, como un estado de incompletud que requiere la guía y la supervisión de los mayores. "Se es joven únicamente en relación con otras personas de mayor edad", escribió Bourdieu, lo que significa que la juventud no es una propiedad del individuo sino una relación social, una posición en un espacio de poder.

Esta perspectiva genealógica, inspirada en el trabajo de Michel Foucault, nos invita a preguntarnos: ¿en qué momento histórico se empezó a pensar en los jóvenes como una categoría separada? ¿Qué condiciones sociales hicieron posible esta distinción? La respuesta, aproximadamente, tiene que ver con la industrialización y la extensión de la educación obligatoria. Cuando el trabajo infantil dejó de ser la norma y los Estados modernos obligaron a los niños a asistir a escuelas durante varios años más, se creó un tiempo nuevo: un periodo entre la infancia y el trabajo productivo, entre la dependencia familiar y la autonomía adulta.

En América Latina, este proceso tuvo sus propias especificidades. En el siglo XIX y principios del XX, las jóvenes de élite iban a "escuelas de señoritas" donde aprendían francés, piano y bordado, mientras los jóvenes de sectores populares entraban tempranamente al mundo del trabajo. La "juventud" como experiencia generalizada, como derecho a la educación y al tiempo libre, fue un logro del siglo XX, y aún hoy es un privilegio desigual. Un joven de 15 años en una favela de Río de Janeiro o en un asentamiento de Lima no vive su juventud de la misma manera que uno de clase media en Buenos Aires o Santiago. La biología puede ser universal, pero la experiencia de la juventud está atravesada por la clase, el género, el territorio, la raza.

La juventud en América Latina: entre la esperanza y la vulnerabilidad

América Latina es, en muchos sentidos, un continente de jóvenes. Más del 25% de la población tiene entre 15 y 29 años, lo que significa que hay más de 150 millones de jóvenes en la región. Esta realidad demográfica, que en otros contextos podría considerarse una ventaja —una población joven implica mayor energía productiva, mayor capacidad de innovación, mayor vitalidad social—, en América Latina se ha vivido frecuentemente como un problema, como una amenaza, como un dato que genera alarma. ¿Por qué? Porque la región también tiene la vergüenza de ser la más desigual del planeta, y esta desigualdad se manifiesta con particular intensidad en la experiencia juvenil.

El sociólogo argentino Juan Carlos Kornfeld, quien dedicó décadas al estudio de la juventud latinoamericana, señaló una paradoja constitutiva: los jóvenes de la región son simultáneamente los más rechazados y los más esperados. Son rechazados porque representan un peligro potencial —la criminalidad juvenil, las pandillas, el consumo de drogas, el embarazo adolescente— y son esperados porque se deposita en ellos la esperanza de transformación social, la ilusión de que las cosas pueden cambiar. Esta doble tensión —temor y esperanza, riesgo y promesa— define buena parte de las políticas públicas, los discursos mediáticos y las prácticas cotidianas relacionadas con los jóvenes en nuestros países.

Un dato ilustra esta complejidad: en muchas ciudades latinoamericanas, ser joven y varón de sectores populares es uno de los principales factores de riesgo para ser víctima de violencia o para participar en ella. No porque la juventud sea intrínsecamente violenta, sino porque las condiciones de vulnerabilidad —pobreza, falta de educación, territorios estigmatizados, ausencia del Estado— se condensan de manera particular en ciertos cuerpos jóvenes. La "violencia juvenil" no es un fenómeno de la juventud como tal, sino de la intersección entre juventud, pobreza, territorio y racialización.

Sin embargo, sería un error grave reducir la juventud latinoamericana a la víctima. Los jóvenes también son protagonistas de procesos de transformación, de resistencias creativas, de alternativas al orden establecido. Desde el movimiento estudiantil chileno de 2011, que logró grandes conquistas en educación pública, hasta los jóvenes que usan las redes sociales para documentar abusos policiales en Colombia, desde los colectivos de jóvenes afrodescendientes que reivindican su identidad hasta los jóvenes rurales que permanecen en sus territorios para cuidar la tierra, hay una vitalidad juvenil que no se deja reducir a la vulnerabilidad.

La pandemia de COVID-19 afectó de manera desproporcionada a los jóvenes latinoamericanos, no tanto en términos de salud física —aunque también—, sino en términos de educación, empleo y salud mental. Las tasas de ansiedad y depresión entre jóvenes se dispararon, y los servicios de salud mental, ya de por sí precarios, no dieron abasto. Esta crisis reveló una vez más la centralidad de la salud mental juvenil como tema de preocupación pública, pero también mostró la capacidad de los jóvenes para adaptarse, para encontrar formas nuevas de comunicarse y de mantenerse conectados, para resistir.

La subjetividad juvenil: identidades, desafíos y transformaciones

Más allá de las estadísticas demográficas, de las políticas públicas y de los discursos sobre el riesgo o la promesa, hay una dimensión de la juventud que no puede perderse de vista: la experiencia subjetiva, lo que significa ser joven desde dentro, desde la primera persona. ¿Cómo se vive la juventud? ¿Qué preocupaciones, qué sueños, qué angustias caracterizan a quienes transitan por esta etapa? La psicología, cuando se interesa por esta pregunta, descubre un territorio vasto y complejo, donde las categorías tradicionales a menudo resultan insuficientes.

Erik Erikson, el célebre psicoanalista del desarrollo, propuso hace décadas que la tarea central de la adolescencia y la juventud es la formación de la identidad. El joven, argumentó Erikson, debe integrar las distintas imágenes de sí mismo que ha construido a lo largo de la infancia —como hijo, como estudiante, como amigo, como miembro de un género, de una clase, de una religión— en un sentido coherente de quién es. Esta tarea, que Erikson llamó "crisis de identidad", no es fácil en ningún contexto, pero en la modernidad líquida que describió Zygmunt Bauman se ha vuelto particularmente compleja. Los jóvenes de hoy tienen acceso a una multiplicidad de modelos de vida, de identidades posibles, de formas de estar en el mundo. Esta libertad, que en otros tiempos habría sido celebratoria, puede convertirse en una carga: ¿cómo elegir cuando todo parece posible pero nada parece seguro?

La digitalización ha añadido una capa más a esta complejidad. Los jóvenes de hoy son nativos digitales, crecieron con smartphones, redes sociales, plataformas de streaming y videojuegos. No es que los mayores no puedan usar estas tecnologías, pero los jóvenes las han interiorizado de manera diferente, las han convertido en una extensión de su ser. Las redes sociales, en particular, funcionan como un escenario donde se representa la identidad, donde se busca validación, donde se establecen vínculos. Esta nueva forma de estar en el mundo tiene efectos sobre la subjetividad: la comparación constante con otros, la ansiedad por la aprobación, la dificultad para distinguir entre lo real y lo performativo.

La salud mental de los jóvenes es un tema que no puede evitarse en una reflexión seria sobre esta etapa. Las tasas de depresión, ansiedad y suicidio entre jóvenes han aumentado en las últimas décadas, y aunque las causas son múltiples —factores biológicos, sociales, psicológicos—, hay un consenso creciente en que las condiciones de vida contemporáneas han contribuido significativamente a este malestar. La presión académica, la incertidumbre laboral, el aislamiento social, la exposición a violencia mediatizada, la crisis climática: todo esto pesa sobre los hombros de los jóvenes de maneras que los adultos a menudo subestiman.

A pesar de todo, los jóvenes también muestran una capacidad notable de adaptación, de resistencia y de creatividad. Hay jóvenes que, frente a la crisis climática, se organizan en movimientos como Fridays for Future, desafiando a los adultos a actuar con responsabilidad. Hay jóvenes que, frente a la violencia de género, rompen el silencio y construyen redes de apoyo. La relación entre generaciones no debería ser unidireccional, sino dialógica: los jóvenes tienen cosas que enseñarnos, no solo cosas que aprender de nosotros.

La juventud en las teorías clásicas del desarrollo psicosocial

Cuando Erik Erikson propuso su modelo de desarrollo psicosocial a mediados del siglo XX, incorporó una etapa que transformaría la manera en que la psicología comprendía el periodo entre la infancia y la adultez. La crisis de identidad versus confusión de roles se convirtió en el eje alrededor del cual se organizaría durante décadas la comprensión de la juventud. Erikson no inventó la juventud como categoría psicológica, pero le dio un contenido específico: la tarea fundamental de este periodo era la construcción de una identidad coherente, estable y autodefinida. La identidad no era algo que simplemente se tuviera; debía construirse a través de la exploración de valores, profesiones, relaciones íntimas y proyectos vitales. El joven, en este marco teórico, era fundamentalmente un ser en búsqueda, un protagonista activo de su propia transformación.

La propuesta de Erikson fue continuada y complejizada por múltiples teóricos que aportaron dimensiones adicionales a la comprensión de la juventud. James Marcia, por ejemplo, operacionalizó el concepto de identidad mediante cuatro status que todavía se utilizan en investigación: identidad lograda, foreclosure, moratorium y difusión de identidad. Esta taxonomía permitió estudiar empíricamente los procesos de exploración y compromiso que Erikson había descrito de manera cualitativa. Paralelamente, las teorías del desarrollo moral de Lawrence Kohlberg y su continuadora Carol Gilligan introdujeron la pregunta por los cambios en el razonamiento ético durante la juventud, sugiriendo que este periodo no solo implica la construcción de una identidad personal sino también la elaboración de un sistema de valores que orientará la acción adulta. Lo que estas teorías clásicas comparten es una visión de la juventud como un periodo de reorganización psicológica profunda, una ventana de plasticidad donde se configuran las estructuras que sostendrán la vida adulta.

Diálogos interdisciplinares: sociología, neurociencia y economía de la juventud

La juventud se ha convertido en las últimas décadas en un objeto de estudio que excede los límites de la psicología del desarrollo. La sociología de la juventud, corriente que tiene en sociólogos como Pierre Bourdieu y sus conceptos de campo y capital, ha mostrado cómo las experiencias de los jóvenes están estructuralmente condicionadas por su posición en el espacio social, por los capitales que heredan y por las oportunidades que el sistema les ofrece. El concepto de habitus juvenil de Bourdieu permitió comprender cómo las prácticas, preferencias y aspiraciones de los jóvenes no son expresiones libres de su individualidad sino resultados de su socialización en condiciones materiales específicas.

La neurociencia ha aportado en las últimas décadas información revolucionaria sobre el cerebro adolescente y juvenil. Los estudios de neuroimagen han documentado que el desarrollo del córtex prefrontal, región asociada con el control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones, no se completa sino hasta los 25 años aproximadamente. Este hallazgo ha generado un intenso debate sobre las implicaciones legales y sociales de considerar a los jóvenes como plenamente responsables de sus acciones. Simultáneamente, la investigación neurocientífica ha mostrado la enorme plasticidad cerebral durante la juventud, la sensibilidad del cerebro a las experiencias y la importancia del ambiente en la configuración de las estructuras neurales. La economía de la juventud, por su parte, ha documentado cómo las condiciones del mercado laboral, el acceso a la educación y las políticas públicas configuran las trayectorias vitales de los jóvenes de maneras que la psicología individual no puede explicar por sí sola.

Para el parcial

La juventud no es un dato biológico puro ni un rango de edad fijo: es una construcción histórica, cultural y psicosocial que varía entre épocas y contextos. La biología (pubertad, entre 8-14 años en mujeres y 10-16 en hombres) marca cuándo comienza, pero no qué significa vivirla. Antes del siglo XVIII no existía la juventud como categoría social distintiva: es un invento moderno ligado a la industrialización y la extensión de la educación obligatoria. Bourdieu (1984) mostró que la categoría no es neutral, sino una relación social de poder entre generaciones. En América Latina, más de 150 millones de jóvenes (25% de la población) viven esta etapa atravesada por la desigualdad: la paradoja de Kornfeld los describe como simultáneamente los más rechazados y los más esperados. Desde la psicología, Erikson ubicó en la juventud la tarea de la crisis de identidad, que Marcia operacionalizó en cuatro status (lograda, foreclosure, moratorium, difusión), mientras Kohlberg y Gilligan exploraron el desarrollo moral paralelo. La moratoria psicosocial —el tiempo que la cultura concede para explorar roles antes de comprometerse— es el concepto que mejor resume la etapa. La neurociencia aporta un dato clave: el córtex prefrontal no termina de madurar hasta los 25 años aproximadamente.

Las trampas clásicas de este tema: (1) creer que la juventud tiene límites de edad universales y fijos, cuando son histórica y culturalmente variables; (2) pensar que la juventud es intrínsecamente violenta, cuando en realidad es la intersección entre juventud, pobreza y territorio la que produce vulnerabilidad; (3) confundir la exploración normativa (moratoria psicosocial) con patología o inmadurez clínica; (4) reducir la juventud a la biología, ignorando su dimensión de construcción social y relación de poder entre generaciones.

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